CAPÍTULO 14
La tormenta había llegado sin avisar (como todas las que azotaban aquel lugar), convirtiendo la tarde en una noche prematura.
Los relámpagos iluminaban de manera intermitente la mansión, proyectando sombras danzantes en las paredes mientras los truenos retumbaban, haciendo vibrar los cristales de las ventanas.
Natalie arropaba a Kora, que milagrosamente dormía a pesar del estruendo que había en el exterior. Alargó el brazo y acarició con suavidad la mejilla de la niña, maravillándose de cómo podía parecer tan serena en medio de semejante caos atmosférico.
—Tienes suerte de poder dormir así, pequeñaja —susurró, poniendo el peluche de tortuga junto a la almohada—. Ojalá los adultos pudiéramos desconectar con esa facilidad.
Salió de puntillas de la habitación, dejando la puerta entreabierta.
El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por la tenue luz de la lámpara del recibidor y los ocasionales destellos de los relámpagos.
Natalie miró su reloj de pulsera. Eran las 10:30.
Normalmente a esa hora escuchaba el teclear constante desde el estudio de Dante.
Un sonido que se había convertido en la banda sonora de sus noches.
Era casi reconfortante. Ese ritmo familiar que le indicaba que todo estaba en orden, que la vida en la mansión seguía su curso previsible, pese al sobresalto que se había llevado unos días antes con los paparazzi.
Pero aquella noche había silencio.
Frunció el ceño, deteniéndose en mitad del pasillo. Tal vez la tormenta había interferido con su rutina. O quizás había bajado a la cocina a por uno de sus habituales tés de noche. Pero algo le decía que no era así. Una intuición persistente, como un sarpullido que no podía rascarse.
Se dirigió hacia el estudio casi sin pensar (las posibles consecuencias o gruñidos).
«Echaré un vistazo rápido —se dijo a sí misma—. Solo para asegurarme de que todo está bien».
Al acercarse a la puerta, notó un resquicio de luz por debajo. Por lo menos sabía que estaba allí y no deambulando por los acantilados. Pero el silencio seguía siendo inquietante, demasiado denso, demasiado largo.
Sin darle una vuelta en la cabeza (o dos), tocó suavemente con los nudillos.
—¿Señor Eastwood?
Silencio. Ni un «adelante» gruñón ni un «estoy ocupado» cortante. Nada.
Tocó de nuevo con más firmeza.
—¿Señor Eastwood? ¿Está todo bien?
Un sonido ahogado, algo entre un gruñido y un gemido, fue toda la respuesta que obtuvo.
Sin pensárselo tampoco mucho. Abrió la puerta y entró en el estudio, donde la escena que encontró hizo que su corazón diera un vuelco.
Dante estaba sentado en su sillón, inclinado hacia adelante con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos.
La estancia estaba casi a oscuras, con solo una pequeña lámpara de escritorio encendida.
Su luz proyectaba más sombras que claridad.
Sobre el escritorio, sus gafas de lectura permanecían abandonadas junto a un vaso de agua intacto.
—¿Señor Eastwood? —preguntó, acercándose cautelosamente.
Él no levantó la cabeza, pero sus hombros se tensaron, reconociendo su presencia.
—Váyase. —Su voz sonaba áspera, tensa por el dolor—. Estoy bien.
Otro relámpago iluminó la habitación, y en ese instante de claridad, Natalie pudo ver cómo se estremecía, cerrando los ojos con fuerza como si la luz le causara dolor.
—No está bien —respondió con suavidad, sin levantar la voz, acercándose más—. ¿Es una migraña?
Dante emitió una risa seca, casi un jadeo.
—Muy observadora —murmuró, aún sin mirarla—. Ahora, si ha satisfecho su curiosidad, agradecería que me dejara solo.
Natalie se cruzó de brazos, evaluando la situación.
En las semanas que llevaba trabajando en la mansión, había llegado a conocer bastante bien a su peculiar jefe.
Sabía que bajo esa fachada de rudeza había un hombre que odiaba mostrar cualquier tipo de debilidad.
Y en este momento, estaba claramente sufriendo.
También sabía que, si le hacía caso y se marchaba, probablemente pasaría toda la noche retorciéndose de dolor en aquel sillón antes que pedir ayuda.
—No —dijo, con una firmeza que la sorprendió incluso a ella misma.
Dante levantó la cabeza ligeramente, entrecerrando los ojos para mirarla a través del dolor.
—¿No? —repitió.
—No me voy a ir —afirmó Natalie, y comenzó a moverse por el estudio con determinación, bajando primero la intensidad de la única lámpara encendida hasta dejarla en un tenue resplandor—. No mientras esté así.
—Señorita Watson… —comenzó Dante, con ese tono de autoridad que normalmente usaba para zanjar discusiones, pero ella lo interrumpió.
—Puede despedirme mañana si quiere —dijo, acercándose para recoger el vaso de agua del escritorio—. Pero esta noche voy a cuidar de usted, le guste o no.
Un trueno muy fuerte retumbó, haciendo que Dante cerrara los ojos y respirara profundamente, como intentando controlar una ola de náuseas. Cuando volvió a abrirlos, la resolución en el rostro de Natalie pareció haberlo dejado sin argumentos.
—Está siendo ridícula —murmuró finalmente, pero el sarcasmo habitual había desaparecido de su voz, reemplazado por un cansancio que hizo que algo dentro de Natalie se contrajera de preocupación.
—Probablemente —estuvo de acuerdo ella con una pequeña sonrisa—. Ahora, ¿desde cuándo tiene esta migraña?
Dante suspiró, rindiéndose ante lo inevitable.
—Desde esta tarde —admitió—. La tormenta no ayuda. El cambio de presión...
—Entiendo —dijo Natalie—. Mi madre sufría migrañas terribles cuando se acercaba el mal tiempo. Voy a buscar algunas cosas. ¿Puede moverse hasta el sofá? Estará más cómodo tumbado.
Durante un momento, pareció que Dante iba a protestar de nuevo, pero otro relámpago, seguido de un trueno, lo hizo estremecerse otra vez.
—Puedo llegar al sofá —masculló, levantándose con movimientos cautelosos, como si cada uno le costara un esfuerzo monumental.
Natalie lo observó dirigirse lentamente hacia el amplio sofá de cuero que ocupaba un rincón del estudio.
Normalmente, Dante se movía con la gracia contenida de un depredador, siempre alerta, siempre bajo control.
Verlo ahora, tambaleándose ligeramente, con una mano apoyada en los muebles para mantener el equilibrio, despertó en ella una ternura que no sabía que podía sentir hacia aquel hombre.
—Volveré enseguida —prometió, saliendo rápidamente del estudio, una vez que se aseguró de que Dante había llegado al sofá.
En la cocina, Natalie se movió con la eficiencia que se adquiría con la experiencia.
Puso agua a hervir y reunió lo que necesitaba: té de manzanilla, miel, una toalla pequeña, un cuenco con agua fría y un paño limpio.
Mientras esperaba que el agua hirviera, se detuvo un momento, preguntándose qué estaba haciendo exactamente.
Una cosa era ofrecerle un té o un analgésico a tu jefe con migraña.
Otra completamente diferente era declarar que ibas a cuidar de él toda la noche, desafiándolo abiertamente e ignorando sus órdenes directas de dejarlo solo.
¿En qué estaba pensando? ¿Acaso no era consciente de que la podía despedir? ¿De que podía echarla a la calle?
«No estaba pensando —se respondió a sí misma, vertiendo el agua caliente sobre la bolsita de manzanilla—. Solo... he reaccionado».
Porque había algo profundamente insólito en ver a Dante Eastwood, siempre tan controlado, tan autosuficiente, reducido a un bulto de dolor en su sillón.
Y algo aún más insólito en darse cuenta de que probablemente nadie lo había cuidado en años.
Que probablemente sufría esas migrañas solo, en silencio, sin nadie que le ofreciera consuelo o ayuda.
El pensamiento le provocó una punzada de tristeza tan aguda que casi pudo saborearla.
Cuando regresó al estudio, cargada con su improvisado kit de primeros auxilios, encontró a Dante tumbado en el sofá, con un brazo cubriendo sus ojos, y la otra mano cerrada en un puño sobre su estómago.
La imagen de vulnerabilidad era tan inusual que se detuvo un momento en la puerta, casi sintiendo que estaba presenciando algo que no debería ver.
—¿Señor Eastwood? —lo llamó suavemente, acercándose—. Le he traído algunas cosas que pueden ayudar.
Él no se movió, pero el suspiro que emitió le indicó que estaba despierto y la había escuchado.
Natalie colocó su bandeja en la mesita auxiliar junto al sofá y se arrodilló a su lado.
—Primero, esto —dijo, ofreciéndole dos pastillas y un vaso de agua—. Son analgésicos normales, pero algo harán.
Dante movió el brazo ligeramente, observándola a través de los ojos entrecerrados, que reflejaban tanto dolor como sorpresa por su insistencia.
—Ya he tomado medicación más fuerte —murmuró—. No ha funcionado.
—A veces funcionan mejor combinados —dijo Natalie, manteniendo el vaso extendido con determinación—. Y necesita hidratarse.
Después de un momento de silenciosa batalla de voluntades, Dante finalmente cedió, incorporándose para tomar las pastillas y beber un sorbo de agua. El simple esfuerzo pareció agotarlo, y se dejó caer de nuevo contra el cojín.
—Testaruda —masculló, pero sin que hubiera verdadera hostilidad en su voz.
—Me lo dicen a menudo —respondió Natalie con una pequeña sonrisa en los labios.
Humedeció el paño en agua fría y lo retorció para eliminar el exceso.
Con gestos suaves pero seguros, colocó el paño frío sobre la frente de Dante. Él se tensó inicialmente ante el contacto, pero luego exhaló lentamente, como si el frío proporcionara un alivio instantáneo.
—¿Mejor? —preguntó ella.
Dante no respondió verbalmente, pero la ligera relajación de sus facciones fue respuesta suficiente.
—Le he preparado té de manzanilla con miel —continuó Natalie, dejando que el paño hiciera su trabajo—. Ayuda con las náuseas. Y si cierra los ojos, le daré un ligero masaje en las sienes. Mi madre decía que era lo único que realmente la aliviaba.
—No es necesario que... —comenzó Dante, pero ella lo interrumpió con suavidad.
—Lo sé. Pero quiero hacerlo —dijo Natalie.