CAPÍTULO 13 #2
—Vamos, solo unas fotos —insistió la mujer, moviendo la lente para intentar capturar mejor a Natalie y a Kora—. ¿Es esa la hija de Dante Eastwood? Los rumores dicen que es un hombre muy solitario, pero parece que tiene secretos, ¿eh?
La absurda pregunta apenas caló en el cerebro de Natalie, consumido por el pánico. Todo lo que podía pensar era en fotos, exposición, peligro. Si esas imágenes salían publicadas en alguna parte, en algún medio de comunicación, si las veía la persona equivocada...
Mierda.
—No, no es... Por favor, dejad de hacer fotos —suplicó, retrocediendo hacia la mansión mientras Kora, que estaba notando la tensión del momento, comenzaba a llorar—. No tenéis ningún derecho de estar aquí.
—Es un lugar público —respondió el hombre, aunque claramente no lo era—. Solo hacemos nuestro trabajo. ¿Podrías decirnos si Dante Eastwood está trabajando en un nuevo libro? Sus fans llevan años esperando que saque una nueva novela.
Kora, que ya era plenamente consciente de que algo iba mal, comenzó a llorar más alto. Un montón de lágrimas rodaban por sus mejillas sonrosadas mientras se aferraba al cuello de Natalie.
—Shhh, está bien, cariño —susurró Natalie, meciéndola suavemente, aunque su propio corazón latía tan fuerte que temía que la niña pudiera sentirlo—. Vámonos dentro.
Pero cuando intentó moverse hacia la mansión, los paparazzi simplemente se desplazaron a lo largo de la verja, siguiéndola, disparando sus cámaras sin cesar.
—¡Solo unas palabras! —insistió el hombre—. ¿Cómo es realmente Dante Eastwood en la intimidad? ¿Es tan excéntrico como dicen? ¿Es cierto que está sufriendo el bloqueo del escritor y que ya no tiene inspiración para escribir?
Las preguntas se mezclaban con el llanto de Kora, creando una cacofonía que hacía que la cabeza de Natalie palpitara.
Sentía que las piernas podían fallarle en cualquier momento. El pánico era una especie de animal vivo en su pecho, apretándolo, aplastándolo, robándole el aire.
Fue entonces cuando lo escuchó:
—¡¿Qué demonios está pasando aquí?! —La voz de Dante cortó el caos como un cuchillo afilado.
Natalie se giró para verlo avanzar por el jardín a grandes zancadas. Su rostro era una máscara de furia apenas contenida. Nunca lo había visto así, con los ojos entrecerrados y la mandíbula tan tensa que podía ver el músculo que pulsaba bajo la piel.
Los paparazzi, lejos de intimidarse, parecieron encantados con aquella nueva incorporación a su sesión de fotos improvisada.
—¡Señor Eastwood! —exclamó la mujer, disparando su cámara con un entusiasmo renovado—. ¡Qué sorpresa encontrarlo al aire libre! ¿Nos concedería unas palabras sobre su próximo proyecto? ¿Y sobre su vida personal? Parece que tiene una familia que nadie conocía.
Dante se detuvo junto a Natalie, colocándose sutilmente delante de ella, como un escudo humano.
—Señorita Watson —dijo en voz baja, sin apartar la mirada de los intrusos—, entre en la casa con Kora. Ahora.
Había tal autoridad en su voz que Natalie ni siquiera consideró discutir. Pero antes de que pudiera moverse, Dante añadió:
—Yo me encargaré ellos.
Natalie asintió brevemente y comenzó a retroceder hacia la mansión, con Kora todavía sollozando contra su hombro.
A medida que se alejaba, podía escuchar la voz de Dante, más fría y cortante que nunca.
—Están en una propiedad privada. Están acosando a mis empleados. Están aterrorizando a una niña pequeña —ladró—. Y están a punto de enfrentarse a una demanda por invasión de la privacidad tan grande que sus nietos seguirán pagándola.
—Vamos, señor Eastwood —respondió el hombre, aunque su voz ya no sonaba tan confiada—. Solo hacemos nuestro trabajo. Sus fans quieren saber...
—Mis fans respetan mi privacidad —lo interrumpió Dante con un tono que podría haber congelado lava—.
Ustedes no son más que buitres disfrazados de periodistas.
Y si una sola de esas fotos ve la luz del día, especialmente cualquiera donde aparezcan la señorita Watson o la niña, me aseguraré personalmente de que sus carreras terminen hoy mismo y para siempre.
Cuando Natalie llegó a la puerta trasera de la mansión, las voces se habían convertido en un murmullo indistinguible. Con manos temblorosas, consiguió abrir la puerta y entrar.
Una vez dentro, se dejó caer en una silla de la cocina, abrazando a Kora, que seguía llorando, aunque con menos intensidad.
Notaba el pulso acelerado en las sienes y una náusea persistente en el estómago. Imágenes de lo que podría pasar si su expareja viera esas fotos, si descubriera dónde estaban, desfilaban por su mente como una película de terror. De verdadero terror.
No supo cuánto tiempo pasó así, meciéndose suavemente con Kora en brazos, hasta que la puerta de la cocina se abrió de nuevo y entró Dante. Su expresión seguía siendo sombría, pero la furia había sido reemplazada por algo diferente, algo que se parecía inquietantemente a la preocupación.
—Thomas se está asegurando de que se marchen —informó, cerrando la puerta tras él—. Le he indicado que les repita que, si publican una sola de esas fotos, nos veremos en los tribunales.
Natalie asintió, incapaz de encontrar palabras en su garganta.
Dante se acercó, dudando un momento antes de sentarse en la silla frente a ella.
—¿Están bien? —preguntó, y su voz tenía una suavidad que Natalie nunca había escuchado antes.
—Sí, solo... —Natalie tragó saliva, intentando controlar el temblor en su voz—. Es que no me lo esperaba.
—¿Y la niña? —se interesó Dante.
—Kora está un poco asustada, eso es todo —respondió Natalie.
Dante observó a la niña, que había dejado de llorar y ahora hipaba ocasionalmente, con la cabeza apoyada en el hombro de Natalie. Sus pequeños dedos agarraban firmemente la tela de su blusa.
—Lo siento —dijo, pasándose una mano por el pelo en un gesto inusualmente nervioso—. Debería haberla advertido. Esos buitres aparecen de vez en cuando. Normalmente Thomas los ahuyenta antes de que lleguen tan lejos.
—No es su culpa —respondió Natalie, encontrando finalmente su voz—. Yo... me he puesto muy nerviosa. No estoy acostumbrada a... a ese tipo de situaciones.
Era una mentira, por supuesto. No era la falta de costumbre lo que la había aterrorizado, sino el miedo muy real de ser descubierta, de que esas fotos pudieran llegar hasta su ex. Pero no podía explicar eso, no todavía, no a Dante.
Dante la estudió durante unos segundos, como si intuyera que había algo más en su reacción de lo que decía, pero no quiso presionarla.
—Entiendo —dijo simplemente—. A mí tampoco me agradan estas situaciones. Hay una razón por la que elegí vivir aquí, lejos de todo ese circo.
Un silencio se instaló entre ellos, no del todo incómodo pero cargado de algo indefinible. Kora, agotada por el llanto, había cerrado los ojos y parecía a punto de quedarse dormida contra el pecho de Natalie.
—Gracias —dijo Natalie, levantando la mirada para encontrarse con la de Dante—. Por intervenir. Por... por protegernos.
Algo impreciso cruzó el rostro de Dante. Una emoción demasiado rápida para ser identificada.
—No tiene nada que agradecerme —respondió, casi a regañadientes, como si las palabras fueran extrañas en su boca—. Cualquiera habría hecho lo mismo que yo.
Pero ambos sabían que eso no era cierto.
Cualquiera no habría bajado como un rayo de su torre para enfrentarse a unos paparazzi en defensa de su empleada.
Cualquiera no se habría puesto delante de ellas a modo de escudo para protegerlas, como si fuera lo más natural del mundo.
Cualquiera no la estaría mirando ahora con esa intensidad que parecía atravesarla hasta el alma.
Natalie desvió la vista, súbitamente consciente del calor que subía por sus mejillas. No quería que Dante se diera cuenta de que se estaba ruborizando.
—Aun así —insistió en voz baja—. Gracias.
Kora se removió en sus brazos, emitiendo un pequeño sonido de protesta antes de acomodarse de nuevo. Sus pestañas formaban pequeñas medias lunas sobre sus mejillas sonrosadas, y su respiración se había vuelto regular y profunda.
—¿Está bien? —insistió Dante, inclinándose ligeramente para observar a la niña.
La preocupación en su voz tocó algo dentro de Natalie, un lugar que había mantenido cuidadosamente protegido.
—Sí —respondió, pasando suavemente un dedo por la mejilla de Kora—. Solo está un poco asustada, como ya le he dicho. Se le pasará con una buena siesta.
Dante asintió, aparentemente aliviado.
Luego, como si acabara de darse cuenta de lo cerca que estaba de Natalie, se echó hacia atrás, recuperando algo de su habitual frialdad, y poniendo distancia entre ellos.
—Debería... —comenzó, haciendo un gesto vago con la mano hacia la puerta—. Tengo trabajo.
—Claro —dijo Natalie, afirmando con la cabeza—. Y yo debería acostar a Kora.
Pero ninguno de los dos se movió de inmediato. Había algo suspendido entre ellos, algo no dicho, no reconocido, pero presente como la electricidad antes de una tormenta.
Al final, Dante se levantó, alisándose una arruga inexistente en su jersey.
—Si necesita algo... —ofreció, dejando la frase sin terminar.
Natalie asintió.
—Lo sé —respondió en tono suave—. Gracias.
Dante se levantó de la silla y dio media vuelta.
Y mientras Natalie lo veía salir de la cocina, con los hombros ligeramente menos rígidos que de costumbre, Natalie se encontró pensando que, de alguna manera, el muro que Dante Eastwood había construido alrededor de sí mismo tal vez acababa de mostrar una grieta.
Y lo más desconcertante era que ella no estaba segura de si debía celebrarlo o temerlo.