CAPÍTULO 13
El invierno estaba regalando unos días de sol y temperaturas más suaves, después del frío intenso de las últimas semanas.
Natalie observaba el jardín desde la ventana de la cocina mientras preparaba el desayuno.
—Buenos días —la saludó Thomas, entrando en la cocina con las botas llenas de barro y una sonrisa que iluminaba su rostro arrugado—. Parece que finalmente hemos convencido a esos rosales para que florezcan este año.
Natalie le devolvió la sonrisa, vertiendo un chorro de café en una taza para él.
—Milagros del sol —respondió, añadiendo dos cucharadas de azúcar como sabía que le gustaba—. Y de tu mágica mano con las plantas.
Thomas aceptó la taza con un gesto de agradecimiento.
—¿Sabes qué? —dijo, tras dar un sorbo de café—. Creo que hoy sería un día perfecto para que la pequeña Kora explore el jardín. El sol brilla y no hace demasiado frío. He limpiado esa zona junto al invernadero, y hay un pequeño banco donde podrías sentarte con ella.
Los ojos de Natalie se iluminaron.
—Es una idea maravillosa —respondió, lanzando una mirada hacia el monitor del bebé donde podía ver a Kora todavía dormida en su cuna—. Le vendrá bien tomar el aire, y a mí también. Además, ya casi anda. Necesita espacio para practicar sus primeros pasos.
Thomas apuró su café y se enderezó.
—Entonces está decidido. Te avisaré cuando termine de arreglar ese rincón. Será su pequeño oasis personal.
Cuando el jardinero se marchó, Natalie se permitió un momento de reflexión.
Se sentía... ¿feliz? No exactamente. Pero por primera vez en mucho, mucho tiempo, notaba una especie de paz.
La mansión, con todas sus peculiaridades y su principal habitante igualmente peculiar, se había convertido en un lugar seguro.
Un refugio donde, paradójicamente, comenzaba a encontrarse a sí misma de nuevo.
Y hablando del principal habitante...
—Buenos días, señor Eastwood —dijo sin volverse, reconociendo los pasos característicos que se aproximaban por el pasillo—. Su café está casi listo.
Dante entró en la cocina con el ceño ligeramente fruncido, como si todavía estuviera procesando algún pensamiento complicado. Llevaba puesto uno de sus habituales jerséis negros, aunque Natalie había notado que últimamente los alternaba con algunos en tonos azul oscuro o gris.
«Todo un arcoíris de colores», pensó con ironía.
—¿Cómo sabe siempre que soy yo? —preguntó él con curiosidad, aceptando la taza que ella le tendía.
Natalie se encogió de hombros, con una sonrisa enigmática dibujada en los labios.
—Sus pasos… son inconfundibles —respondió—. Decididos pero cautelosos, como si siempre estuviera evaluando el suelo antes de pisarlo.
Las cejas de Dante se alzaron ligeramente, y algo parecido a la sorpresa cruzó su rostro.
—Esa es una observación muy... literaria, señorita Watson.
—Quizás se me está pegando algo de estar rodeada de libros todo el día —bromeó Natalie, volviéndose para servirse su propio café.
Se produjo uno de esos silencios que últimamente no resultaban tan incómodos como al principio. Era casi como si hubieran desarrollado un lenguaje propio, donde los silencios también comunicaban algo.
—Thomas me ha sugerido sacar a Kora al jardín hoy —comentó finalmente Natalie, rompiendo el silencio—. Dice que hay un rincón junto al invernadero que está preparando especialmente para ella.
Dante asintió, observando el líquido oscuro de su taza.
—Es una buena idea. El aire fresco le vendrá bien a la niña. Y a usted también —dijo.
Había algo en su tono, una suavidad apenas perceptible, que hizo que Natalie lo mirara con más atención.
—¿Está usted... preocupado por mi bienestar, señor Eastwood? —preguntó, medio en broma, medio en serio.
Dante desvió la mirada, súbitamente interesado en la vista del jardín al otro lado de la ventana.
—Simplemente constato un hecho. La vitamina D es esencial para el desarrollo infantil y el bienestar general de los adultos —dijo—. Y usted pasa demasiado tiempo en esta casa.
—Como si usted fuera el mejor ejemplo de vida al aire libre —replicó Natalie, poniendo los ojos en blanco. Quizá debería haberse mordido la lengua, era algo que no le incumbía, pero no lo hizo—. No recuerdo la última vez que lo vi dar un paseo por el jardín… de día.
—Tengo un balcón en mi estudio —se defendió él—. Observo la naturaleza desde allí. Es más efectivo.
—Claro, porque la naturaleza es algo que se «observa de forma efectiva». —Natalie no pudo evitar reírse—. Algún día, señor Eastwood, voy a arrastrarlo fuera de estas paredes. Por su propio bien.
La imagen de Natalie «arrastrándolo» a alguna parte pareció causar algún tipo de cortocircuito en el cerebro de Dante. Abrió la boca como para responder, pero la cerró de nuevo, y finalmente optó por dar un largo sorbo a su café.
—Tengo trabajo que hacer —anunció, recuperando su tono habitual—. Estaré en mi estudio. Si necesita algo...
—No dudaré en llamarlo —completó Natalie con una sonrisa—. O en arrastrarlo fuera, según sea necesario —añadió, lanzándole una mirada de reojo.
Dante entrecerró los ojos, como evaluando si Natalie estaba siendo una insolente, sin embargo sus labios se curvaron en lo que, en cualquier otra persona, podría haberse considerado el principio de una sonrisa.
—Buenos días, señorita Watson —dijo, y salió de la cocina con su taza de café, dejando tras de sí un extraño vacío que Natalie se negó a analizar. Últimamente se negaba a analizar demasiadas cosas.
El llanto de Kora a través del monitor la devolvió a la realidad. La pequeña se había despertado, y el día comenzaba oficialmente para ella.
El jardín estaba espléndido bajo el sol de media mañana.
Thomas, fiel a su palabra, había preparado un encantador rincón junto al invernadero.
Había limpiado y pulido un antiguo banco de hierro forjado, colocándolo bajo un almendro que empezaba a florecer, y había despejado un pequeño espacio en el césped donde Kora podía gatear y practicar sus primeros pasos sin peligro.
—Es perfecto, Thomas —exclamó Natalie, sinceramente emocionada, mientras dejaba que Kora explorara el suave césped con sus manitas regordetas—. Has creado un trocito de paraíso.
El viejo jardinero se sonrojó ligeramente bajo su piel curtida por el sol.
—No es nada —dijo, pasándose la mano por el cuello—. Esta mansión necesitaba un poco de vida, y vosotras dos habéis traído más que suficiente —respondió, inclinando ligeramente su sombrero de paja—. Os dejo disfrutar. Estaré en el huerto si me necesitáis.
Mientras Thomas se alejaba, Natalie se sentó en el banco, observando a Kora, que había descubierto una margarita y la contemplaba con absoluta fascinación.
El sol templaba su piel, y una brisa suave mecía las ramas del almendro, haciendo caer ocasionales pétalos blancos que revoloteaban como diminutas mariposas antes de posarse en el suelo.
Desde allí podía ver la parte trasera de la mansión, incluida la ventana del estudio de Dante en el segundo piso.
Se preguntó si él estaría allí ahora, encorvado sobre su escritorio, luchando con las palabras.
Había algo extraordinariamente íntimo en imaginar el proceso creativo de otra persona, como espiar a través de una cerradura algo que no se podía ver.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por un gato negro y blanco que caminaba hacia ellas. Natalie le había visto merodear por el jardín alguna que otra vez. Según le había contado Thomas, visitaba de vez en cuando la mansión, porque él el ponía comida.
El gato se detuvo junto a Kora, olfateándola con cuidado. La niña soltó una carcajada que sonó como campanillas en el aire tranquilo del jardín.
—Parece que tienes un nuevo amigo —comentó Natalie, acariciando el pelaje del felino cuando éste se acercó a saludarla también.
Después el gato se subió al banco y se tumbó a su lado.
Los minutos se convirtieron en una hora, y luego en dos.
Natalie había llevado un libro con ella, pero apenas había leído unas páginas. En cambio, se encontró disfrutando el momento: observando a Kora descubrir el mundo, sintiendo el sol en su piel, escuchando los pájaros que cantaban en los árboles cercanos, las olas golpeando la roca.
Por primera vez en mucho tiempo, no estaba huyendo, ni mirando por encima del hombro, ni planificando el siguiente movimiento. Simplemente estaba allí, presente, viva.
Fue entonces cuando lo escuchó: un clic , seguido de un murmullo amortiguado. El gato irguió las orejas y maulló.
Natalie se tensó, todos sus sentidos se pusieron de repente en alerta. El sonido había venido de los arbustos que bordeaban la propiedad, cerca de la verja exterior.
Otro clic . Esa vez no había duda. Era el obturador de una cámara.
El pánico la atravesó como una corriente eléctrica. Se levantó de un salto, recogiendo a Kora del suelo con un movimiento rápido que sobresaltó a la niña.
—¿Quién anda ahí? —peguntó. Su voz sonó más firme de lo que en realidad la sentía.
Durante un momento, solo hubo silencio. Luego, como si hubieran decidido que ya no tenía sentido esconderse, dos figuras emergieron de detrás de los arbustos. Un hombre y una mujer, ambos con cámaras de aspecto profesional colgando de sus cuellos.
—¡Dante Eastwood! —llamó el hombre con voz fuerte—. ¡Solo queremos que nos digas unas palabras!
La mujer, mientras tanto, había levantado su cámara y estaba tomando fotos en una rápida sucesión, el obturador disparando como una pequeña ametralladora.
—¡Hey, tú, la niñera! —gritó—. ¿Cómo es trabajar para el ermitaño más famoso de la literatura? ¿Es cierto que no ha salido de la mansión en cuatro años?
El mundo pareció contraerse alrededor de Natalie.
Cámaras. Fotos. Preguntas.
Exposición.
Todas las alarmas en su cabeza comenzaron a sonar simultáneamente. Apretó a Kora contra su pecho, girándose instintivamente para ocultar el rostro de la niña.
—Por favor, iros —dijo, intentando que su voz sonara firme—. Estáis en una propiedad privada.