El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 12 #3
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CAPÍTULO 12 #3

Natalie se giró para encontrarse con un hombre joven, probablemente de su edad, con el pelo rubio desordenado de forma atractiva y una sonrisa fácil que iluminaba sus ojos azules. Vestía una camiseta sencilla y vaqueros, y tenía el tipo de rostro amable que inspiraba una confianza inmediata.

—Oh, gracias —respondió, devolviendo la sonrisa casi por reflejo—. ¿Eres un experto en miel?

Él se rio, y el sonido fue cálido y real.

—En absoluto. Pero mi abuela tiene colmenas, así que he sido cobaya de cada variedad que produce. Me obliga a probarlas todas —explicó, extendiendo la mano—. Soy Paul, por cierto. Paul Wilson. Esta tienda pertenece a mi familia.

—Natalie —se presentó ella, estrechando su mano—. Y esta es Kora.

Paul se inclinó ligeramente, sonriendo a la niña, que lo miraba con esa mezcla de curiosidad y recelo que los bebés reservan para los extraños.

—Encantado de conocerte, Kora —dijo con voz suave, y luego, para sorpresa de Natalie, hizo una pequeña reverencia que arrancó una risita de la niña.

El hielo se había roto.

Paul resultó ser encantador. Les mostró los mejores productos de la tienda, compartió anécdotas sobre el pueblo, y consiguió que Kora pasara de la desconfianza a la admiración en cuestión de minutos cuando sacó de detrás del mostrador un pequeño oso de peluche que, según explicó, estaba reservado para los clientes más especiales.

—Eres nueva por aquí, ¿verdad? —preguntó a Natalie, mientras le ayudaba a elegir algunas frutas—. Me acordaría de ti si te hubiera visto antes.

Había un tono en su voz, un ligero énfasis en sus palabras, que Natalie reconoció como interés. Hacía tanto tiempo que nadie flirteaba con ella que casi había olvidado cómo se sentía.

Era... agradable. Normal. Un recordatorio de que seguía siendo una mujer joven, no solo una madre, no solo una empleada.

—Trabajo en la mansión Eastwood —explicó, sorprendiéndose a sí misma por no mencionar que era algo «temporal», como solía hacer—. Con Dante Eastwood, el escritor.

Paul silbó suavemente.

—¿El misterioso señor Eastwood? He oído historias sobre él, pero nunca lo he visto en persona. Algunos en el pueblo creen que es un vampiro.

Natalie se rio, imaginando la expresión de Dante si escuchara que la gente del pueblo pensaba que era un vampiro.

—Te aseguro que no es un vampiro —respondió—. Solo un escritor que valora demasiado su privacidad y su silencio.

—Y que aparentemente tiene buen gusto para contratar personal —añadió Paul con una sonrisa que hizo que Natalie se sonrojara ligeramente.

El comentario quedó suspendido en el aire, ligero pero cargado de intención. Natalie sintió un revoloteo en el estómago, una sensación olvidada de ligereza y expectativa.

Durante un rato, se permitió disfrutar de la atención, del simple placer de una conversación sin tensión, sin complicaciones. Paul era guapo, amable y claramente estaba interesado en ella (o eso parecía). Quizá en otra vida, en otro momento...

Pero entonces Kora dejó caer el oso de peluche y comenzó a protestar, y la burbuja se rompió.

Natalie se inclinó para recoger el juguete, y cuando se enderezó, algo había cambiado en su expresión. Una sombra se había instalado en el fondo de sus ojos, un recordatorio silencioso de por qué estaba dónde estaba, de qué había dejado atrás. De qué había salido huyendo.

Paul pareció notar el cambio, aunque no lo mencionó. Lo que hizo fue revisar la lista de compras que Natalie había estado elaborando.

—Déjame ayudarte a cargar todo esto —se ofreció, en un tono que había vuelto a ser simplemente amistoso—. Y luego quizás podrías probar el café de la señora Higgins al otro lado de la calle. Hace unos pasteles de zanahoria que son legendarios.

Natalie asintió, agradecida por su tacto, por la manera en que había respetado su silencioso repliegue sin cuestionarlo.

—Suena genial —comentó, y lo decía en serio.

Mientras recorrían los pasillos, con Paul contándole historias sobre el pueblo y sus habitantes, Natalie se preguntó por qué, en medio de aquella agradable normalidad, sus pensamientos seguían regresando a la mansión, a las altas ventanas, a la figura solitaria que a veces miraba por ellas.

Era absurdo. Dante Eastwood probablemente estaba disfrutando de cada segundo de silencio en su ausencia.

Y sin embargo...

—¿Sabes qué? —dijo, interrumpiendo una historia de Paul sobre el festival anual del pueblo—. Creo que llevaré también algo de ese té Earl Grey. Para el señor Eastwood.

Paul alzó una ceja, pero sonrió.

—Buena idea. Tenemos una mezcla especial que prepara mi madre. Dice que hasta hace sonreír a los más gruñones.

—Entonces llevaré dos cajas —bromeó Natalie, y ambos rieron.

La mañana se extendió como un regalo lleno de pequeños placeres: el café en el local de la señora Higgins, un paseo por la plaza del pueblo donde Kora pudo ver patos en un pequeño estanque, y Natalie tener conversaciones livianas con algunos habitantes que, tal como había predicho Thomas, estaban fascinados con la «chica de la mansión».

Y si en algún momento Natalie se descubría mirando la hora, preguntándose si Dante habría conseguido calentar su comida o si estaría maldiciendo al microondas... Bueno, eso era simplemente preocupación profesional, se dijo a sí misma. Nada más.