El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 12 #2
18%

CAPÍTULO 12 #2

Había algo en la forma en que dijo esa última frase, un matiz de preocupación que pilló a Natalie desprevenida. ¿Dante Eastwood preocupándose por alguien que no fuera él mismo? Improbable.

—Lo tendremos —prometió, y se giró para marcharse antes de que él pudiera cambiar de opinión o añadir alguna condición imposible de cumplir que la obligara a quedarse.

Mientras bajaba las escaleras, con Kora balbuceando alegremente en sus brazos, Natalie se descubrió sonriendo.

Dante Eastwood era, sin lugar a duda, el hombre más imposible que había conocido en su vida. Testarudo, arrogante, asocial... y, sin embargo, a veces dejaba entrever algo más, bajo esa fachada cuidadosamente construida. Algo que, muy a su pesar, la intrigaba.

Sí, la intrigaba. Y no sabía la razón. Al fin y al cabo, solo era un hombre más. Bueno, no era un hombre más, era su jefe.

Sacudió la cabeza para deshacerse de aquel pensamiento.

No estaba allí para descifrar el enigma que era Dante Eastwood.

Estaba allí para trabajar, para mantenerse a flote, para cuidar de Kora.

Y hoy, durante unas horas, iba a permitirse recordar lo que se sentía al ser una persona normal en un mundo normal.

Thomas la esperaba junto a su viejo Ford, un vehículo de un azul descolorido que había visto mejores décadas, pero que cuidaba con la misma meticulosidad que dedicaba a sus rosas.

—Ah, ahí estáis —sonrió al verlas, abriendo la puerta trasera—. ¿Todo listo para nuestra gran aventura?

Natalie afirmó con la cabeza, colocando la silla de seguridad de Kora en el asiento trasero con la destreza que da la práctica.

—Más que lista —respondió, ajustando las correas alrededor de Kora, que pataleaba emocionada—. Necesito esto más de lo que creía.

—Por eso te he dicho que me acompañéis —dijo Thomas.

Desde una ventana del segundo piso, Dante observaba la escena con una expresión indescifrable.

Vio cómo Natalie aseguraba a Kora en su asiento, cómo hablaba animadamente con Thomas, cómo su rostro parecía más luminoso, más ligero, ahora que se preparaba para dejar atrás la mansión, aunque solo fuera durante unas horas.

Una sensación extraña se instaló en su pecho, algo que se negó firmemente a identificar como soledad. Era absurdo. Había pasado años perfectamente solo antes de que ellas llegaran. Unas horas no supondrían ninguna diferencia.

Ninguna.

Vio cómo el coche se alejaba por el camino de grava, llevándose con él las risas, el ruido, el caos, todas esas cosas que había creído detestar y que ahora, inexplicablemente, hacían que la mansión pareciera demasiado silenciosa en su ausencia.

El viejo Ford de Thomas recorría la sinuosa carretera costera con una soltura que desmentía todos los años que tenía el pobre vehículo encima.

Los amortiguadores protestaban en cada curva, pero el motor ronroneaba con satisfacción, como si estuviera tan contento como sus ocupantes de estar en movimiento.

—Este coche y yo nos entendemos —explicó Thomas con orgullo paternal, mientras golpeaba afectuosamente el volante—. Cuarenta años juntos y nunca me ha dejado tirado. Es como un matrimonio bien avenido.

Natalie sonrió. Con el viento colándose por la ventanilla entreabierta y alborotando su pelo negro, se sentía extrañamente ligera, casi eufórica, como si cada kilómetro que se alejaba de la mansión la liberara de un peso invisible.

—¿Cómo es el pueblo? —preguntó, girándose para comprobar que Kora seguía felizmente entretenida con su tortuga de peluche.

Thomas reflexionó la respuesta durante unos segundos mientras tomaba otra curva.

—Pequeño, pero con encanto. Todos se conocen, por supuesto, así que prepárate para ser el centro de atención. No recibimos muchos visitantes nuevos, y menos aún que vivan en la mansión Eastwood.

—¿Soy una rareza local? —bromeó Natalie.

—Digamos que el hecho de que hayas sobrevivido más de un mes con nuestro ilustre escritor ya te convierte en una leyenda —respondió Thomas con un destello de humor en los ojos—. La gente tendrá curiosidad.

—Genial —murmuró Natalie con sarcasmo, aunque en el fondo no le importaba. Un poco de curiosidad amistosa era un precio pequeño que pagar por unas horas de normalidad.

El pueblo apareció ante ellos como una postal perfecta: casas de piedra agrupadas alrededor de una plaza central, una cafetería de aspecto acogedor, una pequeña iglesia con un campanario que se alzaba sobre los tejados. Todo parecía sacado de un cuento, pintoresco y tranquilo.

Thomas aparcó frente a una tienda que tenía un letrero azul y blanco que rezaba «Ultramarinos Wilson–Desde 1892».

Las campanas de la puerta tintinearon alegremente cuando entraron, Natalie con Kora en brazos y Thomas saludando al hombre corpulento tras el mostrador como a un viejo amigo.

—¡Tom! Ya era hora de que aparecieras por aquí —exclamó el dependiente, un hombre de mejillas sonrosadas y un delantal blanco—. ¿Quiénes son tus acompañantes?

—Jack, te presento a Natalie Watson y a su pequeña hija Kora —respondió Thomas, con un gesto hacia ellas—. Natalie es la nueva ama de llaves de la mansión.

Los ojos de Jack se abrieron con sorpresa y algo que parecía admiración.

—¿La mansión Eastwood? —repitió, inclinándose sobre el mostrador para examinarla mejor—. Vaya, vaya... Así que usted es la valiente que ha aceptado trabajar para nuestro célebre ermitaño local.

Natalie se rio, aunque sintió un extraño impulso de defender a Dante. ¿Desde cuándo sentía la necesidad de defenderlo? El hombre estaba diciendo la verdad y nada más que la verdad. Dante era un ermitaño, y bastante gruñón para ser sinceros.

—No es tan malo como lo pintan —se limitó a decir, y luego añadió con una sonrisa traviesa—. Bueno, tal vez los primeros días sí.

Jack soltó una carcajada que resonó por toda la tienda.

—Me gusta esta chica, Tom. Tiene agallas.

La tienda era un tesoro de productos locales, desde quesos artesanales hasta mermeladas caseras.

Natalie se movía entre las filas de estanterías con Kora, redescubriendo el simple placer de examinar productos, de tomar decisiones triviales como qué tipo de galletas de chocolate comprar. Si light o no.

Estaba examinando una botella de miel local cuando una voz a su espalda la sobresaltó.

—La de brezo es la mejor, si me permites la recomendación.