El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El día había amanecido claro y luminoso, uno de esos días raros en que el sol derrotaba a la niebla que habitualmente se aferraba a los acantilados como una serpiente.

La luz se derramaba por las ventanas de la mansión, bañándolo todo de un precioso color oro.

Natalie había aprovechado la mañana para limpiar los cristales de las ventanas del salón principal, una tarea que resultaba casi terapéutica.

Kora jugaba cerca, en su manta de actividades, mordisqueando un dinosaurio de goma como si fuera una fruta. Le estaban saliendo los dientes y cualquier cosa era buena para llevársela a la boca.

Thomas apareció en la puerta, con su habitual chaqueta de tweed y una sonrisa que hacía que le salieran arrugas alrededor de los ojos.

—Buenos días, señorita Watson —saludó, quitándose el sombrero con esa cortesía antigua que parecía llevar grabada en los huesos.

Natalie se volvió, con el trapo aún en la mano y una mancha de limpiador de cristales en la mejilla, que se había extendido al apartarse un mechón de pelo de la cara.

—Creo que ya es hora de que me llames Natalie. Eso de «señorita Watson» me hace sentir mayor —dijo en tono de broma.

Thomas sonrió.

—Como quieras, Natalie.

—Eso está mejor. —Ella también sonrió—. Buenos días —correspondió a su saludo—.

¿Cómo va ese jardín? ¿Todavía luchando contra los elementos atmosféricos?

—preguntó, recordando cómo el hombre había estado batallando toda la semana con unas enredaderas muy tercas que se empeñaban en trepar por la fachada sin control.

—Las plantas y yo hemos llegado a un acuerdo —respondió Thomas, guiñándole un ojo—. Ellas crecen donde quieren, y yo finjo que es exactamente donde las quería.

Natalie soltó una risa que pareció iluminar la estancia. Incluso Kora levantó la cabeza, dejando momentáneamente su dinosaurio para aplaudir, como si el sonido de la risa de su madre fuera algo extraordinario.

—De hecho —continuó Thomas, acercándose a la ventana para evaluar el trabajo de Natalie—, estaba pensando en bajar al pueblo a buscar algunas provisiones.

Semillas para la primavera, un poco de aceite para la motosierra, y...

—Hizo una pausa, mirándola directamente—…

me preguntaba si tú y la pequeña Kora querríais acompañarme.

Natalie se quedó inmóvil, con el trapo suspendido en el aire.

Desde que había llegado, no había salido de la propiedad, excepto para dar algún que otro paseo por el jardín con Kora.

La idea de ver calles, tiendas, gente normal que no viviera aislada en una mansión de piedra con aire gótico, le resultó tentadora. Muy tentadora, la verdad.

—¿Al pueblo? —repitió, como si necesitara asegurarse de haber escuchado bien.

Thomas asintió, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de pana marrón.

—Te vendría bien un cambio de aires, si me permites decirlo. Esta casa puede ser... abrumadora cuando se pasa demasiado tiempo entre sus muros.

Natalie dejó el trapo sobre el alféizar y se acercó a Kora, que estaba intentando comerse su propio calcetín con un entusiasmo envidiable. La tomó en brazos, sintiendo el peso reconfortante de su hija contra su pecho.

—No sé, Thomas... —comenzó, aunque en su interior ya estaba imaginando el aroma de una cafetería, el sonido de conversaciones normales, la sensación de ser parte del mundo de nuevo—. ¿Qué dirá el señor Eastwood?

Thomas soltó un resoplido que era mitad risa, mitad exasperación.

—El señor Eastwood sobrevivirá unas horas sin que alguien le prepare el café o el té exactamente cómo le gusta —respondió con una chispa de diversión en los ojos—. Además, técnicamente es tu día libre, ¿no? Hoy es sábado.

Natalie parpadeó.

¿Era sábado? Los días en la mansión tendían a mezclarse, a fundirse unos con otros como la niebla en los acantilados. Pero si era su día libre, técnicamente no necesitaba el permiso de nadie.

Una sonrisa lenta se extendió por su rostro.

—¿A qué hora nos vamos? —preguntó.

La expresión de Thomas se iluminó como un árbol de Navidad.

—En una media hora, si te parece bien. Mi viejo coche está listo y esperando —respondió.

Natalie asintió, conforme, sintiendo una emoción que no había experimentado en mucho tiempo. Salir. Un día normal. Una oportunidad de recordar que existía un mundo más allá del silencio y de las paredes de piedra.

—Estaremos listas en media hora —prometió, y besó la cabeza de Kora, que dio un gritito, encantada, como si también ella supiera que algo bueno estaba a punto de ocurrir.

Sin embargo, había un pequeño obstáculo entre ella y su excursión al pueblo: informar a Dante. No era estrictamente necesario, pero la cortesía y el hecho de que vivieran bajo el mismo techo lo convertían en algo inevitable.

Media hora después, con Kora ya vestida con su mejor conjunto (un mono de pana de color verde y un pequeño abrigo con orejitas que la hacían parecer un osito de peluche), Natalie subió las escaleras hacia el estudio de Dante.

Su corazón latía un poco más rápido de lo normal, aunque se dijo a sí misma que era por cargar a Kora escaleras arriba, no por la perspectiva de enfrentarse a la mirada glacial de su jefe.

Se detuvo frente a la puerta del estudio, que por una vez estaba completamente cerrada. Respiró hondo y llamó con los nudillos. Dio dos golpes suaves pero decididos.

—¿Qué? —La voz de Dante llegó amortiguada por las paredes, pero se notaba claramente irritada (como casi siempre).

Natalie puso los ojos en blanco.

—Soy Natalie, ¿puedo hablar un momento con usted? —preguntó.

—Pase.

Por supuesto, incluso su forma de decir «pasa» tenía que sonar como si le estuviera haciendo un favor al universo.

Natalie abrió la puerta, asomando solo la cabeza, como quien se aventura en la cueva de un dragón malhumorado.

—Buenos días, señor Eastwood —dijo, manteniendo el tono ligero y profesional—. Quería informarle de que Thomas y yo nos bajamos al pueblo a comprar las provisiones de la semana. Iré con Kora, y volveremos en unas horas.

Dante estaba sentado tras su escritorio, con un jersey de cuello alto negro que hacía juego con la expresión de su cara, pero que le sentaba genial y le daba un toque sexy casi irresistible. Aunque Natalie prefirió no pensar en ello.

Sus ojos grises se alzaron del ordenador portátil que tenía delante, fijándose en ella con esa intensidad que siempre la hacía sentir como si estuviera siendo evaluada bajo un microscopio.

—¿Al pueblo? —repitió, y las dos palabras sonaron casi como una acusación.

—Sí —confirmó Natalie, entrando completamente en el estudio con Kora en brazos—. Necesito... —buscó una excusa convincente, recordando que técnicamente era su día libre y no necesitaba justificarse—… algunas cosas para Kora. Y Thomas necesita suministros para el jardín.

Dante dejó su pluma sobre el escritorio con una precisión meticulosa, como si estuviera colocando un instrumento quirúrgico.

Joder, ¿cómo podía tenerlo todo tan concienzudamente colocado?

Sus cejas se juntaron en un ceño fruncido tan perfecto que parecía ensayado.

—¿Y quién va a preparar la comida? —preguntó, como si esa fuera la preocupación más urgente del mundo.

Natalie contuvo el impulso de señalar que era perfectamente capaz de hacerse un sándwich por sí mismo. Pero en lugar de eso, sonrió con una dulzura que tenía un toque irónico.

—Le he dejado preparado un plato de pasta en la nevera. Solo tiene que calentarlo tres minutos en el microondas.

La mirada de Dante sugería que acababa de proponerle que realizara una compleja operación a corazón abierto con un tenedor de plástico.

—¿El microondas? —repitió, como si la palabra le resultara ofensiva.

—Sí, es ese aparato rectangular que hay sobre la encimera de la cocina —explicó Natalie con una paciencia exagerada—. Tiene botones. Y hace «ding» cuando termina.

Kora, como si quisiera participar en la conversación, soltó un gorjeo y extendió sus manitas hacia Dante. Algo en el rostro de él se suavizó momentáneamente ante su gesto, pero se recompuso tan rápido que Natalie casi pensó que se lo había imaginado.

—Sé lo que es un microondas —dijo Dante, seco.

Natalie tuvo que apretar los labios para no echarse a reír.

—Podría acompañarnos —sugirió, sorprendiéndose a sí misma. La idea había salido de sus labios antes de que su cerebro pudiera pensar en ella y darse cuenta de que era algo imposible—. Al pueblo, digo. Un poco de aire fresco le vendría bien —añadió, tentando a la suerte.

La expresión de horror que cruzó el rostro de Dante fue casi cómica. Retrocedió en su silla como si le hubiera propuesto saltar desde el acantilado sin paracaídas, para que se abriera la cabeza contra el suelo.

—¿Ir al pueblo? —Su voz subió media octava—. ¿Y tener que ver a gente?

Natalie no pudo evitarlo, puso los ojos en blanco con tanta fuerza que casi pudo ver su propio cerebro.

—Sí, señor Eastwood, ver gente. Ya sabe, esos seres que caminan sobre dos piernas y ocasionalmente disfrutan de la luz del sol —respondió. El sarcasmo goteaba de cada palabra.

Dante pareció ofendido.

—También sé lo que es la gente, señorita Watson —replicó con frialdad—. Simplemente prefiero observarlos desde la distancia. La gente no me gusta.

—Como un antropólogo estudiando una tribu salvaje en mitad del Amazonas —asintió Natalie—. Entiendo. Bueno, en ese caso, disfrutará de tener la casa para usted solo durante unas horas.

Dante no respondió de inmediato. Sus ojos se movieron de Natalie a Kora y de Kora a Natalie, como si estuviera calculando algo en su cabeza. Finalmente, con un suspiro que parecía cargar el peso de los pecados de la humanidad, dijo:

—Supongo que no hay forma de disuadirla.

No era una pregunta, pero Natalie respondió de todos modos.

—No, señor Eastwood, me temo que no. Al contrario que a usted, a mí la gente me gusta.

El silencio se extendió entre ellos durante unos instantes. Después, Dante hizo un gesto vago con la mano, como un monarca concediendo una audiencia a un súbdito.

—Entonces id. Pero tengan cuidado.

«Tengan cuidado.»