CAPÍTULO 11
Aquella noche, la mansión Eastwood parecía diferente. En lugar de la habitual niebla que envolvía los acantilados como un fantasma encadenado, el cielo se abría sobre ella en un lienzo negro salpicado de estrellas.
Era uno de esos raros momentos de claridad donde el mar se distinguía perfectamente bajo la luz plateada de la luna, rompiendo contra las rocas con un ritmo constante.
Dentro, Natalie mecía a Kora en sus brazos, paseando lentamente por la habitación.
La luz tenue de la lámpara de la mesilla proyectaba sombras suaves en las paredes, creando un ambiente íntimo que contrastaba con la inmensidad estrellada que se veía por la ventana.
—Vamos, mi amor, es hora de dormir —susurró contra el pelo de Kora, que se resistía a dejarse atrapar por el sueño.
La niña bostezó, pero sus ojos seguían abiertos, brillantes y curiosos, como si estuviera esperando el espectáculo final antes de rendirse.
—Muy bien —dijo Natalie, fingiendo resignación—. Tú ganas. Una canción y luego a dormir, ¿de acuerdo?
Kora respondió agarrando con fuerza su tortuga verde de peluche, una señal que ella había aprendido a interpretar como un «sí».
Natalie respiró hondo y comenzó a cantar. Su voz suave flotó en el silencio de la noche.
—A la nanita nana, nanita ella, nanita ella,
Mi niña tiene sueño, bendito sea, bendito sea...
No era una voz perfecta, pero tenía ese tono cálido y envolvente que solo una madre puede dar a una canción de cuna.
Continuó meciendo a Kora con un ritmo lento, dejando que las palabras se deslizaran como una caricia.
—Fuentecita que corre clara y sonora,
Ruiseñor que en la selva cantando llora,
Calla mientras la cuna se balancea,
A la nanita nana, nanita ella...
En el estudio, Dante estaba sentado detrás de su escritorio, mirando fijamente la pantalla de su ordenador.
Las palabras se negaban a fluir aquella noche, como si hubieran decidido irse de vacaciones sin avisarle.
Había escrito y borrado el mismo párrafo siete veces, y cada intento resultaba peor que el anterior.
Frustrado, se pasó la mano por el pelo largo, desordenándolo aún más.
De pronto, lo oyó.
Un canto suave, apenas audible pero inconfundible, que se filtraba por la puerta entreabierta de su estudio.
La puerta.
Otra vez.
Ese maldito pestillo que nunca terminaba de arreglarse y que hacía que la puerta se abriera sola (a pesar de que Dante la cerraba mil veces), como si la casa misma conspirara para conectarlo con el mundo exterior, y no permitirle aislarse del todo.
Se levantó, dispuesto a cerrarla con un golpe contundente, pero algo lo detuvo a medio camino.
La voz de Natalie, cantando una nana.
Había algo en la melodía, en la forma en que su voz se curvaba alrededor de las notas, que lo dejó inmóvil, con la mano extendida hacia el pomo de la puerta.
—A la nanita nana, nanita ella, nanita ella,
Mi niña tiene sueño, bendito sea, bendito sea...
Dante se quedó allí, escuchando. No era una voz profesional, pensó. Pero era dulce, suave, tranquilizadora... Tenía algo que hizo que su pecho se tensara de una manera extraña.
Avanzó un paso, agudizó el oído, y se permitió escuchar. Simplemente escuchar…
—¿Ves esas estrellas, cariño? —oyó decir a Natalie, interrumpiendo su canto—. Normalmente están escondidas, pero hoy han salido solo para ti. Para que sepas que hay luz incluso en los lugares más oscuros.
La suavidad con la que pronunció aquellas palabras, tan llenas de amor y esperanza, provocó un nudo en la garganta de Dante.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que alguien había hablado con tanto cariño en aquella casa?
Volvió a escuchar la nana, que Natalie cantada en un tono más bajo, como un secreto compartido entre ella y su hija.
—Fuentecita que corre clara y sonora,
Ruiseñor que en la selva cantando llora...
Dante se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Exhaló lentamente, y por alguna razón que no quiso analizar, decidió no cerrar la puerta. En lugar de eso, volvió a su escritorio, moviéndose con cuidado para no hacer ruido y alertar a Natalie de su presencia.
La canción continuaba flotando por el pasillo, colándose en su estudio como un visitante inesperado.
Dante se sentó tras el escritorio, pero no volvió a mirar la pantalla. Sus ojos se posaron por encima de ella, en un punto indefinido en la pared, mientras su mente se llenaba de preguntas que hasta ese momento no le habían importado.
¿Quién sería el padre de Kora? La niña era muy pequeña, apenas un año, quizás menos. ¿Dónde estaba él? ¿Por qué no estaba con ellas?
No era asunto suyo, por supuesto. Nunca le había preguntado a Natalie sobre su vida personal, ni a su hermano Óscar, que eran quien la había contratado, y ella nunca había ofrecido ningún tipo de información al respecto.
Siempre había sido «la señorita Watson y su hija», como si Kora hubiera aparecido de forma espontánea.
Pero escuchando la dulzura con la que Natalie le cantaba a su hija, Dante no pudo evitar preguntarse qué historia habría detrás. ¿Un divorcio? ¿Una separación? ¿O algo peor?
Volvió a recordar la primera vez que la vio (últimamente esa imagen se había vuelto recurrente), de pie en el pasillo con sus maletas desgastadas y Kora apretada contra su pecho.
Había algo en sus ojos azules, una mezcla de determinación y miedo que no había sabido identificar entonces.
Ahora se preguntaba si había estado huyendo de algo. O de alguien.
La idea le provocó una incomodidad inexplicable.
Visualizó a un hombre anónimo, sin rostro, que alguna vez había tenido derecho a estar cerca de Natalie, a tocarla, a compartir su vida.
Un hombre que, por alguna razón, ya no estaba allí.
¿Habría sido cruel con ella? ¿La habría hecho sufrir? ¿Habría llorado Natalie por él?
Por primera vez desde que Natalie había llegado a la mansión, Dante sintió curiosidad por ella, no como su empleada, sino como la mujer que cantaba nanas con voz dulce y hablaba con su hija de las estrellas.
La voz de Natalie se fue apagando poco a poco, señal de que Kora probablemente se estaba quedando dormida. Dante se descubrió casi decepcionado cuando el silencio volvió a instalarse en la mansión.
En el otro lado del pasillo, Natalie depositaba con infinito cuidado a Kora en su cuna. La niña finalmente se había dormido, con los puños ligeramente apretados a ambos lados de la cabeza, como un pequeño boxeador listo para soñar con grandes batallas.
—Dulces sueños, mi niña valiente —susurró, acariciando suavemente los rizos de su hija—. Mañana será otro día maravilloso.
Se quedó un momento observándola dormir, permitiéndose ese instante de paz absoluta que solo encontraba en la respiración acompasada de Kora. Luego, agotada pero satisfecha, se dejó caer en la vieja mecedora que había junto a la ventana.
Desde allí podía ver el cielo estrellado, tan claro y brillante que parecía irreal. Las estrellas parpadeaban como si intentaran transmitirle un mensaje en código morse.
Su teléfono vibró de repente en el bolsillo de su pantalón, sobresaltándola ligeramente. ¿Quién la llamaría a esas horas? Lo sacó con cuidado, temiendo que el sonido despertara a Kora.
Un número desconocido brillaba en la pantalla.
El corazón de Natalie se aceleró hasta casi dolerle.
Sus dedos se aferraron al teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La sangre se le heló en las venas.
No podía ser él.
Era imposible.
Había sido extremadamente cuidadosa, había cambiado de número, había cambiado de nombre... Pero el miedo, ese antiguo compañero que creía haber dejado atrás, volvió a instalarse en su estómago como un animal hambriento.
La llamada siguió sonando, insistente. Cada vibración era un recordatorio de lo que había dejado atrás. O de lo que había intentado dejar atrás.
Recordó sus manos, fuertes, apretándola. Su voz, suave al principio, pero cada vez más dura, más cruel. Los moretones que aprendió a ocultar, las excusas que le decía a la gente. «Me he caído.» «Soy muy torpe.» «No es nada.»
Natalie miró a Kora, dormida e inocente en su cuna. La razón por la que finalmente había encontrado el valor. La razón por la que no podía permitirse volver atrás.
No lo haría.
Jamás.
El teléfono finalmente dejó de vibrar. Natalie soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo en la garganta. Con dedos temblorosos, bloqueó el número desconocido sin verificar si había dejado algún mensaje de voz. No quería oírlo. No podía arriesgarse.
Se levantó de la mecedora y se acercó a la ventana, apoyando la frente contra el cristal frío.
Fuera, las olas rompían contra los acantilados con una cadencia continua que le resultaba reconfortante.
Natalie nunca había apreciado tanto el aislamiento de la mansión Eastwood como en aquel momento. Estaban lejos, escondidas. Seguras.
O al menos eso quería creer.
—No nos encontrará —susurró, como una promesa tanto para Kora como para sí misma—. No dejaré que lo haga.
Arriba, Dante había vuelto a colocar los dedos sobre el teclado. La canción de Natalie seguía resonando en su mente, mezclándose con preguntas sin respuesta sobre ella, sobre Kora, sobre el hombre que debería estar con ellas, pero que no estaba.
Y entonces, casi sin darse cuenta, comenzó a escribir. Otra vez. Las palabras fluyeron de una manera diferente, no como un torrente salvaje, sino como un arroyo constante y seguro.
No eran las palabras que había estado intentando escribir toda la noche, sino algo completamente diferente.
Había algo nuevo en ellas, algo que no había estado allí antes.
Y empezaron a formar una historia sobre una mujer que cantaba a las estrellas y un hombre que había olvidado cómo mirar al cielo.
Sus dedos se movieron con una seguridad que no había sentido en meses. Párrafo tras párrafo, sin detenerse a corregir, sin cuestionarse cada frase. Simplemente escribiendo, dejando que aquella extraña inspiración lo guiara.
En algún momento, mucho después de que el silencio volviera a reinar en la mansión, Dante se detuvo y miró lo que había escrito. No era perfecto, ni siquiera estaba seguro de que fuera bueno. Pero era real. Tenía vida.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió que había escrito algo que merecía la pena conservar, y no mandar a la papelera de reciclaje. Una diminuta chispa de vida en un mundo que había estado congelado durante demasiado tiempo.
La casa crujió a su alrededor, acomodándose para la noche.
Unos metros más allá, Natalie finalmente se había acostado, aunque el sueño tardaría en llegar. Y entre ellos, separados por muros y secretos, flotaba la melodía de una nana dulce y el eco de un pasado que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.