El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El viento siempre tenía algo que decir en la mansión Eastwood.

Aquel día susurraba secretos y advertencias contra las ventanas, colándose entre las grietas de piedra como un viejo conocido.

Natalie se preguntaba si alguna vez tendría un día de verdadero silencio allí, sin crujidos, sin gemidos, sin ese constante murmullo que parecía querer contarle historias que era mejor no saber.

—Vamos, vamos —murmuró, frotando con energía la barandilla de madera de la escalera principal, donde décadas de manos habían dejado su huella—. Un poco más de brillo y hasta tú te animarás.

El trapo de algodón se deslizaba sobre la superficie oscura, absorbiendo años de polvo invisible y, según sospechaba Natalie, probablemente también absorbiéndole la energía a ella.

Dios, la tarea era aburridísima, pero al menos le permitía moverse, hacer algo con las manos mientras su mente daba vueltas a todas las preguntas que no se atrevía a formular en voz alta.

Miró de reojo hacia el pasillo que conducía al estudio de Dante. La puerta estaba entreabierta, algo inusual. Un fino haz de luz se proyectaba en la alfombra, revelando partículas de polvo que danzaban en el aire como minúsculas estrellas.

—Trabajando otra vez —suspiró, sintiendo una mezcla de admiración y exasperación al mismo tiempo.

El sonido del tecleo llegaba hasta ella, aunque no de una manera rápida y furiosa, como a Dante le gustaría.

Sin embargo, los últimos días se encerraba durante horas, con apenas pausas para comer lo que ella, siguiendo sus estrictas órdenes, le dejaba en un carrito frente a la puerta.

Las bandejas volvían vacías, así que al menos sabía que seguía vivo.

Kora jugaba cerca, en la pequeña manta de actividades que Natalie había colocado estratégicamente al final de la escalera. La niña balbuceaba feliz, apilando y derribando bloques de colores con una concentración que Natalie envidiaba.

—Al menos una de nosotras se divierte —dijo, sonriendo hacia su hija.

Cuadró los hombros, sintiendo como crujían sus vértebras en protesta por haber estado tanto tiempo en la misma posición.

Miró el reloj de su muñeca.

Era casi la hora de preparar la comida. La simple idea de bajar todas esas escaleras hasta la cocina le provocó un suspiro de cansancio.

—Cinco minutos más y terminamos por hoy, ¿vale? —le comentó a Kora, que respondió con una risita que no tenía nada que ver con lo que acababa de decir.

Natalie volvió a concentrarse en la barandilla, frotando con más vigor una mancha bastante terca. El trapo se enganchó en un tornillo y Natalie maldijo por lo bajo mientras intentaba liberarlo.

Fue solo un par de segundos. Quizás tres. El tiempo justo para apartar la vista de Kora.

Cuando volvió a mirar, la manta de actividades estaba vacía.

El corazón le dio un vuelco tan brusco que casi perdió el equilibrio.

—¿Kora? —llamó, aunque sabía que era inútil. La niña no respondería con palabras.

Se incorporó de golpe, tirando el trapo al suelo.

¿Cómo demonios había sido tan rápida? Un segundo estaba ahí y al siguiente ya no.

Aparentemente, su hija había decidido que hoy era el día perfecto para demostrar nuevas habilidades de gateo.

Por suerte, no corría peligro con la escalera, porque era donde ella había estado limpiando. Pero ¿dónde se había metido?

—¡Kora! —llamó de nuevo, esa vez más fuerte, sintiendo cómo la ansiedad le trepaba por la garganta.

Escaneó el pasillo con ojos frenéticos. Izquierda, derecha... y entonces lo vio. El pequeño rastro de destrucción de Kora: un bloque de colores abandonado a medio camino del pasillo que conducía al estudio de Dante.

—Oh, no. No, no, no... —masculló, corriendo hacia allí.

El sonido del teclado se había detenido. Se produjo un silencio total. Natalie contuvo la respiración.

Y entonces lo escuchó. Un grito agudo y alegre, seguido de un golpe seco y una maldición muy adulta y muy malsonante.

Corrió como si la persiguiera el mismísimo diablo.

Cuando llegó a la puerta entreabierta del estudio, la escena que encontró habría sido cómica si no estuviera tan aterrada.

Dante estaba de pie junto a su escritorio con los brazos estirados, con Kora firmemente agarrada por las axilas, como si fuera un paquete a punto de explotar.

La niña pataleaba feliz, completamente ajena al caos que había provocado.

El suelo alrededor de ellos estaba cubierto de papeles.

Un tintero se había volcado, derramando una mancha oscura que se extendía como una pequeña galaxia negra sobre la alfombra persa.

Natalie siguió el rastro con la mirada. Al parecer, todo estaba en la repisa más baja de una de las estanterías del estudio.

Una repisa a la que Kora había tenido acceso, según podía ver.

Levantó los ojos.

La expresión de Dante era... bueno, apocalíptica sería una descripción generosa.

—¿Esto es suyo? —preguntó con voz engañosamente tranquila, levantando ligeramente a Kora como si fuera la prueba evidente en un juicio por asesinato.

Natalie tragó saliva. La frialdad en sus ojos era suficiente para congelar el infierno.

—Lo siento —dijo, avanzando rápidamente hacia ellos—. Lo siento muchísimo. Me he distraído un segundo y...

—¿Un segundo? —la interrumpió Dante, con una ceja alzada en un arco perfecto de incredulidad—. ¿Sabe el daño que puede hacer «esto» en un segundo?

Señaló el desastre a su alrededor con un gesto de la cabeza. Kora eligió aquel momento para soltar una carcajada, como si toda la situación fuera un divertido espectáculo de títeres.

—Lo limpiaré todo —aseguró Natalie rápidamente, acercándose para coger a Kora—. Le prometo que...

—¿Limpiarlo? —Dante soltó una risa sin humor—. ¿Cree que esto es solo una cuestión de limpieza? Estaba en medio de algo crucial. Un párrafo que llevaba días intentando escribir. Y ahora... —Hizo un gesto vago pero elocuente hacia el caos.

Natalie sintió que se le encogía el estómago. Extendió los brazos para coger a su hija, pero Dante parecía reacio a entregarla, como si no confiara en que ella pudiera mantenerla bajo control.

—De verdad, lo siento mucho —repitió Natalie, odiando el temblor en su voz—. No volverá a ocurrir. Se lo prometo.

Dante entrecerró los ojos, evaluándola.

Kora había dejado de reír y ahora observaba la conversación entre ellos con curiosidad. Sus grandes ojos azules, iguales que los de Natalie, pasaban de uno a otro como si siguiera un partido de tenis muy interesante.

—Por supuesto que no volverá a ocurrir —dijo finalmente Dante, en tono cortante—. Porque a partir de ahora, la puerta de mi estudio estará cerrada. Siempre.

Natalie se mordió el labio. No podía culparlo por estar enfadado. Extendió los brazos nuevamente, y en aquella ocasión Dante cedió, pasándole a Kora con un movimiento seco.

La niña, al sentirse en los brazos familiares de Natalie, inmediatamente comenzó a tirar de su collar, fascinada por la pequeña joya en forma de lágrima que colgaba de él.

—Puedo ayudarle a recoger todo esto —se ofreció Natalie, mirando con preocupación los papeles desperdigados.

—No —respondió Dante en tono seco—. Ya ha hecho suficiente por hoy, señorita Watson.

La forma en que pronunció su apellido le molestó más de lo que debería, porque seguía manteniendo esa formalidad fría que ponía kilómetros de distancia entre ellos y que no había forma de traspasar.

—Señor Eastwood, yo…

—Es suficiente por hoy —dijo Dante, sin mirarla directamente.

Natalie sintió que algo se rompía dentro de ella. Era como retroceder días, volver al principio cuando él apenas toleraba su presencia. Si había ganado algo en el poco tiempo que llevaba trabajando para él, lo había perdido.

Mierda.

—Como quiera —respondió, irguiéndose ligeramente. El orgullo era lo único que le quedaba.

Se dio la vuelta para marcharse, apretando a Kora contra su pecho como un escudo. Pero antes de llegar a la puerta, la voz de Dante la detuvo.

—Espere.

Natalie se volvió lentamente, preparada para otra sarta de reproches. Pero lo que vio la sorprendió.

Dante se había agachado para recoger uno de los bloques de colores que Kora había llevado consigo. Lo sostenía con cuidado, como si fuera un artefacto extraño de otra civilización.

—Creo que esto es suyo —dijo, extendiendo el bloque hacia ella.

Cuando Natalie se acercó para tomarlo, sus dedos se rozaron brevemente. Fue un contacto fugaz, apenas un instante, pero suficiente para que algo pasara entre ellos, una corriente invisible que no podía ignorar.

La expresión de Dante cambió, solo un poco. Las comisuras de sus ojos se suavizaron casi imperceptiblemente. Una diminuta grieta en la armadura. Quizá entendió que Kora solo era una niña.

—Gracias —dijo Natalie con voz baja.

Dante se limitó a asentir con la cabeza.

Kora, como si supiera que todo aquella iba con ella, gorjeó alegremente y estiró la mano hacia el bloque. Dante finalmente se lo entregó con cuidado.

Durante un momento, los tres se quedaron así, formando un extraño cuadro que a simple vista podría parecer imposible: Natalie sosteniendo a Kora, Dante inclinado hacia ellas, y todos conectados por un simple bloque de color amarillo.

Luego pasó el momento. Dante se enderezó, y su cara volvió a su expresión habitual.

—Que no vuelva a suceder —dijo, aunque su voz ya no tenía el filo anterior.

—No volverá a pasar —prometió Natalie.

Dante volvió a asentir de nuevo, dando por zanjado el asunto.

Y con eso, Natalie se marchó, cerrando la puerta suavemente tras de sí.

En el pasillo, se apoyó contra la pared, exhaló el aire que tenía en los pulmones y miró a Kora, que jugaba felizmente con el bloque, ajena al pequeño terremoto que acababa de provocar.

—Eres un peligro público, ¿lo sabías? —murmuró, besándole la frente—. ¿Cómo se te ocurre ser tan temeraria? No puedes entrar en la guarida de La Bestia —añadió. Aunque creo... creo que acabas de hacer algo importante ahí dentro.

No podía explicarlo, pero sintió que algo había cambiado. Una pequeña fisura en el muro que Dante Eastwood había construido alrededor de sí mismo. Una grieta diminuta, apenas visible, pero que estaba ahí.

Y todo gracias a una pequeña invasora de nueve kilos con una inclinación por el caos y una sonrisa irresistible.

Mientras se alejaba por el pasillo, con Kora balbuceando contra su cuello, Natalie se descubrió sonriendo.

La mansión seguía siendo fría, el viento seguía susurrando secretos, y Dante Eastwood seguía siendo un enigma.

Pero por primera vez desde que habían llegado, tuvo la sensación de que estaban empezando a encontrar su lugar allí.

Detrás de ellas, en el estudio, Dante se quedó mirando la puerta cerrada mucho después de que Natalie y Kora se hubiera ido. Luego, lentamente, volvió a su escritorio, apartó los papeles caídos, recogió el tintero, y se sentó. Sus dedos flotaron sobre el teclado, indecisos.