El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La noche se desplegaba sobre la mansión como un manto de terciopelo negro, salpicado de estrellas que parecían observar con curiosidad lo que ocurría.

El viento, que parecía querer siempre ser el protagonista en aquellos acantilados, susurraba entre los arbustos del jardín, arrastrando consigo el murmullo del mar que rompía contra las rocas más abajo.

Natalie caminaba descalza por la habitación, balanceándose con la tranquilidad de quien ha pasado demasiadas noches en vela.

Entre sus brazos, Kora sollozaba débilmente, con pequeños hipidos entrecortados que indicaban que su crisis de llanto por culpa de los dientes estaba cediendo, aunque seguía obstinadamente despierta. Pero es que Kora tenía mucho carácter.

—Shhh, mi amor… —susurró Natalie, besando la cabecita de su hija, donde los rizos se habían aplastado contra su frente por el sudor—. Las personas normales duermen a medianoche, ¿sabes? Es como... una ley universal.

Kora respondió con un gruñidito que podría interpretarse como desacuerdo. Sus pequeñas manos agarraban con fuerza el pijama de Natalie, como si temiera que pudiera desaparecer en cualquier momento.

Natalie exhaló lentamente.

El cansancio le pesaba en los huesos a esas horas del día. Miró el reloj: la una y cuarenta y dos de la madrugada. Una hora indecente, definitivamente no apta para madres solteras con trabajos que comenzaban al amanecer.

—No estás siendo justa, pequeña brujilla —murmuró contra el pelo de Kora, aunque la sonrisa en su voz traicionaba cualquier verdadero reproche—. Negociemos: tú te duermes y yo te dejo elegir qué calcetines llevar mañana. Incluso los de dinosaurios.

Kora respondió con un bostezo y luego, como si la negociación le pareciera insuficiente, volvió a gimotear.

—Eres una negociadora dura —suspiró Natalie, continuando su lento vaivén por la habitación.

Se acercó a la ventana, donde la luz de la luna se derramaba en franjas plateadas sobre el suelo. Quizás el ritmo hipnótico del mar ayudaría a que Kora cediera finalmente al sueño.

Fue entonces cuando lo vio.

Una figura solitaria recorriendo el jardín. Alta, oscura contra la pálida luz de la luna, moviéndose con pasos determinados entre los arbustos y las rosas de Thomas. Dante Eastwood, vestido completamente de negro, como una extensión de la misma noche.

Natalie contuvo la respiración.

Había algo magnético en la forma en que se movía, como un depredador enjaulado. Un paso, luego otro. Metódico. Implacable. Inquieto.

—¿Qué hace ahí fuera a estas horas? —susurró para sí misma, acercándose más al cristal sin darse cuenta.

Kora se removió contra su pecho, demasiado agotada para protestar, pero aún resistiéndose al sueño.

Natalie observaba fascinada cómo Dante se detenía junto a una estatua medio cubierta de enredaderas.

Lo vio apoyar una mano en ella, inclinando la cabeza como si estuviera teniendo algún tipo de conversación silenciosa con la piedra.

Incluso desde la distancia, podía notar la tensión en sus hombros, la rigidez de su espalda.

—¿Qué secretos guardas, Dante Eastwood? —susurró Natalie contra el cristal.

El vapor de su aliento empañó momentáneamente la ventana. Rápidamente lo limpió con el dorso de la mano que tenía libre. No quería perder ni un segundo de aquel extraño espectáculo nocturno.

En el jardín, Dante reanudó su caminata. En aquella ocasión de una manera más rápida, como si estuviera huyendo de algo. ¿De sus pensamientos, quizás? ¿De sus recuerdos? Había algo casi doloroso en la forma en que recorría los senderos, como si cada paso fuera de una penitencia autoimpuesta.

—¿Por qué caminas como si el mundo te pesara sobre los hombros? —murmuró Natalie, apoyando la frente contra el cristal frío.

Kora hizo un ruidito, y sus párpados finalmente cedieron al cansancio. Sus pestañas proyectaban pequeñas sombras sobre sus mejillas regordetas, y Natalie sintió ese amor feroz, protector y abrumador que siempre la sorprendía con su intensidad.

—Mira, cariño —susurró, aunque sabía que Kora estaba ya al borde del sueño—. Ahí está La Bestia de nuestro cuento, paseando bajo la luna. Aunque últimamente no parece tan bestia, ¿verdad?

Dante se detuvo de nuevo. Pero lo hizo fuera del jardín, junto al borde del acantilado, tan cerca que a Natalie se le encogió el estómago. El viento agitaba su pelo oscuro, y por un momento, pareció tan solo, tan terriblemente solo, que sintió una punzada de algo indefinible en el pecho.

Había visto ese tipo de soledad antes. En el espejo, durante los meses después de huir de... No. No quería pensar en eso ahora.

Kora finalmente se rindió al sueño. Su respiración se volvió profunda y regular.

Natalie debería haberla acostado en su cuna y aprovechar para dormir ella también. Cualquier persona sensata lo habría hecho.

En lugar de eso, permaneció junto a la ventana, hipnotizada por la figura solitaria de Dante. ¿Cuántas noches habría pasado así, vagando por los jardines cuando creía que nadie lo observaba? ¿Era esa su forma de escapar? ¿De controlar lo que fuera que lo atormentaba?

—¿Qué intentas quemar saliendo a caminar a estas horas, Dante? —murmuró—. ¿Qué demonios no te dejan dormir?

Dante se pasó una mano por el pelo, un gesto tan humano, tan vulnerable, que Natalie casi sintió que estaba presenciando algo demasiado íntimo. No debería estar espiándolo así. Y sin embargo, no podía apartar la mirada.

Lo vio sacar algo del bolsillo. Parecía un papel, o quizás una fotografía. Lo sostuvo bajo la luz de la luna, y aunque Natalie no podía verlo con claridad, notó cómo sus hombros se hundían ligeramente.

Tan absorta estaba en su observación que no se dio cuenta de que Kora se había despertado de nuevo hasta que sintió unos deditos tirando de su pelo.

—Ay, cariño —se quejó suavemente, apartando la manita con delicadeza—. No es momento de jugar.

Kora balbuceó algo incomprensible, señalando hacia la ventana con insistencia.

—¿Tú también lo has visto? —dijo Natalie, sorprendida—. Sí, ese es el señor Eastwood. Parece que le cuesta tanto dormir como a ti.

Kora soltó una risita, como si aquello fuera el mejor chiste del mundo, y Natalie no pudo evitar sonreír.

—¿Crees que deberíamos bajar y hacerle compañía? —susurró en broma, aunque una parte de ella se preguntó cómo reaccionaría Dante si realmente lo hicieran—. «Buenas noches, señor Escritor Atormentado, ¿le importa si nos unimos a su paseo existencial de medianoche?»

Imitó una voz grave y formal que hizo reír a Kora de nuevo. Natalie se inclinó y le dio un beso en la punta de la nariz.

—Probablemente nos miraría como si le hubiéramos propuesto saltar al vacío desde el acantilado —continuó, disfrutando del pequeño momento de complicidad—. O peor, nos ignoraría y seguiría caminando con ese aire de «estoy sufriendo, no me molesten».

Dante guardó lo que fuera que había estado mirando y, tras un último vistazo al océano, dio media vuelta y comenzó a caminar de regreso a la casa. Sus pasos parecían más lentos, como si hubiera gastado toda su energía en aquel ritual nocturno.

Natalie se apartó instintivamente de la ventana, sintiendo una inexplicable vergüenza por haberlo estado observando sin su conocimiento. Se sintió como una intrusa, como si hubiera leído un capítulo de un libro que no estaba destinado a sus ojos.

—Vamos a la cama, pequeña —susurró, alejándose de la ventana—. Dejemos que el señor Misterioso tenga sus secretos un poco más.

Pero mientras acostaba a Kora en su cuna, arropándola con cuidado bajo la manta de ositos, su mente seguía dando vueltas. ¿Qué clase de dolor llevaba Dante dentro? ¿Qué lo impulsaba a caminar solo en la oscuridad, cuando creía que nadie lo veía?

Thomas le había contado fragmentos: una mujer, una traición, un corazón roto. Pero Natalie intuía que había más, mucho más enterrado bajo esa fachada fría y distante que Dante presentaba al mundo.

Se sentó en el borde de la cama, escuchando los sonidos de la mansión. El crujido de la madera antigua, el susurro constante del viento, y ahora, pasos en la escalera. Lentos. Pesados. Dante regresaba a su habitación después de su paseo nocturno.

Natalie contuvo la respiración cuando los pasos se detuvieron brevemente frente a su puerta. Durante un instante imposible, casi pudo sentir la presencia de Dante al otro lado, como si estuviera tan consciente de ella como ella lo estaba de él.

Luego los pasos continuaron, y una puerta se cerró suavemente en algún lugar del pasillo.

Natalie se dejó caer hacia atrás en la cama, mirando el techo, donde el resplandor de la luz de la luna dibujaba sombras fantasmales.

—¿En qué me estoy metiendo? —se preguntó en voz alta.

Porque por mucho que intentara negarlo, algo estaba cambiando.

La forma en que observaba a Dante ya no era simplemente la curiosidad hacia un jefe excéntrico.

Era algo más complicado, más peligroso. Estaba empezando a preocuparse por él, a querer entender qué lo había convertido en el hombre que era ahora.

Y ese tipo de curiosidad, ese tipo de preocupación, podía llevar a lugares para los que definitivamente no estaba preparada.

—Solo es un trabajo temporal —se recordó a sí misma, como un mantra—. Solo hasta que puedas empezar de nuevo en otro lugar.

Pero mientras el sueño la reclamaba lentamente, su mente seguía conjurando la imagen de Dante Eastwood, de pie al borde del acantilado, mirando al vacío como si buscara respuestas en la oscuridad.

Y por alguna razón que no quiso examinar demasiado de cerca, Natalie se preguntó si tal vez ella podría ayudarle a encontrarlas.