El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Dante la pilló mirando, claro, porque nunca se le escapaba nada. Y el tiempo se detuvo, eléctrico. Ninguno se movió.

Natalie quiso apartar la vista, pero no pudo. Sintió algo raro en el pecho, un latido rápido de... ¿qué? ¿Cariño? ¿Alegría? Algo sin nombre todavía.

—Veo que ha sobrevivido —dijo sonriendo.

Dante carraspeó y dejó el libro en el sofá como si lo hubieran pillado haciendo algo malo.

—No se estaba quieta —murmuró casi a la defensiva—. Leer parecía... la solución.

Natalie inclinó la cabeza.

—Pues está muy contenta —dijo con voz dulce, mirando a la niña, que se retorcía sobre Dante gritando de felicidad.

—Es porque ha vuelto —soltó él demasiado rápido.

Y algo en cómo lo dijo, bajo y áspero, pero con una nota de dulzura debajo, le apretó el corazón a Natalie. No fueron las palabras sino el tono, la vulnerabilidad escondida detrás.

Y resultaba... peligroso. No físicamente, sino de esa forma que se te mete bajo la piel y te hace consciente de otra persona de un modo para el que no estás lista.

Se acercó y cogió a Kora, que pataleó y lanzó un par de grititos cuando la vio. Las manos de Natalie se rozaron con las de Dante al pasarle a la niña.

Los dos se congelaron. No fue nada, solo piel con piel, un segundo. Pero la mente de Natalie insistió en que sí había sido algo, porque podía sentir todavía el calor.

—Gracias por cuidarla —dijo.

—De nada —murmuró Dante, mientras se pasaba la mano por el cuello.

Las palabras salieron torpes, raras, como si la gratitud fuera difícil de manejar para él.

Natalie sonrió.

—De verdad, gracias —dijo bajito, y pareció que las palabras adquirían peso, llenando un espacio que no sabía que estaba vacío.

Él asintió y salió de la biblioteca como si estuviera huyendo.

Ella lo vio alejarse advirtiendo el rubor de su cuello, un detalle humano en un hombre que a veces daba la sensación de no serlo. Fue rápido, pero le hizo sonreír un poco más.

Dante Eastwood estaba resultando ser mucho más que un escritor malhumorado. Era un enigma andante, un hombre que parecía haber construido murallas invisibles a su alrededor, tan altas y sólidas que ni siquiera la luz del sol podía penetrarlas completamente.

Los primeros días, apenas intercambiaban palabras. Él dejaba instrucciones escritas en post-its amarillos pegados en la nevera: «El desayuno a las 7:00, con café y tostadas.» o «No pase la aspiradora cerca del estudio entre las 9:00 y 16:00 horas.»

Natalie había cumplido cada regla al pie de la letra, moviéndose por la casa como un fantasma, temiendo que cualquier error significara perder aquel refugio temporal. Algo que no podía permitirse.

Pero Kora no entendía de normas ni silencios. No entendía de órdenes. Su pequeña había llevado el caos a un hogar acostumbrado al orden perfecto.

La primera sonrisa que había visto en Dante, había sido un accidente.

Kora, que estaba aprendiendo a andar, se había arrastrado gateando hacia un sillón del salón, y con una fuerza sorprendente para alguien tan pequeño, había logrado ponerse de pie agarrándose del brazo del mueble.

La expresión de orgullo en su carita por ese logro había sido tan graciosa que incluso Dante, que pasaba por el pasillo con una taza de té, había dejado escapar una sonrisa fugaz.

Había durado solo un segundo (o quizás menos) antes de que su máscara habitual volviera a su lugar, pero Natalie lo había visto.

Sí, lo había visto.

En ese momento, observando a Dante salir de la biblioteca con pasos rígidos, como si quisiera borrar la ternura que acababa de mostrar, Natalie sintió algo parecido a la compasión.

¿Cuánto tiempo llevaba aquel hombre aislado de las pequeñas alegrías cotidianas?

¿Del mundo? ¿Qué lo había llevado a construir tantas barreras?

Porque solo una infidelidad no había podido dejarlo así.

En el exterior, el mar sonaba lejos contra los acantilados y la luz del atardecer comenzaba a teñir la casa de violeta con una mezcla de melancolía y esperanza.

Thomas volvió de sus recados por el camino de grava y hablando por teléfono mientras se quitaba hojas del abrigo. Se paró junto al muro del jardín.

—Sí, señor Óscar —dijo bajito para que el viento no se llevara sus palabras—. Ya he vuelto.

Hubo una pausa.

—No, nada dramático. Pero... —Miró la casa oscura con sus ventanas brillando cálidas en la noche fría.

Oyó la risa de Natalie mezclada con los gritos de Kora. Le llegó a través de la brisa, débil como hilos de cristal.

—Algo está cambiando en esta casa —dijo al fin—. Y ya era hora.

Thomas había servido a Dante Eastwood durante más de una década, tiempo suficiente para presenciar su transformación de joven escritor apasionado a recluso amargado.

Recordaba perfectamente el día que todo cambió: la llamada telefónica (del detective que había contratado), la expresión de Dante derrumbándose al escuchar la noticia, el manuscrito que arrojó a la chimenea en un ataque de rabia y dolor.

El engaño de su prometida, Catherine, con su mejor amigo, y su posterior muerte, había sellado algo en él, como una puerta cerrada con llave que nadie podía abrir.

Durante años, Thomas había intentado todo: llevar visitas, sugerirle que fuera a un psicólogo, incluso amenazar con renunciar a su trabajo si Dante no buscaba ayuda. Pero nada había funcionado.

Hasta ahora.

Hasta Natalie y Kora.

Dentro de la casa, Natalie preparaba la cena mientras tarareaba una melodía suave. Kora jugaba en su corralito improvisado, golpeando bloques de colores con un entusiasmo desmedido.

Natalie se agachó junto a ella, apartándose el pelo húmedo, y le sonrió. Kora le devolvió la sonrisa.

Todo estaba bien.

Por fin.

Quizás vivir en la mansión de La Bestia no era tan malo, después de todo, pensó Natalie. Algo tibio se movió en su corazón, incierto y brillante.

El viento cambió, arrastrando olor a rosas, salitre y risas.

Thomas levantó la cabeza y miró hacia las ventanas con el teléfono olvidado y una media sonrisa en los labios.

—Así empieza… —susurró para que las piedras lo oyeran.