CAPÍTULO 8
Natalie estaba sobreviviendo con café, fuerza de voluntad y unos treinta minutos de siesta. Bueno, quizás treinta y cinco minutos si contaba que había cabeceado esperando a que hirviera el agua caliente del té.
Su tornado personal, Kora, había descubierto el maravilloso arte de gritar. Los libros de crianza de bebes lo llamaban «exploración vocal». Natalie lo llamaba «intento de demoler la casa con chillidos».
La niña gritaba con tanta fuerza que parecía decidida a romper ventanas, nervios y probablemente los cimientos de la mansión.
Y Dante, que odiaba cualquier ruido más fuerte que un suspiro, llevaba una hora con cara de pocos amigos. Fruncía tanto el ceño que podría atrapar moscas con él. O hasta pájaros.
Thomas, que normalmente hacía de mediador entre ella y su jefe gruñón, había elegido justo ese día para ir al pueblo.
Genial. La había dejado sola con el bebé y La Bestia. Sí, con B mayúscula.
Natalie necesitaba ducharse, pero Kora se negaba a dormir y, por supuesto, no la podía dejarla sola.
Solo había una opción.
Una descabellada.
Pero opción, al fin y al cabo.
Dante Eastwood.
¿Él accedería a quedarse con Kora mientras se duchaba?
No, claro que no. ¿Cómo iba a quedarse un hombre como él con un bebé?
Natalie miró a la niña, que estaba jugando en el parque infantil.
Tenía que intentarlo.
Se acercó, la cogió en brazos y se dirigió a la biblioteca de la mansión, donde Dante estaba leyendo un libro y tomando notas.
Alzó la mano y golpeó la puerta de madera maciza.
La respuesta tardó unos segundos en llegar.
—Adelante —oyó la voz grave de Dante al otro lado.
Natalie giró el pomo y entró.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
—Señor Eastwood —comenzó Natalie con su voz más suave, como quien habla a un oso dormido—, ¿podría…? —¿Cómo cojones decía aquello sin que aquel hombre le lanzara una dentellada?—. ¿Podría quedarse con Kora mientras me doy una ducha rápida, o sería un problema?
Y se dijo para sus adentros que serían diez minutos como máximo, que podía ducharse rápido. A menos que el universo estuviera en su contra, que probablemente lo estuviera.
Dante ni levantó la vista del libro.
—Sí —dijo seco.
Natalie pestañeó, confundida.
—¿Sí puede quedarse o sí es un problema?
Dante suspiró, como si hablar con Natalie supusiera un esfuerzo enorme. Con Natalie y con cualquier ser humano.
—Sí es un problema.
—Por favor.
—No. —Dante seguía sin levantar los ojos del libro.
—Por favor, no se lo pediría si no fuera necesario. Será una ducha rápida.
—¿Cuánto es «rápida»?
—Diez minutos —dijo ella, intentando no sonar desesperada. Sabía que no lo conseguiría.
—Imposible —respondió Dante, como si le hubiera pedido algo absurdo—. Los bebés huelen el miedo.
Natalie casi se rio.
—No es un lobo —dijo.
Él levantó una ceja con ese gesto característico suyo que podía reducir a cualquiera a la nada.
—Eso es discutible.
Kora, ajena a todo, agitaba su tortuga de peluche como una banderita de guerra. Natalie miró a la niña y luego al hombre que parecía haber olvidado cómo sonreír desde hacía años.
—Por favor —suplicó bajito—. Solo diez minutos. No me lavo el pelo desde hace cuatro días. Creo que está cobrando vida propia.
Por un momento todo se detuvo. Dante parpadeó y algo en su expresión dura cambió un poco, como si la simple sinceridad de Natalie lo hubiera descolocado. Luego, maldiciendo por lo bajo, agitó la mano.
—Está bien. Diez minutos —gruñó—. Pero si llora...
—No llorará —prometió Natalie con contundencia, aunque no estaba segura de ello—. Todo irá genial. Solo háblele. Le encanta que le hablen.
—Hablar… —repitió Dante, como si fuera una palabra en otro idioma.
Natalie se acercó a él y le dejó a Kora. Dante alargó los brazos por instinto y la cogió, pero con poca idea. Estaba claro que no había cogido a muchos niños.
—Sí, de lo que sea. Es fácil —añadió Natalie, escapando hacia las escaleras antes de que Dante se arrepintiera.
Y desapareció sin darle tiempo a protestar.
Dante se quedó solo con Kora, con los brazos extendidos mientras ella hacia pedorretas con la boca.
Dante miró a su alrededor.
¡Mierda!
Dejó a la niña en el extremo opuesto del sofá, como si fuera una bomba de relojería a punto de estallar.
Los siguientes minutos fueron raros. Dante se sentó tieso como un palo frente a la pequeña, que lo miraba con ojos enormes y curiosos. Kora soltó una risilla. Él no supo qué hacer.
—Hola —dijo al fin, porque ¿qué más se le puede decir a alguien cuyo vocabulario se compone de grititos y balbuceos?
Ella respondió haciendo más pedorretas.
Él resopló.
—Gran conversación —murmuró, porque murmurar era más seguro que reírse.
¿Qué diablos podía hacer para entretener a un bebé? Miró a un lado y a otro de la biblioteca.
Vio sobresalir un libro infantil entre las cosas de Kora que había dejado Natalie en una bolsa, junto a un biberón de agua.
Alargó el brazo y lo cogió.
Se titulaba Buenas noches, Luna . Estaba gastado de tanto uso.
—¿Quieres que te lo lea? —le preguntó a la niña.
Ella abrió mucho los ojos y señaló el libro.
—Me lo tomaré como un sí —dijo Dante.
Lo abrió sin ganas y empezó a leer bajito, como si leerle a un bebé fuera peligroso.
—En la gran habitación verde...
Kora pataleó feliz.
—… Había un teléfono. Y un globo rojo.
Se detuvo y la miró. La bebé chilló contenta, como aprobándolo. Dante siguió leyendo. Su voz oscilaba entre el escepticismo y algo más suave.
—Y una foto de... —Dante entrecerró los ojos mirando el dibujo—. ¿Tres osos en sillas? ¿En serio?
Kora aplaudió encantada y él suspiró. Una pequeñísima sonrisa amenazó con aparecer en su boca.
—Vale. Osos en sillas. ¿Por qué no? —aceptó con voz más suave, como si contar cuentos le estuviera cambiando las reglas.
Kora se inclinó hacia adelante y empezó a gatear hacia Dante. Cuando él advirtió cuál era su intención, empezó a sudar.
—Es mejor que te quedes en tu sitio —dijo, señalando el rincón del sofá.
Pero Kora no estaba por la labor de quedarse quieta, se echó hacia adelante con agilidad y comenzó de nuevo a gatear hacia Dante.
—¿Qué quieres? No lo entiendo —comentó él.
Y Kora se lo dejó claro. Cuando lo alcanzó, se sentó a su lado, entre el hueco del torso y del brazo y se acurrucó.
Dante se movió incómodo en el sitio.
—Esto no es buena idea, yo no… Mira, a mí no se me dan bien los niños… No me gustan.
Pero a Kora le daba igual, dio un gritito y señaló el libro que Dante tenía en la mano.
Él la miró. Tenía poco que hacer. Mejor dicho, no tenía nada que hacer.
Kora 1 – Dante 0
El cogió una bocanada de aire.
—Vale… —susurró, resignado.
Había entendido el mensaje.
Continuó leyendo, mientras empezaba a sentir el calor del pequeño cuerpo de Kora sobre su brazo, su tenue respiración haciendo que su pecho subiera y bajara, oliendo el inconfundible aroma a bebé.
En la tercera página del libro algo cambió. Dante empezó a leer diferente, más despacio, poniendo voces, atento a las reacciones de Kora.
Sus hombros se relajaron un poco, sintiéndose algo más cómodo. Así que, casi de manera inconsciente, añadió pausas dramáticas, provocando que la niña se partiera de risa.
Entonces pronunció mal una palabra, y Kora explotó en carcajadas como si fuera lo más gracioso del mundo.
Dante parpadeó, confuso.
—¿Qué? ¿Qué tiene tanta...? Ah.
La risa de la bebé llenó la biblioteca de una forma que parecía casi mágica.
Y entonces pasó lo imposible.
Dante sonrió. Una sonrisa pequeña, real. De sorpresa, como si hubiera olvidado cómo se hacía. Lo intentó otra vez.
Repitió la frase, pronunciando mal la palabra a propósito.
La bebé rio más fuerte y él sintió algo raro: orgullo. Alivio. Conexión. No lo analizó, solo lo dejó estar ahí, pequeño y frágil como una flor en invierno.
Fuera, el viento golpeaba las paredes arrastrando ecos del mar. Pero por primera vez en mucho tiempo, la casa parecía llena de alegría en vez de sombras.
Dante se recostó en el sofá con el libro en la mano y se permitió imaginar un mundo donde el caos no fuera malo. Él que odiaba tanto el caos y lo que no podía controlar.
Siguió leyendo.
Kora volvió a reír y él no pudo evitarlo. Sonrió de nuevo. Una sonrisa tenue.
Dante recordó, de pronto, cómo había llegado Natalie a su vida.
«Es perfecta —había dicho Óscar con ese tono que usaba cuando intentaba vender una idea que sabía que no iba a aceptar—. Ordenada, discreta, eficiente. Apenas notarás su presencia.»
Apenas.
Qué chiste.
Desde su llegada, la mansión se había llenado de ruidos, risas, olor a comida casera, canciones de cuna tarareadas en los pasillos y, a veces, juguetes en los rincones más inesperados.
Y sin embargo... algo en el caos que Natalie y Kora habían llevado resultaba extrañamente reconfortante (aunque no lo admitiera en voz alta). Como si la casa, demasiado perfecta y silenciosa durante años, hubiera estado conteniendo la respiración esperando su llegada.
Mientras sostenía a Kora, que intentaba coger su reloj con sus manitas regordetas, Dante pensó en la primera vez que vio a Natalie.
Pelo negro recogido en una coleta descuidada, ojos azules cansados pero amables, y esa mirada desafiante que parecía no estar dispuesta a dejarse doblegar.
Llevaba a Kora en brazos y un par de maletas que habían visto mejores días.
«No durará ni una semana», había pensado con desdén.
Pero ahí estaban, y algo en su solitaria rutina se estaba transformando sin que se diera cuenta, aunque ni él mismo era consciente de ello.
Cuando Natalie volvió con el pelo húmedo y envuelta en un albornoz, se quedó helada en la puerta de la biblioteca. La escena era imposible: Dante Eastwood, el hombre más serio del mundo, tenía a Kora tumbada encima de él, mientras ella le tiraba de la manga riéndose como loca.
Era... adorable. Sí, adorable. Una palabra que jamás pensó usar con Dante.
Su cerebro intentó procesar la imagen: pelo despeinado, mangas de la camisa subidas, ojos atentos y dulces, casi sonriendo sin darse cuenta. La risa de Kora flotaba entre ellos suavizando todos los rincones fríos de la casa.