El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Dante estaba sentado en su escritorio, con la postura rígida, la mandíbula apretada y los ojos fijos en la pantalla, sin pestañear, como si mirarla fijamente pudiera forzar la creatividad, hacer volar la imaginación.

El cursor parpadeante en la página en blanco lo miró con ese ritmo desquiciante, burlándose de él, recordándole que no había podido lograr escribir una sola línea que sintiera que valía la pena conservar.

¡Joder, era tan frustrante!

—Solías saber cómo hacer esto. Lo has hecho más veces —se dijo a sí mismo—. ¿Por qué ahora no puedes?

Exhaló, un siseo largo y exasperado que agitó el tenue olor a salitre que se filtraba por la ventana abierta, y se frotó las sienes hasta que el dolor detrás de sus ojos se transformó en algo parecido a la desesperación.

Murmuró algo inteligible que sonaba como un juramento o una maldición. O ambas cosas. Algo que habría hecho que incluso Thomas levantara una ceja.

La casa crujió a su alrededor, acomodándose, como cada día.

Fuera, el mar azotaba los acantilados, las olas rompían las rocas con una cadencia que habría sido poética si no le resultara tan irritante. Y entonces... un sonido se coló en el estudio. Los gorgojeos y grititos alegres y despreocupados de Kora.

Dante se apretó el puente de la nariz.

—¡Maldita sea! —murmuró sin dirigirse a nadie en particular, aunque su voz se oyó con la suficiente fuerza como para sugerir que era una advertencia.

Podía imaginarse a Natalie dando vueltas con Kora, la diminuta agente del caos (así había empezado a llamarla Dante), mientras su coleta se movía de un lado a otro, riendo sin parar.

Entornó los ojos, escuchando cómo el sonido se filtraba en el estudio y se introducía en su cráneo como el ruido de un taladro.

En los siguientes diez minutos lo intentó todo.

Tapones para los oídos.

Música clásica, ese tipo de composiciones suaves que prometían inspiración, pero que terminaban haciéndolo más consciente de su propia irritación.

Aplicaciones de meditación con voces australianas suaves y tranquilas que le indicaban que «respirara despacio, que se concentrara y dejara ir toda la tensión».

Duró exactamente cuatro minutos antes de gritarle a un australiano de voz tranquila que dejara de decirle que respirara, porque respirar es lo que hacen las personas. Todas las personas. Era perfectamente capaz de hacerlo sin guía, muchas gracias.

Nada funcionó.

Nada funcionaría.

Porque la distracción había tomado forma humana. La forma de una niña pequeña, risueña, babeante e implacable.

A través de la ventana entreabierta, la vio.

Natalie sentada sobre sus muslos, levantando a Kora en el aire y dejándola chillar de alegría.

El jardín era un caos, mitad de rosas y flores silvestres que se desbordaban, mitad maleza que reclamaba el poco orden que Thomas lograba imponer, pero para Natalie, era el paraíso.

Tarareaba una vieja melodía, desafinada, pero que hacía reír a Kora y rechinar los dientes a los novelistas melancólicos. Como, por ejemplo, a él.

—¡Vuela, vuela, pajarito! —la animaba, levantando a Kora por encima de su cabeza.

Kora se agitó, pataleó, chilló y procedió a esparcir lo que Dante sospechó que eran babas sobre el pelo y el hombro de Natalie.

Cerró los ojos y dejó escapar un suspiro lento y pausado. Su estudio olía ligeramente a papel y a tinta, a fracaso, a ideas tercas que aún no estaban listas para nacer.

Y, sin embargo, bajo la irritación, bajo el zumbido constante de su perfeccionismo, había algo más, algo que le oprimía el pecho de una manera que no tenía nada que ver con los plazos para entregar el manuscrito y que llevaba mucho tiempo sin cumplir.

Se suponía que debería estar enfadado, exasperado, molesto, incluso ofendido. En cambio, se descubrió observando, escuchando, inconscientemente atraído por el sonido de la vida que se desarrollaba al otro lado de la ventana.

Natalie levantó a Kora una vez más, dejando que sus bracitos se alzaran hacia el cielo.

—¡Arriba, mi pequeña! ¡Arriba! ¡Siiiiii! —Las palabras eran alegres, infantiles, imparables, y por primera vez en lo que parecía una eternidad, los dedos de Dante se movieron impacientes sobre las teclas del portátil.

Sintió, en un rincón de su pecho que hacía tiempo que había cerrado, algo que se negaba a nombrar. ¿Ilusión? ¿Anhelo? Quizás esperanza. Odió que pareciera esperanza.

Kora volvió a reír, un sonido tan puro e imposible de negar que resonó en los muros del jardín y, de alguna manera, traspasó sus barreras mentales.

—¡Basta! —murmuró en voz baja, aunque en realidad no fue suficiente.

No pudo dejar de escuchar.

La risa de Natalie se unió a la de la niña, melódica, jovial, alegre. No había malicia en ella, no se burlaba, no interfería intencionadamente en su trabajo, pero el efecto era catastrófico.

Debería haber dejado de mirar, haber cerrado la ventana, haber corrido las cortinas, haberle advertido a Natalie de forma firme sobre los límites de decibelios que quería en sus dominios.

En cambio, se mantuvo quieto, con el corazón latiendo con fuerza, consciente de cada carcajada, consciente de cada balanceo de las diminutas extremidades de Kora, consciente de cada sonrisa de Natalie.

A lo lejos, Thomas arreglaba unos arbustos para darles forma.

Su aparición en escena le hizo darse cuenta de que seguía anclado ahí, viviendo en una casa llena de personas que se regían por reglas completamente diferentes a las suyas. Unas reglas que implicaban ruido, desorden y amor, le gustara o no.

Y todo gracias a su hermano Óscar.

Dante suspiró.

Natalie tumbó a Kora, y la dejó rodar sobre la suave hierba de un lado a otro.

Alzó la vista, entrecerrando los ojos ante la luz del sol.

Su coleta se meció al levantar a la niña de nuevo, enredando sus deditos en sus mechones.

Sonrió, con las mejillas sonrojadas, completamente indiferente al enfado de Dante.

—¿Te gusta? —le preguntó, riendo. Kora soltó un gritito de alegría—. Claro que te gusta volar —dijo Natalie, haciendo el ruido de un avión.

Y siguió sonriendo, y Dante la observó, atrapado por el sonido y por la alegría que desprendían.

En el jardín, Natalie hizo girar a Kora una última vez antes de dejarla de nuevo sobre la hierba, boca arriba y riendo, con los ojos brillantes y húmedos de alegría.

—Bueno, eso es todo por ahora, pequeña —dijo en voz baja, apartando cariñosamente un rizo de la frente de Kora—. Hay que descansar.

Y Dante, observando desde la ventana de arriba, se dio cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, sentía una extraña ligereza, esa ligereza peligrosa y contagiosa que podría permitirle volver a escribir, si tan solo pudiera dejar de pensar en los sonidos, las risas y la mujer absolutamente exasperante que se negaba a estar en silencio en su mundo cuidadosamente construido.

El cursor que parpadeaba en la página de Word de repente pareció menos burlón. Menos provocador.

Dante le devolvió la atención a la pantalla. Sabía que debería estar molesto. Sabía que debería refugiarse en el silencio. En cambio, escribió una palabra, luego otra, tentativas, experimentales. Luego una frase. Luego un párrafo.

Y por primera vez en años, sus dedos empezaron a volar por el teclado.