CAPÍTULO 6 #2
Natalie caminaba por el pasillo como si estuviera cruzando un campo lleno de minas. Completamente en silencio y casi conteniendo la respiración. No quería despertar a Kora, que finalmente se había quedado dormida, y tampoco quería molestar a Dante, para quien el silencio era sagrado.
Sus zapatillas no sonaban en el piso brillante, pero su cabeza estaba llena de ruido en forma de pensamientos.
Había pasado los últimos diez minutos limpiando la misma estantería, y por cómo miraba furtivamente hacia la puerta del estudio de Dante, estaba claro que quería verlo hacer algo normal, cualquier cosa que mostrara que existía más allá de la leyenda de escritor melancólico, más allá de la tormenta de corazón herido y tragedia que llevaba una semana observando.
Cada vez que escuchaba algún ruido en el interior, su corazón saltaba.
Cada vez que no escuchaba nada, se regañaba por preocuparse tanto.
Se encogió cuando él finalmente salió, como si eso la hiciera invisible o al menos, menos visible.
Dante no la vio enseguida, lo cual, según había aprendido, era muy típico de él. Dijo algo bajito, quizá sobre fechas límite o quizá sobre lo inútil de la vida, antes de bajar las escaleras, con una cara que, siendo generosos, podría describirse como «menos enfadada que de costumbre».
Natalie respiró aliviada, con una sonrisita de victoria en los labios. Kora lloriqueó a través del monitor, pero Dante apenas se inmutó ante el ruido. No frunció el ceño, no cerró los ojos con fastidio, no hizo ninguna mueca de desaprobación.
El progreso, aunque fuera pequeño, era progreso.
Natalie se apoyó en la pared y exhaló el aire.
—Gracias —dijo en un hilo de voz, palabras solo para ella y para el universo travieso que la había llevado a aquella casa.
Negó con la cabeza y fue hacia la habitación para atender a Kora. Y, sin saber la razón, se sintió más ligera de lo que se había sentido en días. A pesar de todo, el ritmo de la vida diaria allí le daba una paz frágil a sus nervios.
La noche empezó a envolver la casa con sus sombras grises, mientras el viento sonaba por la chimenea, arrastrando el murmullo inquieto del mar.
Cada sonido se hacía más fuerte en el silencio, pero a Natalie no le importaba. Empezaba a acostumbrarse.
Se movió por la cocina limpiando las migas de la mesa, apartando el pelo de Kora de su cara, sosteniendo la taza en la que se había servido café varias veces durante la tarde.
El cansancio la cubría como una segunda piel, pesado, pero extrañamente cómodo, porque lo que prevalecían eran las pequeñas victorias del día que había ganado. Natalie vivía así, día tras día, desde hacía varios meses, sin pensar en el futuro.
Miró su taza vacía.
Mientras tanto, Dante avanzaba a paso firme hacia la cocina, con la mente ocupada en una frase a la que quería dar forma después de horas de lucha encarnizada con las palabras.
Estaba tan absorto que no vio el pequeño bulto verdoso en medio del pasillo. Su pie pisó algo suave que emitió un chirriante «paf» bajo su peso.
Dante se detuvo en seco. Bajó la mirada para encontrarse con la tortuga de peluche de Kora, aplastada bajo su zapato, y puso los ojos en blanco.
—Genial —murmuró con irritación, agachándose para recoger el juguete—. Lo que faltaba.
Examinó el peluche con el ceño fruncido. La tortuga verde tenía una mancha de lo que parecía papilla en una esquina y olía sutilmente a galletas y a ese champú de bebé que flotaba por toda la casa desde que Natalie y Kora habían llegado.
Con un suspiro exasperado, reanudó su camino hacia la cocina, sosteniendo el peluche en la mano como si fuera un objeto peligroso.
En la cocina, Natalie lanzó un leve suspiro y se acercó al fregadero. Abrió el grifo del agua caliente para lavar la taza.
De pronto, detrás de ella, escuchó un sonido.
Pasos, largos, medidos, contundentes. Se quedó quieta, con las manos paralizadas, sosteniendo la taza a medio lavar, y su pulso se aceleró un poco, tamborileando en su garganta.
Estaba ahí.
Dante.
De pie en la puerta.
Su presencia llenó el espacio de la estancia como una sombra que no se podía ignorar.
El jersey que llevaba puesto estaba ligeramente arrugado, era gris oscuro, y le sentaba de una forma que hacía que la elegancia pareciera casual. ¿Cómo hacía para que todo le quedara tan bien? ¿Para que, con cualquier cosa, pareciera elegante, sofisticado…?
—Creo que esto es suyo —dijo Dante con voz seca, extendiendo el peluche hacia Natalie.
—La tortuga de Kora, ha debido de caerse por el camino. Gracias por traerla, es su preferida —dijo ella con una sonrisa, tomando el peluche y limpiando discretamente la mancha con un paño húmedo antes de dárselo a Kora.
Dante permaneció inmóvil un momento, como si estuviera procesando el agradecimiento. Su ceño seguía tan fruncido que parecía tallado en piedra.
—Procuren no ir perdiendo las cosas por la casa —dijo—. Alguien podría pisarlas. O tropezar.
—Por supuesto —dijo Natalie—. Lo siento.
Dante se giró, dando por terminada la conversación.
No dijo nada más. Solo se movió hacia la encimera con esa gracia depredadora suya, y en silencio llenó su taza del agua que había en una jarra, como si Natalie fuera parte del mobiliario.
Kora explotó en gorjeos, risitas, y pequeños gritos agudos que rebotaron contra las paredes de la cocina, tratando de llamar su atención.
Sus manitas regordetas se agitaron frenéticamente hacia él, con la carita entera iluminada con esa adoración propia de los niños.
Cada fibra de su pequeño cuerpo ser gritaba «¡Mírame! ¡Estoy aquí!»
No hubo suerte. Dante pasó delante de ella sin mirarla.
Pero la pequeña, aun todo, no se rindió.
Siguió sonriéndole con ese gesto desdentado y perfecto, como si su indiferencia fuera solo otro juego, como si su frialdad no pudiera tocar la burbuja de luz que la envolvía. Golpeó su bandeja con más fuerza.
Sin embargo, antes de salir de la cocina, Dante se despidió.
—Buenas noches, señorita Watson.
—Buenas noches, señor Eastwood —respondió Natalie de forma automática.
Y antes de desaparecer por completo de su vista en las sombras del pasillo, Natalie juró haber visto una mirada de soslayo dirigida a la niña y una sonrisilla en la esquina de su boca. Apenas perceptible. Casi invisible.
Fue como ver el sol asomarse entre nubes de tormenta. Estaba ahí, y luego no.
Kora siguió parloteando feliz, completamente ajena al momento, golpeando su cuchara contra la bandeja.
—Lo has visto, ¿verdad, mi amor? —le susurró Natalie, secándose las manos con un paño—. Ha sonreído. Bueno, medio sonreído.
Natalie se quedó unos segundos pensando, dejando que la imagen se asentara en su cabeza. La idea improbable de un hombre frío y difícil mostrando un destello de ternura.
—A lo mejor La Bestia no es tan bestia como la pintan —añadió.
A lo mejor el hielo más duro podía agrietarse, solo hacía falta el calor adecuado.