El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La mañana llegó con una niebla pegajosa que cubría los acantilados y rodeaba la mansión como una bufanda húmeda.

Natalie caminaba sin hacer ruido por los pasillos, usando unas pantuflas de piel de borrego sobre el piso de madera brillante y frío. Sus pasos apenas sonaban antes de perderse en el gran silencio de la mansión.

El aire tenía olor a mar, a piedra húmeda, a cera para madera y a algo más viejo, como el olor de historias guardadas que las paredes habían escuchado durante años sin contar a nadie.

Arriba, una puerta se cerró con cuidado, después se oyó una silla arrastrándose por el piso. Dante ya se había levantado. Estaba despierto, y la casa entera parecía ponerse nerviosa, esperando a ver si él haría que el día fuera tranquilo o un desastre total.

Natalie se detuvo un segundo, escuchando, dejando que el silencio la rodeara con una calma que podía romperse en cualquier momento.

El día anterior, Dante le había dicho con palabras frías y muy claras, que la risa de Kora «rompía la paz del silencio». Al parecer, a él le gustaba decirlo así, con palabras grandilocuentes: la paz del silencio. Sonaba teatral. Importante. Exagerado.

Joder, como se notaba que era escritor.

Movió la cabeza y cantó en voz baja mientras acomodaba la trona de Kora para que las manitas regordetas de la niña pudieran alcanzar su papilla sin provocar un desastre, aunque sabía que el desastre sucedería de todas formas.

Kora era mucha Kora. A veces, seguir su ritmo era casi imposible.

—Tú y yo —le dijo bajito, acercándose a Kora—, vamos a solucionar esto.

Sonrió con complicidad y le acarició suavemente el pelito, porque hasta en una casa llena de viejos secretos y soledad, se podían ganar pequeñas batallas.

Especialmente cuando se trataba de hacer las paces.

No aguantaría más aquella tensión, aquella guerra silenciosa que flotaba como nubes de lluvia en cada rincón.

Por eso, había decidido hacer algo que podría ser inteligente o un poco loco (una locura total, más bien, tratándose de Dante Eastwood).

Haría lo que cualquier mujer que está viviendo con un genio triste afectado por el bloqueo de escritor, con una cara bonita y un pelo rebelde: preparó café.

Pero no cualquier café. El café de Dante. De esos que para prepararlo se necesita buena memoria, instinto, un poco de valentía y una precisión casi mágica. Un chorrito corto de café. Un poquito de leche, media cucharada de azúcar, revolver tres veces para un lado y otras tres para el otro.

Natalie había visto la forma de hacerlo y lo había memorizado como un ritual.

Algunos misterios no necesitaban explicación. Otras cosas simplemente había que hacerlas así. La taza estaba caliente para que no se quemara cuando la tocara, pero suficiente para que saliera vapor en bonitas espirales, llevando el olor a café tostado y, en su cabeza, a tregua.

Thomas entró en ese momento en la cocina.

—Buenos días —saludó.

—Buenos días, Thomas —dijo Natalie

Kora soltó un «hola» de los suyos que hizo sonreír a Thomas.

—Llegas en el momento oportuno —dijo Natalie.

—¿El momento oportuno para qué?

—Para que te quedes con Kora mientras subo esté café al señor Eastwood.

Thomas enarcó una ceja.

—¿Vas a subir un café al señor Eastwood? —repitió.

—Sí.

—¿Te lo ha pedido él?

Natalie negó con la cabeza.

—No —dijo.

—Entonces no creo que sea buena idea —opinó Thomas.

—Claro que es buena idea. ¿A quién no le va a apetecer un café calentito con la niebla que hay ahí fuera? —dijo Natalie en tono optimista.

—A Dante Eastwood —contestó Thomas.

Natalie lo miró de reojo mientras cogía la taza y el platillo.

—Tonterías. Nadie puede resistirse a un café caliente en un día como hoy —dijo.

Thomas hizo una mueca con la boca.

—Admiro tu valentía.

Natalie miró a su hija.

—Deséame suerte, Kora —dijo.

La niña soltó un gritito y dio unas palmadas en la superficie de la trona.

Natalie puso la taza y el platillo en una bandeja pequeña, respiró hondo y subió las escaleras hacia el estudio de Dante.

Sabía que tenía prohibido entrar en él, pero aquello era diferente.

No iba a entrar, solo a «hacer una entrega».

Sus pantuflas hacían el menor ruido posible mientras se acercaba a la puerta cerrada.

Se paró un momento, equilibrando la bandeja en una mano, y tocó suavemente con los nudillos.

Toc, toc.

Silencio. Luego escuchó un sonido de irritación desde dentro, como papel arrugándose y una silla empujada con fuerza.

—¿Qué? —La voz de Dante sonó cortante, molesta. No estaba acostumbrado a interrupciones y no le gustaban nada. ¿Es que acaso la gente no lo entendía?

Natalie volvió a tocar, esa vez un poquito más fuerte.

—Señor Eastwood, soy Natalie.

Se oyeron pasos pesados hacia la puerta. Cuando se abrió, Dante apareció con el ceño fruncido, el pelo más desordenado que nunca, los ojos grises mirándola como si fuera una mosca molesta y una expresión de querer discutir por cualquier cosa o simplemente porque había gente viva cerca.

Se detuvo de golpe cuando vio la taza de café.

El vapor subía, la taza brillaba, y durante un segundo fugaz, sus hombros se relajaron, aunque su cara seguía tensa como si fuera lo único que su cuerpo sabía hacer, tensarse.

No la tocó. No enseguida. No miró a Natalie ni notó su postura tranquila, esa calma que había ensayado mil veces y que usaba como escudo. Solo miró la taza, como si hubiera aparecido por arte de magia o trajera algún mensaje raro del universo.

El olor le llegó primero. Fuerte, oscuro, conocido. Reconfortante como solo el buen café puede ser cuando está bien hecho.

—¿Qué pasa? Estoy trabajando —dijo.

Ella levantó la bandeja, mostrándole la taza humeante.

—Le he traído un café. Pensé que lo agradecería con este frío y la niebla que hay fuera —respondió.

Dante la miró extrañado, como si le hubiera hablado en otro idioma. Sus ojos fueron de la bandeja a su cara y de la cara a la bandeja, buscando algún truco escondido.

—No tenía que haberse molestado —dijo, todavía enfurruñado, porque estar enfurruñado era su estado natural.

—No ha sido ninguna molestia —respondió Natalie con una sonrisa cálida que iluminó un poco el pasillo oscuro—. De verdad.

Se quedaron ahí un momento, ella sosteniendo la bandeja, él mirándola como si no supiera qué hacer con aquel gesto de amabilidad. Finalmente, tomó la bandeja con las dos manos, con cuidado, como si pudiera explotar.

—Gracias —murmuró. La palabra salió casi a la fuerza.

Y sin más, se metió de nuevo en el estudio, cerrando la puerta con el pie.

Ya solo en su refugio, Dante dejó la bandeja en el escritorio entre las pilas de papeles y libros. Miró la taza unos segundos. El vapor subía en espirales perfectas.

Exhaló despacio, un sonido que parecía más una rendición que un suspiro. La tensión en sus hombros se relajó un poquito. Por fin, agarró la taza con cuidado de no derramar su contenido.

Tomó el primer sorbo y... maldición. Estaba perfecto. Exactamente como le gustaba, con ese equilibrio preciso entre amargo y suave, caliente pero sin quemar.

Ese primer trago le llegó cálido y reconfortante. Cerró los ojos un segundo y dejó que los recuerdos inundaran su mente: mañanas antes de encerrarse, antes del dolor, antes de vivir en soledad por decisión propia.

Esas mañanas normales, con el olor del café, el calor de una taza entre las manos, tener a alguien más cerca, vivo y presente.

No quería admitirlo, ni siquiera a sí mismo, pero el sabor le llegó directo al pecho, a ese lugar que mantenía cerrado con llave.

Tomó otro sorbo, más largo, y se permitió pensar en Natalie. En su sonrisa que no pedía nada a cambio. En cómo había subido hasta su estudio sabiendo que podría gritarle. En el simple detalle de preparar café en una mañana fría como aquella.

Se sentó en la silla, sosteniendo la taza con las dos manos, dejando que el calor le llegara a los dedos.

Entonces se fijó, sin querer, en el borde de la taza. La pequeña huella de un dedito. Pegajosa, manchada con esa rebeldía inocente que solo un bebé puede dejar. Parpadeó, apretó los labios, y respiró por la nariz con un sonido que era mitad fastidio, mitad una diversión que no quería admitir.

Al parecer, Kora también había estado preparando el café.

Durante un segundo, solo uno, la esquina de su boca se curvó hacia arriba.

Mientras tanto, Natalie bajaba las escaleras con una sonrisa de satisfacción.

Había esperado que le cerrara la puerta en la cara, o que le dijera algo cortante, o que simplemente la ignorara.

Pero había aceptado el café. Había dicho «gracias».

Y lo más importante: no le había mordido. Aquello era un verdadero triunfo.

Apretó los labios para no sonreír demasiado y volvió el rostro, mirando por encima de su hombro hacia la puerta del estudio.

Se preguntó si Dante notaría el esfuerzo. Si notaría los detalles. Esa atención disfrazada de ayuda normal. Se preguntó si él entendería que aquel pequeño gesto, el café perfecto en el momento justo, era su forma de hablar su idioma, uno que él todavía no sabía escuchar.

—Pequeñas victorias —se dijo a sí misma mientras entraba en la cocina, donde Kora la esperaba golpeando alegremente su bandeja con una cuchara de plástico y Thomas la miraba expectante.

Se acercó a la niña y le dio un beso en la cabeza.

—¿Ves? Te dije que lo lograríamos. Un café a la vez.

—¿Lo ha aceptado? —preguntó Thomas.

Natalie asintió.

—Sí, y ni siquiera ha hecho el amago de morderme —bromeó.

Thomas levantó las cejas.

—Admirable —susurró.

Arriba, Dante apoyó la taza en el escritorio sin dejar de mirarla, tocando el borde con los dedos como si la huella de la pequeña Kora hubiera cambiado el orden de su mundo perfectamente organizado.

A media tarde, la casa estaba envuelta en una luz suave y pálida que entraba por las ventanas altas como polvo flotando en una iglesia.