CAPÍTULO 5
El día comenzó con la ilusión de haber calma.
Eso en sí mismo ya debió haber sido suficiente advertencia para Natalie. Aquella casa no tenía calma nunca. Pero aun todo, aprovechó el silencio mientras pudo. Se encontraba de pie junto a la encimera de la cocina con Kora en su regazo.
La pequeña había decidido que el mejor lugar para la papilla era cualquiera excepto su estómago, manchando con ella sus mejillas, la barbilla, las manos y hasta sus rizos.
Natalie le limpió lo que pudo, suspiró y siguió preparando un guiso de carne con verduras para la comida, tarareando una versión destrozada de You Are My Sunshine con esa voz desafinada que habría hecho a Simon Cowell suplicar clemencia.
—Eres mi… —canturreó—. Oh, no tires la cuchara, cariño —le dijo a Kora. Después continuó cantando—… Eres mi sol, mi único… No, no le damos papilla al armario, Kora...
Kora balbuceó esas tonterías que cobraban todo el sentido si medías menos de sesenta centímetros y estabas completamente convencido de tu autoridad. Natalie le besó la sien, mientras la mano pegajosa de su hija intentaba agarrarle un mechón de pelo.
Entretanto, arriba, Dante Eastwood estaba sentado en su escritorio, hablando a su grabadora con una concentración que rozaba la autohipnosis.
El aparato era elegante y caro (último modelo), el tipo de aparato que Natalie no se habría atrevido a tocar, aunque pudiera entrar en el estudio a limpiar.
Vibró suavemente al capturar la voz de Dante grabando frases que podrían convertirse en novelas que la gente estudiaría en las aulas universitarias y citaría en ensayos sobre la «melancolía moderna», si él las considerara dignas.
Su voz era baja, precisa, cortante, como la que usaban los hombres cuando estaban acostumbrados a ser escuchados.
—La futilidad de la redención… —dijo con cuidado, dejando la frase suspendida en el aire como si fuera humo—…, no reside en su ausencia, sino en su burla, en su negativa a...
Pero empezó a escuchar un ruido.
Al principio, débil. Apenas un temblor en el aire. El llanto de Kora, distante, incierto.
Dante frunció el ceño. Esperó. Y esperó un poco más a que se le pasara.
No lo hizo.
El sonido se agudizó, se elevó, se convirtió en un gemido auténtico, insistente, penetrante. Uno de esos gritos que parecía atravesar muros de piedra y vigas centenarias, abriéndose paso directamente a su cráneo. Taladrándolo.
No importaba que la mansión fuera enorme, que su estudio estuviera al fondo del último piso. El ruido rasgó la distancia y la tranquilidad por igual, mandando a la mierda su concentración.
Su mano se cernió sobre la grabadora y apretó la mandíbula. Su pluma se quedó inmóvil en el aire, con la tinta goteando en la punta. Respiró, contó hasta tres y volvió a hablar.
—La futilidad de la redención no reside...
Kora gritó de nuevo, más fuerte.
Las palabras se detuvieron.
Abajo, Natalie paseaba por el suelo de baldosas con su hija en brazos.
—Ya, ya… Shhh, mi amor —murmuró—. Por favor, por lo que más quieras, Kora, deja de intentar gritar más que las gaviotas. Mamá está tratando de evitar que La Bestia nos eche a las dos a la calle.
Kora hundió la cara en su cuello y luego se apartó para llorar de nuevo, con las mejillas rojas y los ojos encendidos, sin ningún remordimiento. Natalie la balanceó arriba y abajo para calmarla.
Y entonces lo oyó. El portazo en el piso de arriba. El ritmo nítido y pausado de pasos resonando por el pasillo, bajando las escaleras, rompiendo el silencio.
—Mierda, no —murmuró Natalie en voz baja, meciendo a Kora con más fuerza—. Ya viene.
Y apareció.
Dante Eastwood irrumpió en la puerta de la cocina como un fantasma.
Vestía su habitual uniforme: una camisa medio abotonada de color negro, pantalones oscuros, y el pelo lo llevaba despeinado de una forma que lograba parecer deliberada. La expresión de su rostro reflejaba enfado. Mucho enfado.
—Señorita Watson —dijo con voz grave, como si nombrara a un sospechoso en el banquillo—, ¿tiene idea de lo fuerte que suena eso?
Natalie parpadeó, apretando más fuerte a Kora contra su pecho.
—¿El llanto? —preguntó, más para ganar tiempo que para otra cosa.
—Los gritos —espetó Dante, cortante y desdeñoso—. Son ensordecedores. Estoy tratando de trabajar.
Natalie asintió una vez, lentamente, tratando de sonar tranquila. Alguien allí tenía que mantener los nervios.
—Sí, es verdad. Lo siento.
Los ojos de Dante se estrecharon, oscuros como nubarrones.
—Ella es... —titubeó, buscando una palabra que no lo hiciera parecer un monstruo—. Es bastante... expresiva.
—Gracias —respondió Natalie, alegre, con una voz un poco dulce—. Lo ha heredado de mí.
Durante un instante, Dante pareció sorprendido, como alguien que no está acostumbrado a que le hablaran sin disculparse, sin pedirle permiso. Lo disimuló rápidamente, refugiándose en su ceño fruncido.
—Señorita Watson, esto no es un patio de recreo. No es una guardería. Es un lugar de trabajo. Necesito silencio para escribir.
Natalie sintió una oleada de calor en las mejillas. El cansancio de semanas se mezcló con la indignación de que aquel hombre la estuviera regañando como si fuera una niña malcriada.
—Es solo un bebé al que le están saliendo los dientes, y por si no se ha dado cuenta, yo también escucho su llanto —dijo, suave pero firme—. Así que parece que hoy ninguno de los dos está teniendo un buen día.
Se miraron fijamente desde un lado y otro de la cocina. Ella con papilla secándose en las mangas y un bebé con hipo en brazos, él con algunos mechones de pelo cayendo sobre su frente y los ojos entornados. El silencio entre ellos era tenso, y vibraba con algo más peligroso que la rabia.
La voz interior de Natalie le siseó que cediera, que suavizara las cosas, que recordara que ella y su hija dependían de aquel techo. Pero no lo hizo. Se mantuvo firme. Sintió como su columna se estiraba casi de forma involuntaria, y se negó a agachar la cabeza.
Su mirada fue tan imperturbable que podría haber arrancado la pintura del marco de la puerta. Su paciencia, puesta a prueba y templada por la maternidad, podría haber durado siglos.
Transcurrió un instante. O dos. O tres. Entonces, murmurando un «¡Increíble!», Dante dio media vuelta y salió furioso, a zancadas, con el aire aún vibrando lleno de su desaprobación.
Kora sollozó una vez y luego se rio, encantada con el espectáculo. Natalie puso los ojos en blanco.
—No me mires así, Kora. Ha empezado él —dijo.
La niña hizo una pedorreta, y sus pequeños hombros temblaron con una risa sorprendentemente contagiosa.
Y Natalie, aunque agotada, aunque furiosa, aunque muy consciente de que acababa de enfrentarse al hombre cuyo temperamento gobernaba aquella mansión, no pudo reprimir una sonrisa ante lo absurdo de la situación.
Horas después, la mansión volvió a estar en silencio. Demasiado silencio.
Natalie lo notó de inmediato en cuanto cerró la puerta de la habitación y acostó a Kora en la pequeña cuna, arropándola con cuidado.
El aire se llenó, casi imperceptiblemente, con algún que otro suspiro somnoliento. Un recordatorio de que la vida continuaba, incluso cuando la propia casa parecía decidida a contener la respiración.
Se sentó en la vieja mecedora, con un libro de bolsillo desgastado abierto en el regazo, y fingió leer, aunque sus ojos se posaban constantemente en el rostro pequeño y sonrojado de Kora.
Pero el silencio era frágil como una pompa de jabón.
Kora se movió, pestañeó, y una risilla fugaz brotó de sus pequeños labios, un sonido musical que llenó la habitación. Natalie se quedó paralizada a media página, con una sonrisa curvando sus comisuras, muy a su pesar.
—Así que ahora estás practicando monólogos, ¿eh? —murmuró en voz baja, al borde de la risa.
La bebé volvió a reír. Un sonido claro y desenfadado.
Natalie se inclinó hacia la cuna, bajando la voz con aire conspirador, como si fuera a compartir un secreto con un cómplice.
—¿Quieres oír algo gracioso, Kora? Mira esto. —Arqueó las cejas, abrió los ojos fingiendo severidad y frunció el ceño de forma teatral. La voz que adoptó fue exagerada, cortante, pomposa—. ¡Señorita Watson, necesito silencio!
El efecto fue instantáneo. Kora estalló en una carcajada estridente, una maraña de alegría y diversión que hizo que a Natalie le doliera la cara de tanto sonreír.
No se detuvo, por supuesto. Al contrario, se encorvó, cruzó los brazos por delante del pecho, imitando la misma postura que la había intimidado durante días, e intensificó el tono teatral.
—¡Señorita Watson, esto no es una guardería!
Kora chilló, pateando con alegría al aire.
Natalie meció la cuna suavemente, al tiempo que también reía, dejando que el sonido se propagara por la pequeña habitación, resonando suavemente en las paredes.
Arriba, Dante se congeló a media palabra, con las manos suspendidas sobre el teclado del ordenador.
Sus ojos, grises y azotados por su particular tormenta interior, se dirigieron rápidamente hacia la puerta entreabierta del estudio y, por primera vez ese día, dudó.
La risa flotó a través del umbral, increíblemente brillante, burlona, contagiosa, y supo con irritación que debería cerrar la puerta, regresar a su silencio habitual, ignorar la intrusión, retomar el meticuloso control que había cultivado durante años.
Pero no lo hizo.
En cambio, escuchó.
El sonido se le clavó en el pecho. Las risitas ahogadas, la suave y provocativa cadencia de la voz de Natalie, baja, juguetona, cariñosa sin ni siquiera intentarlo.
La risa débil y despreocupada, como una campana, de una niña que aún no sabía moderar su alegría.
Cada nota pareció despertar algo en su interior que no se había despertado en mucho tiempo, quizá años, quizá décadas.
Se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en el escritorio, con los hombros tensándose, al tiempo que se repetía una y otra vez que aquello era absurdo.
Ridículo.
Completamente ridículo.
Y aun así... no pudo evitar que una pequeña sonrisa se dibujara en su rostro, vacilante y casi tímida, como si llevara una eternidad en la comisura de sus labios, esperando el momento justo para emerger.
Una sonrisa que no intentó ocultar ni controlar, que simplemente apareció, pequeña y desprevenida, frágil de una manera que hizo que su pecho doliera de una forma que se negó a reconocer.
Se enderezó imperceptiblemente, fingiendo tomar unas notas en su libreta, pero sus ojos se desviaron hacia la puerta, hacia las risas que se esparcían por los pasillos, con el aroma a champú de bebé, papilla y la tenue y obstinada calidez de un ser humano que se negaba a doblegarse por completo a su mundo de piedra y tormenta.
Pensó, por primera vez en lo que parecía una eternidad, que tal vez... tal vez aquella casa, con toda su historia melancólica y su frialdad, podría ser realmente soportable. Tal vez incluso, se atrevió a admitirlo, habitable.
Mientras tanto, abajo, Natalie balanceaba la mecedora suavemente, dejando que Kora se desplomara contra su pecho entre risas, pensando, como siempre hacía cuando la bebé estaba así de feliz, que podría acostumbrarse a aquello, a las pequeñas victorias, a las pequeñas rebeliones, a la alegría ruidosa que no tenía nada que ver con el pasado y todo que ver con el presente.
Inclinó la cabeza, murmurando historias y palabras de amor… El sonido de su voz empezó a relatar un cuento, que animaba a Kora a reírse, a patalear, a hacer gorgoritos…
Fuera, el viento azotaba los muros de la mansión, lanzando las olas contra las rocas y llevando tenues ecos de risas hacia los pasillos de piedra.
En algún lugar, una gaviota graznó y, por primera vez en semanas, Natalie se permitió soltar una exhalación larga y tranquila, sintiendo que la tensión que se había acumulado en sus hombros durante meses finalmente comenzaba a desatarse.