El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

La mañana comenzó engañosamente tranquila, lo cual era sospechoso en sí mismo, porque Natalie se había dado cuenta de que en la mansión nunca había paz del todo.

La luz del sol se filtraba lánguidamente a través de la niebla que se disipaba sobre los acantilados.

El mar, en lugar de rugir y golpear las rocas, se mantenía sereno, paciente.

Incluso la mansión, que habitualmente gemía, suspiraba y crujía, parecía inusualmente apagada.

Sus huesos de piedra descansaban en silencio, como si también estuviera observando, esperando, comprobando si se merecían aquella calma.

Natalie llevaba a Kora en la mochila pegada contra su pecho y salió al jardín. El aire estaba áspero, con la sal, la tierra mojada y el ligero olor metálico que persistía después de la lluvia.

Respiró hondo y casi se convenció de que se sentía bien. Kora balbuceaba contra ella, tirando de la tela del abrigo de Natalie, exigiendo atención como si dijera: «Ahora estamos a salvo, mamá, no te preocupes más.»

Natalie inclino la cabeza y depositó un beso en los rizos rubios de su hija.

En algún lugar sobre ellas, una gaviota graznó.

Natalie seguía el sendero que rodeaba el muro norte de la mansión, con las botas crujiendo sobre la grava, y Kora rebotando suavemente a cada paso.

Allí encontró a Thomas, con las tijeras de podar en las manos, ligeramente inclinado por la cintura mientras podaba un rosal con la concentración de un cirujano. Llevaba un sombrero que le protegía el rostro curtido, y sus movimientos eran pausados, casi como en un ritual.

—Buenos días —dijo Natalie, en voz baja para no asustarlo—. Parece que le estás operando a vida o muerte.

Thomas levantó la vista, con ojos amables y ligeramente divertidos bajo el ala del sombrero.

—Ah, señorita Watson —dijo con cariño—, ¿o debería decir «señorita Madrugadora»?

—Es lo que tiene ser mamá de un bebé de meses con pocas ganas de dormir —respondió, mientras ajustaba a Kora en el portabebés—. Tú también te has levantado temprano.

—Las rosas no se podan solas —dijo Thomas, echándose ligeramente hacia atrás para estirar los hombros—. Y si lo hicieran, me quedaría sin trabajo. No podemos permitirlo, ¿verdad?

Natalie se agachó un poco para observar las rosas más de cerca. Kora chillaba de alegría, agitando sus pequeñas manos hacia las brillantes flores como si saludara a otros niños. Natalie acarició suavemente un pétalo, maravillándose de su textura aterciopelada.

—Son realmente preciosas —dijo en voz baja.

—Pero hay que tener cuidado con ellas —advirtió Thomas con voz amable pero firme—. Son preciosas, sí, pero temperamentales. En realidad un poco como la gente, que te muestra una cara y oculta otra.

Kora ignoró por completo la advertencia, y estiró los dedos hacia la flor más cercana.

—Cariño, no...

Pero el aviso de Natalie llegó demasiado tarde. Un grito agudo le siguió cuando la manita de Kora se cerró brevemente alrededor de una espina.

Kora se echó a llorar.

—Ya, pequeña…

Natalie besó la mejilla húmeda de su hija y murmuró algunas palabras tranquilizadoras.

Thomas chasqueó la lengua con suavidad, y se giró para tomar la pequeña mano de Kora.

—No es profundo —dijo en voz baja y tranquila—. Solo un rasguño. Más lección que herida.

Natalie le acarició la cabecita a su hija.

—Lección: la naturaleza puede ser peligrosa —murmuró.

Thomas rio entre dientes, enderezando la espalda.

—Y paciente.

Natalie ladeó la cabeza y entrecerró un poco los ojos.

—¿Paciente? —repitió.

Thomas no la miró de inmediato. En cambio, cortó otro tallo espinoso y dejó caer la flor con cuidado en la cesta de mimbre junto a sus botas.

—La paciencia es una virtud muy valorada aquí.

—¿Lo dice por el señor Eastwood?

—Sí.

Las palabras flotaron entre ellos, arrastradas por el viento que susurraba entre las rosas.

—El señor Eastwood no parece que tenga la suficiente paciencia como para dedicarse a la jardinería —dijo en tono ligero—. A menos que fulminar con la mirada a las plantas cuente.

La sonrisa de Thomas se desvaneció, triste.

—Ya no. Pero antes sí. Venía aquí, se ensuciaba las botas de barro y se ocupaba de la poda. Siempre me ayudaba a sembrar todo el jardín.

Natalie parpadeó, intentando imaginarse a Dante, con su elegante ropa, sus palabras frías y su constante mal humor, agachándose para plantar bulbos en la tierra húmeda. La imagen no encajaba. Nada.

—En aquel entonces —continuó Thomas, con voz más suave—, reía con naturalidad. Hablaba con todo el mundo. Escribía como un hombre enamorado de la vida.

A Natalie la idea la inquietaba más de lo esperado.

—¿Y qué pasó para que cambiara? —preguntó sin poder contenerse.

Thomas exhaló lentamente, cortando otro tallo espinoso. Su pausa era reveladora.

—Pasó la vida. Y la gente. La gente equivocada —respondió.

Las palabras le cayeron a Natalie con más fuerza de la que debería. Las sintió clavarse en el pecho, tan afiladas como la espina que Kora acababa de agarrar. No insistió, pero su silencio bastaba.

—Hubo una mujer —dijo Thomas finalmente—. Guapa, inteligente, peligrosa y con una sonrisa capaz de desarmar a cualquiera. La amaba con locura, y a ella le encantaba la atención que el señor Eastwood le daba. Y luego vino el engaño, la traición. Ya te puedes imaginar lo que ocurrió…

Natalie hizo una mueca.

—Joder —dijo en voz baja, porque no había forma elegante de disfrazar la infidelidad.

—Antes, la casa resonaba con risas —murmuró Thomas—. Ahora resuena con fantasmas. No de esos que te atormentan por las noches, aunque se parecen bastante, solo recuerdos que no paran de rondar y que se te meten en los huesos con el paso del tiempo. Hasta las paredes lo recuerdan.

Natalie miró hacia la imponente mansión, con sus ventanas mirándola como ojos vigilantes. Se estremeció.

—Suena solitario.

Thomas la miró con atención, con los ojos firmes, gentiles pero firmes.

—No siempre fue tan duro, tan frío, señorita Watson. El mundo le convirtió en lo que es ahora.

Natalie acarició el pelo de Kora, contemplando las rosas, cuyo rojo pasión delataba las crueles espinas que había debajo.

—La gente puede cambiar —dijo en voz baja—. A veces para mejor.

Thomas sonrió brevemente, pero era una de esas sonrisas que transmitían esperanza, no certeza.

—Entonces, quizás seas lo que necesita este lugar.

Thomas se rio, sacudiendo la cabeza, aunque el sonido sonaba más nervioso que divertido.

—¿Yo? —dijo Natalie—. Solo estoy aquí para limpiar, cocinar y mantener vivo a un bebé. No es precisamente un cuento de hadas.

—Esta es la vida que él ha mantenido durante años —dijo Thomas simplemente, agachándose para recoger sus rosas—. Pero no lo subestime.

Natalie no respondió de inmediato. Observó al viejo jardinero dejar otra flor en la cesta. El vibrante color de los pétalos contrastaba con las espinas de los tallos, y sintió la extraña punzada de la posibilidad. La idea de que tal vez su presencia allí fuera más importante de lo que creía.

Y por primera vez desde que entró en el mundo de Dante Eastwood, se preguntó si la supervivencia no sería su único objetivo.

El chasquido del portazo resonó por el jardín como un disparo, sobresaltando incluso a las gaviotas que sobrevolaban el cielo, y tanto Natalie como Thomas miraron instintivamente hacia la mansión.

Durante un instante, la casa pareció exhalar, como si la salida de Dante hubiera liberado la tensión que había estado acumulando en sus entrañas de piedra.

Entonces apareció, caminando con pasos largos y confiados hacia el sendero del acantilado, con su abrigo oscuro ondeando tras él como una bandera desgastada. Tenía las manos hundidas en los bolsillos, la mandíbula apretada, la mirada fija en la línea donde el mar se fundía con el cielo.

Natalie se quedó quieta.

Había algo en él que la dejaba sin aliento, algo en su presencia, como ver la marea subir.

Se movía con una gracia particular. Como si contuviera una tormenta en su interior, porque así era Dante Eastwood, hermoso como una tormenta, oscuro y aún más peligroso por la fuerza que ejercía.

Su primer instinto fue quitarse, apartar la vista antes de que él la pillara mirándolo. Pero no lo hizo. Permaneció allí, medio escondida cerca del rosal, con Kora apretada contra su cuerpo, y los ojos fijos en él con una mezcla de asombro e inquietud.

Y, por supuesto, Kora eligió ese preciso momento para alzar una mano pegajosa y anunciarse con una alegría desenfadada.

—¡Ahhhh! —chilló, y su voz se escuchó a través del aire húmedo de la mañana.

A Natalie se le encogió el estómago.

—¡Kora, shhh! —susurró, tratando de silenciarla, mientas besaba sus rizos, como si eso pudiera calmar a la niña. Pero el daño ya estaba hecho.

Dante giró la cabeza.

Lentamente.

Ese giro deliberado e involuntario que sugería una irritación ya en ciernes. Su entrecejo se ceñía como una armadura, las cejas apretadas, la boca curvada hacia abajo con el desdén que solo un hombre acostumbrado a la soledad podría perfeccionar.

Durante un segundo, sus ojos se posaron en Natalie. No en el bebé. En ella. Acerados, ilegibles, sopesándola como una pregunta que no quería formular. Duró solo un suspiro, pero el aire pareció transformarse, cargándose de algo punzante y visceral.

Luego, sin decir palabra, se dio la vuelta y continuó, con los hombros erguidos contra el viento, bajando por el sendero que llevaba al acantilado.

Natalie soltó el aliento que no se había dado cuenta que estaba conteniendo. Le dolía el pecho debido a una especie de tensión nerviosa que no podía explicar.

—¡Maldita sea! —masculló en voz baja, pasando las manos por el cuerpo de Kora—. Parece que este hombre está a punto de luchar contra el mismísimo mar.

Thomas, que había reanudado en silencio la poda del siguiente rosal, murmuró con su calma habitual:

—Sale a pasear todos los días. Llueva o truene. Sople el viento o nieve. Y siempre lo hace solo.

Natalie lo miraba con curiosidad, a pesar de sí misma.

—¿Por qué? Un poco de aire fresco es una cosa, pero camina como si tuviera un demonio pisándole los talones.

Las tijeras de podar de Thomas cortaron limpiamente un tallo. El sonido era nítido en el silencio que había entre ellos. Se tomó su tiempo antes de responder, y cuando lo hizo, su tono era bajo, casi reticente.

—Porque si deja de caminar, señorita Watson, tiene que sentir. Y aún no está listo para eso. Quizá nunca lo esté.

Las palabras cayeron pesadas como piedras.

Natalie tragó saliva, con un nudo en la garganta. Quería burlarse, quitarle dramatismo, pero no podía. Sabía lo que era huir del peso de los sentimientos. Seguir adelante cuando el silencio se volvía insoportable.

Y de repente, al ver la silueta de Dante desvanecerse en el horizonte, se sintió menos una intrusa y más como alguien que vislumbraba a un igual.

El viento cambió, agitando su abrigo, trayendo consigo el aroma salado del mar y, juró, a algo más, algo que olía ligeramente a secretos, como el interior de un viejo baúl que lleva demasiado tiempo sin abrirse.

Atrajo a Kora hacia sí, sintiendo el cálido cuerpecito de la niña contra su pecho, y se aferró a ese pequeño y tenaz pulso de vida.

Un rato después, Kora ya llevaba tiempo dormida, con las mejillas sonrojadas y los puños apretados.

Natalie se quedó junto a la ventana del piso de arriba, con el cristal frío bajo las yemas de los dedos.

Fuera, el mar se agitaba inquieto, como si todo el océano estuviera en medio de una discusión consigo mismo. Ella debería estar haciendo la comida, o doblando la ropa, o haciendo algo práctico que la mantuviera distraída. En cambio, se quedó mirando los acantilados.

Seguía ahí.

Dante Eastwood.

Una figura oscura en el fin del mundo, con el abrigo ceñido y el cabello alborotado por el viento salado.

Parecía tallado en piedra, tan parte del acantilado como las rocas, negándose a ceder ante la furia de abajo.

Desde allí, no era más que una silueta, pero era suficiente para mantener su mirada fija.

No sabía por qué no podía apartar los ojos.

Quizás fuera lástima, aunque la lástima no le sentaba bien, y no explicaba el dolor que se desplegaba bajo sus costillas.

Quizás fascinación, la simple atracción del misterio.

O quizás, aunque detestaba la idea, fuera que se sentía identificada. La visión de otra alma tan vacía por el peso de lo que había perdido que moverse se había convertido en supervivencia.

—Me gustaría saber por qué estás así —susurró en la habitación, apretando las manos con más fuerza contra el cristal frío. Intuía que había mucho más detrás de la historia que le había contado Thomas—. ¿Qué te rompió, Dante Eastwood?

El mar rugía en respuesta, interminable, despiadado.

La mansión tras ella crujía mientras el viento se colaba por sus grietas.

Y él seguía de pie en el acantilado, sin moverse.