CAPÍTULO 3 #2
Tecleo. Rápido, implacable, un golpeteo furioso que pertenecía a un hombre en guerra con su manuscrito, o consigo mismo. El ritmo era preciso, fuerte, como quien marcaba el compás en una batalla con un tambor.
Natalie se quedó paralizada, con la mirada fija en la puerta del estudio. No... la puerta prohibida, pero lo suficientemente cerca como para ser peligrosa.
Kora, naturalmente, eligió ese momento para reírse.
—Shhh, cariño —susurró Natalie, agachándose ligeramente, como si la mansión misma fuera a inclinarse para oírla—. Ahí es donde vive La Bestia.
Kora levantó la cabeza y la miró con picardía. Y entonces, como haría cualquier bebé, gritó con toda la fuerza de sus pulmones.
El tecleo se detuvo.
Hubo un silencio tan repentino, tan absoluto, que a Natalie se le revolvió el estómago. Sintió la sangre caliente en los oídos. El latido del corazón en las sienes. Era el silencio de alguien que había... escuchado.
El pánico la abrumó. Se aferró al mango de la aspiradora como si fuera un escudo, y susurró con urgencia:
—Nos tenemos que ir, nos han pillado.
Y empezó a retroceder, arrastrando los pies tan rápido como su dignidad le permitía.
Su zapatilla se enganchó en el suelo irregular, haciéndola tropezar peligrosamente cerca de, por supuesto, uno de los adornos de la mansión: una armadura completa, en posición de firmes, como si la casa alguna vez hubiera sido un castillo.
¡Mierda!
¿Es que aquel hombre todavía no había recibido la noticia de que la Edad Media había acabado y que aquello no era un museo? ¡Santo Dios!
—En serio, ¿quién tiene un armatoste de estos en casa? —murmuró Natalie.
Mientras se apoyaba contra el frío hombro metálico. Kora chilló de alegría. Al parecer aquello era de lo más divertido para ella.
Y entonces la puerta del estudio se abrió.
Dante emergió como una nube de tormenta que adquiría forma humana, con el cabello ligeramente despeinado por haberse pasado las manos por él, y los ojos oscurecidos por haber interrumpido su concentración.
Natalie pensó que su expresión era una mezcla de temor y humor, un hombre capaz de asesinar con solo la mirada.
No esperó a que él hablara. Ya había cargado a Kora sobre su cadera, había apagado la aspiradora y recorría la mitad del pasillo a paso apresurado, susurrándole a su hija con un siseo cómplice:
—Rápido, cariño, retírate, corre antes de que la bestia ruja.
Kora, siempre cómplice, blandió su cuchara de plástico en el aire y soltó un gritito, como si se burlara del mismo silencio que exigía Dante.
Para cuando él entró del todo en el pasillo, ya no estaban, habían desaparecido tras el recodo de la escalera.
Se quedó en la puerta un rato más de lo previsto, mirando fijamente las sombras, y luego se retiró en silencio a su estudio, cerrando la puerta con firmeza.
Las horas pasaron. La lluvia se intensificó, tamborileando con más fuerza contra las ventanas. La casa crujía con la tormenta; cada viga y ladrillo parecía suspirar con el tiempo.
Natalie finalmente consiguió terminar todas las tareas de la casa y aunque Kora se negaba a dormir la siesta, estaba tranquila, jugando con su peluche favorito: una tortuga verde, por lo que Natalie pudo tomarse un descanso. Estaba agotada.
Bajó las escaleras, se preparó una taza de té, fuerte, con demasiada leche, y se hundió en el sofá del salón. Los cojines eran más viejos que ella, se aplastaban en algunos puntos, pero por primera vez en meses, sintió algo desconocido: seguridad.
No felicidad, todavía no, pero se sentía protegida por el grosor de los muros de piedra y la extraña indiferencia de Dante. Su frialdad era un escudo. Una capa tras la que se escondía, se dijo a sí misma.
Bebió un sorbo de té y contempló el fuego. Era tranquilizador. Tanto, que podría estar así horas.
Arriba, Dante se encontraba sentado tras su escritorio.
El estudio era su reino, cada centímetro dispuesto para controlar lo que no podía controlar fuera.
El fuego ardía con firmeza y disciplina en la chimenea.
Las estanterías estaban llenas de libros perfectamente desempolvados.
El escritorio olía a tinta y frustración (sobre todo a frustración).
Su pluma flotaba sobre la página en la que pretendía hacer el esquema de la novela, un primer borrador, pero no le salían palabras.
Últimamente rara vez lo hacían. La tormenta que había en el exterior reflejaba la tormenta en su cabeza, inquieta, incesante, y nunca del todo calmada.
Y entonces lo oyó.
A través del suelo. Débil, pero innegable. Un sonido que no era habitual oír entre aquellas paredes.
Risa.
Alta, brillante, espontánea. El sonido de la risa de un bebé, libre de mentiras, libre de control.
Su pluma se quedó inmóvil en el aire. Apretó la mandíbula, y se dijo a sí mismo que debía ignorarlo, que era solo ruido, otra intrusión en su silencio. Nada más.
Pero no podía. Permaneció completamente quieto, como si el movimiento pudiera delatar su interés.
Y el sonido volvió a escucharse. Una burbuja de alegría que atravesaba el eco de la tormenta, resonando débilmente a través de los antiguos pasillos.
—No puedo trabajar con este ruido —murmuró Dante con mal humor.
Su voz era grave en el silencio, pero le faltaba convicción.
No se levantó. No golpeó el escritorio con las manos ni bajó furioso para poner orden. Simplemente se quedó allí sentado, inmóvil, escuchando…
Y por razones que se negaba a examinar demasiado, la página que tenía delante ya no parecía tan vacía.