El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

La mañana había empezado con lluvia, porque claro, en aquella remota parte de Inglaterra, llovía. A cántaros. Todo el tiempo.

La mansión no disfrutaba del sol así por así. Estaba demasiado inmersa en aquel escenario gótico como para dejar entrar algo tan ordinario como una mañana dorada. No, era mejor aquel clima frío, gris y húmedo.

Lúgubre, si apurabas.

La lluvia se deslizaba por los altos ventanales de forma dramática, sombría, casi incitando a la gente a encontrar su fin en los acantilados sobre los que se alzaba.

Dios. Era todo tan triste.

El cristal se empañaba con la diferencia entre el frío de fuera y el calor tenaz que Natalie había conseguido arrancarle a la antigua chimenea de la cocina.

Olía ligeramente a hierbabuena y piedra húmeda, lo cual era probablemente lo más acogedor que aquella casa podía llegar a ofrecer.

Natalie estaba de pie, con una cuchara en una mano y Kora en equilibrio sobre su cadera con la otra. Era una danza precaria, una en la que se estaba volviendo experta.

Kora tenía el puño enganchado perezosamente en el cuello de su jersey y el pulgar firmemente apretado contra la boca.

Natalie removía con firmeza lo que había dentro de la cazuela, convirtiendo el puré en algo comestible mientras su hija respiraba con el ritmo lento y sereno de una niña que aún no conocía el peso de las decisiones de la vida.

Llevaban allí dos días.

El tiempo justo para conocer las costumbres de la casa. Sabía qué tablas del suelo la delataban por la noche, qué ventanas vibraban cuando el viento cambiaba de dirección, qué puertas se negaban a cerrarse sin protestar y qué sombras parecían personas cuando las veía de reojo.

La casa tenía personalidad. Dante Eastwood, en cambio, tenía... menos virtudes.

Era demasiado gruñón, demasiado malhumorado, demasiado…

El sonido de pasos resonó en el pasillo. Fuertes. Deliberados. El tipo de pasos que pertenecían a alguien que esperaba que el suelo mismo se apartara de su camino. Eran tan decididos que le erizaron el vello de los brazos a Natalie. No necesitaba girarse para saber que era él.

La tormenta había decidido ponerse botas.

Y ahí estaba, Dante Eastwood, en la puerta, apoyado en el marco como si estuviera a medio camino entre estar de pie y enfurruñado. Vestido de oscuro otra vez, por supuesto, porque al parecer el color era un idioma desconocido para él. ¿Acaso no sabía que existían otros colores?

Su pelo, húmedo por la lluvia, se le pegaba descuidadamente en las sienes, y su ceño fruncido se encontraba perfectamente intacto (como siempre).

No le hacía ninguna gracia que Natalie estuviera allí, que su hermano Óscar la hubiera contratado casi sin su permiso.

Parecía, pensaba Natalie, un hombre que no solo había conocido la miseria, sino que la había invitado a entrar, le había ofrecido una copa y le había construido una habitación de invitados, para que se quedara a vivir con él. Eternamente.

Natalie juraba que la temperatura bajaba cinco grados cuando sus ojos se encontraban con los de ella.

—Señorita Watson. —Su tono era cortante, casi acusador, como si ella hubiera cometido alguna ofensa al estar en su cocina antes del mediodía.

Natalie esbozó una sonrisa amable, una que había aprendido hacía años en situaciones donde la cortesía era un escudo.

—Señor Eastwood —respondió alegremente, echando las últimas verduras troceadas al puré—. Se ha levantado temprano.

Dante arqueó una ceja, incrédulo.

—Son las diez.

Natalie se mantuvo tranquila. No iba a intimidarla. No, de ninguna manera.

—Bien. Llega temprano, entonces —dijo.

Hubo un leve tic en el rabillo del ojo de Dante.

«Bien —pensó Natalie—. Una victoria, pequeña pero satisfactoria.»

Dante cruzó el umbral con los brazos cruzados, la postura rígida y decidida.

—Necesitamos establecer límites —habló.

Ah. Ahí estaba. La temida charla. La imposición de la ley en su casa.

Natalie dejó la cuchara de madera con cuidado sobre la encimera, se acomodó a Kora contra la cadera y se giró para mirarlo de frente.

—Por supuesto —dijo con tono discretamente amable—. Las reglas harán que la convivencia sea mejor.

Si Dante percibió un rastro de sarcasmo en la voz de Natalie, no reaccionó. Su expresión permanecía fija, como si fuera granito, en señal de desaprobación. Porque todo lo que decía Natalie contaba con su desaprobación.

—Regla número uno —comenzó con voz grave—. Nada de ruido. Exijo silencio absoluto mientras trabajo.

Natalie asintió con la cabeza.

—Entendido.

Movió a Kora, que aprovechó el momento para soltar un suave balbuceo inquisitivo. El sonido fue leve pero intencionado. Dante apretó la mandíbula y siguió adelante.

—Regla dos —dijo, ignorando por completo la interrupción de la bebé—: mi estudio está prohibido. Prohibida la entrada, la limpieza y las interrupciones de ningún tipo.

Natalie levantó las cejas. ¡Santa Madre de Dios!

—Entendido.

—Regla tres —continuó Dante, aunque las palabras parecían dolerle al salir de la boca—, la comida se dejará en la encimera. Prefiero no... —Hizo una pausa, tensando visiblemente la mandíbula—... cenar en compañía.

—Por compañía…, ¿se refiere a otros humanos? —dijo Natalie.

Él la miró fijamente, sin ningún tipo de diversión en los ojos.

—Correcto.

—Es bueno aclararlo —murmuró Natalie, sin molestarse esa vez en ocultar su sonrisa.

Y entonces intervino el destino.

Kora cogió la cuchara que había quedado cerca de los cuencos y la dejó caer sobre la encimera con la fuerza de un pequeño tirano que reclamaba un nuevo territorio. Una espectacular salpicadura de puré saltó por los aires y cayó de lleno en la manga de la camisa negra de Dante, goteando lentamente.

El silencio que siguió fue denso y extraño.

Natalie se quedó paralizada, con la cuchara en la mano, haciendo una mueca de dolor mientras la mancha de puré hacía su lento y humillante viaje hacia el puño de la camisa de Dante.

Él miraba. Simplemente miraba. Como si la gravedad estuviera conspirando contra él.

Natalie se aclaró la garganta con delicadeza.

—Está... entusiasmada con el desayuno —dijo.

Dante exhaló bruscamente por la nariz, controlándose.

—Regla cuatro —dijo entre dientes—. Contenga a eso.

Natalie entrecerró los ojos.

—¿Eso? —repitió en voz baja.

Él levantó la vista, la miró fijamente y luego miró a Kora, que estaba inmersa en su particular mundo de pedorretas.

—El… bebé.

¿Qué? ¿Pero qué cojones…?

La sonrisa de Natalie se desvaneció. Su tono se agudizó y se llenó de firmeza.

—Se llama Kora. Es una persona. Pequeña, sí. Pero una persona.

Por primera vez, Dante vaciló. La miró directamente más tiempo del que pretendía, con algo indescifrable en los ojos. Quizá conflicto, quizá crítica, quizá un destello de algo más humano de lo que quería permitirse. Y entonces, con la misma rapidez que apareció, desapareció.

—Bien —dijo finalmente, con voz apagada—. Contenga a Kora.

—Vale —respondió Natalie, igualando su tono al de Dante.

—Bien.

—Bien.

Permanecieron en silencio, de esa forma que zumbaba como un cable demasiado tenso.

El viento trataba de colarse por las grietas de la vieja piedra, y la casa misma parecía escuchar, esperando a ver cuál de los dos parpadeaba primero.

Kora, como era natural, se aburrió del silencio (y de estarse quieta). Untó un generoso chorro de puré en el hombro de Natalie y se río triunfal de su propia creación. El sonido resonó en la cavernosa cocina, pequeño pero desafiante, como si le hubiera declarado la guerra al silencio mismo.

Natalie suspiró y besó la cabeza de su hija.

—Como ve, acepta bien las críticas —comentó.

Dante murmuró algo en voz baja, algo que sonaba sospechosamente como «Dios, dame paciencia…» antes de girar sobre sus talones y echar a andar de regreso hacia el pasillo. Sus pasos resonaban una vez más con una determinación sombría.

Natalie lo vio desaparecer entre las sombras, mientras la puerta se cerraba tras él.

Durante un instante, se quedó completamente inmóvil, con Kora moviéndose contra ella y el puré enfriándose en su manga.

Sintió el peso de la casa presionándola, como si las propias paredes estuvieran involucradas en aquella batalla de voluntades.

Porque era una auténtica batalla de voluntades.

—Bueno, cariño —le susurró a Kora—, parece que hemos encontrado un señor de la guerra muy fuerte.

Kora balbuceó alegremente en respuesta, y Natalie no tuvo más remedio que sonreír.

El resto del día se desarrolló en fragmentos, dentro del escenario cavernoso de una mansión que parecía observar cada uno de sus movimientos.

Natalie se armó con la aspiradora, una máquina demasiado moderna para los viejos pasillos con corrientes de aire que no paraban de susurrar.

El cable se arrastraba tras ella, enganchándose en rodapiés irregulares, tirando de alfombras que habían conocido siglos mejores.

Pero siguió adelante, a pesar de todo, equilibrando el ruido de la aspiradora con el sonido de los pequeños pasos de Kora a su lado, que iba de un lado a otro con el tacatá.

La niña, decidida a no quedarse atrás, agarraba su cuchara de plástico como si fuera una espada, blandiéndola contra las sombras, las barandillas y, una vez, de forma bastante amenazante, contra el radiador.

Para ella, aquella casa no era imponente.

Era un campo de batalla en el que divertirse.

Para Natalie, sin embargo, cada sonido se amplificaba. Cada crujido del suelo parecía llegar directamente al estudio de Dante. Cada gemido de las paredes parecía regañarla por atreverse a encender algo tan común como una aspiradora en medio de su sagrado silencio.

Dante le había dicho, sin rodeos, que esa puerta no existía para ella.

No necesitaba que se lo recordaran. Aun así, al pasar junto a ella, el ruido de la aspiradora se aflojó y sus pasos se ralentizaron hasta contener la respiración, esforzándose por oír lo que había más allá, lo que había al otro lado.