El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 2 #3
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CAPÍTULO 2 #3

—¿Absurda? ¿Acaso crees que esto es una guardería? ¿En qué cojones estabas pensando? —replicó Dante.

Al otro lado, Óscar emitió un sonoro suspiro.

—Estaba pensando, querido hermanito, que necesitabas ayuda. Y Natalie es la mejor candidata que he encontrado. Es competente, discreta, cocina como los ángeles y, lo más importante, no tiene miedo de tu personalidad de ogro.

—Pero tiene un bebé —insistió Dante, como si ese detalle invalidara todas las demás cualidades.

—Tiene una hija, sí —corrigió Óscar, y su tono cambió ligeramente, adquiriendo un matiz más serio—. Y si te paras a pensar un segundo las cosas, comprenderías que eso es precisamente lo que la hace perfecta para el puesto.

Dante frunció el ceño, confundido.

—¿De qué hablas?

—Piénsalo. Una mujer sola con una bebé necesita estabilidad y seguridad más que nadie. No va a irse a la primera rabieta que le montes, porque tiene mucho que perder. Es leal por necesidad.

Dante se dejó caer en su sillón de cuero, procesando las palabras de su hermano.

—Eso es... maquiavélico, incluso para ti —murmuró, aunque una parte de él reconocía la lógica retorcida detrás del razonamiento de Óscar.

Óscar rio al otro lado de la línea telefónica.

—Lo tomaré como un cumplido —dijo—. Mira, solo dale una oportunidad, ¿vale? Si en un mes sigues pensando que es insoportable, buscaré a otra persona. Pero te apuesto lo que quieras a que para entonces ya no querrás que se vayan.

—Dudo mucho que...

Un sonido interrumpió su frase. Un gorjeo suave, casi musical, que se coló por debajo de la puerta de su estudio. La risa de Kora.

Dante se quedó en silencio, distraído por aquel sonido tan puro. Luego sacudió la cabeza, recordando su irritación.

—¿Lo ves? —dijo, levantándose de un salto del sillón—. ¡Ahí está otra vez! Es de noche, por el amor de Dios. ¿Qué clase de bebé se ríe a estas horas?

—Uno feliz, supongo —respondió Óscar con calma—. Algo que tú no has sido en mucho tiempo, hermanito.

Las palabras cayeron entre ellos como piedras, creando un silencio incómodo. Dante se quedó inmóvil, sintiendo cómo se le tensaba la mandíbula.

—Eso ha sido un golpe bajo —dijo finalmente.

—Pero necesario —respondió Óscar sin disculparse y sin inmutarse lo más mínimo—. Escucha, Dante. Has estado escondido en esa mansión durante demasiado tiempo. Solo. Amargado. Rumiando el pasado. Tal vez lo que necesitas no es más silencio, sino precisamente lo contrario.

Dante resopló, incrédulo.

—¿Un bebé ruidoso y una mujer que me desafía? ¿Eso es lo que necesito?

—Vida, hermano. Eso es lo que necesitas. Vida dentro de esas paredes que has convertido en tu mausoleo particular.

Fuera, la lluvia arreció, golpeando las ventanas como si quisiera entrar. Dante contempló las gotas deslizándose por el cristal, formando caminos hacia abajo, como lágrimas.

—No te he llamado para recibir una sesión de terapia —murmuró.

—No, me has llamado para quejarte, como siempre —respondió Óscar con ese tono fraternal que oscilaba entre el cariño y la exasperación—. Pero a veces lo que necesitamos no es lo que pedimos.

Se produjo otro silencio, roto solo por el crepitar del fuego y el rumor distante de la lluvia.

—Al menos dime que encontraste referencias de esta mujer —dijo Dante, cambiando de estrategia—. ¿Sabes algo de ella? ¿De su pasado?

Hubo una pausa al otro lado de la línea.

—Lo suficiente —respondió Óscar, con una cautela inusual en él—. Es una buena persona, Dante. Confía en mí en esto.

Algo en su tono alertó a Dante. Su hermano no le estaba contando toda la historia, pero antes de que pudiera insistir, oyó el sonido de la puerta principal abriéndose y cerrándose al otro lado.

—Tengo que dejarte —dijo Óscar apresuradamente—. Julie acaba de llegar y tenemos reserva para cenar.

—¿Quién es Julie? —preguntó Dante.

—Una abogada guapísima que acabo de conocer.

Dante puso los ojos en blanco. Óscar y sus mil conquistas. Hoy era Julie, mañana Anne y pasado mañana Chantal.

—Dale una oportunidad a Natalie, ¿vale? —habló de nuevo Óscar—. Por mí. O mejor aún, por ti mismo.

Y sin esperar respuesta, colgó.

Dante miró el teléfono en su mano como si fuera un objeto extraño que nunca había visto. ¿Cómo demonios lograba siempre su hermano tener la última palabra?

Se acercó a la ventana, y apoyó la frente contra el cristal frío.

Abajo, en el jardín, alcanzó a distinguir una silueta a través de la cortina de lluvia.

Era Natalie, con Kora en brazos, ambas protegidas bajo un enorme paraguas negro.

Natalie señalaba algo en el cielo, quizá explicándole a la niña cómo funcionaban las tormentas.

La pequeña reía, ajena a la lluvia, al frío, a todo menos a la seguridad de los brazos de su madre.

Un relámpago iluminó la escena, congelándola como una fotografía en la retina de Dante. Madre e hija, riendo bajo la tormenta.

Chasqueó la lengua contra el paladar.

—Maldita sea, Óscar —murmuró para sí mismo—. Siempre tienes que complicarlo todo.

Con un suspiro resignado, se apartó de la ventana y volvió a su escritorio. El manuscrito lo esperaba, implacable como siempre, con la página en blanco acusándole.