El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Su camisa estaba arrugada, medio desabrochada, como si hubiera perdido una batalla contra el mismísimo tiempo, y había una mancha de tinta en una mano, que se deslizaba también ligeramente sobre su mandíbula, donde debió de haberse limpiado sin pensar.

No se parecía en nada a las fotografías de autor cuidadosamente posadas que había visto en los periódicos, sin un pulcro traje, sin una media sonrisa de suficiencia.

Allí se veía crudo, deshecho, reacio. Y, sin embargo, a pesar de eso (o quizás debido a eso), había en él un aura que llenaba el pasillo.

Y un atractivo que no pasaba desapercibido.

Porque, joder, atractivo era un rato.

El único adjetivo que Natalie encontró en su vocabulario para describirlo fue «espectacular».

Los ojos de Dante la encontraron al instante.

Grises, como el mar que había fuera, tormentosos y calculadores.

No se suavizaron con curiosidad, no se abrieron con sorpresa, al contrario, se estrecharon, como si ella fuera una ecuación que él pretendía resolver, o peor aún, un error muy grave en el manuscrito de alguna de sus novelas.

—Ha traído... —Su voz era baja, incrédula. La voz áspera de quien pasa demasiado tiempo hablando solo con sus propios pensamientos. Hizo un gesto vago, mirando fijamente el bulto que ella llevaba en brazos—. ¿Un bebé?

El silencio que siguió era tan denso que parecía necesitar su propio espacio, llenar cada rincón, como la niebla que había fuera.

Natalie cambió de postura, con el corazón latiendo con fuerza, aunque se mantenía erguida. Kora, en cambio, dejó escapar un suave suspiro medio adormilada, completamente ajena al hecho de que su existencia acababa de desmoronar a un hombre.

Thomas, bendito fuera, se aclaró la garganta con esa diplomacia que usan los hombres mayores cuando prefieren no estar en una habitación.

—Señor Eastwood, ella es la señorita Watson. La nueva ama de llaves —dijo.

El título resonó en el aire como una falta de ortografía. Dante giró la cabeza hacia Thomas. Su mirada era penetrante.

—Has dicho ama de llaves, no... —Agitó la mano hacia Natalie, hacia Kora, hacia la frágil colección de decisiones que habían llevado a ambas hasta allí—. Esto no es una guardería —aseveró.

Natalie sintió que le ardían las mejillas, no de vergüenza, sino de una furia que intentaba disimular. Enderezó los hombros, apretó a su hija aún más contra su pecho y miró a Dante directamente a los ojos.

—Le aseguro, señor Eastwood, que no necesita mucho espacio. Ni conversación. —Su tono era sereno, cortés, pero con una firmeza imperturbable.

La boca de Dante se curvó, no era una sonrisa, sino más bien una mueca de desdén.

—Yo tampoco —dijo.

—Perfecto —respondió Natalie con dulzura. Su voz estaba bañada en miel, pero amenazaba con cortar como el cristal.

Los labios de Thomas se contrajeron, y su bigote se erizó como si estuviera luchando contra la risa.

—Bueno —dijo con optimismo—, los dejaré para… que se conozcan.

—No te atrevas —murmuró Dante entre dientes, pero Thomas ya se retiraba, silbando una melodía demasiado alegre para la atmósfera que dejaba atrás.

Y así, sin más, se quedaron solo los tres. Dante, Natalie y Kora. El silencio se extendió, pesado e incómodo.

Dante se cruzó de brazos, la tela de su camisa tiró de sus hombros, y miró a Natalie con la intensidad de quien lee un párrafo mal escrito. Ella se sentía inmovilizada, catalogada, descartada, pero se negaba a bajar la mirada. No le daría ese gusto.

Su corazón latía con fuerza, amenazando con escapar de su caja torácica, pero por fuera permanecía inmóvil.

Kora se movió, pestañeando, y al abrir los ojos de nuevo, miró a Dante con pura curiosidad. Entonces... como los niños no entienden de hostilidades, extendió una manita y dijo algo parecido a «hola»:

Dante parpadeó un par de veces, como si lo hubieran golpeado. Todo su cuerpo se estremeció de incomodidad.

—Habla —murmuró desconcertado, con la voz baja, como si estuviera solo.

—Saluda —corrigió Natalie con firmeza, apartando los rizos dorados de su hija de su frente.

El viento sacudió el cristal de una ventana.

Dante lanzó un suspiro, largo e irritado, y se pellizcó el puente de la nariz con los dedos.

—Vale. Está aquí —comenzó—. Pero no esperes conversación. No se acerques a mi estudio. Y no haga ruido. Eso es todo. —Sus palabras eran cortantes, cada una como una piedra arrojada al agua fría.

La sonrisa de Natalie era demasiado contenida como para confundirla con amabilidad.

—Entendido. Y usted, no grite cerca de mi pequeña. No quiero que la asuste. —Su voz seguía siendo suave, pero la promesa que se escondía tras ella resonaba como un cable de alta tensión.

Durante una fracción de segundo, algo se reflejó en el rostro de Dante. Las comisuras de sus labios se elevaron, casi como una sonrisa burlona, como si la idea de que lo desafiara le divirtiera a su pesar.

—Tomo nota.

Un fuerte trueno retumbó, sacudiendo los cimientos de la mansión. Las ventanas temblaron en los marcos.

Dante apretó la mandíbula al oír el sonido y luego volvió a mirar a Natalie. Ella, mientras tanto, observaba a Kora, que había decidido que todo aquel intercambio era lo bastante entretenido como para reírse, aplaudiendo con sus pequeñas manos ante el eco del estruendo.

Sin decir nada, Dante dio media vuelta y se metió en la misma habitación de la que había salido.

—Bienvenida a casa… esperemos —susurró Natalie en la cabecita de su hija, palabras que solo Kora oyó.

Sobre ellas crujieron las viejas vigas y la casa gimió.

Natalie dejó escapar un suspiro.

La tormenta azotaba con furia los ventanales de la mansión, como si quisiera arrancarlos de cuajo.

El cielo, completamente negro, apenas dejaba entrever la luna entre nubes pesadas que lo único que prometían era más lluvia.

Dentro, el fuego de la chimenea crepitaba, proyectando sombras que bailaban contra las paredes del estudio.

Dante Eastwood caminaba en círculos con el teléfono pegado a la oreja, y la mandíbula tan tensa que parecía a punto de romperse. Su mano libre se movía en el aire con gestos exasperados, como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible muy caótica.

—No, Óscar, escúchame bien —siseó, apretando tanto el teléfono que sus nudillos se volvieron blancos—. Me has enviado a una mujer con un bebé. ¡Un bebé, por el amor de Dios! ¿En qué demonios estabas pensando?

Al otro lado de la línea, su hermano soltó una risa despreocupada que solo consiguió irritarlo aún más.

—Oh, vamos, Dante. No es para tanto. La pequeña Kora es adorable.

—¿Adorable? —Dante se detuvo frente a la ventana, mirando su propio reflejo con incredulidad—. Los cachorros son adorables. Los atardeceres son adorables. ¡Los bebés son máquinas de hacer ruido constante!

El silencio al otro lado de la línea se rompió con el sonido de un líquido vertiéndose en un vaso y los hielos golpeando el cristal. Dante casi podía ver a su hermano sirviéndose tranquilamente un whisky, completamente ajeno a la crisis existencial que él estaba experimentando.

—¿Sabes lo que necesito, Óscar? —continuó, pasándose una mano por el pelo, ya de por sí despeinado—. Silencio. S-I-L-E-N- C-I-O —deletreó—. Eso es lo que necesito para trabajar. No una sinfonía de llantos, risas y balbuceos las veinticuatro horas del día.

—Sinceramente, hermano, creo que exageras —respondió Óscar con aquella irritante calma que siempre había tenido—. Según tengo entendido, la niña duerme bastante bien.

Dante soltó una risa seca que sonó casi como un ladrido.

—¿Según tienes entendido? ¿Has hablado con Thomas a mis espaldas?

—Por supuesto. ¿Cómo crees que me entero de las cosas? Tú nunca me cuentas nada.

Dante se pinzó el puente de la nariz con los dedos y lanzó un bufido, intentando contener la migraña que amenazaba con estallar en su cabeza en cualquier momento.

—No es una cuestión de si duerme bien o no —dijo, bajando la voz como si temiera que alguien lo escuchara, aunque en el fondo le daba igual—. Es cuestión de que esta casa no es... no es un lugar para niños. Es un lugar de trabajo, mi santuario.

Un trueno violento sacudió los cristales de las ventanas.

—Esta conversación es absurda —dijo Óscar.