El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

El taxi avanzaba lentamente por la sinuosa carretera costera. El motor rugía de vez en cuando, protestando en cada cuesta arriba, mientras los faros se proyectaban sobre la niebla cada vez más espesa, lanzando sombras a un lado y a otro.

Natalie tenía apoyada la cabeza en la fría ventanilla, con el cristal húmedo por la condensación, e intentaba convencerse de que había tomado una decisión sensata. La decisión correcta. Aunque cada vez tenía más dudas.

Trazó un pequeño círculo con el aliento, miró fijamente la mancha húmeda de su propio rostro y luego levantó la vista para observar cómo la niebla se enroscaba y se desenredaba como un ser vivo contra el borde del acantilado.

A su lado, la pequeña Kora dormía profundamente en la silla especial para bebés que tenía el taxi, con las mejillas sonrosadas y regordetas, y el pulgar metido en la boca.

Cada movimiento de su pequeño pecho era una especie de atadura reconfortante.

Una atadura que la anclaba, que le hacía poner los pies en la Tierra, pero también era insoportablemente pesada.

Natalie sentía el peso de la confianza que su hija tenía en ella y de la protección que le debía con más intensidad allí, en un camino que parecía llevarla al fin del mundo.

Cada curva le revolvía el estómago, como si se adentrara en el secreto de otra persona que no estaba del todo segura de estar destinada a descubrir.

El conductor se aclaró la garganta como hacen los hombres cuando están a punto de dar un consejo que no le han solicitado.

—¿Está segura de que quiere que siga subiendo? La gente no se queda mucho tiempo ahí arriba. —Su voz tenía una resignada cadencia, como si hubiera recorrido esa ruta una docena de veces y nunca hubiera pensado que el resultado fuera bueno.

Natalie esbozó la típica sonrisa educada que había practicado desde que había decidido cambiar de identidad, un gesto agradable pero lo suficientemente firme como para silenciar cualquier comentario.

—No tengo pensado quedarme mucho tiempo —dijo con la voz más firme de lo que en realidad sentía—. Es un trabajo temporal.

El conductor emitió un leve zumbido, que no expresaba desacuerdo ni tampoco aprobación.

—Si usted lo dice —murmuró en voz baja, aunque no tan baja como para que ella no lo oyera.

Excelente. Perfecto. Genial. Precisamente ese era el tipo de comentario que uno anhelaba escuchar al mudarse a una mansión remota situada en el culo del mundo, pensó Natalie.

Miró a Kora de reojo, como si su bebé pudiera despertarse lo suficiente para ofrecerle una sonrisa tranquilizadora o algún consejo infantil sobre las malas decisiones.

Kora resopló en sueños, emitió un pequeño chillido y babeó contra su puño.

No era especialmente útil, pero era innegablemente entrañable.

El taxi seguía traqueteando. La niebla se espesaba.

Y a Natalie se le hacía un nudo en el estómago a cada minuto.

Para cuando el camino se enderezó en el tramo final, estaba segura de que los nervios la iban a vencer.

Entonces, de repente, la mansión se reveló, emergiendo de la niebla como una bestia ancestral que había estado agazapada allí todo el tiempo, esperando a que su presa se acercara.

La casa era enorme, sus muros de piedra gris se alzaban con solemnidad, sus ventanas estaban dispuestas como ojos vigilantes, y el afilado corte de sus tejados parecían capaces de partir en dos las nubes.

Su primer pensamiento fue que aquel no era un lugar para reírse, para tener sentido del humor.

Su segundo pensamiento fue que sería un escenario excelente para una de esas telenovelas excesivamente dramáticas que a veces veía a altas horas de la noche, con siniestras cuerdas de violín, uno o dos truenos y un narrador susurrando: «Ella aún no sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre».

Aunque ella lo sospechaba de todos modos, porque las casas como aquella nunca te dejaban ir sin cambios.

El taxi se detuvo con vacilación. Las manos de Natalie temblaron al acercarse a Kora, susurrando casi con disculpa:

—Ya estamos aquí, cariño. Un nuevo hogar. Bueno, un hogar temporal. No te encariñes demasiado.

No estaba segura de si estaba advirtiendo a Kora o a sí misma.

En la puerta, una figura esperaba, firme y paciente en la niebla.

Se dio cuenta de que era Thomas Evans, el jardinero del señor Eastwood, según las escasas conversaciones que habían mantenido.

Era mayor, con el pelo canoso bien peinado, y un pantalón de pana marrón que sugería calidez y una vida útil.

Había algo en él que le recordaba a Natalie las hogueras de las tardes de otoño, las largas historias contadas con un té caliente en la mano, la lealtad que se ganaba poco a poco.

—¿Señorita Watson? —le preguntó con voz cálida y amable.

Natalie soltó una risa que rozaba el alivio.

—Casi. La niebla ha intentado devorarnos por completo —respondió con humor.

Thomas sonrió, con una de esas sonrisas que parecía grabada permanentemente en su rostro.

—Es por los acantilados. Siempre están ávidos de turistas. Ven, te llevaré dentro antes de que les apetezca un segundo plato.

Natalie quería discutir, insistir en que podía manejar su propio equipaje, pero Thomas ya estaba tomando sus maltrechas maletas con una fuerza sorprendente.

En su lugar, acomodó mejor a Kora en sus brazos, que se estremecía con el aire frío de la noche, pero no terminaba de despertarse del todo.

La grava crujía bajo sus pies mientras subían por el sendero, y el viento azotaba el abrigo de Natalie sin respiro.

En algún lugar, muy abajo, el mar gruñía, inquieto y embravecido.

La puerta principal se alzaba imponente, alta y arqueada, y cuando Thomas la empujó, resonó con una sincronización teatral perfecta. Natalie se mordió el interior de la mejilla para no poner los ojos en blanco. Al parecer, la casa tenía algo que decir de su llegada.

Dentro, el aire era fresco, quieto, como si las paredes contuvieran la respiración para evaluar a las nuevas intrusas.

Natalie pisó con cautela el suelo de madera. Sus botines resonaron en el espacio cavernoso.

Joder, el recibidor era enorme, y la temperatura daba la sensación de estar varios grados más fría que el aire exterior.

Thomas soltó una risita suave, como si hubiera captado su pensamiento.

—La casa se toma su tiempo para calentarse. Como su amo.

Natalie arqueó una ceja.

—¿Amo? Eso es un poco medieval, ¿no?

Thomas se rio, sin ofenderse.

—Es una vieja costumbre —dijo—. «Dueño», entonces, si quieres. Aunque creo que al señor Eastwood no le importaría ponerle el título de «amo». Es un hombre al que le gusta el control, ¿sabes?

—¿No les gusta a todos? —murmuró Natalie, ajustando la manta de Kora con más firmeza alrededor del pequeño cuerpo de su hija.

Thomas, ya fuera porque era lo suficientemente sabio o lo suficientemente amable, fingió no notar la aspereza de su tono.

—Ven. Será mejor que eches un vistazo rápido a la casa antes de que se dé cuenta de nuestra existencia.

El recorrido fue breve. Pasaron por una biblioteca tan grande que a Natalie casi se le cayó la mandíbula, con tomos antiquísimos encuadernados en cuero. Pero claro, ¿qué iba a esperarse de un escritor? ¿Y más, de uno de los mejores del mundo?

Una sala de estar llena de sillas antiguas que parecían opuestas a la comodidad.

Un comedor con una mesa tan larga que sería imposible tener una conversación interesante.

Y luego estaba la cocina, moderna, de acero inoxidable, que brillaba incongruentemente bajo arcos góticos y ladrillos, como si alguien hubiera dejado caer una nave espacial dentro de una catedral.

—Allí —dijo Thomas en voz baja, mientras señalaba una de las puertas del final del pasillo—, es donde trabaja.

Natalie observó la madera maciza de la puerta como si pudiera ver más allá de ella.

—¿Escribe ahí dentro? —preguntó.

—Cuando escribe —respondió Thomas—. La mayor parte del tiempo se queda mirando al fuego. Al mar. Al fuego otra vez. Es el proceso artístico, al parecer.

—Suena agotador —dijo Natalie, con una sonrisa.

Thomas le devolvió el gesto con complicidad.

—Pronto lo sabrás.

Como si fuera una señal, Kora se despertó con un suave gemido. Sus ojos azules parpadearon hacia el techo abovedado, como si estuviera estudiando la acústica para futuros ataques de gritos. Natalie la meció suavemente, besándole la cabecita.

—Ah… —dijo Thomas, balanceándose sobre sus talones—. Y ahí está la nueva dueña de la mansión.

Kora estornudó en su pequeño puño y luego se rio.

—¿Tú crees? —murmuró Natalie, con expresión escéptica en el rostro.

—Estará bien aquí —respondió Thomas con firmeza—. Las dos estaréis bien.

Natalie quería creerle. Casi lo hacía. Pero mientras la casa crujía sobre ellos, desplazando su peso como un viejo gigante, se preguntaba si Dante Eastwood estaría de acuerdo.

El destino, naturalmente, eligió el momento menos oportuno para que el dueño de la casa hiciera su aparición.

La puerta del fondo del pasillo, la que le había señalado Thomas, se abrió de golpe con tanta fuerza que la corriente de aire agitó los bordes del abrigo de Natalie e hizo que Kora se retorciera en su manta.

Y ahí estaba.

Dante Eastwood.

El hombre, el mito, el genio literario.

Se quedó de pie, enmarcado por la puerta, como si alguien lo hubiera sacado de una tormenta. Su pelo era un revoltijo oscuro y despeinado que parecía como si se hubiera estado tirando de él con frustración. (Probablemente era lo que había estado haciendo).

Su físico era imponente, tanto, que Natalie estuvo a punto de retroceder.