El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

Londres olía aquel día a lluvia y a arrepentimiento, lo cual parecía totalmente apropiado.

Las calles estaban resbaladizas por la niebla del día anterior, y llena de charcos, en los que se reflejaban los paraguas de los que iban y venían de un lado a otro. Todo estaba húmedo y pesado, como si la ciudad entera hubiera llorado en silencio.

Era el tipo de clima ideal para tomar decisiones a medias y beber un té desaborido, el tipo de atmósfera que te convencía de decir que sí a cosas de las que luego podrías arrepentirte.

Natalie estaba sentaba en la mesa de la esquina de un café abarrotado que se creía parisino, con espejos descascarillados, menús escritos en una pizarra, y camareros que fruncían el ceño con indiferencia, pero que en realidad solo olía a leche y a tostadas quemadas.

Mantenía su cuerpo en un gesto protector alrededor de Kora, que dormía contra su pecho.

Una mano descansaba suavemente sobre la espalda de la bebé, instintiva, sin moverse, mientras que la otra agarraba una taza de té que había pasado de estar caliente a casi frío.

Frente a ella se encontraba sentado Óscar Eastwood, como si fuera el dueño del lugar. Tenía el aire de un hombre acostumbrado a que el mundo se inclinara ligeramente a su favor, más por la confianza que desprendía que por arrogancia.

Removía su capuchino con precisión, como quien quiere parecer absorto en sus pensamientos, pero no tiene la menor idea de lo que piensa.

—Entonces —dijo finalmente, ladeando la cabeza como un pájaro curioso—. Eres Natalie Watson.

Ella asintió una vez.

—Sí, esa soy yo.

Su voz era firme al responder. Esa firmeza que solo sale practicando mucho frente al espejo.

El nombre le resultaba cómodo ya, aunque no demasiado (hay que puntualizar), nunca del todo natural, pero lo suficiente como para que no le cambiara la expresión de la cara como al principio.

Se recordaba a sí misma que Natalie Watson era quien era ahora, quien debía ser.

Quien tenía que ser. Alice Reynolds se había ido, la había abandonado en otra ciudad, en otra vida, en una en la que no se permitía pensar excepto en la seguridad de la noche, cuando Kora dormía y el recuerdo la apremiaba.

—Bien —dijo Óscar, y su sonrisa se ensanchó con esa calidez devastadora que hombres como él hacían casi con indiferencia—.

Vienes muy bien recomendada. Y con «recomendada», me refiero a que fuiste la única solicitante que no incluyó la «manifestación de abundancia» entre sus habilidades.

Lo cual, sinceramente, es un alivio, porque mi hermano es alérgico al incienso.

Se le escapó una risilla, más silenciosa de lo que pretendía, pero sincera, al fin y al cabo.

—Soy práctica —dijo, acomodando ligeramente a Kora mientras la bebé se movía—. Limpio, cocino y puedo arreglar las cosas cuando se rompen. A veces a la gente también, si no está demasiado mal.

Óscar levantó una ceja, divertido.

—¿Incluyendo a hombres solitarios con un bloqueo de escritor incapacitante? —preguntó.

—Depende del sueldo —respondió Natalie con ligereza, pero sin frivolidad, porque la verdad que subyacía era demasiado pesada para exponerla. Si no bromeaba, podía echarse a llorar.

Kora soltó un suave resoplido, chasqueó los labios y, en su estado de ensoñación, babeó generosamente sobre la blusa de Natalie. Un círculo perfecto y brillante, justo sobre su corazón.

Óscar se rio al instante al verlo.

—¿Riesgo laboral?

Natalie puso los ojos en blanco con un cariño maternal, aunque sus mejillas se sonrojaron ante la atención.

—Tiene una puntería excelente. La baba es su lenguaje de amor.

En la mesa de al lado, una mujer mayor se inclinó hacia Natalie con el aire conspirador de quien no puede resistirse a mostrar su sabiduría a los desconocidos. Sus ojos marrones brillaban como una cuchara de oro.

—Los bebés siempre saben dónde se esconden los problemas. Ya verás. Pueden olerlos.

Natalie esbozó una sonrisa educada, aunque en su interior sentía un fuerte nudo en el estómago.

«Dios, por favor, no dejes que ella tenga razón.»

—Es bueno saberlo —murmuró.

Óscar, afortunadamente ajeno a la tensión que se reflejaba en sus ojos azules, abrió una carpeta con la elegancia que solo alguien que se siente completamente a gusto consigo mismo puede lograr. Dentro había contratos de trabajo, formularios, lista de normas…

Su bolígrafo giraba entre sus dedos con habilidad y miraba a Natalie como si estuviera a punto de venderle no solo un trabajo, sino una historia.

—Sobre mi hermano... —empezó a decir, reclinándose con el capuchino intacto.

Natalie se tensó, aunque lo hizo parecer un gesto de tranquilidad. Estaba acostumbrada a ello.

—El escritor.

—El escritor, sí. —Óscar frunció los labios, buscando algo de diplomacia, pero fracasó—. Él es una persona… malhumorada, incomprendida y ligeramente insufrible.

Natalie parpadeó. Aquello significaba que era un insoportable de cojones.

—¿Tan... encantador es? —dijo con una sonrisa y tratando de sonar positiva.

—¡Ese es el espíritu! —Sonrió Óscar, complacido—.

Dante es brillante, un genio de las letras, pero digamos que tiene alergia a otros humanos, sobre todo desde hace algunos años.

Imagínate el cuento de La Bella y la Bestia, pero sin los candelabros parlanchines, las cosas que se mueven y sin la redención. Todavía.

Los labios de Natalie se contrajeron.

—¿Y yo soy Bella?

—Eres Bella —dijo Óscar, mirando a Kora—, si Bella apareciera con un bebé, una cantidad ingente de sentido común y ninguna paciencia para tonterías.

La risa que soltó Natalie en aquella ocasión fue real, pero se le quedó atascada al final de la garganta. Porque la idea de un lugar donde nadie sabía su verdadero nombre, ni de lo que huía, donde muros de piedra impedían que el pasado se abriera paso, sonaba más a liberación que a cuento de hadas.

Óscar le pasó el contrato. Las cláusulas estaban claras, demasiado formales para un trabajo que parecía inventado.

—Es un lugar aislado —explicó—. Una mansión junto al mar, en lo alto de unos acantilados, con algunas corrientes de aire, y con cierto aire gótico, pero con todas las comodidades del mundo.

Mientras Dante escribe, o lo intenta, porque ahora está inmerso en un tremendo bloqueo de escritor del que parece que no va a salir nunca, tú te encargarías de las comidas, de las tareas del hogar…

—Señaló vagamente a Kora con la barbilla, que en ese momento se chupaba el pulgar—…

Tu pequeña… no le va a gustar. Pero la necesita —añadió.

«Genial», pensó Natalie.

Alzó la vista, con expresión cautelosa.

—¿Sabe que voy?

Óscar dudó, y esa pausa era respuesta suficiente.

—Sabe que va alguien —dijo con voz suave.

—Alguien —repitió Natalie en tono neutro.

Fura como fuera Dante Eastwood (así tuviera el mismo carácter que el Diablo), la decisión estaba tomada. Tampoco tenía muchas más opciones.

Extendió la mano y Óscar le pasó los papeles.

Fuera, la lluvia arreciaba, golpeando el cristal de la ventana y dibujando líneas de agua.

El café se volvió más ruidoso, los cubiertos tintineaban, las conversaciones se superponían, pero en aquel rincón donde estaba sentada Natalie el aire se sentía pesado, silencioso.

Se inclinó sobre el contrato, con el ceño fruncido, examinando línea tras línea, aunque ya sabía que no importaba. Cada cláusula decía lo mismo en esencia: «No te encariñes. No te quedes mucho tiempo. No te dejes encontrar».

Bueno, según parecía, encariñarse con Dante Eastwood era imposible.

El bolígrafo temblaba ligeramente mientras firmaba.

Cuando levantó la vista, Óscar la observaba, no con intensidad ni con recelo, sino con esa molesta calidez de nuevo, ese tipo de calidez que ve demasiado sin necesidad de decir una sola palabra.

—Allí estarás a salvo —dijo en voz baja, casi como si se lo estuviera prometiendo—. Puede que Dante sea insoportable, pero no es cruel.

A Natalie se le cerró la garganta ante una docena de respuestas, la mayoría de las cuales no se atrevía a pronunciar.

«Segura» era una palabra muy frágil, una que ya le habían arrebatado demasiadas veces.

—Segura es suficiente —susurró.

Óscar asintió, serio.

—Lo seguro es un buen comienzo.

Y por un momento, mientras la lluvia golpeaba con más fuerza contra el cristal y Kora dejaba escapar un suave hipo que hacía que todo el café la mirara y sonriera, Natalie casi le creyó.

Quería creerle.

Necesitaba creerle.

Horas después, el aire de la estación olía a hormigón empapado por la lluvia, a café de muchas clases y algo metálico adherido a las vías.

Natalie cambiaba el peso de un pie a otro, meciendo a Kora suavemente contra su pecho, como si el solo movimiento pudiera proteger a su hija de todo, del mundo.

A su alrededor, el andén bullía de actividad: el ruido de las maletas arrastradas con prisa, el agudo ladrido de los anuncios que resonaban en los viejos altavoces, el subir y bajar de las voces de desconocidos tejiendo una inquietante banda sonora de partidas.

Allí las vidas se sucedían a toda velocidad, las personas avanzaban con determinación o vacilación, pero ninguna consciente de que ella sentía la suya como la última oportunidad que tendría.

E iba a aprovecharla.

Tenía que aprovecharla.

Subió al tren y se sentó junto a la ventanilla del vagón. Su reflejo se veía pálido e inseguro en el cristal. Sus ojos recorrían la imagen borrosa de su propio rostro y el contorno de la cabeza de Kora, con los diminutos rizos húmedos por el sudor.

Natalie rozó con los labios la parte superior del pelo de su hija, dándole un beso e inhalando el tenue aroma a leche y a jabón infantil, y se aferró a él como una cuerda, como a un salvavidas.

El tren se puso en marcha y comenzó a avanzar lentamente con un ruido sordo y pesado que resonaba bajo sus botines, como si pusiera a prueba su determinación. Natalie apoyó la cabeza en la ventanilla y dejó escapar un suspiro.

Kora se revolvió, sus deditos se enroscaron en el cuello de Natalie, agarrando la tela de la camisa con fuerza y con confianza. Una confianza total, absoluta, y que descansaba en sus brazos.

Natalie tragó con dificultad, con la garganta apretada. Inclinó la cabeza y susurró en voz baja.

—Esta vez será diferente. Vamos a un lugar seguro.

Las palabras flotaron entre ella y la ventana, empañando ligeramente el cristal. Quería que sonaran como una promesa, aunque sonaban como una oración.

Su reflejo le devolvió la mirada, distorsionada por el cristal salpicado de lluvia, y durante un instante fugaz no parecía ella misma.

Parecía la mujer en la que intentaba convertirse con tanta desesperación: tranquila, firme, serena, una madre inquebrantable y sin miedo.

La mujer que imaginaba ser cuando se inventó a Natalie Watson.

Muchas veces intentaba creer en esa mujer, pero a veces no lo conseguía.

No del todo.

El tren ganó velocidad. El andén empezó a desdibujarse, figuras borrosas se disolvieron en retazos de abrigos y paraguas. Natalie mantenía la vista fija en aquel mundo en movimiento, intentando imaginarlo como una manera de romper con el pasado. Una puerta que se cerraba.

Quería respirar aliviada, pero no pudo. Nunca podía.

En el otro extremo del andén, la niebla se espesaba, y allí, medio oculto por ella, un hombre permanecía inmóvil.

No saludaba, no gritaba, no cambiaba de postura como el resto de las personas que pasaban a toda prisa.

Simplemente observaba. Su figura era borrosa, con el cuello del abrigo subido, los hombros rígidos y el rostro ensombrecido.

La expresión era desconcertante, como si tuviera todo el tiempo del mundo para esperar.

El tren seguía traqueteando, pero su mirada nunca lo abandonó.

Natalie, ajena a él, volvió a besar la cabecita de Kora, murmurando palabras que solo la bebé podía oír.

—Ahora somos libres, mi amor. Libres.

Cerró los ojos con fuerza, como si solo eso pudiera unir las palabras, convertirlas en realidad.