El corazón herido de la Bestia (Devils 4)
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PRÓLOGO
Dante Eastwood estaba tumbado en la cama, con la manta caída casi en el suelo, a medio camino entre el sueño y la vigilia, y escuchaba cansado como el viento aullaba por la chimenea, como sacudía las ventanas... Daba igual lo que dijera la gente, a él no le parecía romántico. Ni gótico. Ni nada.
Sus ojos se abrieron de golpe hacia el techo, cuyas vigas eran negras como el carbón.
En la mesita de noche, su libreta permanecía abierta, todavía limpia, todavía esperando. La cogió y la arrastró hasta su rodilla, le quitó la tapa al bolígrafo y trató de obligarse a escribir, pero no salió nada.
Aquel bloqueo de escritor que ya llevaba demasiado tiempo haciéndole compañía iba a acabar con su carrera literaria y con él.
Joder.
Tiró el bolígrafo a un lado, se recostó en el cabecero y exhaló por la nariz, frustrado.
Maldita fuera.
El mar, muy por debajo del acantilado, se estrellaba sin cesar contra las rocas. El viento siguió agitándose, murmurando, insistiendo en hacerse notar. Y por encima de todo, en su cabeza, la voz de la que había sido su prometida haciendo un truco con los recuerdos.
Fuera como fuese, Catherine parecía ser más fuerte que el silencio. Que el viento. Que la impetuosidad del mar.
Dante se levantó de la cama, caminó con paso lento sobre el frío suelo de madera y descorrió la cortina. Fuera, los acantilados estaban envueltos en niebla y el mar se extendía ancho y gris más allá del horizonte.
En la cama, su teléfono vibró. La pantalla se iluminó. No era un mensaje (ya casi nadie le escribía), era una alerta de noticias. Lo cogió, desbloqueó rápidamente la pantalla con el dedo y leyó el titular.
«Dante Eastwood: ¿Genio o loco? Un bloqueo de escritor que no acaba nunca. ¿Será el fin de su carrera?»
—Joder, fantástico —masculló de malhumor—. ¿Cuándo cojones dejarán de hablar de mí?
Leyó solo dos frases de la noticia sensacionalista, tiró el teléfono sobre la cama y se frotó la mandíbula. Seguía gruñendo en voz baja cuando de nuevo sonó el teléfono, pero aquella vez para avisarle de una llamada.
El sonido atravesó la habitación. Era extraño, abrupto, insoportable. Se quedó paralizado un segundo. Volvió a coger el móvil y consultó la pantalla. Era Óscar, su hermano.
—¿Qué? —dijo con voz ronca al contestar.
—¡Dante! —La exclamación irrumpió en la línea, brillante y alegre, como si estuviera deliberadamente calculada para molestar(le). Óscar siempre era demasiado ruidoso, demasiado lleno de vida—. Buenos días a ti también, hermanito —dijo.
—Estaba dormido —mintió Dante, recostándose en el borde de la cama.
—Seguro que es mentira —dijo Óscar—. Tienes insomnio y además todos los días te levantas antes de que salga el sol.
—¿Qué quieres? —murmuró Dante.
—Quiero que mi hermano mayor no muera solo en un castillo embrujado, preferiblemente —respondió Óscar con sorna.
—No me estoy muriendo —contestó Dante.
—No es por falta de esfuerzo. Lo intentas cada día. —Óscar suspiró al otro lado de la línea telefónica. Hubo una pausa, y luego su voz cambió, se suavizó de una manera que a Dante no le inspiraba confianza. Ninguna—. Escucha... Necesitas ayuda. Tienes... ¿cómo se dice? Un problema.
—Tengo paz.
—Tienes el sentido del humor con moho de no utilizarlo.
Dante cogió una bocanada de aire.
—A eso lo llaman ser introvertido.
—Y estás aislado.
—Estoy concentrado tratando de escribir mi nueva novela.
—Tienes un problema con los fantasmas.
Dante puso los ojos en blanco y apretó la mandíbula.
—Deja de decir tonterías, aquí no hay fantasmas —aseveró.
—Ya sabes a qué me refiero —dijo Óscar.
—No, no lo sé —respondió Dante.
Ambos sabían a qué se refería, a Catherine, por supuesto. Pero Óscar decidió no seguir por ahí.
—Bien. Llámalo soledad entonces. Como quieras. De todas formas, voy a enviar a alguien.
—No. —La voz de Dante se endureció como el acero—. No necesito a nadie aquí.
—Necesitas comer algo más que resentimiento —replicó Óscar. Su tono era enérgico, contundente, como si ya lo hubiera decidido—. Se llama Natalie Watson. Ama de llaves, hacedora de milagros.
Dante frunció el ceño.
—¿Qué cojones…?
—Empieza mañana —lo cortó Óscar sin dejarle acabar.
—No necesito...
La llamada se cortó. De golpe.
Típico de Óscar. Lanzaba una granada y se marchaba silbando, como si fuera algo de lo más natural.
Dante miró fijamente el teléfono, como si le fueran a salir dientes, y bufó enfadado.
—¡Mierda!
Dejó el móvil en la mesilla. En el exterior, el mar volvió a golpear los acantilados, más fuerte, mientras la niebla seguía envolviendo la mansión como si tuviera voluntad propia.