El corazón del guerrero (Guerreros de las Highlands 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

U n par de horas más tarde, sentados dentro de la cabaña con todos, incluidos Tavish y otros tres soldados que acompañarían a Erik a la granja de los Kinnear, Mary les sirvió una abundante comida con huevos, pan, queso y cerveza.

Para gran decepción de Erik, Grisel picoteaba la comida, negándose a mirarlo. Nunca le permitiría olvidar lo bien que encajaban el uno con el otro, cómo le había robado el corazón con sus besos y le había dejado con ganas de más. Demonios, suplicaría por más si pudiera.

—¿Has dormido bien, muchacha? —preguntó Mary, sentándose a su lado.

—Sí —mintió Grisel, esbozando una sonrisa forzada—. Pero me desperté en mitad de la noche.

—Siempre es difícil estar lejos de casa, ¿verdad? —comentó Mary—. Especialmente la primera noche.

—Estoy acostumbrada a viajar.

—Bueno, seguro que no en pleno invierno. Aunque tu señor ha sido inteligente al elegir este momento, pues hay pocos viajeros en esta época del año.

—Y menos forajidos —añadió su marido entre bocados de pan.

—A los MacBride no les importa —intervino Tavish—. Si se enteran de que estamos reclutando soldados para el señor Duncan, espera que el conde envíe a alguien a interferir, o al menos a dar la impresión de hacerlo.

—Pero ¿no debería haber paz entre Duncan y el conde, teniendo en cuenta que el laird se casó con su única hija? —preguntó Neil.

—Eso cabría esperar —respondió Erik—. Hay paz entre nuestras familias, aunque no sea oficial.

Sus soldados murmuraron su aversión por los MacBride.

—Nunca he conocido a un MacBride en quien se pueda confiar —añadió Neil—. No dudarían en apuñalarte por la espalda si eso beneficiara a su clan.

Los hombres se rieron.

—No es mi intención provocar problemas entre nuestros clanes —les aseguró Erik—. Solo ampliar el ejército de mi señor y…

Miró a Grisel.

—…asegurarnos de que podamos dotar de personal a la casa de lady Iona.

Grisel no tuvo más remedio que intervenir en la conversación.

—Os agradezco que hayáis dejado que vuestra hija se una a nosotros, Neil y Mary.

—La muchacha es muy capaz y digna de confianza —dijo su padre—. Y sabemos que la mantendréis a salvo. Os pido que, una vez hayáis completado vuestras rondas, volváis a por ella, pues deseamos pasar algo de tiempo con ella y verla casarse con Craig.

Grisel lanzó a Erik una mirada interrogativa.

—Una petición perfectamente razonable —afirmó Erik—. No deseamos a tu familia más que felicidad. Espero que el señor Kinnear sea tan complaciente como tú, Neil.

Una vez terminada la comida, Grisel siguió a Erik hasta fuera.

—Pareces muy callada, en este espléndido día —le dijo.

—¿Y qué tiene de bueno, capitán?

Su exagerado disgusto le hizo reír.

—¿Estás enfadada por lo de esta mañana? —Al no tener respuesta, continuó hablando—. ¿Acaso no participaste de buen grado anoche?

Se le sonrojaron las mejillas.

—Eres un sinvergüenza, un libertino.

Erik hinchó el pecho.

—Títulos de los que me enorgullezco.

—No he venido aquí para entablar una conversación sin sentido contigo, Erik. Deseo regresar al campamento.

—¿Cuándo?

—Ahora, si no te importa.

No quedaba nada del calor y la emoción que había visto en sus ojos la noche anterior. Esta era la versión fría y distante de Grisel que él deseaba que se marchara y no volviera jamás.

—Pero se esperaba que pasaras aquí otra noche, o al menos el día.

—Se lo compensaré a Mary. Pero, por ahora, es mejor que regrese al campamento. No me hagas suplicar ni dar explicaciones.

Era hermosa cuando se enfadaba, tan aterradora como cualquier guerrero. Quizá necesitaba tiempo para aceptar su futuro. Quizá sus doncellas le proporcionarían algo de consuelo, pues no era todos los días cuando una mujer entregaba su corazón a un hombre al que había jurado odiar para siempre.

—Muy bien, Grisel. Te enviaré de vuelta con una escolta. No me hagas arrepentirme.

—Tienes mi palabra, capitán.

Quería creerla; no tenía motivos para no hacerlo. Pero en lo más profundo de su ser algo le carcomía las entrañas. ¿Duda? ¿Preocupación? Apenas podía exigirle que se quedara en la granja de un casi desconocido mientras él se ocupaba de los asuntos del clan.

—Ve a despedirte de Mary y sus hijos.

Una hora más tarde, Erik la vio alejarse a caballo con Bodmond, uno de sus guardias más jóvenes.

—Hay algo entre vosotros.

Neil se unió a él inesperadamente en el exterior.

Erik miró al hombre y arqueó una ceja.

—¿Cómo lo sabes?

El hombre se rio entre dientes.

—Llevo veinte años casado y tengo seis hijos. Esa experiencia le da a un hombre la habilidad de ver estas cosas.

—Entonces no lo negaré.

—Es una mujer hermosa.

—Orgullosa hasta el extremo —dijo Erik.

—Es una noble. Es de esperar.

—¿Sabes quién soy? —preguntó Erik.

—Sí, un montañés.

La respuesta complació a Erik.

—Hay más.

—Sí. Pero nada de lo que me contó mi primo, si es eso lo que piensas. Tu historia llegó a nuestros oídos mucho antes de que Tavish recibiera el honor de servir al laird Duncan.

Erik cruzó los brazos sobre el pecho y se apoyó contra la pared del establo.

—¿El soldado pagano?

—Sí, algunos te llaman así. Un demonio de ojos negros que sacrifica niños a su dios. Otros son sensatos y comprenden lo que hizo Gregor MacAllister cuando te trajo a Escocia. Un hombre puede aceptar su destino y dominar su futuro, o rendirse y morir.

La sabiduría del granjero asombró a Erik.

—No eres un simple granjero.

El hombre sonrió.

—No. Hace mucho tiempo fui un guerrero, hambriento de sangre inglesa.

—¿Conseguiste lo que querías?

—Sí. Aunque nunca hablo de ello. No hay nada de qué enorgullecerse cuando le quitas la vida a un hombre, sea inglés o no. Lo que tengo ahora vale más que mil trofeos ingleses.

Erik asintió en señal de aprobación.

—Sería más fácil matar a mil ingleses que domar el corazón de esa mujer.

Neil le dio una palmada afectuosa en la espalda.

—La mejor manera de ganarse el corazón de una muchacha de las Highlands es dejar que ella venga a ti.

Un consejo que Erik no olvidaría fácilmente.

Quizá había sido demasiado exigente con Grisel.

Quizá se estaba esforzando demasiado por aferrarse a algo debido a todo lo que había perdido.

Pero también había ganado mucho. Excepto el amor…

se había negado a sí mismo esa única cosa durante mucho tiempo.

—Tavish y tus otros muchachos están listos para partir —dijo Neil.

Erik agarró el antebrazo del hombre, aún sorprendido por su perspicacia.

—Gracias por tu hospitalidad y tu honestidad. El laird Duncan se enterará de esto, te lo aseguro.