Capítulo 4
P or segunda vez, Erik se encontró sentado con Duncan en el gran salón después de que la mayoría de la gente se hubiera ido a dormir, bebiendo cerveza y curando su espíritu herido, que mantenía bien oculto…
y una espinilla magullada. Para ser una muchacha tan menuda, Grisel podía dar patadas tan fuertes como un caballo.
—¿Cuántas veces te ha agredido? —preguntó Duncan, con aire frustrado y decepcionado.
—No la culpes.
—¿No?
—No.
Duncan se rascó la cabeza.
—La estás protegiendo por alguna razón.
Erik sostuvo su mirada.
—La besé.
—¿La besaste? —repitió Duncan—. ¿Cómo?
Erik carraspeó, sin muchas ganas de dar esos detalles.
—Con la boca.
Duncan puso los ojos en blanco y dio un largo trago a su cerveza.
—Sí… ¿hay alguna otra forma de besar a una muchacha?
Erik no respondió.
—Le robaste otro beso. Eso es lo que pasó, ¿verdad?
Erik asintió, dándose cuenta de que cualquier cosa que añadiera a la conversación solo lo implicaría más.
Porque cada vez que la muchacha se acercaba demasiado o le gritaba sin motivo, lo único en lo que podía pensar era en besarla.
No solo para silenciarla, sino para convencerla de que no le hacía ningún daño, de que debía considerarlo un candidato serio para su futuro marido.
Aunque otros hombres la admiraban, incluso la deseaban desde la distancia, temían su temperamento.
Como cualquier hombre prudente debería, pues Grisel MacAllister tenía un alma ardiente, tan caliente y peligrosa como el sol del desierto.
Solo Erik creía que podía domarla. Pero no bajo la atenta mirada de su nuevo señor y su señora.
—Estás muy familiarizado con las tradiciones de los escoceses.
—Sí —respondió Erik, como cualquier highlander.
Los labios de Duncan esbozaron una sonrisa.
—La muchacha es mi responsabilidad. Su felicidad es importante para mí. Su seguridad es…
—Nadie hará daño a Grisel mientras yo viva.
Duncan suspiró.
—Te creo.
—Bien.
—Pero este juego al que jugáis los dos es peligroso.
—¿Juego?
—Sí. La negación mutua. Ignoras los matices del cortejo a una muchacha, haciéndole creer falsamente que lo único que quieres de ella es sexo. Y, a cambio, ella te odia.
—¿Quieres que me arrodille delante de todos y suplique por su mano? Se reiría en mi cara, borrando el respeto que me he ganado de todos en esta casa.
—Quizá.
—No soy inexperto con las mujeres, Duncan.
Su laird se rio a carcajadas.
—Es lo último que se me pasaría por la cabeza.
—Jugaré a este juego, como tú lo llamas, todo el tiempo que haga falta. Un día, ella se cansará de toda esa ira y buscará refugio en mis brazos.
Duncan gruñó.
—No digas nada más al respecto.
Erik se terminó la cerveza, preguntándose por qué nunca se sentía borracho cuando bebía. Se encogió de hombros ante ese pensamiento, se levantó y se estiró, y luego le dio una palmada en el hombro a Duncan.
—Te deseo un sueño tranquilo.
Cuando Erik empezó a retirar la mano, Duncan apoyó la suya sobre ella.
—Lady Iona está embarazada.
La alegre noticia hizo sonreír a Erik.
—¿Estás seguro?
—Náuseas matutinas sin fiebre. Estoy convencido, y ella también.
—Entonces te felicito. Que ella te dé un heredero fuerte, el hijo que te mereces tras enfrentarte a tantos obstáculos en tu joven vida.
Duncan se levantó de la silla y abrazó a su amigo.
—Esperaba aguardar una temporada más, para darle tiempo a Iona a acostumbrarse a la idea de ser mi esposa.
—Dios da la vida. Ningún hombre ni mujer puede decidir cuándo se concibe o nace su hijo. Y si ella viene a tu cama por la noche…
—Con entusiasmo.
—Entonces disfruta de las recompensas de un matrimonio feliz. Mi madre dio a luz a diez hijos, no porque mi padre la obligara, sino porque lo amaba, a pesar de su naturaleza traicionera.
—¿Diez?
—No te muestres tan sorprendido. Dos murieron de pequeños.
—Dar a luz no es fácil. Temo por su vida.
—Es fuerte.
Erik no podía ignorar la preocupación palpable en los ojos de Duncan. Todo lo bueno en el mundo conllevaba riesgos. Especialmente el amor. Y los hijos eran una extensión del amor que compartían sus padres.
—Si te hace sentir mejor, enviaré una misiva a mi madre y le pediré que envíe una comadrona.
—¿Harías eso por mí?
—Sí.
—El próximo barco mercante zarpa pronto —dijo Duncan—. Enviaré a uno de mis hombres para que entregue la carta en mano.
—Iré a mi habitación a escribirla ahora mismo.
—Gracias.
Duncan le agarró el antebrazo.
—Eres un verdadero amigo. Te doy permiso para conquistar el corazón de Grisel, aunque sé que ya te lo dije antes. De hecho, te ordeno que lo hagas. Te tendría como hermano si pudiera. Pero como no puedo obrar un milagro como el renacimiento, me conformaré con que seas mi primo.
Erik enmarcó el rostro de Duncan entre sus manos y frunció los labios.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Duncan lo apartó de un empujón.
—Tras tal declaración de amor, pensé en sellar el momento con un beso.
—¡Sodomita!
Erik se rio tan fuerte que le dolieron las costillas.
—Haré que un sirviente entregue la misiva por la mañana.
Hizo una reverencia y se dirigió a su habitación en el piso de arriba.
En los últimos días se había ganado algo más que la confianza y la admiración de su señor. Eso le complacía más que nada.
Días más tarde, a primera hora de la mañana, Grisel observaba pensativa el mapa extendido sobre la mesa alta. Erik señaló los pueblos en los que pensaba hacer parada, donde probablemente encontrarían reclutas aceptables. Y, con suerte, una mujer que pudiera seducirlo.
—Primero pararemos en Elgin —dijo Erik.
—Son cuatro días a caballo —comentó Duncan.
Erik asintió.
—Luego, Farr.
—¿Estás dando una vuelta por la costa y luego recorrerás las zonas del interior a la vuelta?
—Sí.
—¿Por qué? —preguntó Grisel.
Había muchos pueblos y granjas a lo largo del camino que se perderían si seguían la ruta de Erik.
—Mira.
Señaló varios puntos en el mapa.
—Lagrith y Earie no son pueblos importantes, pero he oído que hay muchos jóvenes que cultivan la tierra.
—No en pleno invierno —dijo Erik con una sonrisa burlona.
—Toma, muchacha.
Una de las criadas de Grisel le puso delante un cuenco de caldo caliente.
—Gracias, Sorcha.
Se llevó el cuenco a la boca y disfrutó del líquido caliente mientras se deslizaba por su garganta y el calor se extendía por todo su cuerpo.
—Vas a necesitar fuerzas —dijo la criada, lanzando a Erik una mirada claramente de desaprobación antes de volver a la cocina.
—Has envenenado la mente de tu sirvienta en mi contra.
—No —negó ella—. Tú mismo lo has hecho muy bien.
Erik tamborileó con los dedos sobre la mesa.
—¿Cómo?
Grisel se encogió de hombros.
—Al obligarme a hacer este viaje.
—Grisel.
Duncan le agarró la barbilla y se la levantó.
—Escúchame, muchacha. Llevas demasiado tiempo sin hacer nada. Quiero que encuentres un propósito que no sea sentarte junto a mi esposa y tejer. O cocinar. O servirle las comidas a Iona.
Ella frunció el ceño. Duncan no sabía a ciencia cierta si a ella le gustaba su vida o no.
—Estoy satisfecha con mis obligaciones, primo. ¿No estás contento con mi desempeño?
—Es esa continua mordacidad, la amargura que se refleja en tus ojos cada vez que te veo. Ya no puedo soportarlo más. Me recuerdas a una pequeña avispa que pica a cualquiera que se interponga en su camino. Recuerda, fui yo quien te pidió que te fueras. No Erik.
Miró de su primo a Erik.
—Siempre que vosotros dos conspiráis, suele significar que yo no voy a ser feliz.
Se cruzó de brazos sobre el pecho.
Duncan se rio entre dientes y le pasó el brazo por los hombros, atrayéndola hacia sí para darle un abrazo.
—Vete de aquí con una sonrisa, muchacha. Y cuando regreses, si sigues insatisfecha viviendo aquí, hablaremos de que te vayas a vivir con el terrateniente Gregor de nuevo.
—¿De verdad?
Se volvió hacia él, y la esperanza de regresar al lugar donde había crecido, donde se sentía más a gusto, le dibujó una sonrisa involuntaria en los labios.
—¿A qué se debe esta generosidad repentina?
Su primo se inclinó y le susurró al oído:
—Echa la culpa de mi generosidad poco habitual a que Iona está embarazada.
—¿Qué?
Duncan no pudo ocultarle su alegría.
—¡Estoy abrumada por esta maravillosa noticia!
También se sentía culpable. Porque ella e Iona se habían convertido en algo más que compañeras íntimas; eran como hermanas. Y si estaba embarazada, necesitaría a Grisel más que nunca.
—¿Dónde está?
—Ha decidido quedarse arriba.
—¿Se encuentra bien?
—Está mareada. No le deja en paz el estómago.
—Quizá debería quedarme y cuidarla en lugar de irme de viaje.
Duncan le apretó la mano.
—No. Este viaje es más importante que nunca. Necesito una niñera en quien pueda confiar la vida de mi bebé. Tienes la tarea de encontrarla, un deber que no debes tomarte a la ligera.
—Puedes contar conmigo.
Pero ¿podría Grisel confiar en sí misma para tomar la decisión correcta?
De alguna manera, en ese momento se dio cuenta de lo irracional que había sido durante las últimas semanas.
Egoísta y poco agradecida por la amabilidad que sus primos le habían mostrado.
Otro terrateniente la habría casado hacía mucho tiempo, pensando en su bolsillo, no en sus sentimientos.
Miró a Erik. ¿Podrían ser amigos? ¿Aliados, al menos? ¿Unidos para beneficiar a Duncan y a Iona? ¿Para ayudar a construir este nuevo clan, en lugar de derribarlo con su desconfianza mutua?
Una sola lágrima le resbaló por la mejilla, y Duncan arqueó una ceja.
—Lo… lo siento, primo.
Era todo lo que podía decir.
Como por intervención divina, Sorcha regresó con su capa de piel, el sombrero y los guantes.
—Estamos listas para partir, lady Grisel.
La doncella hizo una reverencia.