Capítulo 34
La respuesta
Haven Bay — Esa tarde
En el porche, Audrey, Jane y Fanny bebían té mientras la tarde comenzaba a refrescar. Conversaban sin prisa, dejando que los silencios se posaran entre un tema y otro.
Audrey fue la primera en notarlo.
Había un sobre blanco en la mesa que no había estado allí antes.
Lo recogió.
Su nombre estaba escrito a mano.
—¿Qué es esto?
Jane y Fanny intercambiaron una mirada, pero ninguna respondió.
Audrey abrió el sobre.
Dentro había una tarjeta sencilla. En el frente, pequeños farolillos flotaban en la oscuridad.
La abrió.
Solo había una frase.
Toda mi vida, deseé a alguien como tú sin saberlo.
Morgan.
Audrey la leyó una segunda vez.
No sonrió de inmediato.
Permaneció quieta, con los dedos apoyados sobre el papel.
Había algo en las palabras que la desarmaba precisamente porque no intentaban explicar nada. No decían nada del periódico, de lo que había sucedido ni de lo que podría suceder después.
Hablaban de ella.
Y de él.
De todo lo que había sucedido entre ellos antes de que ninguno de los dos estuviera dispuesto a reconocerlo.
Recordó su primera conversación, sus discusiones, las entrevistas, los paseos por la playa. Recordó cómo había empezado a esperar con ganas sus comentarios, cómo había aprendido a reconocer sus silencios y cómo, sin darse cuenta, había comenzado a buscarlo incluso cuando él no estaba allí.
También recordó que estaba a punto de irse.
El pensamiento le provocó una tristeza inesperada.
—Es hermosa —dijo al fin.
Jane sonrió.
Fanny no dijo nada. Simplemente la observó.
Audrey miró la tarjeta de nuevo.
No necesitaba convertir el momento en algo más grande de lo que era. No sabía qué pasaría con el periódico, su carrera o su propia vida.
Pero sabía una cosa.
Ya no quería irse fingiendo que Morgan no significaba nada para ella.
Había venido a Haven Bay buscando una historia.
Había encontrado muchas.
Una sobre un periódico que pertenecía a una comunidad. Otra sobre una familia que había aprendido a mantener vivos a sus muertos a través de las palabras. Otra sobre una amistad que podía convertirse en un hogar.
Y quizás una sobre ella misma.
Guardó la tarjeta con cuidado.
—¿Vas a ir? —preguntó Jane.
Audrey levantó la vista.
Esta vez no dudó.
—Sí.
Jane sonrió.
Fanny recogió su taza.
—Entonces será mejor que te vistas.
Audrey se rio.
—¿Tú también?
—Algunas cosas son universales.
Las tres mujeres se rieron.
Y mientras el sol desaparecía tras el horizonte, Audrey miró la tarjeta una vez más.
No sabía qué encontraría al final de la noche.
Pero por primera vez desde que había llegado a Haven Bay, no tenía prisa por irse.