El corazón del Beacon (Colección: Corazón y memoria nº 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

El lugar donde comienza el amor

Haven Bay — Domingo

El domingo había devuelto al parque su ritmo más tranquilo.

Audrey caminaba bajo los árboles con Jane. Cerca, unos niños perseguían una pelota, mientras que más lejos los perros corrían tras cualquier cosa que se moviera.

Jane rompió el silencio.

—Hay algo extraño en Morgan.

Audrey fingió no entender.

—¿Qué?

—El otro día. Parecía que lo hubieras pillado haciendo algo con Cecilia.

Audrey dejó escapar una risa breve.

—Es su novia.

—Era su novia.

Audrey la miró.

—¿Por qué dices eso?

—Porque te importa.

—No me importa.

Jane esperó.

Audrey finalmente suspiró.

—Solo somos compañeros. Él estaba con Cecilia, y eso es todo.

—Pero tu corazón...

—No.

Jane sonrió.

—Ni siquiera he terminado.

—No hace falta.

Audrey aceleró el paso.

—Hablemos de ti. ¿Vas a seguir evitando a Howie?

Jane bajó la mirada.

—Todavía no estoy lista.

Audrey se detuvo.

—Jane, dejaste tu trabajo, viniste aquí y empezaste un negocio desde cero. ¿Y me vas a decir que no puedes decirle a un hombre que lo amas?

Jane sonrió.

—Cuando lo pones así, suena fácil.

—No es fácil. Solo tienes que hacerlo aunque tengas miedo.

Jane asintió, aunque no parecía convencida.

Se despidieron poco después.

Audrey continuó hacia el lugar donde había quedado para su siguiente entrevista.

Una pareja mayor la esperaba en un banco.

El cabello de Rose era completamente blanco. Henry tenía esa serenidad que solo parece llegar después de muchos años juntos.

Audrey abrió su libreta.

—Gracias por venir.

Rose sonrió.

—Nunca habría ido a ese baile si no le hubiera escrito a la Tía Hope.

Audrey alzó la vista.

—¿Por qué?

—Me estaba escondiendo.

—¿De qué?

Rose miró a Henry.

—De todo. Tenía el corazón roto y había decidido que era mejor no arriesgarme otra vez.

Henry sonrió.

—Y entonces apareció en el baile.

—Y lo vi.

—Solo bailamos una vez —añadió Henry—. Luego alguien apagó las luces y la música se detuvo.

Rose se rio.

—Pero al día siguiente, nos encontramos en el mercado.

—Estaba comprando melocotones.

—Para una tarta.

—Y yo pagué.

Audrey sonrió.

—¿Así empezó todo?

—Así empezó.

Rose miró a su marido.

—La columna me sacó de casa. El resto dependió de nosotros.

Las palabras flotaron entre ellos.

Henry sacó un papel doblado del bolsillo.

—Escribimos esto en nuestras invitaciones de boda.

Lo desdobló.

Audrey lo leyó.

No necesitaba anotarlo. Las palabras hablaban por sí solas.

—Una vida entera buscando un hogar —dijo Rose—. Y resulta que lo encontramos en los brazos de otra persona.

Audrey cerró lentamente su libreta.

—Es precioso.

A unos metros de distancia, Morgan caminaba con Cecilia.

Se habían detenido al ver la entrevista.

Cecilia observó a la pareja mayor.

—Eso es amor.

Morgan asintió.

—Sí.

Ella esperó unos segundos antes de continuar.

—Nosotros no somos así.

Morgan no dijo nada.

—¿Verdad?

Él miró a Audrey, que seguía hablando con Rose y Henry.

Luego se volvió hacia Cecilia.

—No.

Ella respiró hondo.

—Esto no está funcionando.

Morgan asintió.

—Lo siento.

—Creo que nos precipitamos.

—Sí.

Cecilia sonrió con tristeza.

—Eres un gran tipo.

—Tú también.

—Pero no eres el hombre adecuado para mí.

Morgan la miró.

—Y tú no eres la mujer adecuada para mí.

Cecilia soltó una risita.

—Escúchate. Parecemos un matrimonio de cuarenta años.

Morgan sonrió por primera vez.

Ella volvió la mirada hacia Audrey.

—Pero hay algo que sí sé.

Morgan siguió su mirada.

—¿Qué?

—Cómo la miras.

Él guardó silencio.

—Nunca me has mirado así.

Morgan no respondió.

No podía.

Porque, por primera vez, la verdad no necesitaba explicación.