Capítulo 26
E dward
Highlands escocesas
Edward Ashworth se encontraba de pie en los campos del norte de Glenmoran observando a los trabajadores que estaban instalando el nuevo tejado en las cabañas de los arrendatarios.
El sol de agosto brillaba sobre él, y el sonido de los martillos y las conversaciones animadas llenaba el aire.
Por primera vez desde que había llegado a Escocia, se sentía parte de ese lugar.
Habían pasado un par de meses desde el accidente de Catriona. Un par de meses de conversaciones honestas, nuevos compromisos y mucho trabajo para ganarse la confianza de la gente que había llegado a considerar como suya.
—Milord, las vigas del techo de la cabaña de Campbell son muy sólidas. Aguantarán bien durante mucho tiempo.
Edward asintió.
—Gracias, Hamish. ¿Cómo están las familias?
Hamish se quitó el sombrero y se rascó la cabeza.
—Al principio no les hizo gracia, como sabe. Mudarse de casa mientras realizan las obras no es fácil, pero, cuando vieron que no estaba tratando de tirarlas sino de mejorar su vida y que escuchaba nuestras preocupaciones..., bueno, las cosas cambiaron.
La transformación en la relación de Edward con los arrendatarios había comenzado con una serie de reuniones que Catriona había propuesto y en las que ella también había estado presente.
En lugar de llegar con planes ya formulados, Edward había comenzado cada sesión preguntando sobre las dificultades a las que se enfrentaban, escuchando historias sobre cómo se habían hecho las cosas hasta ese momento y luego trabajando juntos para encontrar soluciones que fueran satisfactorias para todos.
—¿Y qué opina sobre el nuevo sistema de rotación de cultivos? —preguntó Edward.
—Bueno, es demasiado pronto para ver resultados, pero debo admitir que su idea de dejar descansar la tierra tiene sentido. Mi propio abuelo hablaba de algo parecido, aunque lo llamaba de otro modo.
El sonido de cascos de caballo lo hizo volverse. Catriona se acercaba montada en Thistle, y Edward sonrió al verla. Su recuperación había sido notable, pero, aunque aún le dolía un poco el brazo, había insistido en volver a la normalidad cuanto antes.
—Buenos días, caballeros —saludó Catriona mientras desmontaba con la ayuda de Edward—. ¿Cómo van los trabajos?
—Todo bien, milady —respondió Hamish con una reverencia—. Su marido ha demostrado tener ideas muy sensatas.
Catriona sonrió y Edward pudo ver orgullo en sus ojos.
—Me alegra escuchar eso, Hamish.
—Milady, si me permite, quería preguntarle algo —dijo Hamish—. Las familias han pensado en invitar a lord Edward y a usted al Festival de la Cosecha si desean asistir.
El Festival de la Cosecha era uno de los eventos más importantes del año para la gente de Glenmoran, repleto de tradiciones que se remontaban a siglos atrás. Y querían que él asistiese.
—Será un honor participar —respondió Edward—. Aunque tendréis que enseñarme lo que debo hacer.
Hamish sonrió. Era la primera sonrisa que Edward había visto en el rostro de ese hombre.
—No se preocupe por eso, milord. Lady Catriona puede enseñarle lo básico, y el resto se aprende haciéndolo.
Después de que Hamish se alejara para supervisar otros aspectos, Edward y Catriona caminaron juntos hacia la colina que ofrecía una vista panorámica de las propiedades.
—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó Edward cogiéndola del brazo para ayudarla a caminar sobre el terreno irregular.
—Bien. —Catriona puso una mano sobre su vientre, que había comenzado a mostrar los primeros signos del embarazo—. El bebé y yo estamos bien, Edward. Deja de preocuparte tanto.
—Es mi deber preocuparme por vosotros.
—Tu deber es preocuparte por Glenmoran, lo cual estás haciendo muy bien, debo añadir.
Edward se detuvo y la miró.
—¿De verdad crees que lo estoy haciendo bien?
—Marqués de Ashworth y Glenmoran, si hubiera algo que criticar de tu trabajo, ¿crees de verdad que no te lo diría?
Él soltó una carcajada al recordar que la franqueza de su esposa era una de las cosas que le habían atraído de ella.
—Definitivamente no.
—Entonces, créeme cuando te digo que en este último mes has logrado más de lo que jamás hubieras imaginado.
Llegaron a la cima de la colina y se sentaron en una roca plana que ofrecía una vista espectacular de todo Glenmoran. Edward podía ver los campos donde se probaban los nuevos métodos de cultivo, las cabañas con los techos recién reparados y el ganado Highland pastando.
—He recibido una carta de mi padre.
Las relaciones con la familia Ashworth habían sido cordiales, pero algo forzadas desde la reconciliación, sobre todo porque Edward había sido muy claro sobre su intención de hacer de Escocia su residencia principal, aunque eso implicase viajar a menudo a Inglaterra a cumplir con sus obligaciones.
—¿Y qué dice?
—Está complacido con los informes que he estado enviando sobre Glenmoran. También dice que está ansioso por conocer a su nieto o nieta cuando nazca.
—¿Y tu madre? ¿E Isabella?
—Madre está entusiasmada con la idea de ser abuela. Isabella ha escrito varias cartas pidiendo permiso para venir a visitarnos antes de que nazca el bebé. Quiere asegurarse de ser la primera en conocer a su sobrino o sobrina.
Catriona rio.
—Me encantaría que viniera. ¿Y qué hay de ti? —le preguntó ella—. ¿Echas de menos algo de Londres?
Edward consideró la pregunta con seriedad antes de responder.
—Echo de menos algunas cosas. Pero ahora este es nuestro hogar.
—¿Y si tuviéramos que pasar más tiempo allí? Por responsabilidades del ducado o reuniones importantes...
—Entonces iremos. Juntos. Y después volveremos aquí, a casa.
Catriona tomó su mano.
—Parte de nuestro compromiso es entender que a veces tendrás obligaciones en Inglaterra que requieren tu presencia. Pero, siempre y cuando este sea nuestro hogar verdadero, siempre y cuando Glenmoran sea donde criemos a nuestros hijos, puedo adaptarme a todos los viajes que hagan falta.
Edward besó su mano.
—¿Nuestros hijos? ¿En plural?
—Bueno, espero que este no sea el único. Me gustaría que tuviera hermanos y hermanas, como yo nunca tuve.
—¿Cuántos estás imaginando?
—Oh, no lo sé. Tres o cuatro tal vez. —Catriona sonrió traviesa—. Suficientes para llenar el castillo con risas y mantener a la señora Campbell ocupada.
Edward la atrajo hacia él.
—Tres o cuatro niños corriendo por Glenmoran, aprendiendo a montar en los páramos, jugando en los arroyos... Me gusta esa visión —murmuró él contra su cabello—. Me gusta mucho.
Se quedaron así durante un rato, simplemente disfrutando de la vista y la compañía del otro. El viento suave llevaba el aroma de los brezos y el sonido distante del balido de las ovejas, y Edward se sintió más en paz de lo que había estado en toda su vida.
Glenmoran se había convertido en el hogar donde criaría a sus hijos. Escocia ya no era solo el país donde vivía su esposa, sino la tierra que había llegado a amar tanto como Inglaterra.
Catriona no era solo la mujer con la que se había casado y a la que había llegado a amar, sino que era su alma, su futuro y su corazón.
Habían recorrido un camino largo y difícil para llegar a ese punto, pero cada obstáculo, cada malentendido y cada momento vivido había valido la pena.
Su historia había comenzado con una carta desesperada y un matrimonio poco convencional, pero había terminado siendo un amor que duraría toda la vida.
Y eso, Edward lo sabía con certeza, era solo el comienzo.