Capítulo 25
C atriona
Highlands escocesas
Edward no se apartó del lecho de su esposa ni un solo momento. La visión de Catriona, inmóvil y pálida contra las sábanas, lo perseguía con la ferocidad de una pesadilla hecha realidad. Apenas comía o dormía, como si el simple acto de cerrar los ojos pudiera significar perderla para siempre.
El médico había hablado de una fuerte conmoción cerebral y de la necesidad de reposo absoluto. «Tiempo», había dicho. Tiempo y cuidados. Pero cada hora que pasaba se le antojaba un suplicio y cada silencio de la habitación, un recordatorio cruel de lo frágil que podía ser la vida y la felicidad.
Recordó las palabras del médico que le arrancaron el aliento la noche de la tormenta.
—El bebé parece estable. Pero debemos vigilar cualquier señal de sangrado o contracciones. Con este tipo de golpe...
Edward sintió que el suelo se desmoronaba bajo sus pies. Un hijo. Su hijo. La noticia se le clavó en el pecho con una fuerza devastadora, mezcla de dicha y terror. Se descubrió sonriendo con lágrimas en los ojos. Lo único que sabía con certeza era que no podía permitirse perderlos.
A partir de ese instante, se aferró más a Catriona, como si con su sola presencia pudiera sostenerla en el mundo.
Le habló durante las largas noches en vela, confesándole las verdades que había callado durante demasiado tiempo.
Le pidió perdón por su orgullo, por la distancia, por haber huido en lugar de luchar por lo que sentía.
Le contó cuánto la amaba y cuánto anhelaba un futuro a su lado, con su hijo, con un hogar en Glenmoran.
No sabía si ella podía oírlo. No sabía si sus palabras atravesaban el silencio en el que estaba sumida. Pero necesitaba decirlas, necesitaba dejar que su corazón hablara al fin, sin reservas ni excusas.
Y entonces, durante la tercera noche, Catriona abrió los ojos. Lo llamó por su nombre con un hilo de voz, y Edward supo que la vida les concedía otra oportunidad.
Se inclinó sobre ella, tomando con suavidad su mano entre las suyas.
—Estoy aquí —le dijo con la voz rota—. No me he movido de tu lado, y no pienso hacerlo jamás.
Catriona lo miró, cansada y pálida, pero con una ternura en los ojos que Edward nunca olvidaría.
Él no pudo contenerse más. Comenzó a hablar, no con frases breves, sino con todo lo que había guardado en su corazón durante semanas.
Recordó su primera conversación real en la biblioteca de Londres, la manera en que la había visto no como una obligación, sino como una mujer fascinante, capaz de desafiarlo con sus ideas y al mismo tiempo encender en él una admiración genuina.
Le confesó cómo había empezado a amarla en silencio, cómo la carta de Duncan no había sido un mandato, sino una confirmación de un deseo que ya ardía en su interior.
Le habló de los errores cometidos en Glenmoran: su impaciencia, su orgullo, su torpeza al interpretar su silencio como falta de confianza.
Le confesó el dolor que le causó la pelea, la vida miserable que había llevado en Londres, la humillación de reconocer que había huido en lugar de luchar.
Y, con la voz quebrada, le contó del instante en que creyó haberla perdido para siempre en medio de la tormenta.
Finalmente, bajó la voz hasta un susurro.
—Y luego el médico me dijo lo del bebé, Catriona.
Nuestro bebé. Y comprendí que no solo había estado a punto de perderte a ti, sino también a nuestro hijo.
No quiero perderos jamás. Quiero ser el mejor marido que pueda ser para ti y el mejor padre para él...
o para ella. Quiero que este castillo sea nuestro hogar, no un campo de batalla entre Inglaterra y Escocia.
Quiero que nuestro hijo crezca sabiendo que sus padres lucharon por su amor indestructible.
Catriona lo escuchó en silencio, con lágrimas resbalando por sus mejillas. Cuando al fin habló, su voz fue suave pero firme.
—Me alegra haberte escuchado, Edward. Porque ahora sé, sin ninguna duda, que me amas de verdad. Y yo... —su voz tembló— yo también te amo. Siempre lo he hecho.
Edward besó sus nudillos con devoción.
—Nunca debiste dudarlo.
—Lo sé. Pero yo no tenía nada permanente en mi vida antes de ti.
Perdí a mis padres, dependí de Duncan hasta casarme contigo.
Nunca pensé que el amor fuera algo que pudiera ser mío.
Cuando llegaste tú, tan perfecto, tan bueno...
, pensé que solo podía tratarse de deber.
No me permití creer que me amases de verdad.
—Catriona —susurró Edward con los ojos húmedos—, eres lo más importante en mi vida. Mi hogar, mi futuro y mi corazón. No hay nada temporal en lo que siento por ti.
Ella extendió la mano hacia su rostro.
—¿Puedes perdonarme? Por no apoyarte, por decirte que te fueras cuando lo que más deseaba era suplicarte que te quedaras.
Edward se inclinó y rozó su frente con la de ella.
—Solo si tú me perdonas a mí. Por haber sido tan orgulloso y por no dejar claro, desde el principio, lo mucho que te amaba.
Ambos rieron entre lágrimas y Edward se sentó en el borde de su cama para besarla. Al principio fue un beso suave, con el peso de todas las pérdidas temidas, pero pronto se volvió tierno, lleno de promesas. Cuando se apartaron, respiraban de manera entrecortada.
—He echado de menos esto —murmuró ella.
—Y yo —respondió él, acariciando su rostro—. Te he echado de menos a ti. Pero ahora mismo tienes que comer algo y descansar.
Edward llamó a la señora Campbell, que comenzó a llorar y a gritar de alegría al ver a Catriona despierta. Le preparó una sopa caliente y los dejó a solas.
Con un cuidado infinito, Edward se tendió junto a ella después de ayudarle a cenar, abrazándola con suavidad. No había prisa, solo la necesidad de sentirse cerca, de confirmarse mutuamente que seguían vivos y juntos.
Hablaron hasta que el amanecer comenzó a iluminar los páramos.
Decidieron que Glenmoran sería su hogar, ya que, según Edward, era el mejor lugar para que su hijo creciese.
Londres seguiría formando parte de sus vidas, pero no sería su residencia principal.
Su hogar estaba allí, en esa cama, en ese castillo, en el hijo que esperaban y donde quiera que estuviesen, pero juntos.
Cuando Edward posó la mano sobre el vientre de Catriona, una paz desconocida lo envolvió.
—Hola, pequeño —susurró—. Soy tu padre. Y quiero que sepas que tu madre y yo te queremos más de lo que podrás imaginar jamás.
Catriona puso su mano sobre la suya, sonriendo con dulzura.
Edward la miró y sonrió.
—Nuestro hijo crecerá en un hogar lleno de amor.
Edward la besó de nuevo, más despacio esta vez, sellando con ese gesto un pacto íntimo y eterno. Cuando finalmente cerraron los ojos, lo hicieron sabiendo que la tormenta había pasado y que el futuro, por incierto que fuera, lo enfrentarían juntos.
***
Cuando la señora Campbell llegó con el desayuno y los encontró acurrucados, hablando y riendo, sonrió y se retiró en silencio. Había visto muchas cosas en sus años como ama de llaves, pero pocas tan bonitas como dos personas que habían encontrado el camino de vuelta después de casi perderlo todo.
Esa tarde, cuando el doctor llegó para ver a Catriona, dijo que todavía debía guardar reposo, pero que estaba mejorando mucho.
—Sea lo que sea lo que han hecho —le dijo a Edward con una sonrisa—, sigan haciéndolo. No he visto una recuperación tan rápida en mucho tiempo.
Edward miró a Catriona, que estaba radiante de felicidad a pesar de sus heridas.
—Es el poder del amor, doctor.
Y, mientras el sol se ponía sobre Glenmoran, pintando los páramos con tonos dorados y púrpuras, Edward y Catriona yacían juntos en la cama, planificando su futuro y disfrutando del presente.