El corazón de un marqués Capítulo 24
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Capítulo 24

E dward

Highlands escocesas

Edward Ashworth miraba por la ventanilla del carruaje mientras el paisaje familiar de las Highlands se extendía ante él. Habían pasado cinco horas desde que había cruzado la frontera hacia Escocia y, con cada milla que le acercaba a Glenmoran, sentía que la tensión en su pecho aumentaba.

No estaba seguro de qué diablos estaba haciendo.

Había salido de Londres esa misma mañana, después de pasar una noche en vela luchando con una decisión que había logrado esquivar durante semanas.

La conversación del día anterior con James había sido el catalizador final, aunque Edward todavía no estaba convencido de que no estuviera cometiendo el mayor error de su vida.

—Eres un necio, Edward —exclamó James sin rodeos mientras bebían whisky en el White’s—. Un necio miserable.

—Gracias por tu apoyo —respondió Edward con sarcasmo.

—¿Cuánto tiempo más vas a castigarte por una pelea que probablemente ambos lamentáis?

—No es solo una pelea, James. Es complicado. Y te recuerdo que fue ella la que me dijo que me marchase de allí.

—¿Complicado porque tu esposa quiere que pases más tiempo en Escocia de lo que habías planeado? ¿Complicado porque un maldito clan entero necesita tiempo para aceptar tus condiciones? ¿O complicado porque eres demasiado orgulloso para admitir que tal vez has cometido un error?

Edward guardó silencio, pero James fue implacable.

—He visto cómo has estado este último mes. Malhumorado, distraído y comportándote como un insolente con tu familia y conocidos. Sales cada noche, pero no disfrutas de nada. Asistes a eventos sociales, pero apenas hablas con nadie. Es como si estuvieras muerto en vida.

—Estoy bien.

—No, no lo estás. Y apuesto a que ella tampoco lo está.

—Eso no lo sabes.

—Entonces, ¿por qué no has recibido ni una sola carta de ella? ¿Crees que es porque es feliz sin ti o porque es tan orgullosa como tú?

James tenía razón, por supuesto. Edward había esperado sin admitirlo respuesta de Catriona.

Una carta o cualquier indicio de que lo echaba de menos tanto como él a ella.

Pero el silencio había sido la única respuesta y, por eso, cada día que pasaba había reforzado su convicción de que ella estaba mejor sin él.

—Edward, escúchame —dijo James—. He visto muchos matrimonios en Londres. Matrimonios de conveniencia, matrimonios por dinero, matrimonios políticos. Y he visto cómo acaban esos matrimonios. Pero lo tuyo con Catriona no tiene nada que ver con eso.

—Eso fue antes de que descubriese que éramos incompatibles.

Edward bebió un largo trago.

—No entiendes la situación, James. No se trata solo de diferencias personales. Es una cuestión de lealtad, expectativas imposibles y responsabilidades que no se pueden eludir.

—Se trata de dos personas que se aman, pero que son demasiado tercas para admitir que ambas se equivocaron.

—¿Y qué se supone que debo hacer? ¿Regresar y fingir que no pasó nada? ¿Pensar que podemos continuar como si no hubiéramos dicho todas esas barbaridades?

—No. Regresa y admite que ambos os equivocasteis. Regresa y pelea por tu matrimonio en lugar de huir de él. Regresa y encuentra una manera de hacer que funcione, porque la alternativa es esto en lo que te estás convirtiendo.

Las palabras de James resonaron en la mente de Edward durante toda la noche. Y, cuando despertó esa mañana, supo que no podía seguir viviendo así. Tenía que regresar a Escocia e intentar arreglar las cosas con Catriona.

Entonces, mientras el carruaje subía por el sendero hacia Glenmoran, Edward se preguntó si había tomado la decisión correcta. ¿Y si Catriona no quería verlo? ¿Y si había decidido que estaba mejor sin él?

El castillo apareció imponente contra el cielo gris de la tarde. El carruaje se detuvo en el patio principal y Edward descendió con movimientos rígidos. El señor MacLeod apareció en los escalones de entrada y su expresión de sorpresa fue seguida por algo que parecía alivio.

—Lord Edward —dijo haciendo una reverencia—. No os esperábamos.

—MacLeod. —Edward se quitó los guantes de viaje—. ¿Está lady Catriona en casa?

—Me temo que no, milord. Ha salido a cabalgar esta tarde.

Edward miró hacia el cielo y vio las nubes oscuras que se acumulaban a su alrededor.

—¿Cuándo salió?

—Hace unas cuatro horas, milord. Dijo que necesitaba aire fresco.

—¿Y no ha regresado aún? Parece que va a llover pronto.

—No, milord. Aunque normalmente regresa antes de que el tiempo empeore. —El señor MacLeod parecía preocupado—. He estado observando el cielo y comenzaba a inquietarme antes de que usted llegase.

Edward sintió una punzada de alarma. Conocía lo suficientemente bien los páramos escoceses para saber lo peligrosos que podían volverse durante una tormenta, sobre todo para alguien que cabalgaba solo.

—¿Qué dirección tomó?

—Hacia el norte, milord. Hacia la Roca del Águila, creo. Es donde suele ir.

Edward asintió dirigiéndose hacia los establos.

—Que preparen a Thunder. Voy a buscarla.

—Milord, tal vez debería esperar un poco más. Lady Catriona conoce estos páramos mejor que nadie. Seguramente regresará pronto.

—No con esta tormenta acercándose. —Edward ya estaba entrando en los establos—. Si no está de vuelta en quince minutos, salgo a buscarla.

No esperó respuesta. En los establos, encontró a Tom, el mozo de cuadra, quien saltó para ensillar a Thunder tan pronto como vio a Edward.

—¿Cuándo regresó, milord? —preguntó Tom mientras ajustaba las correas.

—Acabo de llegar. ¿Has visto a lady Catriona hoy?

— Aye , milord. Salió hace unas horas con Thistle.

Edward montó a Thunder. El semental había sido uno de los caballos favoritos de Duncan, y Edward había desarrollado un respeto mutuo con el animal durante el tiempo que pasó en Glenmoran.

Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer mientras salía del patio del castillo. En la distancia, podía escuchar los primeros truenos. La tormenta se estaba acercando más rápido de lo que había esperado.

Galopó hacia el norte, siguiendo el sendero que Catriona le había mostrado semanas atrás.

El viento aumentaba de intensidad, azotando su rostro con gotas de lluvia cada vez más frecuentes.

Thunder se movía con seguridad sobre el terreno irregular, pero Edward podía sentir los nervios del animal ante el clima que empeoraba con rapidez.

Mientras cabalgaba, gritó el nombre de Catriona, esperando escuchar una respuesta. Pero el único sonido que le llegaba era el aullido creciente del viento y el sonido de los truenos.

La lluvia se intensificó, convirtiéndose en una cortina de agua que dificultaba la visibilidad. Edward siguió adelante, guiándose por el sendero que recordaba, confiando en el animal y con una sensación creciente en su pecho de que algo malo pasaba.

Fue entonces cuando vio a Thistle.

La yegua estaba parada cerca de una formación rocosa, con las riendas colgando y muy nerviosa, pero no había rastro de Catriona. El corazón de Edward se aceleró mientras desmontaba de un salto y se acercaba al animal.

—¿Dónde está, Thistle? —murmuró sujetándole las riendas y mirando a su alrededor con desesperación mientras ataba la yegua a su caballo—. ¿Dónde está Catriona?

Gritó su nombre desesperado. Thistle cabeceó en dirección a una zona rocosa donde el terreno descendía bruscamente. Allí, en una pequeña depresión entre las rocas, vio a Catriona.

Estaba inconsciente, con el rostro pálido y una herida sangrante en la frente. Su cuerpo yacía en una posición que sugería que había caído con fuerza y Edward vio que uno de los brazos estaba doblado en un ángulo que no era natural.

—Catriona. —Se arrodilló junto a ella con las manos temblorosas mientras buscaba el pulso en su cuello—. Catriona, por favor.

Su pulso era débil. Estaba viva, pero no sabía por cuánto tiempo. La lluvia caía sobre ambos con intensidad, empapándolos hasta los huesos.

Edward evaluó con rapidez la situación. No estaban lejos del castillo, la tormenta se intensificaba por momentos y Catriona necesitaba atención médica urgente. No podía esperar a que llegase ayuda.

Con cuidado infinito, la levantó en brazos. Catriona gimió cuando la movió, pero no recuperó la consciencia. Edward la llevó hasta donde estaba Thunder y la subió a sus lomos.

Montar con Catriona inconsciente en brazos fue una de las cosas más difíciles que había hecho jamás. Thunder parecía entender la situación y se quedó muy quieto mientras Edward se las arreglaba para montar, manteniendo a Catriona contra su pecho.

El viaje de regreso al castillo fue una pesadilla.

La lluvia caía torrencialmente, el viento azotaba desde todas las direcciones, y Edward tenía que concentrarse en mantener a Catriona segura mientras guiaba a Thunder y Thistle sobre terreno que en esos momentos se había convertido en un barrizal resbaladizo.

Durante todo el viaje, le susurró palabras de aliento, prometiéndole que todo estaría bien, rogándole que se aferrara a la vida. No podía perderla. No después de haberse dado cuenta de cuánto significaba para él, no después de regresar con la esperanza de arreglar las cosas entre ellos.

—No me dejes —murmuró contra su cabello empapado—. Por favor, Catriona, no me dejes. Tenemos mucho que vivir. No puedes irte ahora.

Cuando finalmente llegaron al castillo, Edward gritó pidiendo ayuda antes de desmontar. La señora Campbell y MacLeod aparecieron enseguida, seguidos por varios sirvientes que se movilizaron con rapidez.

—¡Enviad a alguien a buscar al médico! —gritó Edward mientras llevaba a Catriona en brazos hacia el interior—. ¡Encended el fuego de su dormitorio! ¡Necesita agua caliente y vendas, todo lo que podáis encontrar!

Subió las escaleras de dos en dos, sin sentir el peso de Catriona en sus brazos, impulsado por una desesperación que nunca antes había experimentado. La depositó en la cama que habían compartido como marido y mujer, y le quitaron la ropa mojada entre él y la señora Campbell.

MacLeod entró corriendo con vendas y agua caliente, y entre los dos comenzaron a limpiarle las heridas. No parecía tan grave como había temido en un primer momento, pero su principal preocupación era la pérdida de conciencia.

—¿Dónde está el maldito médico? —rugió Edward.

—Está de camino, milord. Pero con esta tormenta...

El médico más cercano vivía en el pueblo, a varias millas de distancia, y las condiciones del tiempo harían el viaje lento y peligroso.

Se sentó en el borde de la cama, tomando una de las manos de Catriona entre las suyas. Estaba fría, demasiado fría, y su piel tenía una palidez que lo aterrorizaba. ¿Estaba más delgada?

—Vamos, amor —susurró—. Abre los ojos. Mírame. Necesito verte abrir esos hermosos ojos verdes.

Pero Catriona permanecía inmóvil, su respiración era tan débil que Edward tenía que inclinarse para asegurarse de que seguía respirando.

Mientras esperaba al médico, Edward se dio cuenta de algo: nada más importaba.

No importaban dónde vivir, ni los arrendatarios, ni su orgullo ni nada de lo que habían dicho o hecho.

Solo le importaba que Catriona sobreviviese.

Solo importaba que tuviera la oportunidad de decirle que la amaba una vez más, que había sido un necio y que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, cualquier sacrificio, si eso significaba que podrían estar juntos de nuevo.

Había regresado a Escocia con muchas inseguridades. Pero ahora, sentado junto a la cama con su esposa inconsciente, Edward no albergaba ninguna duda.

La amaba. La había amado desde esa primera conversación tan sincera en la biblioteca, y la amaría hasta el día que muriera. Todo lo demás podían solucionarlo, pero solo si ella vivía. Solo si tenían la oportunidad de intentarlo de nuevo.

—Por favor —susurró a la habitación vacía, a Dios o a cualquiera que pudiera estar escuchando—. Por favor, que no muera. No puedo perderla ahora.

Y, mientras la lluvia golpeaba las ventanas y los truenos sacudían el castillo, Edward Ashworth se aferró a la mano de su esposa y rezó con más fervor del que había sentido jamás en su vida.