Capítulo 23 #2
—Escúchame. Si estás embarazada, ese bebé merece tener a sus dos padres. Y, si amas a Edward, mereces luchar por tu matrimonio en lugar de dejarlo morir.
—Pero ¿qué pasa si he esperado demasiado? ¿Qué pasa si ya no me quiere?
—Solo hay una manera de averiguarlo.
Catriona se quedó en silencio durante un momento. Sabía que Charlotte tenía razón, pero la idea de poder ser rechazada la aterrorizaba.
—Necesito pensar —murmuró—. Necesito estar sola un momento para procesar todo esto.
Charlotte asintió.
—Por supuesto. Catriona, no pienses demasiado. A veces el corazón sabe lo que la mente tarda en aceptar.
***
Una hora después, Catriona salía a cabalgar por los páramos sola, algo que había estado haciendo casi a diario desde que Edward se fue. Había montado a lomos de Thistle ella misma, ignorando las protestas de los mozos de cuadra sobre el clima, y había galopado hacia sus lugares favoritos.
El viento azotaba su rostro mientras cabalgaba hacia la Roca del Águila, el lugar donde había ido tantas veces de niña cuando necesitaba pensar. Los páramos se extendían a su alrededor, salvajes y hermosos bajo el cielo gris, y por primera vez en semanas se sintió como si pudiera respirar.
Se detuvo en la cima de una colina desde donde podía ver el castillo en la distancia. Su hogar. El hogar que había compartido con Edward antes de que todo se complicara.
Mientras observaba la estructura de piedra gris, recordó su noche de bodas, la ternura con la que la había tocado, las palabras de amor que había susurrado contra su oído.
Pensó en las semanas en Glenmoran antes de su pelea. Edward había intentado adaptarse, había escuchado sus consejos, había mostrado interés en los arrendatarios y las tradiciones del lugar. Pero, cada vez que se encontraba con un problema, en lugar de apoyarlo, ella había... ¿qué había hecho?
Había permitido que se sintiera solo. Cada vez que los arrendatarios comparaban sus métodos con los de Duncan, ella había permanecido en silencio o, peor aún, se había posicionado del lado de ellos.
Edward había venido a Escocia como su marido, dispuesto a asumir responsabilidades enormes por ella, y ella lo había dejado enfrentarse a la hostilidad y al rechazo de su gente.
En vez de haber estado a su lado, defendiéndolo y ayudándolo a encontrar su lugar en el clan, había estado demasiado preocupada por no ofender a los demás.
El viento aumentó de intensidad y comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia, pero Catriona apenas las notó. Estaba demasiado absorta en sus pensamientos.
Edward tenía razón sobre muchas cosas. Los tejados sí necesitaban reparación. Los métodos agrícolas sí podían mejorarse. Las tradiciones eran importantes, pero no cuando significaban que las familias vivieran en condiciones difíciles.
La lluvia comenzó a caer con más fuerza, pero Catriona seguía inmóvil en la colina, procesando la magnitud de sus errores. Era comprensible que Edward se sintiese rechazado.
Y cuando había explotado, cuando había expresado su dolor, ¿qué había hecho ella? Le había sugerido que se marchara.
Las lágrimas se mezclaron con la lluvia en sus mejillas mientras se daba cuenta de que le había fallado como esposa. Edward había necesitado su apoyo, su lealtad, su amor incondicional, y ella le había ofrecido críticas, reservas, y rechazo.
¿Era demasiado tarde para arreglarlo?
Pensó en el bebé que podría estar creciendo en su vientre y en la carta que había recibido de Edward. Tal vez él había decidido que estaba mejor sin ella. Tal vez había regresado a su vida en Londres y había asumido que su matrimonio había sido un error.
Pero Charlotte tenía razón sobre una cosa, no lo sabría a menos que intentase arreglarlo.
Guio a Thistle de vuelta hacia el castillo, empapada, pero con un firme propósito. Si había una posibilidad, por pequeña que fuera, de salvar su matrimonio, iba a luchar por ella con uñas y dientes. Le debía eso a Edward, al bebé y a sí misma.
Las palabras de Duncan resonaron en su mente: «El amor verdadero es un regalo extraño, querida niña». Si había encontrado amor verdadero con Edward, tenía que luchar por él, sin importar nada más.
Porque la alternativa, vivir el resto de su vida preguntándose qué habría pasado si hubiera tenido el valor de intentarlo, era infinitamente peor.
***
Esa tarde, después de un baño caliente y de ponerse ropa seca, Catriona se sentó en el escritorio del estudio y tomó papel y pluma. Escribió y reescribió la carta media docena de veces antes de encontrar las palabras correctas.
Mi querido Edward:
Ha pasado un mes desde tu partida y cada día ha sido más difícil que el anterior. He tenido mucho tiempo para reflexionar sobre lo que sucedió y las cosas que ambos dijimos, y me he dado cuenta de que estaba equivocada.
Tenías razón al intentar hacer mejoras en las propiedades. Muchas de tus sugerencias eran sensatas y necesarias. Pero yo estaba tan preocupada por proteger Glenmoran que no pude ver que solo lo hacías por bien.
También me he dado cuenta de que no fui la esposa que merecías durante tu tiempo aquí. En lugar de ayudarte a sentirte bienvenido, permití que te sintieras como un extraño. En lugar de apoyarte, me puse del lado de las personas que te veían como una amenaza en vez de como una bendición.
Peor aún, malinterpreté tus motivaciones para casarte conmigo. Me convencí de que lo hacías solo por deber hacia Duncan, cuando debería haber visto la verdad en tus ojos, en tus palabras, en la manera en que me tocabas. Me aferré a mis inseguridades en lugar de confiar en ti.
Edward, te echo de menos más de lo que las palabras pueden expresar. Echo de menos tus sonrisas, tus conversaciones y la manera en que me haces sentir. Mi corazón se siente vacío sin ti.
Si hay alguna posibilidad de que podamos empezar de nuevo, de que podamos encontrar una manera de hacer que nuestro matrimonio funcione tanto aquí como en Inglaterra, te ruego que consideres regresar.
Hay algo más que necesito decirte, algo que hace que tu regreso sea aún más importante. Creo que estoy esperando un hijo nuestro. No estoy segura todavía, pero todos los signos apuntan a esa posibilidad.
No te lo digo para obligarte a regresar por deber, sino porque quiero compartir esta alegría contigo. Quiero que tengamos la oportunidad de formar una familia por amor.
Por favor, Edward. Ven a casa. Déjame mostrarte que puedo ser la esposa que mereces y deja que encontremos juntos una manera de hacer que Glenmoran sea nuestro hogar.
Con todo mi amor y todas mis esperanzas,
Catriona
Selló la carta antes de que pudiera cambiar de opinión y la envió esa misma tarde con el correo urgente. Mientras veía al jinete alejarse hacia el sur, Catriona se permitió por primera vez en semanas sentir algo parecido a la esperanza.
Charlotte tenía razón: si amaba a Edward, tenía que luchar por él. Y, si él la amaba, tal vez habría una manera de arreglar lo que se había roto entre ellos.
Solo esperaba que no fuera demasiado tarde.
Esa noche, se acostó con las manos sobre su vientre, imaginando la nueva vida que podría estar creciendo allí. Un bebé que sería parte de ella y de Edward.
—Por favor —susurró—, que no sea demasiado tarde.
Y, por primera vez en un mes, se durmió con una sonrisa, con la esperanza de que su carta llegase a Londres y encontrase a un hombre que, tal vez, la echaba de menos tanto como ella a él.