Capítulo 23
C atriona
Highlands escocesas
Lady Catriona se despertó con el sonido de la lluvia golpeando contra las ventanas de su habitación. Había pasado un mes desde que Edward se marchó y cada día que transcurría era más gris que el anterior.
Se incorporó en la cama, sintiendo una oleada de náuseas que la había acompañado durante la última semana.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
La señora Campbell entró con la bandeja del desayuno y la depositó sobre la cama.
—Buenos días, milady. ¿Ha dormido bien?
—Tan bien como en los últimos días. ¿Ha llegado alguna carta?
La expresión de la señora Campbell se entristeció. Era la misma pregunta que Catriona hacía cada mañana y la mayoría de los días la respuesta era la misma.
—Me temo que no, milady.
Catriona asintió, intentando ocultar su decepción. En el mes que había transcurrido desde la partida de Edward, solo había recibido una carta de él. Una carta formal y fría que informaba de su llegada a Londres y preguntaba cortésmente sobre su bienestar, pero que no contenía ni una pizca de amor.
Había comenzado a escribir respuestas docenas de veces, pero siempre terminaba arrugando el papel. ¿Qué podía decir? ¿Que lo extrañaba con desesperación? ¿Que se daba cuenta de que se había equivocado? ¿Que se sentía extraña allí sin él?
—Señora Campbell, Charlotte me dijo que vendría hoy a visitarme. ¿Podría preparar té para cuando llegue?
—Sí, señora. La señorita Charlotte llegó hace diez minutos. Está esperando en el salón principal.
Catriona sintió el primer destello de algo parecido a la alegría, que no había experimentado en semanas. Charlotte le había prometido que la visitaría. Estaba preocupada por ella.
Se vistió con rapidez y bajó para encontrar a su amiga de pie junto a la ventana del salón, contemplando los páramos grises bajo la lluvia. Cuando se volvió, Catriona pudo ver la preocupación en sus ojos azules.
—Catriona —Charlotte se acercó y la abrazó, pero, cuando se separó, le estudió el rostro con atención—. Estás horrible.
—Gracias. Es justo lo que cualquier mujer quiere escuchar.
—Sabes que no me refiero solo a tu apariencia. Aunque has perdido peso y tienes ojeras que podrían rivalizar con las de la señora Campbell cuando está preocupada.
Catriona se dejó caer en una silla junto a la chimenea, sintiendo de repente como si no tuviera energía para mantenerse de pie.
—Es difícil.
—¿El marqués sigue en Londres?
Catriona asintió.
—¿Y cuándo regresará?
—No lo sé. Tal vez nunca.
Charlotte arqueó las cejas y se sentó frente a Catriona.
—Muy bien. Cuéntamelo todo. Y no me digas que no es asunto mío, porque tu felicidad lo es.
Durante la siguiente hora, Catriona le contó todo a Charlotte. La resistencia que Edward había encontrado por parte de los arrendatarios, sus propias dudas sobre dividir tiempo entre Inglaterra y Escocia y la terrible pelea que había llevado a su partida.
Charlotte escuchó sin interrumpir mientras su expresión se volvía más seria conforme la escuchaba.
—A ver si lo entiendo —dijo—. Como tu marido se sintió frustrado y criticado, tuvo una pelea contigo donde ambos dijisteis cosas que, por cierto, son feísimas y mentira, y luego le sugeriste que se marchara. ¿Es así?
—Cuando lo dices así suena...
—Suena como si hubieras echado a tu marido de su propia casa.
—No fue así. Él era infeliz aquí. Pensé que sería mejor para todos si...
—¿Si qué? ¿Si huía en lugar de luchar por su matrimonio?
—¡No estaba huyendo!
—¿No? Entonces, ¿dónde está?
Catriona no tuvo respuesta para eso.
Charlotte suspiró y se inclinó hacia adelante.
—Catriona, ¿recuerdas cuando éramos niñas y tú te enfadabas conmigo? Solías esconderte en los páramos hasta que yo iba a buscarte y me disculpaba, incluso cuando tú habías empezado la pelea.
—Eso no tiene nada que ver con esto.
—¿No? Porque a mí me parece que has hecho lo mismo. Te enfadaste porque Edward no estaba adaptándose tan rápido como querías, así que lo empujaste hasta que lo desbordaste y se marchó, y ahora estás esperando que él sea quien dé el primer paso para arreglar las cosas.
Catriona sintió que las lágrimas comenzaban a picar en sus ojos.
—Tú no entiendes lo difícil que ha sido. Verlo luchar contra todo y contra todos, sentir como si estuviera atrapada entre mi lealtad hacia él y mi amor por este lugar...
—Por supuesto que ha sido difícil. Los comienzos siempre lo son. Pero, Catriona, ¿de verdad creías que un hombre inglés iba a llegar aquí y ser aceptado por un clan que ha vivido de la misma manera durante generaciones?
—No, pero esperaba...
—¿Esperabas qué? ¿Que fuera perfecto? ¿Que supiera instintivamente cómo manejar cada situación? ¿Que nunca cometiera errores o se sintiera frustrado?
Charlotte se puso de pie y caminó hacia la ventana.
—Catriona, tu marido vino aquí dispuesto a asumir enormes responsabilidades por ti.
Dejó su vida cómoda en Londres para vivir en un castillo escocés alejado de todo y de todos los que conocía, donde nadie lo quería.
Y, cuando las cosas se pusieron difíciles, en lugar de apoyarlo, le dijiste que se marchara.
—¡Estaba intentando hacer lo mejor para todos!
¿Para todos o para ti? —Charlotte se volvió hacia ella—. ¿Es más fácil culpar a Edward por no adaptarse rápido que admitir que tal vez tú no hiciste lo suficiente para ayudarlo?
Las palabras de Charlotte la golpearon como puñaladas, sobre todo porque Catriona comenzaba a sospechar que escondían algo de verdad.
—¿Qué se supone que debo hacer ahora? —Su voz se quebró—. Ha pasado un mes. Si quisiera arreglar las cosas, ¿no habría escrito? ¿No habría regresado?
—Tal vez está esperando que le envíes una señal. Tal vez está tan herido como tú.
—¿Qué tipo de señal?
—Es tu marido, tú sabrás. ¿Tal vez una carta diciéndole que lo echas de menos? ¿Una disculpa por las cosas horribles que le dijiste? ¿Una invitación para regresar a casa?
Catriona se levantó y caminó hacia la chimenea sintiendo de nuevo náuseas. Se aferró al respaldo de una silla hasta que pasó llevándose una mano a su vientre.
—Catriona, ¿estás bien? Te has puesto muy pálida.
—Estoy bien. Solo he sentido un poco de malestar últimamente.
Charlotte observó donde reposaba la mano de su amiga.
—¿Qué tipo de malestar?
—Náuseas, sobre todo. Y cansancio. Probablemente es solo el estrés...
—¿Cuándo fue tu último periodo?
—No estoy segura. No he estado prestando mucha atención...
—Catriona. ¿Cuándo fue tu último periodo?
Catriona intentó recordar contando hacia atrás desde la fecha actual. Su corazón comenzó a latir más rápido mientras se daba cuenta de que había pasado más tiempo del que había pensado.
—Tal vez seis semanas. Puede que siete.
Charlotte se acercó a ella.
—¿Y has tenido náuseas por las mañanas?
—Durante la última semana, sí.
—¿Sensibilidad en los pechos? ¿Cansancio inusual?
—Sí, pero pensé que era por el estrés de todo lo de Edward.
—Catriona. —Charlotte tomó sus manos—. Podrías estar embarazada.
La palabra flotó en el aire hasta situarse entre ellas. Catriona sintió que el mundo se tambaleaba baso sus pies.
—¿Embarazada?
—Tiene sentido. Los síntomas, el tiempo... ¿Puede ser?
Catriona pensó en las últimas semanas que había pasado con Edward en Glenmoran, en las noches en que se habían amado con desesperación mientras su matrimonio se desmoronaba a su alrededor.
—Sí. Es posible.
Al principio había atribuido la sensación a la pena y el estrés, pero ahora comenzaba a sospechar que podría haber otra explicación.
Se llevó una mano al vientre, sintiendo algo parecido a la alegría mezclada con terror.
Si sus sospechas eran correctas, si estaba esperando un hijo de Edward, todo se volvería mucho más complicado.
Se sentó en un sillón, sintiendo como si todo su mundo hubiese cambiado en un instante.
—Oh, Dios. ¿Qué voy a hacer?
—¿Qué vas a hacer? —Charlotte sonó exasperada—. ¡Vas a escribir a tu marido inmediatamente y le vas a decir que regrese a casa!
—¡No puedo decirle que regrese solo porque estoy embarazada!
—¿Por qué no?
—Porque quiero que regrese porque me ama y me echa de menos, no porque se sienta obligado por un bebé.
Charlotte se dejó caer en una silla frente a Catriona con expresión incrédula.
—Lady Catriona, marquesa de Ashworth, a veces pienso que eres la mujer más obstinada de toda Escocia.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que estás tan empeñada en proteger tu orgullo que estás dispuesta a criar a un hijo sola en lugar de admitir que cometiste errores y que quieres que tu marido regrese.
—No es solo orgullo.
—¿No? Entonces, ¿qué es?
Catriona luchó por encontrar las palabras para explicar el nudo de emociones que sentía desde que llegó a Escocia.
—Tengo miedo de que cuando regrese, si regresa, las cosas vuelvan a ser como eran. Que sigamos discutiendo por los mismos temas, que él siga sintiéndose como un extraño y que yo siga sintiéndome dividida entre él y este lugar.
—Entonces, cambiad las cosas. Ambos.
—¿Cómo?
—Comprometiéndoos. Los dos. Tú podrías empezar por apoyar a tu marido y aceptar que Edward tiene razón sobre algunas de las mejoras que quiere hacer. Y podrías hablar con los arrendatarios sobre darle una oportunidad real. A ti te escucharán y obedecerán.
Catriona sintió una punzada de culpa al darse cuenta del error que había cometido.
—Y el marqués podría comprometerse a pasar más tiempo aquí de lo que en un principio había planeado. Y ya que está podría aprender a ser más paciente con todos, en lugar de tratar de cambiar todo nada más llegar.
—¿Y si no funciona?
—¿Y si sí funciona? —Charlotte se inclinó hacia adelante—. Catriona, ¿amas a tu marido?
—Sí.
—¿Y crees que él te ama?
—Creía que sí. Pero después de las cosas que nos dijimos...
—Las personas que se aman dicen cosas que hieren cuando están dolidas o enfadadas, pero eso no significa que el amor haya desaparecido.
Charlotte se puso de pie y comenzó a caminar nerviosa por la habitación.