El corazón de un marqués Capítulo 22
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Capítulo 22

E dward

Highlands escocesas

Edward Ashworth se encontraba en el estudio que había pertenecido a Duncan y que seguía sin asumir que ya era suyo, rodeado de documentos y libros de cuentas abiertos, pero su mente estaba lejos de los números que tenía delante.

Habían pasado dos semanas desde la visita a los MacLeod y cada día que transcurría parecía distanciar un poco más a su esposa de él.

Esa mañana había tenido otra reunión frustrada con Hamish, MacLeod y los otros arrendatarios. Cuando había sugerido reparar los tejados de las cabañas antes del invierno, algo que había considerado obvio, se había encontrado con la misma resistencia de siempre.

—Lord Duncan nunca vio la necesidad —dijo Hamish con esa expresión obstinada que Edward había llegado a detestar.

—Los tejados han sido así durante generaciones —añadió el señor Campbell.

—Si algo no está roto, ¿para qué arreglarlo? —murmuró otro.

Al final, Edward perdió la paciencia.

—¡Porque la gente se moja cuando llueve! —su voz resonó en la pequeña sala de reuniones—. ¡Los niños enferman por la humedad! ¡Y porque es lo correcto!

Los hombres lo habían mirado como si acabasen de confirmar todas sus sospechas sobre él: impaciente, arrogante e incapaz de comprender cómo se debían hacer las cosas allí.

Ahora, sentado solo en su estudio, Edward se pasaba las manos por el cabello y se preguntaba cómo había llegado a este punto. En Inglaterra, era respetado, sus decisiones eran implementadas sin cuestionarlas y su autoridad nunca era desafiada, y menos todavía de manera tan explícita.

Un golpe suave en la puerta interrumpió sus cavilaciones.

—Adelante.

Catriona entró llevando una bandeja con té y pastas. Durante las últimas dos semanas, había desarrollado la costumbre de llevarle refrigerios por la tarde, un gesto que debería haber sido reconfortante, pero que ahora lo sentía más como una obligación cortés que como un acto de amor espontáneo.

—Pensé que podrías necesitar un descanso. —Catriona colocó la bandeja en una mesita cerca de la chimenea.

—Gracias.

Edward la observó mientras servía el té, evitando mirarla directamente. La mujer que había bailado con él en Londres y a la que había jurado amor eterno parecía haberse escondido detrás de una máscara de perfecta cortesía.

—¿Cómo ha ido la reunión? —preguntó entregándole una taza.

—Mal.

Catriona se sentó en la silla frente al escritorio, manteniendo las distancias, algo que a Edward le dolía en toda el alma.

—Edward...

—He intentado ser paciente, ser comprensivo. He intentado escuchar sus preocupaciones. Pero nada de lo que hago es suficiente porque no soy Duncan, y nunca lo seré.

—No es una cuestión de ser Duncan.

—¿No? Porque eso es lo que parece. Cada sugerencia que hago es comparada con lo que Duncan habría hecho. Cada decisión es cuestionada porque no es la manera tradicional. Estoy empezando a pensar que lo único que quieren es que desaparezca y los deje en paz.

Catriona guardó silencio durante un momento y, cuando habló, su voz sonó cansada.

—Tal vez eso no sería mala idea.

Las palabras cayeron entre ellos como una losa en un sepulcro. Edward la miró, seguro de que había escuchado mal.

—¿Qué has dicho?

Catriona mantuvo la barbilla alta.

—He dicho que puede que no sea mala idea, así tal vez tendrían el espacio que necesitan.

—¿Espacio? Catriona, soy el señor de estas propiedades. No puedo irme y esperar que se gestione todo solo.

—Podrías delegar más. Confiar en los capataces. No todo tiene que pasar por ti.

Edward se puso de pie con rabia, casi volcando la taza de té.

—¿Delegar en hombres que cuestionan cada decisión que tomo? ¿Confiar en personas que me han dejado claro que consideran mi presencia aquí como una intrusión?

—¡No es una intrusión! Eres mi marido, estas son nuestras tierras...

—¿Nuestras? —Edward se volvió hacia ella con una sonrisa amarga—. Vamos, Catriona. Ambos sabemos que estas nunca serán mis tierras. Siempre seré el inglés que se casó con lady Catriona. Siempre seré el que intenta imponer métodos extranjeros en la sagrada tierra escocesa.

—Eso no es cierto...

—¿No? Entonces, explícame por qué, después de más de un mes aquí, sigo sintiendo como si me juzgasen constantemente. Explícame por qué incluso tú pareces más cómoda cuando no estoy cerca.

Catriona se puso de pie.

—Eso no es justo, Edward.

—¿No es justo? Dime, Catriona, ¿son ellos los que necesitan ese espacio o tú? —rugió Edward—. Mi propia esposa parece preferir la compañía de cualquier otra persona antes que la mía.

—Eso no es... Yo no...

—¿Cuándo fue la última vez que iniciaste una conversación conmigo que no fuera sobre los arrendatarios o las propiedades? ¿Cuándo fue la última vez que me sonreíste como solías hacerlo antes de llegar aquí?

Las palabras salían ahora sin filtro.

—¿Cuándo fue la última vez que me tocaste sin que yo te tocara primero? ¿Cuándo fue la última vez que actuaste como si fuera tu marido en lugar de un huésped incómodo que estás obligada a tolerar?

Catriona lo miró con los ojos muy abiertos y Edward vio cómo las lágrimas comenzaban a formarse en ellos.

—Edward, yo...

—No, déjame terminar. Porque creo que entiendo lo que ha estado pasando aquí.

—Su voz se volvió más fría—. Te casaste conmigo porque Duncan se estaba muriendo y necesitabas un marido.

Cumplí con mi parte del trato al proporcionarte respetabilidad y protección legal.

Pero ahora que estamos aquí, en tu verdadero hogar, te das cuenta de que no me necesitas, ¿verdad?

—¡Eso no es cierto!

—¿No? Entonces, explícame por qué cada conversación que tenemos sobre nuestro futuro termina contigo exigiendo que abandone mis responsabilidades en Inglaterra para vivir aquí permanentemente.

—¡Porque este es mi hogar! —gritó Catriona con las lágrimas rodando por sus mejillas —. ¡Porque estas tierras están en mi sangre de una manera que nunca podrás entender! ¡Porque, cuando hablas de pasar solo unos meses al año aquí, es como si estuvieras hablando de arrancarme el corazón!

—¡Tengo responsabilidades, Catriona! ¡Tengo un ducado que heredar, propiedades que atender, obligaciones que no puedo abandonar porque tú prefieres los páramos escoceses a los salones londinenses!

Se quedaron mirándose el uno al otro, ambos jadeando como si hubieran corrido. Las palabras crueles que acababan de intercambiar parecían flotar en el aire entre ellos, imposibles de retirar.

—Tal vez —susurró Catriona— deberías regresar a Londres. Aquí no eres feliz.

La sugerencia golpeó a Edward como una bofetada.

—¿Es eso lo que quieres? ¿Que me vaya? ¿Que llevemos vidas separadas?

Catriona se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano.

—Quiero que seas feliz. Y obviamente aquí no lo eres.

—¿Y qué hay de nuestro matrimonio?

—No lo sé, Edward. Ya no sé nada.

El silencio que siguió fue devastador. Edward sentía como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies. Todo lo que había construido, todo lo que había llegado a valorar sobre su vida con Catriona, parecía estar desmoronándose frente a sus ojos.

—Tal vez tengas razón. Tal vez debería regresar a Londres por un tiempo. Darle a todo el mundo el espacio que necesitan.

—Edward, yo no quería decir...

—No, has sido muy concisa. Tal vez seas la única persona que ha sido honesta conmigo desde que llegamos aquí. —Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo con la mano en el pomo—. Partiré mañana por la mañana.

Salió del estudio sin mirar atrás.

***

Esa noche, Edward hizo las maletas con movimientos mecánicos, plegando la ropa que había traído desde Londres. Cada prenda que colocaba en el baúl era un fracaso. Había fallado como señor y como marido.

Por una parte, él quería buscarla, disculparse, intentar arreglar las cosas. Pero ¿qué podía decir? No podía prometerle que abandonaría todo en Inglaterra para vivir ahí. No podía fingir que era feliz siendo tratado como un invasor en su propia casa.

Catriona no durmió en su habitación esa noche. Se quedó en el dormitorio de Duncan, en la cama donde tantas noches se había refugiado cuando era pequeña y las pesadillas la asaltaban.

Al amanecer, Edward bajó y encontró el carruaje ya preparado. La señora Campbell lo esperaba en el vestíbulo.

—¿Parte ya, milord?

—Sí, señora Campbell. Por un tiempo, al menos.

—¿Y lady Catriona?

Edward miró hacia las escaleras, esperando hasta el último momento que ella apareciera. Pero no hubo señal alguna de su esposa.

—Lady Catriona se quedará aquí. Este es su hogar.

Salió de la casa y subió al carruaje. Mientras se alejaba por el sendero, Edward se permitió una última mirada hacia las ventanas del castillo. Por un momento, le pareció ver una figura en la ventana, pero, cuando se fijó mejor, se dio cuenta de que no había nadie.

Mientras el carruaje descendía hacia el valle y Glenmoran desaparecía de la vista, Edward cerró los ojos y se permitió un momento de lástima por sí mismo y por lo que acababa de perder.

No solo una esposa, sino un hogar que había comenzado a amar a pesar de todas sus frustraciones.

No solo un matrimonio, sino la posibilidad de una vida que podría haber sido extraordinaria si hubieran encontrado la manera de hacer que fuese bien.

Pero algunas cosas, se dijo a sí mismo, no estaban destinadas a ser. Y tal vez era mejor descubrirlo ahora, antes de que ambos invirtieran más años en intentar forzar algo que no iba a funcionar.

Aunque, mientras el carruaje lo llevaba de vuelta hacia Inglaterra, Edward no pudo evitar preguntarse si estaba cometiendo el error más grande de su vida al alejarse de la única mujer que había logrado conquistar su corazón.