Capítulo 21
C atriona
Highlands escocesas
La marquesa de Ashworth despertó con los primeros rayos del sol filtrándose por las cortinas de terciopelo verde de su habitación.
Edward ya no estaba en la cama; podía escuchar el sonido del agua detrás del biombo, donde probablemente se estaba afeitando.
La tensión de la noche anterior seguía presente entre ellos y Catriona sabía que necesitaba encontrar una manera de disiparla antes de que se volviera algo permanente.
Se levantó y se dirigió hacia la ventana, corrió las cortinas y contempló los páramos que se extendían hasta el horizonte.
Mirar el paisaje de su infancia siempre había tenido el poder de calmar sus pensamientos, y esa mañana no era diferente.
Había nacido para vivir en esas tierras, las que la habían acogido con los brazos abiertos cuando llegó siendo tan solo una huérfana, y la idea de estar ahí solo unos meses al año le partía el corazón.
Edward salió de detrás del biombo vestido con ropa de montar.
—Buenos días —dijo como si estuviera evaluando su humor.
—Buenos días. —Catriona se volvió hacia él, decidida a tender un puente sobre el abismo que había aparecido entre ellos—. ¿Has pensado en salir a cabalgar?
—Había pensado en visitar los campos del norte. Me han dicho que podrían necesitar atención antes del invierno.
—¿Te gustaría que te acompañara? Conozco esas tierras mejor que nadie y hace mucho que no monto a Thistle.
Edward la miró durante un momento.
—¿Estás segura? Después de lo de anoche...
—Especialmente después de lo de anoche. Creo que necesitas ver este lugar a través de mis ojos, no solo a través de libros de cuentas y mapas.
La expresión de Edward se suavizó.
—Eso me encantaría.
Una hora después, cabalgaban por un sendero que se adentraba en los páramos.
Catriona montaba a lo amazona a Thistle, su yegua favorita, una hermosa criatura gris con crines que bailaban al viento.
Edward había elegido a Thunder, un semental negro de temperamento fuerte que había pertenecido a Duncan.
—Dios mío —murmuró Edward mientras observaba a Catriona guiar a su yegua sobre un arroyo con una gracia que parecía sin esfuerzo—. Eres una amazona extraordinaria.
Catriona sonrió sintiendo por primera vez en días la alegría de estar en casa.
—Mi tío insistió en que una Stewart debía montar como si hubiera nacido encima de un caballo. Me enseñó en estos mismos páramos cuando tenía siete años.
—¿Montabas sola por aquí cuando eras niña?
—Todos los días. Mi tío decía que necesitaba conocer cada piedra, cada arroyo y cada colina de mis tierras. —Señaló hacia una elevación rocosa en la distancia—. ¿Ves esa formación? La llamamos la Roca del Águila. Solía subir allí cuando quería estar sola para pensar.
Edward siguió su mirada y notó lo traicionero que parecía el terreno.
—Parece peligroso.
—Lo es. Un poco. Pero es ahí donde me sentía más libre. —Catriona guio a Thistle hacia una meseta cubierta de brezo—. Ven, quiero enseñarte algo.
Cabalgaron en silencio durante unos minutos más hasta que llegaron a una pequeña cabaña de piedra semiderruida, casi oculta entre los helechos y la vegetación salvaje.
—¿Qué es este lugar? —preguntó Edward mientras desmontaban.
—La cabaña del viejo Finn MacGreggor. Vivía aquí cuando yo era pequeña; solo, excepto por una cabra. —Catriona se acercó a los restos de la estructura—. La gente del pueblo decía que estaba loco, pero a mí me parecía el hombre más sabio que había conocido.
—¿Venías aquí sola?
—Mi tío no lo sabía —admitió Catriona con una sonrisa traviesa—. Finn me enseñó a leer las señales del tiempo, a encontrar hierbas medicinales y a escuchar los sonidos de la tierra. Decía que las Highlands tenían secretos que solo compartían con quienes las respetaban.
Edward se acercó y tocó las piedras cubiertas de musgo de la cabaña.
—¿Qué le pasó?
—Murió cuando yo tenía doce años. Encontraron su cuerpo aquí una mañana de invierno, sentado en su silla favorita como si se hubiera quedado dormido.
—Su voz se suavizó—. Duncan quería demoler la cabaña, decía que era un peligro.
Pero yo le rogué que la dejara. Es parte de la historia de este lugar.
Edward la miró con admiración.
—Por eso te molesta tanto cuando hablo de cambios, ¿verdad? Cada piedra, cada lugar, es una historia para ti.
—No me opongo a todos los cambios, Edward. Pero, cuando hablas de mejoras y eficiencia, a veces olvidas que estás hablando de las vidas de personas, de lugares que significan más que números en un libro.
Siguieron cabalgando y Catriona le mostró el lugar donde había aprendido a pescar, el bosquecillo donde había construido fuertes imaginarios con Charlotte y la colina desde la cual había vigilado el regreso de Duncan después de cada uno de los viajes que hacía a Edimburgo.
—Nunca me contaste todo esto —comentó Edward mientras se dirigían hacia el valle donde vivían los MacLeod.
—Hay muchas cosas sobre mi infancia que nunca te he contado. No porque las esté ocultando, sino porque no creí que fueran importantes.
—Son importantes para mí porque lo son para ti.
Catriona sintió que algo se desataba en su pecho al escuchar esas palabras.
—¿De verdad?
—Catriona, sé que he cometido muchos errores en estos últimos días. Lo lamento.
—Esto forma parte de mí, Edward. Estas tierras, esta gente... Están en mi sangre de una manera que no puedo explicar.
Edward detuvo su caballo y extendió la mano hacia ella. Cuando Catriona la tomó, sintió la calidez familiar de su contacto.
—Entonces, enséñame cómo amarlas como tú las amas. No quiero ser un extranjero aquí para siempre.
***
La casa de los MacLeod era una estructura de piedra sólida y acogedora, enclavada en un valle verde donde un arroyo serpenteaba entre los pastos. Cuando se acercaron, Catriona vio a Charlotte en el porche y agitó la mano con entusiasmo.
—¡Catriona!
Catriona desmontó y corrió hacia su amiga. Ambas se abrazaron como si hubieran estado separadas años en lugar de haberse visto el día anterior.
—Lord Edward —saludó Charlotte con una reverencia.
Edward se acercó e hizo una reverencia cortés.
Charlotte sonrió y los invitó a entrar en su casa.
El padre de Charlotte, Lachlan MacLeod, era un hombre robusto, de cabello gris, que recibió a Edward con cortesía forzada, pero sin la hostilidad abierta que había encontrado en otros lugares. Estudió a Edward con una mirada que habría intimidado a hombres menos seguros de sí mismos.
—Lord Edward. Es un honor tenerle en nuestra humilde casa —saludó haciendo una reverencia al lado de su mujer, que hizo lo mismo.
—El honor es mío. Gracias por recibirnos, señor y señora MacLeod.
—He escuchado mucho sobre usted. Mi tío, el señor MacLeod, nos trae noticias suyas a menudo. Espero que esté cuidando bien de nuestra muchacha.
Edward se sorprendió por el atrevimiento del padre de Charlotte, sin embargo, entendió que esas personas querían a su esposa y se preocupaban por ella.
—Con mi vida —respondió Edward solemnemente.
La respuesta pareció complacerle, ya que le invitó a sentarse y comer con ellos.
La casa MacLeod era cálida y acogedora, con muebles sólidos de madera oscura y tapices tejidos a mano que contaban la historia del clan.
—Lord Edward —dijo Lachlan mientras se sentaban a la mesa para la comida—. Charlotte nos ha contado que ha estado visitando las propiedades de Glenmoran.
—Estoy intentando familiarizarme con todo.
—¿Y qué piensa de nuestra manera de hacer las cosas?
—¡Lachlan! ¿Qué estás diciendo? Discúlpele, milord. Mi marido no pretendía ser tan atrevido.
—No se preocupe, señora. No me ha molestado la pregunta.
—Estoy aprendiendo que hay mucha sabiduría en Escocia —respondió Edward—. Aunque siempre se puede mejorar algo.
—Ah, mejorar. —La madre de Charlotte, Moira MacLeod, se unió a la conversación—. ¿Qué tipo de mejoras tiene en mente?
Edward lanzó una mirada hacia Catriona, quien parecía advertirle de que se dirigía a la horca.
—Nada grave. Pequeñas eficiencias en los métodos agrícolas, tal vez algunas reparaciones necesarias...
—Métodos ingleses, quiere decir —interrumpió Lachlan.
—Métodos que han demostrado ser efectivos, independientemente de su origen.
Charlotte intervino con una sonrisa:
—Por supuesto, lord Edward tiene experiencia administrando grandes propiedades. Estoy segura de que su punto de vista es digno de apreciar y valorar.
Catriona agradeció en silencio la intervención de su amiga. Incluso Charlotte, que siempre había estado abierta a nuevas ideas, parecía no comulgar con los planes de Edward.
—La cuestión —dijo Moira— es si las mejoras beneficiarán a la gente que vive y trabaja en estas tierras o si harán que los números se vean mejor en los libros de Londres.
—Madre —murmuró Charlotte incómoda.
—No, está bien —dijo Edward—. Es una pregunta válida. Y la respuesta es que cualquier mejora que haga debe beneficiar a todos los involucrados. No tendría sentido de otra manera.
—En numerosas ocasiones, las mejoras han significado el desplazamiento de familias que han vivido en las mismas tierras durante generaciones —intervino Lachlan.
Catriona sintió que el aire en la habitación se volvía denso. Sabía que Lachlan se refería a las despoblaciones de las Highlands, donde muchos terratenientes habían expulsado a los arrendatarios para hacer espacio para la ganadería ovina.
—Os aseguro que no tengo intención de desplazar a nadie —dijo Edward—. Mi objetivo es trabajar con la gente, no contra ella.
—Eso me tranquiliza —concedió Lachlan—. Pero las palabras se las lleva el viento. Los hechos son los que importan. Se lo transmitiré a los arrendatarios.
El resto de la comida transcurrió con una tensión que Catriona encontró agotadora. Y, aunque Edward fue cortés y diplomático, pudo ver la frustración en sus ojos.
Más tarde, Charlotte insistió en mostrarle a Catriona el jardín de su madre.
—Tu marido parece un hombre bueno —dijo Charlotte mientras caminaban entre los rosales—. Pero ¿tiene intención de hacer de Escocia su hogar?
—¿Qué quieres decir?
—Habla como alguien que está de visita.
Catriona sintió un nudo en el estómago.
—Está aprendiendo. Necesita tiempo para adaptarse.
—¿Y tú? ¿Cómo te sientes con todo esto? No debe ser fácil.
—Es complicado. Edward tiene responsabilidades en Inglaterra y yo no puedo imaginar mi vida lejos de aquí.
Charlotte se detuvo y tomó las manos de Catriona.
—¿Has hablado con él sobre esto?
—Todavía no nos hemos puesto de acuerdo sobre los detalles.
—Catriona, necesitas ser clara sobre lo que quieres. Los hombres como tu marido están acostumbrados a que el mundo se ajuste a sus planes. Si no le dices cómo de importante es esto para ti, asumirá que puedes adaptarte a lo que sea necesario para él.
Charlotte se negaba a ver a Edward de ese modo.
—Pero también tengo que ser razonable. Ahora soy marquesa y él heredará el ducado algún día. No puedo esperar que abandone todo por mí.
—No estoy sugiriendo que lo haga. Pero el matrimonio se trata de compromiso, ¿verdad? Ambos deberíais estar dispuestos a hacer sacrificios.
Cuando regresaron con los demás, Catriona encontró a Edward tomando té con los padres de Charlotte.
—Creo que deberíamos partir pronto —murmuró Edward cuando ella se acercó—. Se está haciendo tarde.
El viaje de regreso fue silencioso. Edward cabalgaba con la postura rígida y Catriona se debatía en su interior entre la lealtad hacia su marido y a Escocia.
—No ha ido tan mal —dijo intentando romper el silencio.
Edward la miró con incredulidad.
—Catriona, me han tratado como si fuera un conquistador inglés planeando saquear las tierras sagradas de Escocia.
—Están protegiendo lo que aman.
—Es frustrante ser juzgado antes de que haya tenido la oportunidad de demostrar mis intenciones.
—Tal vez si les dieras más tiempo...
—¿Cuánto tiempo? ¿Meses? ¿Años? ¿Y mientras tanto dejo que las propiedades se deterioren porque cualquier cambio que sugiera es visto como una traición a la memoria de Duncan?
—No es solo una cuestión de tiempo, Edward. Es una cuestión de cómo te acercas a ellos. Si quieres ser aceptado aquí, necesitas demostrar que entiendes y respetas sus valores, no solo que los toleras.
—¿Y cómo se supone que hago eso cuando cada conversación se convierte en una prueba de mi habilidad como señor?
—Tal vez comprometiéndote a hacer de este lugar tu hogar.
Las palabras salieron antes de que Catriona pudiera detenerlas.
Edward detuvo su caballo.
—¿Esto es una prueba para ver si estoy dispuesto a abandonar mi vida en Inglaterra?
—No es una prueba, Edward. Es la realidad. Si queremos que esto funcione, si queremos ser aceptados aquí, necesitamos estar presentes, no solo de visita unos meses al año.
—Catriona, tengo responsabilidades más allá de Glenmoran. El ducado que heredaré, las propiedades que ya administro, conexiones políticas y sociales que no puedo abandonar.
—No te estoy pidiendo que las abandones. Te estoy pidiendo que hagas de nosotros, de este lugar, una prioridad.
—¿Y eso qué significa? ¿Seis meses al año? ¿Ocho meses? ¿Todo el año, excepto para visitas ocasionales a Inglaterra? Porque pensaba que, hasta ahora, lo único que había hecho era darte prioridad a ti y a todo lo importante para ti.
Catriona vaciló, Edward tenía razón. Lo sabía, pero no podía dejar de rebelarse.
—No lo sé.
Edward la miró durante un momento.
—¿Y si no puedo hacer eso? ¿Y si mis otras responsabilidades significan que dos o tres meses al año es todo lo que puedo ofrecer siendo muy optimista?
La pregunta cortó a Catriona como el filo de una daga.
—Deberíamos regresar. Se está haciendo tarde y la señora Campbell se preocupará si llegamos después del anochecer.
La idea de estar ausente de Glenmoran ocho o nueve meses al año se sentía como una traición a todo lo que Duncan había querido para ella, a todo lo que estas tierras significaban.
Cabalgaron el resto del camino en silencio, pero Catriona pudo sentir que algo había cambiado entre ellos. Una grieta había aparecido. Y no estaba segura de cómo repararla sin que uno de ellos hiciera sacrificios que tal vez no estaban dispuestos a hacer.
Esa noche, mientras yacían en la cama sin tocarse, Catriona se preguntó si había cometido un error terrible al casarse con Edward. No porque no lo amara, lo amaba con locura, sino porque tal vez sus vidas eran demasiado diferentes para poder encajar.
Y, por primera vez desde su boda, se durmió preguntándose si el amor sería suficiente para superar todas las dificultades.