El corazón de un marqués Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—¿Imponer cambios? Créeme que si quisiese imponer los cambios no estaría teniendo tanta paciencia. Catriona, estoy intentando hacer el trabajo para el que tu tío me designó: gestionar estas propiedades de la mejor manera posible.

—¿Bajo qué criterio? ¿Los estándares ingleses?

Edward se puso de pie sintiendo una frustración que no había esperado sentir nunca hacia su esposa.

—¿Estándares ingleses? Estoy hablando de prácticas agrícolas modernas que han demostrado ser exitosas. No se trata de nacionalidad, se trata de eficiencia. En Londres estuvimos hablando de ello, ¿lo recuerdas?

—Edward, escúchate. Hablas como si todo lo que se ha hecho aquí durante siglos fuera primitivo e incorrecto.

—¡No he dicho eso!

—No con palabras tal vez, pero sí de manera implícita, y eso lo nota todo el mundo.

Edward se dirigió hacia la ventana, necesitaba hacer acopio de toda su buena voluntad para calmarse.

—¿Entonces, qué sugieres que haga? ¿Que mantenga todo exactamente como estaba e ignore oportunidades de mejora?

—Sugiero que te tomes un tiempo para entender cómo funcionan las cosas aquí antes de decidir qué necesita ser cambiado. Sugiero que escuches a la gente en lugar de asumir que sabes lo que es mejor para ellos.

—He estado escuchando. Y lo que escucho es resistencia a cualquier cambio, sin importar cuán beneficioso pueda ser.

Catriona se puso de pie también.

—¿Has considerado que tal vez esa resistencia tiene menos que ver con los cambios en sí mismos y más que ver con cómo los estás planteando?

—¿Qué quieres decir?

—Edward, eres un inglés que llegó aquí y comenzó a criticar métodos que han funcionado durante generaciones. Por supuesto que la gente se pone a la defensiva.

—No he criticado...

—Sí, lo has hecho. Tal vez no de manera intencionada, pero, cuando dices que algo puede ser «mejorado» o hecho de manera más «eficiente», todo el mundo entiende que tal y como se están haciendo las cosas, y como se han hecho siempre, está mal.

Edward se quedó en silencio procesando las palabras de Catriona. Había algo de verdad en lo que decía, aunque no le gustase admitirlo.

—¿Entonces, qué debería hacer?

—Podrías empezar por preguntar en lugar de sugerir. Pregunta a la gente sobre sus problemas y dificultades, sobre lo que funciona y lo que no. Deja que te cuenten la historia de estas tierras antes de decidir cómo cambiar su futuro.

Edward asintió. Sin duda, Catriona amaba esas tierras y su tío le había enseñado bien. Estaba acostumbrado a tomar decisiones rápidas y eficientes, no a navegar por las complejidades de las sensibilidades y diferencias culturales. Pero estaba dispuesto a intentarlo por ella.

—Tienes razón —admitió—. He estado planteando esto como una serie de problemas que resolver en lugar de como una comunidad de la que ahora formo parte.

—No es fácil, Edward. Para ellos tampoco. Perdieron a mi tío, que era su señor y como familia para muchos de ellos, y ahora tienen que acostumbrarse a alguien diferente. Necesitan tiempo.

—¿Y si me ven como un extranjero de manera permanente?

Catriona se acercó y tomó sus manos entre las suyas.

—Eso depende de ti. Puedes seguir siendo un extranjero que intenta cambiar sus vidas o puedes convertirte en parte de ellos. Pero eso requerirá paciencia y humildad.

—¿Me ayudarás? ¿Me enseñarás cómo ser mejor?

—Por supuesto. Pero creo que vemos nuestro futuro aquí de manera diferente. Tú hablaste de dividir tiempo entre Inglaterra y Escocia, aunque tal vez necesitemos pasar más tiempo aquí, al menos hasta que todo esté en su lugar. Tal vez deberíamos establecer aquí nuestro hogar en lugar de en Londres.

—¿No habíamos hablado ya de esto?

—Lo mencionamos, pero no tomamos una decisión. Esto es más que una herencia para mí, Edward. Es mi hogar.

Edward sintió una punzada de preocupación.

Había asumido que podrían pasar unos meses al año en Glenmoran, tal vez durante el verano, y el resto del tiempo en Londres o en sus propiedades inglesas.

La idea de vivir permanentemente en las Highlands no formaba parte de sus planes.

Menos aún con toda la hostilidad que se respiraba a su paso.

—Catriona, tengo responsabilidades en Inglaterra. El ducado que heredaré algún día, propiedades que atender, obligaciones sociales y políticas...

—Lo sé. Y no estoy diciendo que las ignores. Solo esperaba que pudiéramos encontrar un equilibrio.

—¿Qué tipo de equilibrio?

—Tal vez seis meses aquí, seis meses allí. O incluso cuatro meses aquí si eso funciona mejor.

Edward frunció el ceño. Cuatro meses en las Highlands cada año era más de lo que había imaginado.

—Tendría que pensarlo. Hay muchos factores que considerar.

La expresión de Catriona se oscureció un poco y Edward se dio cuenta de que su respuesta no había sido la que ella había esperado escuchar.

—Por supuesto. Solo era una sugerencia.

Pero el daño estaba hecho. El resto de la noche transcurrió con una cortesía forzada entre ellos y, cuando se fueron a la cama, ambos se acostaron en su lado correspondiente sin el abrazo cálido que se había vuelto habitual entre ellos.

Mientras yacía despierto en la oscuridad, Edward se dio cuenta de que había subestimado las complejidades de su nueva vida.

No era solo una cuestión de gestionar propiedades, sino de ir sorteando lealtades divididas, expectativas y diferencias culturales que eran más profundas de lo que había imaginado.