El corazón de un marqués Capítulo 20
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Capítulo 20

E dward

Highlands escocesas

Edward Ashworth se encontraba en el estudio que había pertenecido al tío de Catriona, rodeado de libros de cuentas, mapas de las propiedades y documentos legales que se remontaban a décadas atrás.

Habían pasado tres días desde el funeral y había dedicado cada momento a intentar comprender las complejidades de gestionar las tierras de Glenmoran.

Los métodos de administración que Duncan había empleado eran, en el mejor de los casos, anticuados y, en el peor, ineficientes desde su punto de vista.

Los arrendamientos se basaban en tradiciones, con rentas que no habían sido ajustadas en décadas.

Los campos estaban siendo trabajados con técnicas que Edward había visto abandonar en Inglaterra hacía años, y el ganado pastaba en tierras que podrían ser mucho más productivas con una gestión apropiada.

Pero, cada vez que había sugerido alguna mejora durante sus reuniones con los arrendatarios, se había encontrado con una respuesta hostil o, en algunos casos, una abierta y directa oposición.

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Adelante.

El señor Hamish, el capataz principal de las tierras, entró con expresión cautelosa.

Era un hombre de mediana edad, de complexión robusta y con el cabello gris, que había trabajado para lord Duncan durante más de veinte años.

Desde su primera reunión, Edward había sentido que el hombre lo evaluaba de manera constante, por no hablar de la hostilidad que había notado en él cada vez que hablaba.

—Milord, ha solicitado verme.

—Sí, Hamish. Siéntese, por favor. —Edward indicó la silla vacía frente al escritorio—. He estado revisando los registros de la cosecha del año pasado y tengo algunas preguntas.

Hamish se irguió con rigidez.

—Por supuesto, milord.

—Veo que los campos del este produjeron bastante menos de lo que deberían para su tamaño. ¿Hay algún problema con la calidad del suelo?

—El suelo está bien, milord. Es solo que..., bueno, esos campos siempre han rendido así.

Edward se recostó en su silla, estudiando al hombre.

—Pero ¿habéis considerado poner en práctica la rotación de cultivos? O tal vez fertilizantes diferentes. En mis propiedades en Inglaterra, hemos visto mejoras significativas con métodos más modernos.

La expresión de Hamish se endureció de manera casi imperceptible.

—Con todos mis respetos, milord, esto no es Inglaterra ni estos son campos ingleses. En las Highlands tenemos nuestras maneras de hacer las cosas y han funcionado durante generaciones.

—Entiendo la importancia de la tradición, Hamish, pero también veo que podríamos implementar mejoras que podrían beneficiarnos a todos. Más productividad significa más prosperidad para los arrendatarios.

—Los arrendatarios están contentos como están, milord. No necesitan que nada cambie en sus vidas y su trabajo.

Había algo en el tono de Hamish que sugería que no estaba hablando solo de métodos agrícolas. Edward sintió cómo la frustración crecía en su pecho.

—¿Ha hablado con ellos sobre esto? ¿Les ha preguntado si estarían interesados en probar nuevos métodos?

—No hace falta preguntarles, milord. Los conozco desde que eran niños. Sé lo que piensan.

Edward se puso de pie y caminó hacia la ventana que daba a los campos en cuestión. Podía ver a los trabajadores en la distancia, siguiendo las mismas rutinas que habían seguido sus padres y abuelos.

—Hamish, entiendo que mi llegada representa un cambio. Entiendo que las cosas han funcionado de cierta manera durante mucho tiempo. Pero, como nuevo señor de estas tierras, tengo la responsabilidad de asegurar su prosperidad futura.

—Lord Duncan nunca vio la necesidad de cambiar nada.

La manera en que Hamish dijo lord Duncan llevaba una clara implicación: Duncan había sido uno de ellos y Edward no lo era.

—Lord Duncan era un buen hombre y un señor querido —dijo Edward—. Pero eso no significa que no haya espacio para mejoras.

Hamish se puso de pie también.

—¿Me está diciendo que lord Duncan no sabía cómo gestionar sus propias tierras?

—Estoy diciendo que los tiempos cambian y que debemos cambiar con ellos o quedaremos atrás.

—Tal vez esa sea la manera inglesa de ver las cosas, milord. Pero aquí, en Escocia, valoramos la lealtad a las tradiciones que nos han servido bien.

La tensión era palpable. Edward se dio cuenta de que había alcanzado un punto de impasse , al menos por el momento.

—Muy bien, Hamish. Por ahora, continuaremos con los métodos actuales. Pero quiero que prepare informes detallados sobre la productividad de cada sección.

—Por supuesto, milord.

—Puedes retirarte.

Hamish hizo una reverencia y se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo en el umbral.

—Milord, si me permite decir algo.

—¿Sí?

—La gente aquí respetaba a lord Duncan porque entendía que ser señor de estas tierras es más que solo números en un libro de cuentas. Se trata de la gente, de las familias que han vivido aquí durante generaciones. Espero que usted también llegue a entender eso.

Cuando Hamish se marchó, Edward se dejó caer en su silla sintiendo como si hubiera perdido una batalla que ni siquiera sabía que estaba librando.

***

Esa tarde, Edward salió a cabalgar por las propiedades, intentando verlas con otros ojos.

El paisaje era hermoso. Colinas ondulantes cubiertas de brezo púrpura, arroyos cristalinos serpenteando entre las rocas y el ganado típico escocés con su pelaje largo y cuernos imponentes pastando en los prados.

Pero también podía ver el potencial desaprovechado por todas partes. Tierras que podrían ser drenadas para la agricultura, bosques que podrían ser gestionados de manera más eficiente y estructuras que necesitaban reparaciones urgentes.

Se detuvo cerca de un grupo de cabañas donde vivían algunos de los arrendatarios. Los edificios eran sólidos, pero muy antiguos, con techos de paja que necesitaban una imperiosa renovación y ventanas pequeñas que apenas dejaban pasar la luz.

Un hombre mayor salió de una de las cabañas al ver que se acercaba. Edward lo reconoció como Angus Campbell, el hermano de la señora Campbell y uno de los arrendatarios más antiguos. Había ayudado con todos los preparativos del cortejo fúnebre.

—Buenos días, señor Campbell.

—Milord. —Angus hizo una inclinación mínima.

—Espero que su familia esté bien.

— Aye , estamos bien, milord. Gracias por preguntar.

Edward desmontó e intentó tener un acercamiento más fructuoso que el de hacía unas horas con Hamish.

—He estado revisando las propiedades. ¿Han tenido algún problema este año? ¿Algo que necesite atención?

Angus lo miró con desconfianza.

—Todo está como siempre, milord.

—¿Y el techo de su cabaña? ¿Necesita alguna reparación?

—Ha estado así durante años.

—Pero podríamos mejorarlo. Hacer que sea más confortable para su familia, así, cuando lleguen las lluvias y el frío, tendrá mejor aislamiento.

—No necesitamos caridad inglesa, milord.

Las palabras fueron como una bofetada para Edward, que se quedó inmóvil, procesando no solo las palabras, sino el desdén con el que habían sido pronunciadas.

—No estaba ofreciendo caridad, señor Campbell. Estaba hablando de mejoras necesarias para las propiedades.

—Lord Duncan nunca vio la necesidad de cambiar nada.

Ahí estaba de nuevo esa comparación. Edward comenzó a entender que no era solo resistencia al cambio lo que estaba enfrentando, sino resistencia a él en concreto.

—Entiendo que soy nuevo aquí —dijo—. Espero que con el tiempo...

—Con todos mis respetos, milord —interrumpió Angus—, usted puede ser el marido de lady Catriona, pero estas tierras están en nuestra sangre. Hemos vivido aquí durante generaciones y esperamos seguir viviendo aquí mucho después de que usted haya regresado a Inglaterra.

Estaba claro: pensaban que la presencia de Edward era temporal, alguien que ejercería control por un tiempo, pero que antes o después se cansaría y se marcharía, dejando que las cosas volvieran a como habían sido siempre.

—Señor Campbell, no tengo intención de abandonar estas tierras. Son tan parte de mi familia ahora como de la suya.

Angus lo estudió durante un largo momento.

—Como guste, milord. Con su permiso, tengo mucho trabajo que hacer.

Edward se quedó pasmado, viendo cómo el arrendatario se daba media vuelta y entraba en la cabaña. Lo tenía difícil, sin duda; iba a ser mucho más complicado de lo que esperaba poder gestionarlo todo como estaba seguro de que le gustaría a Catriona.

***

Cuando Edward regresó al castillo esa tarde, encontró a Catriona en el salón principal junto a su amiga Charlotte, que la visitaba a diario desde su regreso a Escocia.

Al verlo entrar, sonrió, pero la sonrisa se desvaneció cuando notó su expresión.

—¿Una tarde difícil? ¿Te ha resultado duro cabalgar por estas tierras?

Edward se dejó caer en una silla frente a ellas, pasándose una mano por el cabello.

—Podría decirse así: parece que cada sugerencia que hago a los arrendatarios es vista como una crítica o una imposición de métodos ingleses inaceptables.

Catriona miró a su amiga y esta se levantó.

—Vendré mañana a verte, Catriona.

—Ten cuidado al volver, Charlotte. Está anocheciendo.

Cuando Charlotte salió del salón, Catriona se acercó a su marido, se sentó a su lado y le cogió la mano.

—Edward, tienes que entender que la gente aquí ve el cambio de señor como una amenaza. Han vivido siempre igual durante generaciones, sin diferencia alguna en su rutina.

—Eso lo entiendo, pero también veo que estas tierras podrían ser mucho más productivas con mejoras bastante sencillas.

—¿Quién ha pedido esas mejoras? ¿La gente que vive y trabaja aquí o tú?

Edward la miró con sorpresa ante el tono de su pregunta.

—Pensé que estarías de acuerdo en que las mejoras serían beneficiosas para todos.

—Las mejoras pueden ser beneficiosas, sí. Pero solo si la gente las quiere y las entiende. No puedes imponer cambios porque crees que son mejores.