Capítulo 19
C atriona
Highlands escocesas
Lady Catriona, marquesa de Ashworth —todavía le resultaba extraño pensar en sí misma con ese apellido—.
Observaba por la ventanilla del carruaje cómo el paisaje londinense daba paso a las colinas del norte de Inglaterra.
Habían partido de Londres dos días después de la boda, lo que habían tardado en hacer los preparativos para el viaje a Escocia.
Edward iba sentado frente a ella, leyendo correspondencia relacionada con sus propiedades que había llegado el día anterior, pero Catriona había notado que la miraba de reojo con frecuencia, como para asegurarse de que estaba ahí.
Seguía costándole creer que la amara, que su matrimonio fuera algo más que un arreglo que había resultado ser mutuamente satisfactorio.
—¿En qué piensas? —preguntó Edward, dejando a un lado las cartas.
—En mi tío. En lo que encontraremos cuando lleguemos.
Edward se movió para sentarse a su lado en el carruaje, tomando una de sus manos enguantadas entre las suyas.
—Pase lo que pase, no estarás sola. Estoy aquí contigo.
Catriona se recostó contra su hombro, sintiendo cómo se relajaba al momento. En los pocos días que llevaban casados, había llegado a depender de la tranquilidad que Edward le infundía de manera inimaginable.
—Tengo miedo de que sea demasiado tarde —admitió—. De que haya muerto antes de que podamos llegar.
—Por lo que cuenta mi padre, tu tío es un luchador. Ha esperado toda su vida para asegurarse de que estuvieras protegida. No se rendirá hasta verte.
Las palabras de Edward la tranquilizaron, aunque no pudo eliminar por completo la ansiedad que había estado creciendo en su pecho.
Habían viajado tan rápido como los caminos lo permitían, parando solo para cambiar caballos y tomar alguna comida rápida en las posadas que encontraban.
Mientras cruzaban la frontera hacia Escocia, Catriona sintió el aire fresco, más limpio, cargado con el aroma a brezo y a tierra húmeda, que tan bien conocía.
—Es hermoso —murmuró Edward, siguiendo su mirada hacia las colinas que se extendían hasta el horizonte.
—¿De verdad? No se parece en nada a Inglaterra.
—Precisamente por eso es hermoso. Hay algo salvaje en este paisaje que resulta liberador.
Catriona lo miró con curiosidad. No esperaba que Edward, acostumbrado a los jardines diseñados y cuidados, encontrase atractivo el aspecto más rudo de las Highlands.
—Espera a verlo en invierno —dijo con una sonrisa burlona—. Entonces te parecerá inhóspito.
El carruaje comenzó a subir por el sendero serpenteante que llevaba al castillo Glenmoran, y Catriona sintió que su corazón se apretaba al ver las torres elevándose contra el cielo gris de la tarde.
Había pasado menos de cuatro meses desde que había partido, pero se sentía como si hubiera sido una vida entera.
—Es imponente —comentó Edward estudiando la estructura de piedra gris que se alzaba ante ellos a lo lejos.
—Mi tío siempre decía que había sido construido para resistir tanto a los elementos como a los enemigos. Ha pertenecido a la familia Stewart durante más de trescientos años.
Toda la responsabilidad de mantener vivo el legado de su familia recaía ahora sobre sus hombros. O, más bien, sobre los hombros de Edward, quien tendría que tomar decisiones respecto a las propiedades en su nombre.
El carruaje se detuvo en el patio principal y Catriona reconoció las figuras de MacLeod y la señora Campbell que estaban esperando en los escalones de la entrada. La mujer había envejecido en los pocos meses que habían pasado desde su partida.
—Lady Catriona —dijo MacLeod cuando bajó del carruaje, haciendo una reverencia—. Bienvenida a casa, milady. Usted debe ser lord Edward.
—Señora Campbell, MacLeod, este es mi esposo, lord Edward Ashworth, marqués de Ashford. Edward, la señora Campbell ha sido como una segunda madre para mí desde que llegué aquí. MacLeod es el mayordomo y la ayuda de cámara de mi tío.
Edward se inclinó cortésmente.
—Es un honor conocerlos.
—El honor es mío, milord. —La señora Campbell los guio hacia la entrada—. El señor ha estado esperando su llegada. El médico dice que se ha mantenido con vida solo para despedirse de usted, señorita.
Catriona sintió que las lágrimas se agolpaban en sus ojos, pero las contuvo. Necesitaba ser fuerte.
—¿Cómo está?
—Muy débil, milady. Pero consciente y lúcido. Insistió en que lo vistiéramos para su regreso.
Subieron por la escalera de piedra que Catriona había subido y bajado miles de veces durante su juventud. Los tapices familiares seguían colgando de las paredes y los retratos de sus antepasados la observaban desde sus marcos dorados.
Se detuvieron frente a la puerta del dormitorio principal y la señora Campbell golpeó la puerta con suavidad.
—Señor, lady Catriona y lord Edward han llegado.
—Hacedlos pasar —dijo una débil voz desde el interior.
Catriona respiró hondo antes de entrar, Edward la siguió de cerca. La habitación estaba en penumbra, con las cortinas corridas y solo unas pocas velas proporcionando luz. En la cama con dosel estaba su tío o, más bien, una sombra de lo que había sido.
El shock de verlo así fue como si le diesen un puñetazo. El hombre robusto y vital que recordaba había sido reducido a una figura frágil, con la piel pálida, casi transparente, y los ojos hundidos. Pero cuando la vio, su rostro se iluminó con algo de su antigua vitalidad.
—Catriona, mi querida niña.
—¡Tío Duncan! —Se acercó a la cama y tomó una de sus manos, sorprendida por lo fría que estaba—. Hemos venido tan rápido como pudimos.
—Sabía que vendrías. —Los ojos de Duncan se movieron hacia Edward con dificultad—. Y este debe ser tu marido.
Edward se acercó e hizo una reverencia respetuosa.
—Lord Duncan, es un honor volver a verle. Lamento que sea bajo estas circunstancias.
—Tonterías, muchacho. Estas son las mejores circunstancias posibles. Mi sobrina está casada con un hombre honorable, además, hijo de uno de mis mejores amigos, y gracias a eso puedo partir de este mundo en paz.
Duncan estudió a Edward.
—¿La amas?
—Con todo mi corazón —respondió Edward sin vacilar.
—¿Y la tratarás bien? ¿Protegerás tanto su felicidad como su herencia?
—Con mi vida.
Duncan asintió satisfecho.
—Bien. Eso es todo lo que puedo pedir.
Se volvió de nuevo hacia Catriona y su expresión se suavizó.
—Siéntate aquí, querida. Hay cosas que quiero decirte.
Catriona se sentó en el borde de la cama, sin soltar la mano de su tío. Edward se retiró con discreción hacia la ventana, dándoles privacidad para su despedida.
—No llores —murmuró Duncan cuando vio las lágrimas que habían comenzado a rodar por las mejillas de Catriona—. He vivido una vida plena y he tenido el privilegio de cuidarte y verte convertirte en la mujer extraordinaria que eres hoy.
—Te voy a echar mucho de menos —susurró ella.
—Y yo a ti. Pero vas a estar bien, Catriona. Tienes un buen hombre que te ama y tienes la fuerza de toda la familia Stewart corriendo por tus venas. Vas a ser feliz.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
Duncan sonrió.
—Porque te he visto mirarlo. Es la misma manera en que tu madre miraba a tu padre. El amor verdadero es un regalo extraño, querida niña, y vosotros lo habéis encontrado.
Cuando comenzó a oscurecer, Duncan se quedó dormido. Catriona le dio un beso y se retiró prometiéndole regresar por la mañana.
Pero casi al amanecer, mientras todavía yacía en los brazos de Edward en su antigua habitación, la señora Campbell la despertó para anunciarle que su tío había fallecido. MacLeod hizo sonar la campana del castillo que anunciaba una muerte en la familia.
Duncan Stewart, marqués de Glenmoran, había muerto en paz durante las primeras horas del amanecer.
***
El día siguiente pasó volando. Catriona se preparó para recibir el pésame mientras manejaba los cientos de detalles que acompañan a la muerte de un marqués.
Edward se encargó de muchas de las responsabilidades administrativas, trabajando con el abogado y administrador de su tío, para entender las complejidades del testamento y las propiedades.
Catriona sabía que este momento llegaría, se había preparado para él, pero la realidad de estar sola en el mundo, excepto por Edward, la golpeaba en lo más profundo de su alma.
El funeral se celebró en la pequeña iglesia de piedra del pueblo.
Todo el mundo asistió para presentar sus respetos.
Su tío era querido por sus familiares, arrendatarios y empleados, y Catriona se sintió abrumada por las expresiones de dolor y las historias sobre la bondad de su tío que la gente compartía con ella.
Edward permaneció a su lado durante toda la ceremonia, fue como un pilar silencioso donde poder apoyarse. No dijo mucho, pero su presencia constante y la manera en que su mano encontraba la suya en los momentos más difíciles la sostuvieron cuando sentía que iba a desmoronarse.
Después del entierro, regresaron al castillo para la lectura formal del testamento. No había sorpresas. Catriona heredaba todo, tal como su tío había explicado.
—Lord Edward tendrá el control administrativo completo de las propiedades. Las decisiones sobre arrendamientos, mejoras, inversiones, etc., pasarán todas por él. Lady Catriona retiene la propiedad legal, pero necesita su consentimiento para cualquier transacción.
Edward asintió.
—Los arrendatarios están ansiosos de conocer sus planes. Ha habido cierta preocupación sobre si un inglés entendería la manera escocesa de hacer las cosas.
Catriona, que había estado escuchando desde un sillón junto a la chimenea, se tensó.
—Quiero conocer a todos los capataces —dijo Edward—. Mañana, si es posible. No puedo tomar decisiones sobre las propiedades sin entender cómo ha funcionado hasta ahora.
—Por supuesto, milord. Organizaré las reuniones.
***
Esa noche, mientras se preparaba para acostarse, Catriona miró por la ventana hacia los páramos que se extendían hasta el horizonte.
—¿Lamentas haber venido? —le preguntó a Edward cuando este se acercó por detrás y le puso las manos en sus hombros.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque ahora ves la realidad de lo que has heredado. No es solo una dote considerable, Edward. Es una responsabilidad enorme hacia los cientos de personas que dependen de estas tierras para su sustento.
Edward la giró para que lo mirara de frente.
—Catriona, ¿de verdad piensas que me asustan las responsabilidades? He estado preparándome toda mi vida para manejar un ducado. Comparado con eso, gestionar Glenmoran será complicado, pero no imposible.
—Pero es diferente. Las tradiciones, las lealtades, la manera en que se hacen las cosas... tienen mucho peso aquí.
—Entonces, tendré que aprender. Tengo a la mejor maestra, después de todo.
Catriona sintió que algo se relajaba en su pecho.
—¿De verdad estás dispuesto a dividir nuestro tiempo entre Inglaterra y Escocia?
—Estoy dispuesto a vivir donde tú seas feliz. Y sospecho que eso significa pasar un tiempo considerable aquí.
La besó y Catriona se permitió creer, por primera vez, que tal vez podría salir bien después de todo.
Su tío había muerto en paz, sabiendo que ella estaba protegida. Tenía un marido que la amaba y que estaba dispuesto a asumir las responsabilidades. Y tenía un hogar; bueno, dos hogares, donde podría construir una vida feliz.
Era más de lo que muchas mujeres en su posición podrían esperar. Y, mientras Edward la abrazaba, Catriona se sintió agradecida por los giros inesperados que la habían llevado hasta este momento.