El corazón de un marqués Capítulo 18
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Capítulo 18

E dward

Londres

Edward Ashworth se encontraba frente al altar de la capilla mansión donde había crecido, ajustándose los puños de su chaqueta azul marino por tercera vez en los últimos cinco minutos.

La pequeña capilla, con sus ventanales que filtraban la suave luz matutina, había sido la elección perfecta para una ceremonia íntima.

Solo estaban presentes las personas más cercanas a la familia: sus padres, Isabella, James y lady Pemberton, junto con algunos pocos amigos íntimos.

Las circunstancias exigieron rapidez. Había conseguido un permiso especial para celebrar la boda. Se casaría con la mujer de la que se había enamorado, aunque ella creyera que era solo por deber.

Se volvió hacia James, que le dirigió una sonrisa tranquilizadora.

—¿Nervioso? —murmuró James.

—Como nunca lo había estado —admitió Edward en voz baja—. Pero no por las razones que imaginas.

Edward miró hacia la puerta de la iglesia, donde esperaba que en cualquier momento apareciese Catriona.

—Catriona cree que esto es solo un arreglo, un matrimonio de conveniencia. Y no sé cómo convencerla de lo contrario.

—Dale tiempo, Edward.

Antes de que Edward pudiera responder, notó cómo la puerta se abría y sintió que el aliento se le cortaba al ver a Catriona.

Caminaba del brazo de su padre, quien había insistido en llevarla hasta el altar en representación de su amigo.

Llevaba un vestido de seda marfil, que su madre había conseguido en tiempo récord, con encaje en el escote y las mangas, y un velo de la abuela de Edward.

Catriona lucía su broche de plata en el pecho, su único toque personal en el atuendo tradicional.

Pero lo que le quitó el aliento no fue la belleza del vestido, sino la expresión de su prometida.

Había serenidad y decisión en su rostro, aunque a su vez parecía triste y vulnerable, lo cual hizo que Edward quisiera correr por el pasillo para tomarla en sus brazos y asegurarle que todo iba a ir bien.

Sus ojos se encontraron cuando ella llegó al altar y le sonrió. Su sonrisa, desde ese momento, sería solo para él.

El reverendo Matthews, un hombre mayor con una voz profunda, comenzó la ceremonia con las palabras tradicionales.

Edward respondió en los momentos apropiados, pero su atención estaba centrada en Catriona.

En la manera en que sus manos temblaban mientras sostenía su ramillete de flores del jardín, en cómo se mordía el labio inferior cuando estaba concentrada y en el rubor delicado que coloreaba sus mejillas.

Edward se volvió hacia ella, tomó sus manos enguantadas entre las suyas y pronunció sus votos. Cuando fue el turno de Catriona, su voz sonó clara y firme. Deslizó la alianza de oro en el dedo de Catriona, notando que encajaba como si hubiera sido hecha para ella.

Cuando el reverendo terminó, Edward se acercó a Catriona, levantó el velo despacio, dándole tiempo para apartarse si lo deseaba. Pero ella permaneció inmóvil, mirándolo con esos ojos verdes que lo habían cautivado desde su primera conversación en la biblioteca.

Edward había planeado un beso casto y apropiado para la iglesia.

Pero, en el momento en que sintió la suavidad de los labios de Catriona sobre los suyos y la manera en que suspiró contra su boca, tuvo que hacer acopio de todo su autocontrol para contenerse y que no fuese inapropiado para un lugar sagrado como en el que se encontraban.

Cuando se separaron, Catriona tenía las mejillas sonrosadas y una expresión de asombro que hizo que el corazón de Edward se alborotase.

Los siguientes minutos fueron un torbellino de emociones. Lady Catherine lloraba de felicidad, Isabella saltaba de emoción y hasta su padre parecía complacido. Pero Edward solo tenía ojos para su esposa. Su esposa. La palabra resonaba en su mente con satisfacción.

***

La recepción había sido pequeña pero elegante. La habían celebrado en el salón principal de la mansión Ashworth. Lady Catherine había logrado crear una atmósfera mágica con flores frescas, velas y una cena exquisita preparada por el chef francés que había contratado para la ocasión.

Edward había observado a Catriona durante toda la celebración, notando cómo sonreía y conversaba con los invitados, pero también percibiendo la tensión en su postura y la manera en que sus dedos jugaban con el broche de su vestido cuando creía que nadie la miraba.

Ahora, mientras los últimos invitados se despedían, Edward sintió que sus propios nervios comenzaban a aflorar. La noche de bodas. El momento en que al fin estarían solos como marido y mujer.

Se retiró a su habitación, que a partir de ese momento sería su habitación matrimonial, para darle tiempo a Catriona de prepararse.

Su antiguo dormitorio de soltero había sido transformado en una suite nupcial elegante, con una cama con dosel, cortinas nuevas en azul y oro, y flores frescas.

Los sirvientes habían estado trabajando sin cesar para que todo estuviese dispuesto lo mejor posible.

Edward se había quitado la chaqueta y el chaleco, quedándose solo con la camisa blanca y los pantalones, cuando escuchó un suave golpe en la puerta que conectaba su habitación con lo que anteriormente había sido el dormitorio de Catriona.

—Adelante —dijo y su voz sonó más ronca de lo que había pretendido.

La puerta se abrió un poco y Catriona apareció en el umbral. Edward sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Llevaba un camisón de blanco, que Lucy había preparado para la ocasión. Su cabello había sido liberado del elaborado peinado que había lucido para la boda y caía en ondas suaves sobre sus hombros.

—¿Puedo entrar? —preguntó en un susurro.

—Por supuesto. Desde hoy, esta también será tu habitación.

Catriona puso cara de sorpresa. Entró y cerró la puerta. Se quedó de pie cerca de la entrada, con las manos entrelazadas frente a ella, sin saber muy bien qué hacer a continuación.

—Pensaba que dormiríamos en habitaciones separadas.

—¿Es así como lo prefieres? —preguntó Edward con cautela.

—Creo que no. Es que he escuchado que la mayoría de los matrimonios duermen separados.

—Nosotros podemos hacerlo como desees.

—Juntos está bien —dijo Catriona mirando a su alrededor—. Es un dormitorio muy espacioso y bonito.

—Gracias. Puedes redecorarlo, si gustas, como prefieras.

Edward se acercó despacio, deteniéndose a una distancia que tranquilizase a Catriona en lugar de intimidarla.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

—Nerviosa —admitió ella con una pequeña sonrisa temblorosa—. Pero bien. La boda ha sido perfecta, Edward. Gracias por hacer que fuera especial a pesar de las circunstancias y el poco tiempo que hemos tenido para prepararla.

—No tienes que agradecerme nada. Yo también quería que fuera perfecta para ti.

Se quedaron mirándose durante un momento y Edward pudo ver la incertidumbre en los ojos de ella.

—Catriona, quiero que sepas que no hay ninguna prisa. No tenemos que hacer nada esta noche. Podemos ir tan lento como necesites.

Algo en su postura se relajó.

—Eres muy amable.

—No es amabilidad. Es amor.

Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas y vio que los ojos de Catriona se abrían ante sus palabras.

—Edward...

—Sé que no me crees —continuó, acercándose un paso más—.

Piensas que me casé contigo por deber hacia mi padre y entiendo por qué lo haces.

Pero la verdad es que me enamoré de ti mucho antes de que llegase la carta de tu tío.

Me enamoré de tu inteligencia cuando hablamos en la biblioteca, de tu risa cuando te vi jugar con Isabella por primera vez y de la manera en que dices lo que piensas sin disculparte por ello.

—¿De verdad?

Dio unos pasos hasta que estuvo lo bastante cerca como para tocar su mejilla.

—Eres mi esposa porque te quiero, no porque sea conveniente.

—Pero la carta de mi tío y lo apremiante en ella... ¿no tuvieron nada que ver?

—La carta solo me dio el valor para tomar decisiones sobre los sentimientos que ya tenía. —Acarició su mejilla con el pulgar—. Te amo, Catriona. Y espero que algún día puedas llegar a amarme también.

Los ojos de Catriona se llenaron de lágrimas, pero sonrió de una manera que transformó su rostro.

—Oh, Edward. Yo ya te amo. He estado enamorada de ti durante semanas, pero pensé que era imposible que sintieras lo mismo.

Edward sintió que algo estallaba de felicidad dentro de él. Sin decir una palabra más, se inclinó y la besó, esta vez con toda la pasión que había estado conteniendo desde que se besaron en la capilla.

Catriona respondió con una dulzura que lo desarmó por completo. Levantó los brazos para rodear su cuello y Edward la atrajo hacia sí, sintiendo la calidez de su cuerpo a través de la tela del camisón.

—No quiero esperar —susurró Catriona—. Eres mi esposo, te amo y esta es nuestra noche de bodas. Solo ten paciencia conmigo. No sé muy bien qué hacer.

Edward la alzó en brazos, sonriendo cuando ella ahogó una exclamación de sorpresa, y la llevó hacia la cama. La depositó sobre las sábanas y se sentó en el borde del colchón, tomando una de sus manos entre las suyas.

—¿Estás segura? —preguntó, su voz ronca de emoción contenida—. Podemos esperar.

Catriona asintió.

—Te prometo que iremos despacio.

Se inclinó para besarla de nuevo y esta vez ella respondió con pasión.

Las siguientes horas pasaron en una neblina de descubrimiento mutuo.

Edward se tomó su tiempo, explorando cada reacción de Catriona, cada suspiro y estremecimiento, enseñándole los misterios de la intimidad que estaban construyendo esa noche.

Sus manos la acariciaron con reverencia, como si fuera algo precioso y frágil, mientras sus labios exploraban la suave piel de su cuello, sus hombros, la curva de su clavícula... No dejó ningún rincón por recorrer.

Catriona, por su parte, exploró el pecho de Edward cuando él se quitó la camisa, maravillándose de la musculatura y la calidez que encontró allí.

—Eres tan hermosa —murmuró Edward contra su oído y sintió como ella se estremecía de placer ante sus palabras.

Cuando se unieron como marido y mujer, Edward fue muy paciente. Deteniéndose cada vez que notaba que ella se tensaba, susurrando palabras de amor y tranquilizándola hasta que sintió que se relajaba en sus brazos.

—Te amo —susurró Catriona acurrucada contra el pecho de Edward.

—Y yo te amo a ti —respondió Edward mientras acariciaba su espalda con movimientos suaves y reconfortantes.

Se quedaron despiertos mucho tiempo después, hablando en susurros sobre cómo había ido el día, sobre sus planes para dividir tiempo entre Londres y Glenmoran y los sueños de ambos. Al final, se durmieron entrelazados en los brazos del otro.

Por primera vez desde que había conocido a Catriona Stewart, Edward se durmió en paz, sabiendo que la mujer a la que amaba le correspondía y que nunca se separaría de ella.