El corazón de un marqués Capítulo 17
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Capítulo 17

C atriona

Londres

Catriona se encontraba en el invernadero de la mansión Ashworth observando las gotas de lluvia que resbalaban por los cristales mientras intentaba calmar la turbulencia de sus pensamientos.

El día era tan gris como su ánimo. Habían pasado varias horas desde su encuentro con el conde de Fairmont y todavía sentía la tensión dentro de ella.

La decisión de rechazar su proposición había sido instintiva, pero ahora, al volver a leer la carta de su tío, se preguntaba si había sido sensata. ¿Cuántas oportunidades más tendría de encontrar marido esa temporada?

Se llevó una mano al broche de plata de su madre, que cerraba el chal y caía sobre sus hombros, en un intento de sentirla cerca.

—¿Lady Catriona?

Se volvió al escuchar la voz de Edward, que había entrado en el invernadero. Llevaba un traje de tarde azul marino y parecía serio.

—Lord Edward. —Se incorporó en el banco donde estaba sentada—. No lo esperaba.

—¿Puedo acompañarla?

—Por supuesto. El banco es lo suficientemente grande para dos personas.

Edward se sentó en el otro extremo, manteniendo una distancia apropiada, pero lo bastante cerca para que pudiera percibir el sutil aroma de su perfume.

—Mi padre me ha contado sobre la visita del conde esta mañana.

Catriona notó calor en sus mejillas.

—Las noticias vuelan.

—Discúlpeme. No era mi intención entrometerme. Solo quería asegurarme de que se encontraba bien. Rechazar una proposición de matrimonio no debe de ser fácil.

Catriona lo miró con sorpresa. Había esperado algún tipo de reproche, pero no comprensión.

—¿No piensa que he sido una necia por rechazarle?

—Todo lo contrario. Creo que ha demostrado una gran valentía.

El alivio que sintió casi la dejó sin aliento.

—Gracias por decir eso. He estado preguntándome si he tomado la decisión correcta, sobre todo después de leer la que podría ser la última carta de mi tío.

—Lo siento mucho, Catriona. Sé lo mucho que significa para usted.

Catriona tuvo que luchar contra la necesidad de dejarse caer contra su hombro y buscar consuelo en su fortaleza al escuchar su nombre de sus labios.

—Dice que le quedan días, tal vez una semana. Y me recuerda que debo tomar una decisión pronto sobre mi futuro.

—¿Por eso parece tan preocupada por haber rechazado al conde?

—En parte. Mi tío tiene razón sobre la urgencia de la situación. Sin un matrimonio, las propiedades de Glenmoran quedarán en una situación legal complicada y yo me quedaré sola.

Su voz se quebró y tuvo que apartar la mirada de él para recomponerse.

—No estará sola.

Catriona lo miró de nuevo.

—¿Qué quiere decir?

—Por favor, si le parece bien podemos tutearnos, nos conocemos de hace un tiempo y me gustaría pensar que no la he ofendido antes al tutearla. —Si iba a declararse, prefería hacerlo desde la cercanía.

Catriona sonrió.

—Quiero decir que hay otras opciones, además del conde Fairmont. Otras personas que te valoran por quien eres, no solo por tu herencia

—He estado pensando mucho últimamente. Sobre ti, sobre mí, sobre lo que he sentido desde que te conozco. —Se acercó un poco más a ella en el banco—. Al principio, admito que tu presencia me pareció una complicación. Una responsabilidad más que asumir.

Catriona sintió una punzada de dolor ante esta confesión, pero Edward continuó antes de que pudiera reaccionar.

—Eso cambió. No sé cuándo, tal vez fue durante nuestra conversación en la biblioteca o mientras bailábamos, pero cambió.

Dejaste de ser una responsabilidad y te convertiste en alguien a quien esperaba ver cada mañana.

Alguien cuyas opiniones me interesan y cuya felicidad se ha vuelto importante para mí.

El aire del invernadero parecía haberse vuelto más denso.

—¿Qué estás diciendo?

Edward se levantó del banco y se colocó frente a ella, tomando una de sus manos entre las suyas.

—Estoy diciendo que la idea de que te cases con otro hombre me resulta insoportable. Y, si me aceptaras, me sentiría honrado de ser tu esposo.

La mente de Catriona se llenó pensamientos contradictorios.

Lo último que se había imaginado era tener dos propuestas de matrimonio en un día.

Edward era un hombre honorable, más que capaz de manejar las responsabilidades de Glenmoran, y ella estaba enamorada de él.

Sin embargo, una idea se cruzó en su mente.

—Es por la carta de mi tío, ¿verdad? —Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas—. Tu padre te ha hablado de la situación tan nefasta de mi tío y has decidido que el matrimonio conmigo sería una solución conveniente para todos.

La expresión de Edward cambió de inmediato.

—¿Qué? No, Catriona, eso no es...

—No pasa nada, Edward. —Se puso de pie también, forzando una sonrisa que esperaba fuera convincente—. Lo entiendo. Eres un hombre honorable cumpliendo con su deber hacia un viejo amigo de su padre. Es admirable.

—Catriona, por favor, no es eso. No te confundas.

Pero ella había llegado a sus propias conclusiones y parecían encajar demasiado bien para ser pura coincidencia. La urgencia de Duncan, la proposición de Edward el mismo día en el que había rechazado al conde y se habían enterado del empeoramiento de su tío...

—Acepto la proposición. Será un honor convertirme en su esposa.

—¿Estás segura? Porque parece como si hubieras aceptado una sentencia en lugar de una proposición de matrimonio.

—Estoy siendo práctica, nada más. Ambos sabemos que este matrimonio nos conviene a los dos por muchas razones. No necesitas endulzar la situación con declaraciones románticas.

—Catriona...

—De verdad, Edward. Aprecio tu amabilidad al intentar hacer que esto parezca algo que no es, pero no es necesario. Podemos tener un matrimonio respetuoso y apropiado basado en el afecto que podemos llegar a sentir.

Edward asintió.

—Si eso es lo que prefieres.

—Es lo que prefiero.

Era una mentira, por supuesto. Lo que prefería era que Edward la amara, que su proposición hubiera surgido de sentimientos verdaderos hacia ella en lugar de por obligación. Pero había aprendido desde muy pequeña que desear algo no significaba que fuera posible.

—Entonces, deberíamos informar a mis padres de nuestro compromiso —dijo Edward.

Catriona asintió.

Mientras caminaban de vuelta hacia la casa principal, Catriona se permitió un momento de fantasía en el que Edward la detenía, la tomaba en sus brazos y le confesaba que se había enamorado de ella. Pero Edward caminaba a su lado en silencio y su fantasía se desvaneció ante ella con rapidez.

Encontraron a William y Catherine en el salón principal conversando en voz baja. Sus expresiones se iluminaron cuando vieron entrar a Edward y Catriona juntos.

—Padre, madre —comenzó Edward con formalidad—. Catriona me ha hecho el honor de aceptar mi proposición de matrimonio.

Catherine ahogó una exclamación de alegría y se puso de pie de un salto.

—¡Qué noticias tan maravillosas!

William se acercó para estrechar la mano de su hijo.

—Felicidades, Edward. Y bienvenida a la familia, Catriona.

Catriona aceptó los abrazos y felicitaciones con toda la paciencia que pudo reunir, pero no pudo evitar notar que ni William ni Catherine parecían sorprendidos por la noticia.

—Debemos planificar la boda con rapidez —dijo Catherine, ya entrando en modo organizativo.

—Sí —convino Edward.

—Mañana iré a pedir un permiso especial de boda.

—Gracias. Me siento muy afortunada —murmuró Catriona.

Mientras la familia discutía los detalles de la boda, Catriona observó a su prometido: el hombre que había aceptado casarse con ella por deber y honor, igual que un caballero medieval cumpliendo con las órdenes de su señor.

Era lo que necesitaba, se recordó a sí misma. Un matrimonio apropiado que protegería las propiedades de Glenmoran y le daría la seguridad que su tío deseaba para ella. El hecho de que hubiera empezado a soñar con algo más carecía de importancia.

Edward era un buen hombre y sería un buen esposo. Si sus sentimientos hacia él eran más profundos de lo que sería sensato, considerando las circunstancias, eso era algo que tendría que gestionar ella sola.

Después de todo, muchas mujeres se habían casado por conveniencia y sus matrimonios habían resultado exitosos con menos ventajas que las que ella tendría. Edward era inteligente, amable y atractivo. No podía pedir más.

Escribiría a su tío para darle la noticia; eso tendría que ser suficiente por el momento.