Capítulo 16
E dward
Londres
Edward Ashworth regresó de su paseo matutino a caballo por Hyde Park con la mente más clara de lo que la había tenido en semanas. El aire fresco y el ejercicio le habían ayudado a poner en orden sus pensamientos y sentimientos.
Entregó las riendas al mozo de cuadras y se dirigió a la casa. Al entrar por la puerta principal lo recibió el mayordomo.
—Buenos días, milord. Su Gracia solicita verlo en su estudio tan pronto como regrese.
Edward frunció el ceño. Su padre rara vez lo convocaba a una hora tan temprana.
—¿Ha ocurrido algo?
—Lo desconozco, señor.
—Gracias. Iré de inmediato.
Edward se dirigió hacia el estudio de su padre, deteniéndose solo para quitarse los guantes de montar. Lo encontró sentado detrás de su mesa, con una carta abierta en las manos y una expresión sombría.
—Padre, me han dicho que querías verme.
Su padre levantó la mirada del papel y Edward notó las líneas de preocupación que marcaban su rostro.
—Edward, siéntate, por favor. Tenemos que hablar.
El tono grave de su padre confirmó los peores temores de Edward.
—¿Qué sucede?
—Malas noticias desde Escocia. Duncan me ha escrito. El médico le ha dicho que le quedan días, una semana como mucho.
—¿Lo sabe lady Catriona?
—Recibió una carta de él esta mañana también.
Edward asintió, imaginándose la angustia que debía estar sintiendo Catriona.
—¿Hay algo que podamos hacer?
William negó con la cabeza.
—Duncan no quiere que Catriona regrese a Glenmoran hasta que su futuro esté asegurado.
—Entiendo su razonamiento, pero debe ser muy duro para ella no poder despedirse de su tío.
—¿Sabes que el conde de Fairmont le ha propuesto matrimonio esta mañana?
Edward sintió que el mundo se hundía bajo sus pies.
—¿De veras? ¿Y cuál fue su respuesta?
—Lo rechazó.
Edward sonrió por primera vez desde que había comenzado la conversación
—No puedo decir que no me alegre, Fairmont nunca me ha gustado.
—Edward...
—He estado pensando en la posibilidad de casarme con Catriona —intervino Edward.
Su padre se inclinó hacia adelante.
—¿Solo es una posibilidad?
—¿Qué crees que debería hacer?
—Creo que deberías hablar con lady Catriona. No como una proposición de conveniencia impuesta por las circunstancias, sino como un hombre que quiere cuidar y amar a una mujer para el resto de su vida.
—¿Crees que ella podría sentir algo por mí?
—No soy la persona adecuada para responder esa pregunta.
—Pregúntaselo tú mismo, Edward. Pero hazlo pronto.
—Tienes razón. Voy a hablar con ella.
—¿Ahora?
—¿Por qué esperar?
William sonrió y se levantó para estrechar la mano de su hijo.
—Estoy orgulloso de ti, Edward. Creo que estás tomando la decisión correcta, tanto para ti como para Catriona.
—Espero que tengas razón.
—La tengo. Y, Edward..., cuando hables con ella, asegúrate de que entienda que esto no es solo por deber o conveniencia. Una mujer como Catriona merece saberse querida.
Mientras Edward subía las escaleras hacia su habitación para cambiarse la ropa de montar por algo más apropiado para una proposición de matrimonio, se dio cuenta de que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.
Y, por primera vez en mucho tiempo, esperaba ese cambio con alegría en lugar de temor.
La pregunta era si Catriona sentiría lo mismo.