Capítulo 15
C atriona
Londres
Lady Catriona Stewart estaba despierta desde mucho antes del amanecer. Había pasado la mayor parte de la noche dando vueltas en la cama, reviviendo cada momento del baile con Edward en casa de los Blackwood.
Se incorporó contra las almohadas y se llevó una mano a los labios, recordando la manera en que Edward había sonreído cuando ella había usado su nombre de pila en el jardín.
Había sido un desliz involuntario, fruto de la intimidad del momento bajo las estrellas, pero él no la había corregido.
En lugar de eso, algo había cambiado en su expresión, algo que había hecho que el corazón de Catriona se acelerara.
Cuando el conde de Fairmont la había invitado a bailar la noche anterior, había sentido frío; sin embargo, con Edward sentía calidez.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus cavilaciones.
—Adelante.
Lucy entró con una sonrisa radiante.
—Buenos días, milady. ¿Ha dormido bien?
—Bastante bien; gracias, Lucy. —Catriona se incorporó.
—Su Gracia y lady Catherine están desayunando en el comedor. Lord Edward salió temprano para montar en Hyde Park, y lady Isabella está en la sala de estudio con su institutriz.
Catriona asintió mientras Lucy la ayudaba a arreglarse.
Edward había mencionado varias veces que le gustaba montar por las mañanas cuando Londres estaba tranquilo, antes de que las calles se llenasen del bullicio del ajetreo característico de la ciudad.
Ella echaba de menos con toda su alma cabalgar como amazona a lomos de su caballo por los páramos.
—Lucy, ¿ha llegado alguna correspondencia para mí?
—Sí, milady. Una carta de Escocia. —Lucy sacó un sobre del bolsillo de su delantal y se la entregó.
El corazón de Catriona se aceleró cuando reconoció la letra irregular de su tío. Sus cartas habían sido menos frecuentes y, cuando llegaban, la letra parecía cada vez más temblorosa.
—Gracias, Lucy. Eso será todo por ahora.
Cuando su doncella se marchó, Catriona rompió el sello.
Mi querida Catriona:
Confío en que te encuentres bien, disfrutando de los éxitos de la temporada londinense. Lady Catherine ha sido muy amable al escribirme para preguntar sobre mi salud y para contarme sobre tus progresos. Me alegra saber que te has adaptado tan bien a la vida en Londres.
Debo ser honesto contigo, mi querida niña. Mi salud ha empeorado en las últimas semanas. El médico ya no habla de meses, sino de semanas, tal vez días. No te escribo esto para alarmarte, sino porque necesito saber que has encontrado tu lugar en el mundo antes de que yo parta junto a nuestro Señor.
Lady Catherine mencionó que varios caballeros han mostrado interés en ti, lo cual me alivia. Es de imperiosa necesidad que tomes una decisión pronto, Catriona. Las propiedades de Glenmoran necesitan protección y tú necesitas la seguridad que solo un esposo puede proporcionarte.
Por favor, no permitas que el sentimentalismo o la nostalgia interfieran en tu decisión. Un buen matrimonio es tu única garantía de seguridad y felicidad futura.
Con todas mis bendiciones,
Duncan
Catriona dejó caer la carta en su regazo con manos temblorosas mientras las lágrimas brotaban sin cesar de sus ojos.
¿Semanas? ¿Días? El tono urgente impregnaba la carta de su tío.
Su querido tío se estaba muriendo y ella estaba ahí, en Londres, asistiendo a bailes y preocupándose por si un marqués la encontraba lo suficientemente atractiva como para enamorarse de ella.
Cuando su tío muriera, estaría sola en el mundo.
Un segundo golpe en la puerta la sobresaltó.
—¿Sí? —respondió frotándose los ojos.
—Catriona, querida, ¿puedo pasar? —Era la voz de lady Catherine.
—Por supuesto.
La duquesa entró con una sonrisa que se desvaneció de inmediato al ver la expresión de Catriona.
—¿Qué ocurre, querida? Pareces alterada.
Catriona le tendió la carta sin decir palabra. Catherine la leyó con rapidez y su rostro se ensombreció.
—¡Oh, querida! —Se sentó en el borde de la cama y tomó las manos de Catriona entre las suyas—. Lo siento mucho. Sé cuánto significa tu tío para ti.
—Se está muriendo y yo estoy aquí preocupándome por vestidos y bailes —murmuró Catriona.
—Estás haciendo lo que él quiere y necesita que hagas. Duncan te envió aquí porque sabía que era lo mejor para ti. No debes sentirte culpable. No puedes evitar su destino final.
Catriona asintió, aunque el peso de la responsabilidad recaía sobre sus hombros.
—¿Crees que alguno de los caballeros que han mostrado interés...?
—¿El conde de Fairmont? —Catherine arqueó una ceja—. Es un hombre respetable, aunque anoche noté que no parecías muy entusiasmada con su atención.
Catriona se sonrojó.
—Es muy amable, pero no siento ninguna conexión con él. Cuando conversamos, tengo la impresión de que podría ser cualquier otra joven dama con una dote apropiada y le daría igual. No creo que me vea a mí como persona.
Catherine estudió su rostro con atención.
—¿Y hay alguien con quien sí sientes esa conexión de la que hablas?
El rubor de Catriona se intensificó y apartó la mirada. Pero lady Catherine era demasiado perspicaz.
—Querida, si hay alguien que ha captado tu interés, no hay nada de malo en ello. De hecho, sería maravilloso que pudieras encontrar afecto y seguridad en un matrimonio.
Antes de que Catriona pudiera responder, sonó otro golpe en la puerta.
—¿Qué ocurre ahora? —murmuró Catherine.
Lucy apareció en el umbral.
—Disculpe, Su Gracia, pero el conde de Fairmont está en el salón principal. Ha solicitado una audiencia con lady Catriona.
—¿Una audiencia? —repitió Catriona con un nudo en el estómago.
—Así es, milady.
Catherine suspiró.
—Dile al conde que lady Catriona bajará en media hora. Y asegúrate de que las puertas del salón permanezcan abiertas en todo momento.
—Sí, Su Gracia.
Cuando Lucy se retiró, Catherine se volvió hacia Catriona con expresión seria.
—El conde de Fairmont le pidió permiso ayer al duque para cortejarte. Es posible que vaya a hacerte una proposición de matrimonio.
El estómago de Catriona se contrajo.
—¿Qué debo hacer?
—Eso, querida mía, es una decisión que solo tú puedes tomar. —Catherine se acercó al armario y comenzó a examinar los vestidos—. Pero te sugiero que te vistas de manera apropiada para la ocasión. El vestido gris te dará un aire de seriedad sin parecer severa.
Catriona se levantó de la cama con las piernas temblorosas. Cuando se despertó esa mañana, no pensó que el día tomaría ese rumbo. La vida no esperaba a que una estuviera preparada para tomar decisiones importantes.
Lucy regresó para ayudarla a vestirse y, treinta minutos después, Catriona bajó las escaleras hacia el salón principal con pesar en el corazón. Lady Catherine había insistido en estar presente, así que por lo menos no estaría sola ante el conde.
El conde de Fairmont estaba de pie junto a la chimenea. Al verla entrar, realizó una reverencia.
—Lady Catherine. Lady Catriona, qué amable de vuestra parte al recibirme con tan poca antelación.
—Lord Fairmont. —Catriona hizo una reverencia.
El conde dirigió una mirada hacia Catherine
—Esperaba que pudiéramos hablar en privado.
—Me temo que eso no sería apropiado —intervino Catherine—. Pero os aseguro que seré la discreción personificada.
El conde pareció molesto, pero asintió.
—Muy bien. Lady Catriona, no soy un hombre dado a rodeos innecesarios. He venido esta mañana a solicitar su mano en matrimonio.
A pesar de saber que eso podía suceder, escuchar la proposición fría y escueta del conde hizo que Catriona se sintiese mareada.
—Lord Fairmont, no me lo esperaba.
—Puedo ofrecerle una vida de comodidad y respeto. Mis propiedades son extensas y mi posición en la sociedad está bien establecida. Creo que podríamos formar una unión muy ventajosa para ambos.
Catriona notó que no había mencionado nada sobre un posible afecto hacia ella.
—Su proposición es muy generosa.
—¿Percibo una reserva en su voz, lady Catriona?
Ella respiró hondo. Las palabras de su tío sobre la urgencia de asegurar su futuro bailaban delante de ella. Pero, cuando intentó imaginarse aceptando la proposición del conde, algo en su interior se rebeló.
—Me temo que debo declinar su ventajosa oferta, lord Fairmont.
El silencio que siguió fue tenso. El conde la miró con una expresión de sorpresa, como si la posibilidad de un rechazo no se hubiera cruzado por su mente.
—¿Puedo preguntar por qué? Creo que he sido muy claro sobre las ventajas de tal unión.
—Las ventajas son evidentes y le agradezco su consideración. Pero no creo que seamos compatibles en los aspectos más importantes de un matrimonio.
—¿Y cuáles son esos aspectos, si me permite preguntar?
Catriona sintió el calor subiendo a sus mejillas, pero se mantuvo firme.
—Creo que un matrimonio debería basarse en respeto mutuo y comprensión, en el afecto y el amor. Y, aunque respeto sus cualidades como caballero, no siento que tengamos la conexión que yo busco en un esposo.
El conde la estudió durante un largo momento y su expresión se endureció.
—Entiendo. ¿Puedo suponer que sus afectos están comprometidos en otra parte?
—Ese no es asunto suyo, lord Fairmont —intervino lady Catherine con frialdad.
—Por supuesto. —El conde hizo una reverencia rígida—. Lamento que no pueda ver las ventajas de mi proposición, lady Catriona. Espero que no lo lamente en el futuro.
—Estoy segura de que encontrará una dama que aprecie mejor lo que tiene para ofrecer, lord Fairmont.
—Sin duda. —Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo en seco y se volvió—. Le daré un consejo, lady Catriona: en Londres, una dama no puede permitirse ser demasiado selectiva. Las oportunidades no son infinitas.
—Gracias por el consejo —respondió Catriona con toda la dignidad que pudo reunir.
Cuando el conde se marchó, lady Catherine cerró las puertas del salón y se volvió hacia Catriona con expresión preocupada.
—¿Estás segura de tu decisión, querida?
—Muy segura. —Catriona se dejó caer en una silla, sintiendo como si hubiera corrido una larga distancia—. No podría casarme con un hombre que me ve como una propiedad más.
Lady Catherine se sentó frente a ella.
—Me alegra escuchar eso, porque creo que has tomado la decisión correcta. El conde Fairmont es respetable, aunque William me dijo que lo había investigado y parecía tener algunas deudas.
—Siento que os he defraudado a mi tío y a vosotros.
—Duncan quiere verte feliz y segura, y nosotros también. Un matrimonio infeliz no te daría ninguna de las dos cosas, sin importar cuán apropiado pudiera parecer en las finanzas.
Catriona asintió, pero no pudo sacudirse la sensación de que acababa de cerrar una puerta que tal vez no debería haber cerrado, considerando la urgencia de la carta de su tío.
—Creo que has sido muy valiente —dijo Catherine—. Y también creo que, cuando llegue el momento apropiado, sabrás qué decisión tomar.
—Gracias, lady Catherine. Si no le importa, creo que me vendría bien dar un paseo por el jardín para despejarme.
—Por supuesto, querida.
Mientras se dirigía hacia el jardín, intentó no pensar en lord Fairmont. Sin embargo, no pudo evitar recordar las palabras de su tío. Se estaba muriendo y ella se quedaba sin tiempo.
Tal vez lady Catherine tenía razón. Tal vez, cuando llegara el momento apropiado, sabría qué hacer. La pregunta era ¿cuánto tiempo podía permitirse esperar?