El corazón de un marqués Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Mientras Fairmont la conducía hacia la pista de baile, Edward notó la manera en que el conde colocaba su mano en la espalda de Catriona, más abajo de lo estrictamente necesario. Notó también cómo sus ojos no se apartaban del escote del vestido de ella cuando creía que nadie lo veía.

—Edward, querido —dijo su madre apareciendo a su lado—. ¿No deberías estar bailando con alguna de las otras jóvenes? Lady Amelia Thornton ha estado esperando toda la noche a que te acerques.

—No tengo interés en bailar con lady Amelia —murmuró Edward sin apartar los ojos de Catriona.

Catherine siguió su mirada y sonrió.

—Ya veo.

Durante el cotillón, Edward observó cómo Fairmont mantenía una conversación constante con Catriona, inclinándose hacia ella más de lo necesario y tocando su mano más tiempo del apropiado durante los cambios de pareja.

Vio cómo Catriona mantenía una sonrisa cortés y cómo sus ojos buscaban de vez en cuando los suyos a través de la multitud.

Cuando Catriona terminó su baile con Fairmont, este se dirigió hacia el duque, quien conversaba con un grupo de caballeros junto al gran aparador donde se servían las bebidas. Sospechando lo peor, Edward se disculpó con su madre y se acercó lo suficiente para escuchar la conversación.

—Su Gracia —le estaba diciendo Fairmont a su padre con su sonrisa más encantadora—. Esperaba poder hablar con usted sobre un asunto de cierta delicadeza.

—Por supuesto, lord Fairmont —respondió William—. ¿En qué puedo ayudarle?

—Se trata de lady Catriona. Me ha causado una impresión muy favorable. —Fairmont hizo una pausa, eligiendo sus palabras con cuidado—. Esperaba poder solicitar su permiso para cortejarla formalmente.

Edward sintió que se le helaba la sangre. Una solicitud formal de cortejo era el paso previo a una propuesta de matrimonio.

—Es muy halagador de su parte, lord Fairmont —respondió William de manera educada—. Por supuesto, la decisión final corresponde a lady Catriona, pero no veo inconveniente en principio.

—¡Excelente! Me pondré en contacto con usted mañana para organizar los detalles.

Edward observó cómo Fairmont se alejaba con satisfacción, dirigiéndose de nuevo hacia donde Catriona conversaba con un grupo de damas jóvenes.

La idea de que ese hombre pudiera cortejar a Catriona y llegar a casarse con ella, con todas las implicaciones que eso conllevaba, le resultaba insoportable.

Fue en ese momento, parado en el elegante salón de baile con el sonido de la música y las risas rodeándolo, cuando Edward Ashworth se dio cuenta de una verdad que lo golpeó como un rayo: si no hacía algo de manera inmediata, perdería a Catriona para siempre.

La revelación lo dejó sin aliento. Frente a la perspectiva real de perderla ante otro hombre, ya no podía negarse a sí mismo la verdad.

La amaba. Amaba su inteligencia, su honestidad, la manera en que sus ojos se iluminaban cuando hablaba de algo que le apasionaba.

Amaba su espíritu independiente, la lealtad hacia su tío, incluso lo testaruda que podía llegar a ser.

Amaba la manera en que trataba a Isabella con afecto, cómo conversaba con los sirvientes como si fueran personas de su mismo estatus y cómo podía discutir política con la misma facilidad con que podía describir la belleza de las Highlands.

Y la idea de que Nicholas Fairmont pudiera llevársela, de que pudiera casarse con ella y llevársela lejos de su alcance para siempre, le resultaba inaceptable.

—¿Lord Edward? —La voz de Catriona interrumpió sus pensamientos—. ¿Se encuentra bien? Parece preocupado.

Edward la miró y por un momento se sintió tentado de confesárselo todo allí mismo. Que la amaba, que no podía soportar la idea de verla con otro hombre y que quería que fuera suya para siempre.

Pero se contuvo. Era un baile público, rodeados de la flor y nata de la sociedad londinense. No era el lugar ni el momento apropiado para una declaración de tal magnitud.

—Estoy bien —respondió—. Solo pensaba en asuntos de negocios.

Catriona lo estudió con esos ojos verdes perspicaces que parecían ver más a través de él.

—¿Asuntos de negocios en un baile? Eso parece muy poco apropiado para la ocasión.

Edward no pudo evitar sonreír ante su comentario.

—Tiene razón. Es inapropiado. —Hizo una pausa—. ¿Le gustaría tomar un poco de aire fresco en la terraza? Con la debida carabina, por supuesto.

—Me encantaría.

Edward ofreció su brazo a Catriona y la guio hacia las puertas que daban a la terraza, seguidos discretamente por Catherine. El aire era fresco, pero no desagradable, y el jardín estaba iluminado con faroles que creaban un ambiente íntimo.

—Es una noche hermosa —comentó Catriona acercándose a la barandilla de piedra que daba al jardín.

—Sí, lo es. —Edward se colocó junto a ella, consciente de que Catherine se había situado a una distancia respetuosa, que les permitía cierta privacidad sin comprometer el decoro—. ¿Está disfrutando de su primera temporada social?

—Más de lo que esperaba. —Catriona lo miró de soslayo—. Edward —comenzó a decir, pero fue interrumpida por la llegada de lord Fairmont.

—¡Aquí está! —exclamó el conde, con esa sonrisa que Edward había llegado a detestar—. La he estado buscando. Lady Catriona, esperaba poder robarle unos minutos de conversación.

—Por supuesto —respondió ella con una ligera tensión en su voz.

—He hablado con Su Gracia, el duque, sobre la posibilidad de un paseo por Hyde Park —continuó Fairmont dirigiendo una mirada triunfante hacia Edward—. Está de acuerdo en que sería beneficioso para nuestro conocimiento mutuo.

Edward sintió una oleada de furia tan intensa que tuvo que apretar los puños para controlarse.

—Qué considerado de su parte —respondió Catriona.

—Excelente. Entonces, contactaré con usted mañana para organizar los detalles. —Fairmont se volvió hacia Edward con una sonrisa falsa—. Ashford, espero que no tenga inconveniente en que corteje a su encantadora invitada.

Edward sabía que, como anfitrión de la familia, si su padre había dado su aprobación, él no tenía derecho a objetar el cortejo de otro caballero hacia Catriona.

—Lady Catriona es libre de recibir las atenciones de quien ella considere apropiado —respondió Edward intentando controlar el tono de voz.

—¡Espléndido! —Fairmont ofreció su brazo a Catriona—. ¿Me haría el honor de acompañarme de vuelta al salón de baile? Creo que la siguiente pieza es una contradanza.

Mientras veía a Fairmont llevarse a Catriona de vuelta al baile, Edward se quedó parado en la terraza sintiendo como si acabara de perder la batalla más importante de su vida antes de haber tenido siquiera la oportunidad de luchar.

Su madre, que se había mantenido al margen de la conversación, se acercó y le cogió del brazo.

—Me temo que el tiempo ha expirado.

Edward lanzó una mirada cargada de ira a su madre y abandonó el baile.

Estaba dispuesto a luchar por Catriona y a arriesgar todo lo que había construido tan cuidadosamente a lo largo de su vida: su reputación como soltero empedernido, su resistencia al matrimonio y su orgullo. Lady Catriona Stewart bien valía cualquier riesgo.

La pregunta era si ella sentía lo mismo por él y si no sería demasiado tarde.