Capítulo 14
E dward
Londres
Edward Ashworth se ajustó los puños de la camisa mientras observaba el salón de baile de los Blackwood desde el umbral.
La segunda gran celebración de la temporada estaba en pleno apogeo, y la estancia brillaba con la luz de tres enormes arañas de cristal que proyectaban destellos dorados sobre las parejas que danzaban.
El aire estaba cargado con el aroma de las flores frescas, el perfume de las damas y el murmullo de conversaciones entremezcladas con la música del cuarteto de cuerda.
Era, sin duda, uno de los eventos más importantes de la temporada, y la flor y nata de la sociedad londinense se había congregado allí esa noche.
Pero Edward apenas prestaba atención a todo lo que sucedía a su alrededor. Desde su posición junto a una de las columnas de mármol que flanqueaban la pista de baile, sus ojos buscaban una figura en particular entre la multitud de damas vestidas de seda y encajes.
La encontró junto a su madre, cerca de las ventanas que daban al jardín iluminado.
Lady Catriona Stewart lucía un vestido de seda naranja confeccionado especialmente para ella, y el color realzaba de manera espectacular el verde profundo de sus ojos.
Su cabello estaba peinado en un elegante moño alto adornado con perlas pequeñas, dejando escapar algunos mechones que enmarcaban su bello rostro.
Edward se dio cuenta de que no era el único que había notado lo hermosa que estaba esa noche.
Varios caballeros habían dirigido miradas apreciativas en su dirección, y el maldito conde de Fairmont rondaba cerca como un halcón esperando su oportunidad.
A su favor jugaba el hecho de que su madre no había encontrado una carabina para acompañar a la ópera a Fairmont y Catriona, de manera que ella misma había tenido que asistir para ejercer ese papel, así que la velada no había resultado tan romántica como al conde le hubiese gustado.
Edward saludó con una inclinación de cabeza a varios conocidos mientras se abría paso entre la multitud.
Su familia había llegado hacía una hora y él había pasado la mayor parte del tiempo cumpliendo con sus obligaciones sociales: conversaciones corteses con matronas que buscaban maridos para sus hijas, intercambios triviales con otros caballeros sobre política y caballos, y los inevitables comentarios sobre el tiempo que caracterizaban estos eventos.
Pero, desde el momento en que había puesto un pie en el salón, sus ojos la habían buscado a ella.
—Edward, querido, ahí estás.
Se volvió para encontrar a su madre acercándose con una sonrisa radiante, del brazo de lady Harrington.
—Madre, lady Harrington. —Hizo una reverencia apropiada—. Una velada espléndida, como siempre.
—Los Blackwood han superado todas las expectativas —coincidió lady Harrington—. Y debo decir que vuestra protegida escocesa está causando bastante sensación. Ha bailado todas las piezas hasta ahora.
Edward siguió su mirada hacia Catriona, que en ese momento se dirigía a la pista de baile del brazo de un joven vizconde cuyo nombre no recordaba.
—Es muy popular —murmuró.
—Por supuesto que lo es —dijo Catherine con satisfacción—. Es encantadora, inteligente y tiene una herencia considerable. Los caballeros no son tan necios como para no ver en ella una buena oportunidad, ¿verdad, Edward?
—Supongo que no.
—El conde de Fairmont ha solicitado bailar con ella —añadió lady Harrington con una sonrisa conspiratoria—. Parece que tiene interés.
Edward sintió que algo en su pecho se relajaba.
—¿De veras?
—Mmm —Su madre lo estudió con ojos perspicaces—. ¿No has bailado con ella aún esta noche, Edward?
—He estado ocupado con otros compromisos sociales.
—Qué lástima. Estoy segura de que agradecería un compañero de baile familiar después de tantos desconocidos.
Era una sugerencia disfrazada y Edward la reconoció como tal. Su madre rara vez decía algo de manera casual.
—Tal vez más tarde —respondió con diplomacia.
Pero, mientras observaba a Catriona danzar, Edward se dio cuenta de que se movía con una gracia natural, que contrastaba con la precisión estudiada de muchas de las otras jóvenes damas.
Había algo espontáneo en la manera en que seguía la música, como si la sintiera en lugar de ejecutar los pasos.
Era evidente que había recibido una educación apropiada en baile, pero conservaba algo de esa libertad escocesa que la caracterizaba.
Cuando la pieza terminó, Edward se acercó al grupo de damas donde Catriona había regresado.
—Lady Hutley, lady Catriona —saludó—. Confío en que estén disfrutando de la velada.
—¡Lord Edward! —Lady Hutley lo saludó con alegría—. Qué placer verle aquí. Estábamos comentando la magnífica orquesta que han contratado los Blackwood.
—Es excelente —coincidió Edward, aunque apenas había prestado atención a la música—. Lady Catriona, ¿ha bailado mucho durante la velada?
Catriona se sonrojó.
—Los londinenses son grandes bailarines.
—Me alegra oír eso. —Edward hizo una pausa, consciente de que las otras damas los observaban con interés—. Me preguntaba si me concedería el honor del próximo baile.
El silencio que siguió fue breve pero palpable. Edward se dio cuenta de que varias conversaciones cercanas habían cesado y sintió el peso de múltiples miradas curiosas.
Catriona lo miró a los ojos por un momento que se extendió más de lo socialmente apropiado.
—Sería un honor, lord Edward.
La orquesta comenzó los primeros compases de un vals y Edward le ofreció el brazo.
Mientras la guiaba hacia la pista de baile, pudo sentir las miradas de los demás puestas en ellos dos.
Sin duda, a la mañana siguiente todo Mayfair estaría especulando sobre que el soltero de oro de la temporada, el marqués de Ashford, hubiera bailado con la pupila escocesa de su familia.
Pero, cuando puso la mano en la cintura de Catriona y sintió cómo ella colocaba la suya en su hombro, todas las preocupaciones sobre los cotilleos de la sociedad se desvanecieron.
—¿Está nerviosa? —le preguntó en voz baja mientras comenzaban a moverse al compás de la música.
—Un poco —admitió ella—. Nunca había bailado un vals con tanta gente observándome.
—No le preste atención. Solo fíjese en mí.
Catriona sonrió y Edward sintió que algo se alborotaba en su pecho.
—Eso es fácil de decir para usted. Está acostumbrado a ser el centro de atención.
—¿Cree que me gusta?
—¿No es así?
Edward la hizo girar despacio antes de responder.
—No particularmente. Prefiero la tranquilidad de una buena conversación a un baile multitudinario.
—Como la conversación en la biblioteca —dijo Catriona.
—Exacto, como en la biblioteca.
Bailaron en silencio durante algunos compases y Edward se perdió en la sensación agradable de tenerla tan cerca. Podía oler su sutil perfume, algo floral y delicado que se mezclaba con su aroma natural. Sus manos encajaban y se movía con él como si hubieran bailado juntos toda la vida.
—Los Blackwood han preparado una decoración preciosa —comentó Catriona, rompiendo el silencio que se había vuelto demasiado íntimo.
—Sí, aunque prefiero los jardines. ¿Ha tenido oportunidad de verlos?
—No, pero parecen preciosos desde las ventanas.
—Después del baile podría visitarlos. Los jardines de los Blackwood son famosos por sus rosas, incluso en esta época del año tienen algunos ejemplares floreciendo en el invernadero.
Catriona lo miró sorprendida.
—¿Me está sugiriendo que salga al jardín con usted, lord Edward?
Edward se dio cuenta de lo que implicaba y retrocedió por haber dicho algo tan impropio de él.
—Por supuesto, con la debida supervisión. Mi madre podría acompañarnos.
—Ah. —Había diversión en sus ojos verdes—. Por un momento pensé que me estaba proponiendo algo escandaloso.
—Jamás le sugeriría nada impropio, lady Catriona.
—Lo sé. Es demasiado caballeroso para eso.
Había algo en la manera en que lo dijo que hizo que Edward se preguntara si ella lo veía como algo bueno o malo. Antes de que pudiera preguntarle, se dio cuenta de que el conde de Fairmont se había acercado al borde de la pista de baile y los observaba con una expresión que no auguraba nada bueno.
—Parece que tiene un admirador persistente —murmuró Edward.
Catriona siguió su mirada y suspiró.
—El conde de Fairmont ha sido muy atento.
—¿Le molesta su atención?
—No me molesta. Es un caballero y me trata con respeto. Pero...
—¿Pero?
Catriona guardó silencio durante tanto tiempo que Edward pensó que no iba a responder. Cuando finalmente habló, lo hizo en voz tan baja que tuvo que inclinarse para escucharla.
—Pero, cuando hablo con él, tengo la sensación de que no me está escuchando.
Edward sintió una satisfacción inesperada ante esta revelación.
—¿Y eso le importa? Que la escuchen de verdad, quiero decir.
—Por supuesto que me importa. ¿No le importaría a usted?
—Sí —admitió Edward—. Me importaría mucho.
Sus miradas se encontraron y las sostuvieron durante un instante que se extendió más allá de lo apropiado para un baile público.
En ese momento, el mundo se había reducido a los ojos verdes de Catriona y a la manera en que lo miraba, como si pudiera ver a través de todas sus defensas cuidadosamente alzadas.
—Lord Edward.
—¿Sí?
—Gracias por invitarme a bailar.
—El placer es mío, lady Catriona.
La música cesó. Se quedaron inmóviles por un momento después de que los últimos compases se desvaneciesen, y luego Catriona se apartó ruborizada.
—Debo regresar.
—Por supuesto.
Edward le ofreció el brazo y la escoltó de vuelta hacia donde las damas conversaban cerca de las ventanas. Pero, antes de que pudieran llegar, el conde de Fairmont se interpuso en su camino.
—Lady Catriona. —El conde hizo una reverencia—. ¿Me haría el honor de concederme el próximo baile? Creo que es un cotillón.
Edward sintió que se le tensaban los músculos, pero no podía objetar nada sin parecer grosero.
—Por supuesto —respondió Catriona.