El corazón de un marqués Capítulo 13
53%

Capítulo 13

E dward

Londres

Edward Ashworth se encontraba de pie frente al escritorio de caoba de su padre, sintiendo como si el mundo hubiera cambiado en el espacio de una conversación de veinte minutos.

La reunión había comenzado de manera inocua: William había mencionado algunos asuntos relacionados con las propiedades de Kent, había preguntado sobre los planes de Edward para la semana siguiente y luego, casi como sin querer, había hecho un comentario que había puesto todo patas arriba.

—Edward, tu madre y yo hemos estado discutiendo tu futuro. Tienes veintiséis años y creemos que es hora de que consideres seriamente el matrimonio.

Edward había asentido, esperando la conversación general sobre responsabilidades y expectativas que se había acostumbrado a recibir.

En lugar de eso, Catherine había entrado en el estudio, que casi nunca pisaba, y ambos habían procedido a presentarle lo que era un plan cuidadosamente elaborado.

¡Qué ignorante había sido al pensar que sus padres se habían relajado en cuanto a sus posibilidades de matrimonio!

—Esta temporada podría ser una oportunidad perfecta —había añadido su madre, tomando asiento en uno de los sillones de cuero—. Especialmente considerando que tenemos una jovencita buscando una propuesta de matrimonio viviendo bajo nuestro techo.

—Lady Catriona es una muchacha excepcional —había continuado su padre—. Inteligente, de buena familia, con propiedades considerables que complementarían muy bien las nuestras. Y, por supuesto, Duncan aprobaría la unión.

Edward había sentido una sensación de irrealidad mientras sus padres discutían a Catriona como si fuera una inversión empresarial favorable para ellos.

—Si no encuentras una esposa por tu cuenta antes de que termine la temporada —había concluido su padre—, consideraremos concertar un matrimonio de conveniencia con lady Catriona, si sigue soltera, o con cualquier otra señorita elegida por nosotros.

Ten en cuenta que, si te decides por lady Catriona, sería ventajoso para ambas familias, resolvería la situación de Duncan con respecto a sus propiedades y te proporcionaría una esposa adecuada, por no hablar de que tu madre por fin podrá disfrutar de sus futuros nietos.

La palabra conveniencia había caído en la mente de Edward como una losa.

—¿Un matrimonio de conveniencia? —preguntó tratando de mantener su voz neutral.

—Por supuesto, si desarrollases sentimientos por ella, sería ideal —respondió su madre con una sonrisa astuta—. Pero incluso sin eso sería una unión muy apropiada. Ambos sois inteligentes, de temperamentos compatibles, y ella se ha adaptado bien a nuestra familia y a la vida en Londres.

Edward había mirado a sus padres, dándose cuenta de que no tenían la menor idea de lo que él sentía por Catriona. Para ellos, era una solución práctica y conveniente a múltiples problemas. Para él..., bueno, esa era la cuestión que lo atormentaba.

—¿Habéis hablado de esto con lady Catriona?

—Por supuesto que no —respondió William—. Pero estoy seguro de que entendería las ventajas de la unión. No es una muchacha romántica tonta; es inteligente y práctica. Piénsalo y comunícanos pronto tu decisión. Lady Catriona tiene algunas invitaciones formales que podrían convertirse en algo más.

Entonces, parado solo en el estudio después de que sus padres se hubieran retirado para vestirse para la cena, Edward se encontraba con una copa de whisky en la mano y luchando con una maraña de emociones que no había experimentado jamás.

Por un lado, sentía alivio al saber que sus padres no solo aprobarían un matrimonio con Catriona, sino que lo estaban alentando a ello. Por otro lado, la idea de que la vieran solo como una transacción económica beneficiosa lo irritaba hasta hacerlo enfurecer.

Aunque lo que más lo perturbaba era la pregunta que sus padres no habían formulado, pero él sí en su interior: ¿estaba enamorado de Catriona o solo había desarrollado afecto por una mujer inteligente y atractiva que vivía en su casa?

Edward se acercó a la ventana que daba al jardín, observando la rosaleda que daba paso al camino que llevaba al invernadero. Había estado tan concentrado en reconocer que sentía algo por Catriona que no se había planteado la naturaleza de esos sentimientos.

La encontraba intelectualmente estimulante. Sus conversaciones eran las más interesantes que había tenido con cualquier mujer a lo largo de su vida. Era hermosa y había algo en su carácter, una combinación de fuerza y vulnerabilidad, que lo atraía sin poder evitarlo.

Pero ¿era amor? ¿O era simple admiración y atracción intensificadas por la proximidad y la conveniencia diaria?

Dar respuesta a esas dudas se volvía urgente si consideraba la competencia a la que se enfrentaba y las nuevas condiciones de sus padres.

Fairmont tenía intenciones serias. Whitman, por lo que había averiguado a través de James, también había sido claro sobre sus sentimientos.

Y ambos hombres tenían la ventaja de haber expresado sus intenciones abiertamente, mientras que él había estado... ¿Qué había estado haciendo?

Un suave golpe en la puerta del estudio interrumpió sus cavilaciones. Su madre entró con un vestido de noche.

—Edward, querido, necesito hablar contigo sobre algo urgente.

—¿Sí, madre?

Catherine cerró la puerta tras de sí y se acercó con lo que parecía ser una invitación en la mano.

—Hoy hemos recibido una invitación de los Blackwood para un baile en el que celebran el compromiso de su hija Mary.

Edward asintió sin saber por qué esto requería una conversación urgente.

—Es muy amable de su parte incluirnos.

—Edward, no creo que entiendas la relevancia de este evento.

—Catherine se sentó y lo miró con seriedad—.

Este baile va a ser uno de los eventos sociales más importantes de las próximas semanas.

Toda la alta sociedad estará presente y lord Fairmont también.

Tal vez sea la oportunidad perfecta para que Catriona tome decisiones sobre su futuro.

—¿Decisiones importantes?

—He oído rumores de que Fairmont está planeando hacer una propuesta formal muy pronto, podría ser esa misma noche. —Catherine hizo una pausa para que las implicaciones se asentaran—. Si vas a tomar una decisión respecto a Catriona, Edward, este baile puede ser tu última oportunidad.

Edward sintió pánico.

—¿Mi última oportunidad para qué?

—Para cortejarla como es debido antes de que otro hombre lo haga. —Catherine se inclinó hacia delante—. Edward, sé que hay algo entre vosotros. Lo he visto en la manera en que os miráis cuando creéis que nadie se da cuenta.

Y él que pensaba que había sido discreto.

—Madre...

—No me malinterpretes, querido. Si tienes sentimientos por ella, me encantaría verte feliz en tu matrimonio.

Pero también necesitas entender la realidad.

—Catherine se puso de pie—. Catriona no puede permanecer sin tomar una decisión sobre el matrimonio.

Duncan está enfermo, necesita saber que ella estará bien, y hay caballeros compitiendo por su atención.

Edward sintió como si las paredes del estudio se estuvieran cerrando a su alrededor.

—¿Y si no estoy seguro de mis propios sentimientos?

—Entonces, tienes que apartarte y dejar paso a otros. O decidir rápido. —La voz de Catherine se volvió más firme—. Porque, si no actúas en ese baile, tu padre y yo procederemos con nuestro plan de concertar para ti un matrimonio de conveniencia.

Edward se volvió hacia su madre, sintiendo una mezcla de frustración y desesperación.

—¿Y qué pasa si ella no siente nada por mí? ¿Qué pasa si prefiere a Fairmont o a Whitman?

—Entonces, al menos lo habrás intentado. —Catherine se acercó y puso una mano en su brazo—. Edward, he observado a esa muchacha durante semanas y estoy segura de que no mira a Fairmont o a Whitman de la manera que te mira a ti.

—¿Realmente crees que...?

—Creo que esa muchacha está más interesada en ti de lo que quiere admitir, incluso ante sí misma. —Catherine sonrió—. Pero se le acaba el tiempo.

Edward se acercó al escritorio, apoyando las manos en la superficie pulida mientras procesaba toda la información que había recibido en las últimas horas.

El problema era que aún no estaba seguro de la naturaleza de sus propios sentimientos. Sabía que la encontraba atractiva, estimulante, y que no le gustaba la idea de verla casarse con otro hombre. Pero ¿era eso amor?

—Madre, ¿puedo preguntarte algo personal?

—Por supuesto.

—¿Cómo supiste que amabas a padre?

Catherine sonrió con una expresión que se volvió más suave.

—Fue cuando me di cuenta de que no podía imaginar mi vida sin él. No porque lo necesitara para ser feliz, sino porque todo era mejor cuando él estaba presente. —Hizo una pausa—. ¿Puedes imaginar tu vida sin Catriona, Edward?

La pregunta lo golpeó como un rayo. Intentó visualizar su futuro sin Catriona: sin sus conversaciones estimulantes, sin su risa, sin esos momentos de comprensión. La imagen que surgió era gris, vacía.

—No —admitió en voz baja—. No puedo.

—Entonces, ahí tienes tu respuesta.

Catherine se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo antes de salir.

—Edward, quiero que sepas que tu padre y yo solo queremos verte feliz. Si amas a Catriona, lucha por ella. Pero, si no estás dispuesto a luchar, entonces déjanos hacer lo que creemos que es mejor para todos.

Cuando se quedó solo, Edward se hundió en el sillón detrás del escritorio, sintiendo el peso de las decisiones que tenía que tomar.

El baile de los Blackwood estaba a solo tres días.

Tres días para decidir si estaba dispuesto a arriesgar su corazón y su orgullo por la posibilidad de ganar el amor de Catriona Stewart.

Tres días para decidir qué tipo de hombre quería ser.

No sabía si lo que sentía por Catriona era amor en el sentido más profundo de la palabra, pero sabía una cosa con certeza: no podía soportar la idea de verla casarse con otro hombre sin al menos intentar ganarse su corazón.

Estaba decidido a cortejar a lady Catriona Stewart como si su vida dependiera de ello y, en cierto modo, así era.

El baile de los Blackwood sería su campo de batalla. Y Edward Ashworth, marqués de Ashford, no tenía intención de perder.

Esa noche, durante la cena, Edward observó a Catriona.

Notó que sus ojos se iluminaban cuando hablaba de cómo le gustaba salir a cabalgar con su caballo por los páramos, la manera graciosa en que gesticulaba cuando contaba una historia y cómo sus miradas se encontraron a través de la mesa en varias ocasiones.

Desgraciadamente, también notó reconociendo el amargo sabor de los celos, cómo mencionó que había aceptado la invitación de Fairmont para ir a la ópera al día siguiente.

Quedaban menos de veinticuatro horas antes del baile de los Blackwood. Si Fairmont iba a hacer una propuesta, lo haría en el baile, en un ambiente romántico que propiciase una respuesta afirmativa.

Edward se dio cuenta de que había subestimado la urgencia de la toma de decisiones.

Era hora de cambiar eso.