El corazón de un marqués Capítulo 12
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Capítulo 12

C atriona

Londres

Lady Catriona Stewart se despertó más pronto de lo normal. Había pasado la noche en vela poniendo orden en sus pensamientos.

Por primera vez desde su llegada a Londres, Catriona se permitió considerar la posibilidad de que Edward Ashworth pudiera verla como algo más que una invitada.

Por otro lado, lord Fairmont estaba muy presente en casi todos los eventos a los que ella asistía y debía decidir qué respuesta darle respecto a su invitación para la ópera.

Estaba convencida de que su tío iba empeorando poco a poco, así que debía resolver lo que la había llevado a Londres.

Encontrar marido y volver a Escocia cuanto antes.

No podía ignorar que ella soñaba con que ese marido fuese lord Edward, pero, si él no sentía lo mismo que ella, se vería forzada a valorar otras opciones.

Cuando bajó al comedor para el desayuno, encontró solo a Isabella, que devoraba una novela de aventuras.

—Buenos días, lady Isabella —saludó Catriona—. ¿Lectura educativa?

Isabella se sonrojó y cerró rápidamente el libro.

—¡Lady Catriona! No la había oído entrar.

Isabella se animó.

—¿Usted cree en el amor verdadero, lady Catriona?

La pregunta la cogió desprevenida.

—Creo que es posible. Aunque supongo que es cuestión de tiempo para conocer a la otra persona y creo que requiere que ambas estén dispuestas a ser honestas entre sí.

—¿Honestas sobre qué?

—Sobre lo que realmente sienten.

Isabella asintió.

—¿Y cree que es posible reconocer el amor verdadero cuando lo ve?

Catriona sirvió té de la tetera de plata, usando el tiempo para considerar su respuesta.

—Supongo que sí.

—¡Eso pienso yo también! —exclamó Isabella—. En esta novela, el personaje femenino dice que, cuando ve al héroe, siente como si el mundo entero tuviera más sentido.

—¿Dónde están todos hoy? —preguntó cambiando de tema.

—Madre está en el salón verde recibiendo visitas matutinas. Y padre y mi hermano están en el estudio. Llegaron a casa muy tarde anoche.

—¿Ah, sí?

—Sí. Los escuché hablando en voz baja en el vestíbulo. Parecía algo serio.

Catriona se preguntó qué tipo de asunto podría requerir una conversación seria nocturna entre padre e hijo, pero, antes de que pudiera suponer nada, lady Catherine apareció en el umbral del comedor.

—¡Buenos días, queridas! Catriona, tengo buenas noticias. He recibido varias invitaciones para ti esta mañana.

Lady Catherine se acercó con varios sobres en la mano.

—Una de lady Melbourne para un almuerzo el miércoles. Otra de la condesa de Jersey para un paseo en carruaje el jueves. Y... —hizo una pausa dramática— una invitación muy especial de lord Fairmont para acompañarlo a la ópera.

Catriona sintió que se le tensaba el estómago.

—Son invitaciones que te permitirán moverte entre la alta sociedad. Sobre todo la de lord Fairmont. La ópera es donde los caballeros llevan a las damas en las que tienen intereses serios.

—Ya veo.

Catherine estudió su expresión.

—¿No estás emocionada? Si todo va bien, tal vez pronto recibas una propuesta formal de matrimonio.

Catriona se vio en una situación delicada. No podía rechazar las invitaciones sin una razón válida, pero tampoco podía fingir un entusiasmo que no sentía.

—Por supuesto que agradezco la atención. Solo que..., bueno, a veces me pregunto si toda esta actividad social está llevándome en la dirección correcta.

—¿Qué quieres decir?

—No quiero parecer desagradecida o descortés, pero en Escocia las cosas son más simples. Las personas se conocen poco a poco, a través de conversaciones y experiencias compartidas. Aquí es distinto, todo es muy rápido. Con lord Fairmont apenas he coincidido unas cuantas veces.

Catherine se sentó junto a ella.

—Entiendo lo que dices, querida. Pero en Escocia los matrimonios también son de conveniencia, rara es la pareja que se casa por amor.

Debes recordar que la temporada social tiene un propósito específico.

Es la manera en que las personas de nuestra clase se conocen y crean uniones apropiadas.

Y tú estás teniendo éxito, tienes varios caballeros compitiendo por tu atención.

—Supongo que sí.

—¿Hay alguno en particular que haya captado tu interés?

Era la pregunta que Catriona había estado evitando, incluso en sus propios pensamientos. Porque la respuesta honesta era complicada.

—Es difícil decirlo —respondió finalmente—. Algunos son muy claros sobre lo que buscan, otros son más... reservados.

—Bueno, estoy segura de que todo se aclarará a su debido tiempo. Mientras tanto, creo que deberías aceptar estas invitaciones. Son oportunidades excelentes para conocer mejor a estos caballeros.

Después de que Catherine se marchara para atender otros asuntos domésticos, Catriona se quedó en el comedor con Isabella, reflexionando sobre la conversación.

La idea de pasar una noche romántica en la ópera con Fairmont no la emocionaba, pero tampoco tenía una razón social aceptable para rechazarla.

—¿Va a aceptar la invitación de lord Fairmont? —preguntó Isabella con curiosidad.

—Probablemente deba hacerlo. Sería grosero rechazar una invitación como esa.

—¿Pero no quiere ir?

La pregunta directa de Isabella la sorprendió.

—¿Por qué dice eso?

—Porque no parece emocionada. Cuando leo sobre heroínas que van a lugares románticos con caballeros que les gustan, siempre están emocionadas. Usted parece preocupada.

Catriona miró a la niña de once años con nuevo respeto.

—No estoy preocupada. Solo dudo.

—¿Sobre qué?

—Sobre si estoy tomando las decisiones correctas.

Isabella asintió como si entendiera.

—En mis novelas, las heroínas siempre saben en su corazón cuál es la decisión correcta. Solo que a veces les cuesta admitirlo.

Antes de que Catriona pudiera responder a ese comentario tan perspicaz, Edward apareció en el umbral del comedor. Había algo diferente en su expresión, una seriedad que no había visto antes.

—Buenos días, lady Catriona, Isabella —saludó—. ¿Cómo va la mañana?

—Hemos estado hablando sobre el amor verdadero y la toma de decisiones importantes —respondió Isabella con la honestidad brutal de la infancia.

Edward palideció al instante y Catriona sintió cómo el rubor subía a sus mejillas.

—Isabella ha estado leyendo novelas románticas últimamente —explicó.

—Ya veo. —Edward se acercó a la mesa—. ¿Y qué conclusiones habéis alcanzado sobre esos temas tan importantes?

—Que las personas deberían ser honestas sobre lo que sienten —respondió Isabella antes de que Catriona pudiera detenerla—. Y que el amor verdadero se diferencia de los demás.

Edward miró a Catriona.

—Sabias conclusiones. ¿Y cómo se reconoce esa diferencia?

—Creo que el corazón distingue con mayor certeza que la razón. El afecto pasajero brilla solo en un momento concreto, pero el amor verdadero perdura y crece con el conocimiento del otro y de la verdad.

Edward asintió lentamente.

Isabella, con toda la inocencia propia de su edad, cambió de tema y comenzó a relatar a Edward el aburrimiento que sentía al estudiar con su institutriz. Después del desayuno, Edward se disculpó para atender correspondencia, pero, antes de marcharse, se volvió hacia Catriona.

—Lady Catriona, he estado pensando en nuestra conversación de ayer sobre la claridad.

—¿Sí?

—Creo que tenía razón sobre la importancia de entender todas las opciones disponibles antes de tomar decisiones importantes.

—Me alegro de que esté de acuerdo.

—¿Podría sugerir que, antes de responder a las invitaciones que ha recibido esta mañana, considere si hay otras posibilidades que tal vez no se han expresado todavía con tanta claridad, pero que podrían ser igual de válidas?

—¿Qué tipo de posibilidades?

—Las que requieren un poco más de paciencia para desarrollarse de manera apropiada.

Antes de que pudiera preguntar qué quería decir exactamente, Edward se había marchado, dejándola con más preguntas que respuestas.

El resto del día transcurrió con tranquilidad, pero Catriona no pudo dejar de pensar en la extraña conversación con Edward.

Esa tarde, después de leer en su habitación, se acercó a la ventana. En el jardín de abajo, vio a Edward caminando entre la rosaleda. Parecía perdido en sus pensamientos. Se preguntó si esos pensamientos tendrían algo que ver con ella y luego se sorprendió por lo mucho que esperaba que así fuera.