Capítulo 11
E dward
Londres
Edward Ashworth no había logrado concentrarse en absolutamente nada durante los últimos dos días.
Cada vez que lo intentaba, su mente vagaba hacia las conversaciones que había tenido con Catriona después de sus paseos con esos caballeros.
Lo alteraba en sobremanera pensar que otros hombres disfrutaban de su compañía y él, viviendo en la misma casa que ella, no.
De repente fue consciente de que había sido un mero observador en la vida social de su propia casa, y era algo que iba a cambiar en ese mismo momento.
Cuando bajó al comedor para el desayuno, encontró a Catriona sola junto a la ventana, leyendo lo que parecía ser una carta. Llevaba un vestido matutino color lavanda, que hacía que su piel pareciera luminosa, pero había un rastro de tristeza en su rostro que le alarmó.
—Buenos días, lady Catriona —saludó acercándose a la mesa—. ¿Puedo preguntarle si es una carta de su tío?
Ella alzó la vista y Edward notó inmediatamente las pequeñas líneas de preocupación alrededor de sus ojos.
—Buenos días, lord Edward. Lo es. —Dobló el papel con cuidado—. Dice que se encuentra bien, pero algo en su manera de escribir me indica que no es así. Tal vez sea mi imaginación.
Edward sintió una punzada de empatía. Él sabía, por la correspondencia que su padre había recibido, más detalles sobre la salud de Duncan, pero no era su misión revelar información que Duncan había elegido no compartir con su sobrina.
—Los que nos cuidan, a menudo, tratan de protegernos de sus propias preocupaciones —dijo cuidadosamente.
—Sí, así lo ha hecho mi tío desde que llegué a Glenmoran siendo una niña. —Una sonrisa melancólica cruzó su rostro—. A veces creo que aún me ve como esa niña pequeña que llegó aterrorizada y confundida a su hogar.
—Pero usted ya no es esa niña.
—No. —Lo miró con una expresión pensativa—. Aunque a veces me pregunto si realmente he cambiado tanto como creo.
—¿Qué quiere decir?
Catriona vaciló, como si estuviera considerando cuánto debía revelar.
—En Escocia, siempre supe quién era y cuál era mi lugar. Aquí... creo que estoy descubriendo una faceta de mí que desconocía.
—¿Qué tipo de faceta?
—La de una dama londinense, supongo. Alguien que sabe qué decir en cada situación, cómo comportarse en cada evento social y cómo evaluar a los caballeros que solicitan mi atención.
Edward sintió que se le aceleraba el pulso.
—¿Encuentra difícil esa evaluación?
—Con algunos. —Se sonrojó ligeramente—. Con ciertos hombres es bastante obvio saber qué buscan. Pero con otros... es más complicado.
—Explíquese.
—Algunos caballeros son muy claros sobre sus intenciones, ya sean honorables o no. Otros son más... reservados. Y a veces me pregunto si esa reserva indica desinterés o precaución.
Edward se dio cuenta de que estaba describiendo exactamente su propio comportamiento de las últimas semanas.
—Tal vez algunos caballeros prefieren conocer mejor a una dama antes de expresar cualquier intención —sugirió.
—Tal vez. —Lo miró directamente—. Pero, en mi caso, el tiempo es decisivo. Si no me equivoco y mi tío no tiene tan buena salud como afirma tener, el tiempo corre en mi contra para contraer matrimonio.
Era una observación sutil pero directa.
Antes de que pudiera responder, el sonido de pasos en el pasillo los interrumpió. Lady Catherine apareció, con una sonrisa radiante, en el umbral del comedor.
—¡Buenos días! ¿Habéis visto qué mañana tan hermosa? —Se acercó a la mesa—. Edward, querido, me alegro de encontrarte aquí. He estado haciendo planes para esta tarde que creo que te van a interesar.
Edward sintió una pequeña punzada de frustración por la interrupción, pero mantuvo su expresión neutral.
—¿Qué tipo de planes, madre?
—Lady Pemberton está organizando una reunión informal en su jardín esta tarde. Nada elaborado, solo té y conversación al aire libre. Ha invitado específicamente a Catriona y pensé que sería maravilloso si pudieras acompañarnos. James estará allí, por supuesto.
Edward miró hacia Catriona, que parecía complacida por la invitación.
—Por supuesto que las acompañaré —respondió.
—¡Excelente! —Catherine se volvió hacia Catriona—. Querida, será una oportunidad perfecta para que te relajes un poco. Has tenido muchos compromisos sociales últimamente.
—Ha sido muy amable al organizar tantos eventos para mí, lady Catherine.
—Es un placer, querida. Me emociona ver cómo progresa tu temporada. Los caballeros han estado muy atentos contigo.
—Han sido muy corteses.
—¿Corteses? —Catherine pareció sorprendida—. Esperaba que hubieran sido más interesantes que eso.
El resto del desayuno transcurrió con conversación más ligera, pero Edward no pudo evitar mirar a Catriona más de lo que se consideraría aceptable.
Esa tarde, cuando llegaron a casa de James, Edward creyó enloquecer.
Los movimientos de la tela de la falda de Catriona habían captado toda su atención desde el momento en el que un extremo se había levantado un poco más de lo normal exponiendo su tobillo por un momento al bajar del carruaje.
Estaba seguro de que esa imagen iba a atormentarlo todo el día.
La reunión en el jardín de lady Pemberton resultó tan relajada como había previsto su madre, con un grupo pequeño de personas conversando cómodamente bajo los árboles que empezaban a mostrar tímidas señales primaverales.
James estaba allí, como había prometido Catherine, junto con varias otras familias que Edward conocía desde la infancia.
Lo que no había esperado era que lord Fairmont también estuviese presente.
El conde se acercó rápidamente cuando los vio llegar, dirigiéndose hacia Catriona con esa sonrisa pendenciera que Edward había observado antes y deseaba borrarle de la cara. Pero no tenía ningún derecho a hacerlo, tal vez, ni siquiera a pensarlo.
—Lady Catriona, qué placer tan inesperado.
—Lord Fairmont. —La sonrisa de Catriona era cortés pero no particularmente cálida—. Qué sorpresa verle.
—Una sorpresa espero agradable. ¿Me permitiría acompañarla a ver el jardín de rosas? Lady Pemberton tiene algunas variedades excepcionales.
Edward sintió una punzada de irritación, pero esta vez decidió no quedarse al margen.
—Creo recordar que lady Catriona mencionó que quería tomar un poco de aire fresco después del viaje —intervino—. Tal vez podríamos caminar todos hacia el área donde está servido el té.
Era una intervención sutil y Edward notó que James le miraba con diversión.
—Por supuesto. Aunque esperaba tener la oportunidad de hablar con lady Catriona sobre nuestro paseo. Fue tan agradable que esperaba poder repetir la experiencia pronto.
—Agradezco sus palabras, lord Fairmont —respondió Catriona sin rastro de emoción.
—De hecho —continuó Fairmont—, me preguntaba si le gustaría acompañarme a la ópera la próxima semana. He conseguido un palco excelente para La clemenza di Tito . Será una velada muy exclusiva.
Era una invitación considerablemente más formal que un simple paseo. Edward sintió que se le tensaban los músculos, pero mantuvo su expresión neutra.
Catriona vaciló durante un momento.
—Es muy amable de su parte pensar en mí, lord Fairmont —dijo finalmente—. Pero creo que debería consultar con lady Catherine sobre mis compromisos para la semana antes de darle una respuesta definitiva.
Era una respuesta apropiada, que le daba algo de tiempo sin rechazar la invitación directamente.
—Por supuesto. —Fairmont inclinó la cabeza—. Esperaré su respuesta.
Mientras se dirigían hacia el área del té, James comenzó una conversación con Fairmont, de manera que Edward pudo situarse al lado de Catriona para caminar. Tomó nota mental de darle las gracias a su amigo más tarde.
—Una invitación muy formal la de lord Fairmont —comentó en voz baja.
—Sí —respondió ella tajante.
—¿Tiene alguna inclinación sobre cómo responder?
Catriona lo miró de reojo.
—¿Por qué le interesa mi respuesta, lord Edward?
Era una pregunta directa que lo pilló desprevenido.
—Porque... —Se detuvo sintiéndose acorralado—. Porque espero que tome una decisión que la haga feliz.
—Esa es una respuesta muy diplomática. —Catriona se detuvo y se giró para mirarle directamente a los ojos.
—A veces la diplomacia es necesaria.
—La claridad suele ser más útil.
Edward la miró, sintiendo que estaba bailando alrededor del fuego e iba a quemarse.
—La claridad, en ocasiones, lleva a situaciones confusas. ¿Está segura de que la claridad es más útil?
—Estoy sugiriendo que a veces es más fácil tomar decisiones cuando se entienden todas las opciones disponibles.
Antes de que Edward pudiera responder, James se acercó.
—Lady Catriona, espero que no le importe la interrupción, pero mi madre está preguntando por usted.
Edward sintió frustración, pero Catriona simplemente sonrió.
—Mis disculpas, lord Edward.
Catriona dejó atrás a los tres hombres y aceleró el paso al dirigirse hacia donde estaban el resto de las damas sentándose para tomar el té.
La tarde transcurrió como cualquier otra reunión social. Señoritas intentando demostrar su valía delante de los hombres, tocando el pianoforte, cantando y manteniendo conversaciones que le parecían superfluas en comparación con las que había mantenido con Catriona.
Edward notó que lord Fairmont propiciaba oportunidades para hablar con Catriona. No era el único, pero la presencia de Nicholas cerca de ella le molestaba mucho más que la de los otros caballeros.
Durante el viaje de regreso a casa, mientras escuchaba a su madre comentar sobre lo bien que había ido la tarde, Edward sintió cómo la irritación crecía en su interior.
Había participado en un evento social para compartir más tiempo con Catriona, sin embargo, la última conversación que había tenido con ella le había generado un sentimiento de frustración e impotencia.
Sintió pánico cuando ella expresó la necesidad de claridad para poder tomar decisiones, pero él no había sido capaz de expresar ninguno de los sentimientos que comenzaban a aflorar en su interior.
Por otro lado, lord Fairmont no perdía el tiempo y le había hecho una invitación formal y pública.
Si quería que Catriona entendiera que tenía opciones más allá de Fairmont y Whitman, tendría que encontrar maneras de ser más claro con ella.
No podía continuar siendo simplemente el anfitrión cortés de la familia que la había acogido.
Había llegado el momento de que ella supiera que él también era una opción que valía la pena considerar.