Capítulo 10
C atriona
Londres
Lady Catriona Stewart se despertó esa mañana con una sensación de aprensión que no había experimentado desde que su tío le dijo que se tenía que trasladar a Londres.
Mientras Lucy la ayudaba a vestirse con un traje de paseo color verde musgo con detalles de encaje, no podía evitar sentir que el día se extendía ante ella como una serie de compromisos sociales nada apetecibles más que como experiencias que esperaba con ilusión.
—¿Está nerviosa por el paseo con lord Fairmont, milady? —preguntó Lucy mientras le ajustaba el sombrero.
—Un poco —admitió Catriona.
—Es un caballero muy distinguido, por lo que he oído. Aunque... —Lucy vaciló.
—¿Aunque qué?
—Bueno, las doncellas comentan cosas, milady. Y he oído que lord Fairmont puede ser muy... persistente cuando algo le interesa.
Catriona sintió que se le cerraba el estómago. Su instinto le había sugerido algo similar, pero escucharlo confirmado por otra persona no la tranquilizaba precisamente.
Cuando bajó al vestíbulo principal, encontró a toda la familia esperando para despedirla. Lady Catherine parecía complacida con su aspecto, lord William siempre formal e Isabella estaba emocionada ante la perspectiva de un paseo romántico.
Lord Edward esperaba de pie junto a la ventana, vestido con un traje gris que realzaba sus ojos. Cuando la vio bajar las escaleras, algo cambió en su expresión, aunque Catriona no supo identificar qué.
—Buenos días, lady Catriona —saludó—. Está usted muy elegante esta mañana.
—Gracias, lord Edward. —Había algo en su tono que la hizo mirarlo con detenimiento, pero, antes de que pudiera analizar la expresión en sus ojos, el mayordomo anunció la llegada de lord Fairmont.
El conde entró en la casa, impecablemente vestido y llevando un ramo de flores que entregó a Catriona con una reverencia elaborada.
—Lady Catriona, está usted radiante. Estas flores palidecen en comparación con su belleza.
El cumplido era técnicamente apropiado. Pero solo apropiado, nada emocionante. Aceptó las flores con una sonrisa cortés y se las entregó a Lucy, que estaba unos pasos detrás de ella.
—Es un detalle muy bonito, lord Fairmont.
—¿Está preparada para nuestro paseo? He traído mi carruaje más cómodo. Pensé que podríamos recorrer St. James Park.
Catriona asintió y se despidió de la familia. Mientras Fairmont la ayudaba a subir al carruaje, notó de reojo que Edward los observaba, desde la ventana del vestíbulo, con una expresión que no pudo interpretar.
El carruaje de Fairmont era lujoso, tapizado en cuero oscuro con herrajes de bronce pulido. Catriona se acomodó en el asiento, consciente de que el conde se sentaba quizás un poco más cerca de lo estrictamente necesario.
—¿Es su primera temporada en Londres? —preguntó Fairmont mientras el carruaje se dirigía hacia St. James Park.
—Sí. Todo ha sido muy diferente de lo que esperaba.
—¿En qué sentido?
Catriona consideró la pregunta tratando de encontrar una respuesta que fuera honesta pero no demasiado reveladora.
—En Escocia, incluso los eventos sociales más grandes eran mucho más íntimos. Aquí, parece que siempre hay cientos de personas y protocolos que aprender.
—Pero una joven como usted se adaptará rápidamente. —Fairmont se inclinó un poco hacia ella—. He notado que causa sensación dondequiera que va.
—Es muy amable al decirlo.
—Una joven como usted debe apreciar las ventajas que Londres puede ofrecer a alguien de su posición.
Cuando llegaron, Fairmont ayudó a Catriona a descender del carruaje y le ofreció su brazo para caminar. Estaba relativamente concurrido para una mañana de esa época del año, con jinetes elegantes y otras parejas paseando al cobijo de los árboles.
—¿Le gusta montar? —preguntó Fairmont mientras caminaban.
—Mucho. En Escocia montaba casi todos los días.
—¿Por terreno difícil?
—A veces. Las Highlands pueden ser desafiantes, pero eso es parte de lo que las hace hermosas.
—Admirable. Yo mantengo establos en tres de mis propiedades. —Su tono se volvió ligeramente jactancioso—. En Kent tengo algunos de los mejores caballos del condado. Mi propiedad principal tiene más de dos mil acres de páramos perfectos para montar.
Catriona asintió cortésmente, aunque la manera en que él describía sus posesiones la hacía sentir como si intentase impresionarla.
—Debe ser muy agradable tener tantos lugares donde disfrutar de la equitación.
—Oh, sí. Y eso es solo una de las ventajas.
—Continuó caminando, disfrutando de la oportunidad de enumerar sus propiedades—.
También tengo una casa en Bath, que es perfecta para las temporadas sociales allí, y estoy considerando adquirir una propiedad en Brighton.
Es importante tener opciones, ¿no le parece?
—Supongo que sí.
—Y, por supuesto, está la casa familiar en Northumberland. Mil quinientos acres de tierra fértil con ingresos muy substanciales. Mi administrador dice que podríamos expandir las operaciones agrícolas si fuera necesario.
Catriona comenzó a sentirse incómoda con la dirección que había tomado la conversación. Fairmont parecía estar recitando un inventario de sus bienes más que manteniendo una conversación normal.
—¿Disfruta de la administración de sus propiedades? —preguntó tratando de dirigir la conversación hacia algo más personal.
—Por supuesto, aunque admito que puede ser tedioso a veces. Por eso un hombre necesita..., bueno, necesita diversiones apropiadas. —La miró con una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Afortunadamente, mis recursos me permiten disfrutar de los mejores entretenimientos de la sociedad.
—Debe ser satisfactorio tener esa libertad.
—Lo es.
El trayecto de vuelta transcurrió con Fairmont continuando su monólogo sobre sus diversas propiedades y posesiones. Mencionó su colección de arte, sus caballos de carreras y los ingresos anuales de sus tierras con una precisión que sugería que esperaba que ella tomara nota de cada detalle.
—Espero que haya disfrutado de nuestro paseo, lady Catriona —dijo cuando llegaron a casa Ashworth—. Me encantaría mostrarle algunos de los otros lugares interesantes de Londres en una futura ocasión.
—Ha sido muy revelador, lord Fairmont —respondió ella diplomáticamente.
Cuando llegaron a la mansión Ashworth, Fairmont la ayudó a descender del carruaje con su cortesía habitual, pero había algo en su manera de mirarla que sugería que no consideraba el asunto cerrado.
—Espero que tengamos otra oportunidad de conversar pronto, lady Catriona. Hay mucho más que me gustaría discutir con usted.
—Lo consultaré con lady Catherine. Buenos días, lord Fairmont —respondió ella, sin comprometerse a nada.
Cuando entró en la casa, se encontró con Edward en el vestíbulo.
—¿Ha tenido un paseo agradable? —preguntó.
—Muy... instructivo —respondió eligiendo sus palabras cuidadosamente.
Edward estudió su expresión durante un momento.
—¿Instructivo?
—Lord Fairmont fue muy concienzudo al describir sus propiedades y las que le gustaría adquirir en un futuro. —No quería ser indiscreta, pero tampoco quería que Edward pensara que había disfrutado particularmente de la experiencia.
Algo cambió en la expresión de Edward, volviéndose más intensa.
—¿Muy concienzudo?
—Bastante. —Catriona se quitó los guantes, necesitaba algo que hacer con las manos.
—¿Qué tipo de conversaciones prefiere?
—Las que hemos tenido nosotros —dijo antes de poder detenerse—. Conversaciones sobre ideas, sobre libros, sobre..., sobre cosas que realmente importan.
Tan pronto como las palabras salieron de su boca, se dio cuenta de lo que había revelado. Edward la miró con una expresión que no había visto antes, más cálida pero también más intensa.
—Me alegro de que sienta eso —dijo suavemente—. Yo también valoro nuestras conversaciones.
Se quedaron mirándose durante un momento que se sintió cargado de significado, hasta que el sonido de pasos en las escaleras los interrumpió. Lady Catherine apareció con una sonrisa expectante.
—¡Querida! ¿Cómo ha ido el paseo? Quiero saber todo.
Catriona pasó la siguiente media hora relatando una versión cuidadosamente detallada de su paseo, omitiendo los aspectos más incómodos de la conversación con Fairmont. Catherine parecía complacida de que hubiera progresado con un pretendiente apropiado.
Esa tarde, mientras escribía una carta a Charlotte en su habitación, Catriona reflexionó sobre la mañana. El contraste entre la manera en que Fairmont la había hecho sentir y la calidez que había experimentado durante su breve conversación con Edward no podía ser más diferente.
Y mañana tendría que pasar por la misma experiencia con el señor Whitman.
Querida Charlotte:
Los paseos románticos de Londres no son tan románticos como habíamos imaginado. Esta mañana tuve mi primer paseo formal con un pretendiente y fue bastante tedioso.
No puedo entrar en detalles, pero digamos que algunas personas están más interesadas en las propiedades que uno pueda heredar que en las conversaciones que uno pueda mantener.
Es desalentador descubrir que hay hombres que te evalúan como evaluarían un caballo de caza: por tu pedigrí y tu valor potencial.
Pero también he descubierto que hay conversaciones que hacen que el tiempo se detenga, momentos en que sientes que alguien realmente te ve por quién eres. Es extraño cómo esos momentos pueden hacer que todo lo demás parezca menos importante.
Mañana tengo otro paseo con un caballero diferente. Espero que sea menos transaccional que el de hoy.
Echo de menos nuestras conversaciones junto al fuego, cuando podíamos hablar sobre cualquier cosa sin preguntarnos qué impresión estábamos causando.
Con cariño,
Catriona
Al día siguiente, el señor Whitman llegó puntual a las diez, con un carruaje más modesto, pero perfectamente respetable. Era un hombre atractivo, de unos treinta años, con ojos amables y una sonrisa que contrastaba con la calculada cortesía de Fairmont.
—Lady Catriona, es un honor. Espero que tengamos un paseo agradable.
Su manera de hablar era directa pero respetuosa, sin las elaboradas florituras que había empleado Fairmont.
—Gracias por la invitación, señor Whitman.
Whitman resultó ser un magnífico orador que parecía interesado en sus opiniones sobre Londres y sus experiencias en Escocia. No había referencias veladas a su fortuna o su posición, solo curiosidad sobre ella como persona.
—¿Qué es lo que más echa de menos de las Highlands? —preguntó mientras caminaban junto al Serpentine.
—El silencio —respondió Catriona después de considerarlo—. En Londres siempre hay ruidos: carruajes, conversaciones, construcción. En Glenmoran, a veces el único sonido era el viento entre los páramos.
—Debe ser muy tranquilo. Yo crecí en York, que no es tan grande como Londres, pero tampoco tiene esa quietud que describe.
—¿Echa de menos York?
—Algunas cosas. Principalmente a mi familia. Pero los negocios me trajeron a Londres y he llegado a apreciar las oportunidades que ofrece la ciudad.
Era una respuesta honesta y sin pretensiones, que Catriona encontró refrescante.
—¿Qué tipo de negocios?
—Importación de telas finas, principalmente de Francia y los Países Bajos. En esta época hay nuevas oportunidades para el comercio.
Catriona notó que hablaba de su trabajo con entusiasmo, sin disculparse por ser comerciante en lugar de aristócrata.
—Debe ser fascinante ver cómo funcionan los mercados internacionales.
—¡Lo es! —Los ojos de Whitman se iluminaron—. Hay una complejidad en entender qué productos quiere la gente y cómo llevarlos desde donde se producen hasta donde se necesitan. Es como resolver acertijos constantemente.
La pasión en su voz era atractiva y Catriona se encontró disfrutando de la conversación mucho más de lo que había esperado.
Sin embargo, hacia el final del paseo, Whitman se volvió más serio.
—Lady Catriona, espero no ser demasiado directo, pero debo decir que la admiro. No solo por su belleza, que es evidente, sino por su inteligencia y su manera de ver el mundo.
—Es usted muy amable.
—Sé que probablemente muchos caballeros lucharán por su atención, hombres con títulos y posiciones que yo no puedo ofrecer. Pero puedo ofrecer honestidad, trabajo duro y..., bueno, y la promesa de que siempre la trataría como la persona que creo que es.
Era una declaración simple y sincera, que conmovió a Catriona mucho más que las elaboradas galanterías de Fairmont.
—Señor Whitman, apenas nos conocemos.
—Es cierto. Pero me gustaría conocerla mejor, si usted me lo permite.
Había algo en su manera de hacer la petición que era diferente del enfoque calculado de Fairmont. Whitman no asumía nada, no presionaba, solo expresaba su interés y esperaba su respuesta.
—Me sentiría honrada de continuar nuestra amistad —respondió cuidadosamente.
Whitman sonrió complacido.
— Amistad . Bueno, si es todo lo que puede ofrecerme, me confirmaré por ahora.
Cuando regresaron a la mansión Ashworth, Catriona se sintió más positiva sobre los paseos románticos de lo que se había sentido después de su experiencia con Fairmont. Whitman era un buen hombre, honesto y trabajador, con valores sólidos y ambiciones legítimas.
Pero, cuando se despidió del señor Whitman, no pudo evitar comparar a los dos caballeros. Fairmont la había hecho sentir incómoda y evaluada. Whitman la había hecho sentir respetada y valorada.
Pero ninguno de los dos había hecho que sintiera esa chispa de emoción, esa aceleración del pulso que experimentaba cuando Edward la miraba.
Cuando entró en la casa, le entregó su abrigo al mayordomo y se dirigió hacia el salón donde suponía que estaría lady Catherine, sin embargo, lord Edward salió de la biblioteca en ese momento.
—¿Un paseo más exitoso? —preguntó.
—Mucho más —respondió honestamente—. El señor Whitman es un caballero muy agradable y ha sido muy respetuoso conmigo.
Algo cambió en la expresión de Edward ante esta respuesta más positiva.
—Me alegro de escucharlo. Merece ser tratada con respeto.
—Sí —acordó Catriona—. Aunque...
Se detuvo, no segura de si debía continuar.
—¿Aunque qué?
—Aunque a veces me pregunto si el respeto es suficiente —dijo, sorprendiéndose por su propia honestidad.
Edward la miró con una intensidad que hizo que sintiera calor en las mejillas.
—¿Qué más quiere encontrar?
La pregunta quedó suspendida entre ellos, cargada de posibilidades. Catriona se dio cuenta de que estaba al borde de admitir algo que cambiaría la naturaleza de su relación.
—Comprensión —dijo—. La sensación de que alguien de verdad me conoce.
—¿Y cree que eso es posible?
—Creo que... —comenzó, pero luego se detuvo, consciente de que estaba a punto de revelar demasiado—. Creo que algunas personas tienen la capacidad de conocer realmente a otras. Que existe una conexión especial entre algunas personas. Creo que eso es lo que me gustaría encontrar.
Edward asintió lentamente, como si entendiera lo que ella no estaba diciendo.
—Sí —dijo—. Creo que sé a lo que se refiere.
Y, en ese momento, Catriona supo con absoluta certeza que se había enamorado de Edward Ashworth.