El corazón de un marqués Capítulo 9
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Capítulo 9

E dward

Londres

Edward Ashworth se despertó esa mañana inquieto.

La noche anterior, durante el baile de los Blackwood, había observado algo que lo había dejado profundamente perturbado: la manera en que otros caballeros habían observado a lady Catriona Stewart.

No solo con admiración, sino con el tipo de interés calculado que reconocía en hombres como Nicholas Fairmont.

Sabía que eso era común, la mayoría de los matrimonios eran por conveniencia, pero le molestaba especialmente que fuese así con Catriona.

Mientras se afeitaba frente al espejo de su tocador, no podía dejar de pensar en la expresión de Fairmont cuando la había sacado a bailar.

Había algo en la manera en la que el conde la había mirado que había hecho que Edward sintiera una irritación que no había experimentado nunca antes.

Lascivia y codicia. Algo que detestaba con toda su alma y que le hizo apretar los puños con fuerza.

Fue James quien había verbalizado lo que él mismo había estado pensando durante una pausa entre bailes.

—¿Has visto cómo Fairmont está rondando a lady Catriona? —había murmurado James—. Deberías advertirle sobre él. Tiene deudas considerables y busca desesperadamente una rica heredera con la que casarse para poder dilapidar su fortuna.

Edward sintió una punzada de algo que no quiso analizar demasiado, pero que sospechaba tenía que ver con el hecho de que no le gustaba la idea de que Catriona fuera vista como una solución a los problemas financieros de otros hombres.

Pero se vio obligado a admitir algo más, algo que había estado evitando durante semanas, lady Catriona Stewart se había vuelto importante para él de una manera que iba mucho más allá de la cortesía hacia una invitada de la familia.

Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos. Su ayuda de cámara entró con expresión formal.

—Su señoría, Su Gracia, el duque, solicita verle en su estudio.

—Dile a mi padre que bajaré en diez minutos.

Edward terminó de arreglarse, preguntándose qué asunto requería la atención de su padre tan temprano. Cuando llegó al estudio, encontró a William leyendo la correspondencia junto a la ventana, con varias cartas abiertas sobre el escritorio.

—Buenos días, padre. ¿Querías verme?

William alzó la vista y le indicó que tomara asiento.

—Buenos días, Edward. Sí, hay un asunto importante que debo comunicarte. He recibido correspondencia urgente de Escocia.

Edward sintió que se le tensaba el estómago.

—¿Duncan Stewart?

—Su estado ha empeorado considerablemente. —William tomó una de las cartas—. Según esta carta, es posible que no le queden más que unas pocas semanas de vida.

Edward asintió con solemnidad, aunque no podía decir que la noticia lo sorprendiera. Duncan ya estaba enfermo cuando Catriona viajó a Londres y el tiempo había pasado sin noticias de mejora.

—¿Ha dado instrucciones específicas sobre lady Catriona?

—Sí. Me ha nombrado como su tutor legal en caso de que él fallezca antes de que ella contraiga matrimonio; sin embargo, con todo el trabajo que tengo, tal vez debas encargarte tú —William hizo una pausa—.

También solicita información sobre su progreso durante la temporada.

Si ha conocido a caballeros apropiados y si hay perspectivas de compromiso.

—Entiendo.

—Le informaré que lady Catriona se ha adaptado bien a Londres y que ha tenido una acogida muy favorable en sociedad. En cuanto a perspectivas específicas... —William estudió a su hijo—. Supongo que eso dependerá de los próximos acontecimientos.

Edward asintió, comprendiendo las implicaciones sin necesidad de que fueran expresadas.

—Los detalles legales están en orden. Si Duncan fallece, yo asumiré la administración temporal de las propiedades hasta que lady Catriona se case, momento en el cual su marido tomará esas responsabilidades. —William guardó la carta.

—Lo entiendo.

Se despidió de su padre y se dirigió hacia el comedor, donde esperaba encontrar a Catriona para el desayuno. Cuando entró, la vio sentada junto a la ventana con Isabella, ambas examinando lo que parecía ser un libro de telas y colores.

—Buenos días, Lord Edward —saludó Catriona cuando lo vio entrar. Llevaba un vestido matutino verde pálido que hacía que sus ojos parecieran esmeraldas.

—Buenos días, lady Catriona. Isabella. —Edward tomó asiento—. ¿Planeando redecoraciones?

—Isabella me está mostrando sus ideas para renovar su habitación —explicó Catriona—. Tiene muy buen gusto para los colores.

—Lady Catriona dice que en Escocia usan tapices de lana muy hermosos —añadió Isabella con entusiasmo—. ¿Crees que podríamos conseguir algo así para mi habitación?

—No veo por qué no —respondió Edward, notando cómo Catriona sonreía ante el entusiasmo de su hermana.

Durante el desayuno, Edward se sorprendió mirando a Catriona mientras hablaba con Isabella, vislumbrando la paciencia y el afecto que mostraba hacia ella. Había algo en la manera en que interactuaba con su familia que lo hacía sentir... cómodo.

Estaban terminando el té cuando un lacayo apareció en el umbral.

—Disculpe, Su Gracia. Ha llegado correspondencia para lady Catriona y hay un caballero que solicita audiencia.

—¿Quién solicita verme? —preguntó William.

—El conde de Fairmont, Su Gracia.

—Hágale pasar a la salita.

Edward sintió una punzada inmediata de irritación. El lacayo entregó dos cartas a Catriona.

—¿Correspondencia para mí? —murmuró examinando los sobres—. Una es de mi tío Duncan y la otra... —leyó el nombre—. ¡Es de mi amiga Charlotte!

—Lee tus cartas tranquilamente, querida —dijo William—. Yo atenderé a lord Fairmont. Edward, ¿me acompañas?

Edward no tenía muchas ganas de ver a Fairmont, pero la cortesía lo obligaba a acompañar a su padre. Se dirigieron a la salita, donde encontraron al conde esperando, impecablemente vestido mirando por una ventana.

—Su Gracia, lord Edward, buenos días. —Fairmont hizo una reverencia elegante—. Espero no interrumpir.

—En absoluto, lord Fairmont, aunque es un poco pronto. ¿En qué podemos ayudarle? —respondió William cortésmente.

—He venido a solicitar su permiso para invitar a lady Catriona a dar un paseo por St. James Park mañana por la mañana, si lo considera oportuno. Después de nuestra agradable conversación anoche, esperaba tener la oportunidad de conocerla mejor.

Edward tuvo que controlarse para no reaccionar. La idea de Fairmont conociendo mejor a Catriona le resultaba profundamente desagradable.

—Es muy atento por su parte, lord Fairmont —respondió William—. Por supuesto, la decisión final corresponde a lady Catriona, pero no veo inconveniente en principio.

—Excelente. ¿Sería posible consultarle ahora?

William asintió y envió a un lacayo a buscar a Catriona. Cuando ella apareció unos minutos después, Edward notó que parecía algo preocupada. Probablemente las noticias de su tío no habían sido tranquilizadoras.

—Lady Catriona —comenzó Fairmont con su sonrisa más encantadora—. Esperaba poder invitarla a un paseo por St. James Park mañana por la mañana. Sería un honor para mí.

Catriona vaciló durante un momento y Edward pudo ver el conflicto en su expresión. Era obvio que la invitación no la emocionaba, pero también era evidente que entendía que rechazarla sería socialmente inapropiado.

—Es muy amable por su parte, lord Fairmont. Sería... sería un placer.

—Excelente. Pasaré a recogerla a las diez.

Después de que Fairmont se marchara, Edward notó que Catriona parecía aún más tensa que antes. Isabella, aparentemente ajena a las implicaciones de la situación, rompió el silencio.

—¿No le emociona el paseo, lady Catriona? Lord Fairmont parece muy elegante.

—Es muy correcto —respondió Catriona con sequedad.

Edward quería decir algo, quería expresar que ella no tenía que aceptar invitaciones que no la complacían, pero se contuvo.

No tenía derecho a opinar sobre las decisiones de Catriona, al fin y al cabo, su padre había dado su aceptación y ella solo era la invitada de sus padres.

Sería mejor que fuese consciente de la realidad.

Catriona estaba allí para buscar marido.

El resto de la mañana sucedió con normalidad, pero justo antes del almuerzo, cuando toda la familia se encontraba en el salón, llegó otra visita.

—Su Gracia —anunció el mayordomo—. El señor Harold Whitman solicita audiencia.

Edward frunció el ceño. Whitman era un comerciante próspero, respetable, pero sin título nobiliario. Había bailado con Catriona la noche anterior y Edward no le dio importancia hasta ese momento.

—Hágale pasar.

Se dirigió a William con una confianza que sugería que estaba acostumbrado a tratar con la nobleza en términos de negocios.

—Su Gracia. Es un honor. Conocí a lady Catriona anoche y quedé muy impresionado.

—Hizo una pausa, consciente de que debía ser delicado—.

He sabido que lord Fairmont ha invitado a lady Catriona a pasear mañana por la mañana.

Me preguntaba si podría ser tan atrevido como para solicitar el honor de invitarla a un paseo por Hyde Park pasado mañana por la mañana con carabina, por supuesto.

—Es muy considerado de su parte, señor Whitman —respondió William—. ¿Lady Catriona?

Edward observó a Catriona mientras decidía sobre la segunda invitación del día. De nuevo, no parecía particularmente entusiasmada, pero asintió cortésmente.

—Sería muy agradable, señor Whitman. Gracias por la invitación.

Cuando Whitman se marchó, Edward se encontró sintiendo una frustración creciente.

En una sola mañana, Catriona había recibido invitaciones para dos paseos consecutivos de hombres que estaban interesados en cortejarla y, aunque era evidente que ninguna de las dos le emocionaba realmente, no podía negarse.

—Parece que va a ser una semana muy ajetreada para usted, lady Catriona —comentó.

—Sí —respondió ella con un tono que sugería que esa perspectiva no la emocionaba—. Muy ajetreada.

Esa tarde, Edward se retiró temprano a su estudio, pero encontró imposible concentrarse en la correspondencia. No podía dejar de pensar en las expresiones de Catriona cuando había aceptado las invitaciones. Era obvio que se sentía obligada a ser cortés, pero ¿preferiría ella otra compañía?

La pregunta que en realidad lo atormentaba era, si él le hubiera pedido un paseo, ¿habría mostrado más entusiasmo?

Mientras tanto, en su habitación, Catriona releía las cartas que había recibido esa mañana.

La de Duncan era breve pero cariñosa, asegurándole que estaba bien y preguntando sobre su progreso en Londres.

La de Charlotte era más larga y llena de noticias de casa, y también incluía preguntas sobre su vida social y si había conocido a algún caballero interesante.

Mientras doblaba las cartas, Catriona se encontró reflexionando sobre la mañana.

Dos invitaciones para pasear de dos hombres muy diferentes, ambas las había aceptado por obligación más que por deseo.

Lord Fairmont era encantador, pero algo en él la ponía en guardia.

El señor Whitman parecía amable, aunque la diferencia de clase social haría que cualquier cosa más allá de la amistad fuera complicada.

Se acercó a la ventana de su habitación, observando los jardines donde había paseado con Edward y su familia.

De repente, se descubrió preguntándose qué sentiría si hubiera sido Edward quien le hubiera pedido un paseo por Hyde Park.

¿Habría aceptado con la misma cortesía forzada o habría sentido esa pequeña chispa de emoción que había estado ausente en las proposiciones que había aceptado?

La pregunta le llegó como un relámpago. Por supuesto que habría estado emocionada. Las conversaciones con Edward siempre la dejaban con el corazón caliente. Con él no tenía que fingir ser alguien que no era.

El pensamiento la sobresaltó. ¿Cuándo había empezado a importarle tanto la opinión de Edward Ashworth? ¿Y cuándo había empezado a desear que él mostrara el mismo tipo de interés personal que otros caballeros estaban demostrando tan abiertamente?

Se apartó de la ventana, sintiéndose confundida por la dirección que habían tomado sus pensamientos.

Estaba en Londres para encontrar un marido apropiado, alguien que pudiera cuidar de ella y gestionar las propiedades de Glenmoran cuando su tío ya no estuviera.

Edward Ashworth era el hijo de la familia que la había acogido generosamente, nada más.

Él solo era amable con ella, no había demostrado nada más, así que no debía hacerse ilusiones.

La realidad era que dos caballeros la habían invitado a dar un paseo, y lord Edward, no.

Pero, mientras se preparaba para la cena, no pudo evitar elegir el vestido verde que tanto la favorecía, ni pudo evitar preguntarse si él notaría que Lucy se había esmerado especialmente peinándola.

Y, cuando bajó al comedor esa noche y vio la manera en que los ojos de Edward se iluminaron al verla, sintió una pequeña pero inequívoca chispa de satisfacción que confirmó lo que había estado tratando de negar, sus sentimientos hacia Edward Ashworth habían evolucionado mucho más allá de la simple amistad o gratitud.

La pregunta era qué iba a hacer al respecto.