El corazón de un marqués Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Hay algo que no le inspira confianza —completó Edward.

—¿Es eso terrible de mi parte?

—En absoluto. Los instintos son importantes, especialmente en situaciones sociales.

Mientras hablaban, se acercaron varias personas para ser presentadas. Bailó con algunos caballeros más durante la siguiente hora: un conde mayor, que era amigo de lord William; un joven vizconde, que acababa de regresar de Oxford; y un diplomático, que le contó historias fascinantes sobre París.

Mientras lady Catherine hablaba con una condesa viuda, a su lado, Catriona observaba a Edward bailar con una joven.

No vio a James Pemberton acercándose hacia ella hasta que lo tuvo delante.

Le saludó con una sonrisa amistosa. Llevaba su traje de gala con elegancia natural y parecía cómodo en el ambiente.

—Lady Catriona, qué placer verla esta noche. Permítame el atrevimiento de decirle que está usted radiante.

—Lord James, gracias. ¿Está disfrutando del baile?

—Mucho más ahora que he tenido la oportunidad de hablar con usted. —Hizo una reverencia—. ¿Me haría el honor de concederme el próximo baile?

—Por supuesto.

James resultó ser un compañero de baile excelente. La guio en una contradanza con facilidad y mantuvieron una conversación ligera y divertida que la hizo reír varias veces. Cuando terminó la pieza, la escoltó de vuelta hasta donde lady Catherine estaba conversando con otras damas.

—Edward me ha contado que está disfrutando mucho de Londres —dijo James mientras caminaban.

—Sí, son todas sensaciones nuevas.

—Es normal. Todos hemos pasado por eso. —James la miró con una expresión más seria—. ¿Puedo darle un consejo amistoso?

—Por supuesto.

—Si alguien la presiona demasiado o la hace sentir incómoda, no dude en buscar a Edward o a mí. Londres puede ser maravilloso, pero no todos tienen las mejores intenciones.

Antes de que pudiera preguntar qué quería decir, varios caballeros más se acercaron solicitando bailar con ella.

En los siguientes minutos, su carnet de baile se llenó con rapidez: lord Hartwell, un diplomático que acababa de regresar del sur de Francia; lord Pembroke, un conde mayor amigo del duque; el joven vizconde Ashford, primo lejano de Edward; y varios otros caballeros que le presentaron.

Entre bailes, se acercó a Catherine, que estaba conversando con un grupo de damas cerca de uno de los pilares de mármol.

—¿Cómo lo estás pasando, querida? —preguntó Catherine, tomando su mano con cariño maternal.

—Muy bien. Aunque me temo que he llenado mi carnet de baile muy rápido.

—¡Eso es perfecto! —Catherine sonrió con satisfacción—. Significa que está siendo un gran éxito. ¿Algún caballero en particular que te haya llamado la atención?

Catriona sintió que se sonrojaba ligeramente.

—Todos han sido muy amables —vaciló.

Pasó las siguientes horas alternando entre bailes y conversaciones.

Lord Hartwell resultó ser fascinante, contándole historias sobre las cortes europeas que había visitado como diplomático.

Lord Pembroke, a pesar de su edad, era un bailarín sorprendentemente ágil y tenía un sentido del humor seco que la hizo reír.

El joven vizconde Ashford, primo de Edward, era tímido pero dulce y estaba más nervioso que ella mientras bailaban.

Entre bailes, Edward se acercó a ella con una expresión que parecía más seria de lo habitual.

—¿Cómo se siente después de tantos bailes? —preguntó.

—Un poco mareada, pero feliz —respondió honestamente—. Aunque su amigo James creo que podía tener razón cuando dijo que debía tener cuidado con ciertos caballeros.

Edward asintió.

—¿Se refiere a alguien en particular?

—Lord Fairmont. Hay algo en la manera en que habla... como si estuviera evaluándome en lugar de conocerme.

—Sus instintos son correctos —dijo Edward—. Fairmont tiene tendencia a ver a las jóvenes herederas más como inversiones potenciales que como personas.

—¿Por qué no me advirtió?

—Porque quería que llegara a sus propias conclusiones; sé que es usted lo suficientemente inteligente como para darse cuenta por sí misma.

Catriona lo observó sorprendida por su afirmación.

—Lady Catriona, ¿me haría el honor de bailar conmigo?

Había algo en la manera en que formuló la pregunta que hizo que sintiera mariposas en el estómago.

—Sería un placer, lord Edward.

La condujo hacia la pista de baile justo cuando la orquesta comenzaba un vals lento. Cuando puso la mano en su cintura y tomó su otra mano en la suya, Catriona sintió una oleada de calidez que no había experimentado con ninguno de sus otros compañeros de baile.

Edward bailaba con una gracia natural que hacía que seguirlo fuera sin esfuerzo.

Se movían juntos como si hubieran bailado cientos de veces antes y Catriona se encontró perdiendo la conciencia de todo lo que los rodeaba.

El salón lleno de gente, la música, las conversaciones...

Todo se desvaneció hasta que solo existieron ellos dos moviéndose en perfecta armonía.

—Baila usted muy bien —murmuró Edward cerca de su oído, enviando un escalofrío por su espina dorsal.

—Es fácil cuando se tiene al mejor compañero de baile —respondió, sorprendida por su atrevimiento.

Cuando sus ojos se encontraron, Catriona vio algo en la expresión de Edward que no había visto antes. Era más cálido, más intenso, como si estuviera viendo algo en ella que le gustaba.

—Lady Catriona —dijo—, ¿puedo decirle algo?

—Por supuesto.

—Esta noche, viendo cómo se desenvuelve aquí con tanta elegancia, me doy cuenta de que tenemos mucha suerte de haberla conocido, aunque sea temporalmente.

El cumplido, tan diferente de los otros que había recibido esa noche, la dejó sin palabras durante un momento.

Sin embargo, tenía un toque agridulce, ya que le recordó que todo era temporal.

En el mejor de los casos, se casaría con suerte con un buen hombre y volvería a Escocia, lejos de Londres y de todas las personas que había conocido allí.

—Eso es... eso es muy amable por su parte. La suerte es mía.

—No es amabilidad. Es la verdad.

Cuando terminó el vals, se quedaron parados por un instante más de lo estrictamente necesario; ninguno de los dos quería romper el momento. Finalmente, Edward la escoltó de vuelta hacia donde lady Catherine estaba conversando.

El resto de la noche pasó en una mezcla de bailes y conversaciones triviales. Catriona bailó con varios caballeros más, pero ninguno de los otros bailes fue como el que había compartido con Edward.

Cuando finalmente llegó el momento de volver, Catriona se sentía agotada, pero sabía que la noche había sido un éxito, más de lo que había esperado.

—¿Cómo se siente después de su primer gran baile londinense? —preguntó Edward mientras esperaban sus carruajes.

—Como si hubiera vivido un sueño —respondió honestamente—. Todo era tan hermoso, tan elegante. Y la gente..., bueno, la mayoría de la gente fue muy amable.

—¿La mayoría?

—Lord Fairmont fue perfectamente correcto, pero..., bueno, ya hemos hablado de eso.

Edward asintió.

—¿Y el resto? ¿Alguien más que le haya llamado la atención?

Catriona lo miró cuestionándose si había algo específico detrás de la pregunta. Había algo en su tono que sugería que la respuesta le importaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

—Algunos —dijo cuidadosamente—. James Pemberton es muy divertido. Y lord Hartwell tiene historias fascinantes sobre sus viajes.

—Me alegro.

Durante el trayecto de vuelta a casa, Catriona reflexionó sobre la noche.

Había sido todo lo que había esperado y más.

Pero lo que recodaría siempre no sería la majestuosidad del salón o la elegancia de los vestidos, sino la manera en que Edward la había mirado mientras bailaba, como si estuviera viendo algo en ella que valía la pena, además de su herencia.

Esa noche, mientras Lucy la ayudaba a quitarse el hermoso vestido azul, Catriona se permitió preguntarse si tal vez, solo tal vez, había visto algo similar en los ojos de él.