Capítulo 8
C atriona
Londres
Lady Catriona Stewart se miró por última vez en el espejo de cuerpo entero de su habitación, apenas reconociendo a la mujer que le devolvía la mirada.
El vestido de baile que madame Dubois había creado para ella era una obra de arte: seda azul profundo que brillaba con hilos de plata bajo la luz de las velas, con un escote modesto pero elegante y una falda que se desplegaba como pétalos de flores cuando se movía.
Lucy había trabajado durante más de una hora en su peinado, creando una elaborada construcción de rizos y trenzas adornada con perlas pequeñas que habían pertenecido a la difunta madre del duque y que lady Catherine le había prestado.
—Está usted radiante, lady Catriona —murmuró Lucy, dando un paso atrás para admirar su trabajo—. Va a ser la sensación del baile.
Catriona se tocó la garganta, donde llevaba un collar de plata sencillo con un pequeño zafiro, la única joya valiosa que había heredado de su madre.
—Espero no hacer algo terriblemente inapropiado.
—No se preocupe, milady. Lady Catherine me ha contado que ha estado practicando los pasos de baile con la señorita Preston, y Lord Edward le ha explicado todos los protocolos importantes. Estará perfecta.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus nervios. Lady Catherine entró, espléndida, en un vestido de seda color champán.
—Querida, estás muy hermosa. —Se acercó y le ajustó suavemente el collar—. Ese color azul es perfecto para ti. Realza tus ojos de manera espectacular.
—Gracias, lady Catherine. Yo... me siento diferente.
—Te ves como lo que eres: una dama de la alta sociedad preparada para conquistar Londres. —Catherine sonrió con satisfacción maternal—. Los caballeros van a hacer cola para bailar contigo.
La idea hizo que el estómago de Catriona se tensase aún más. Había estado practicando los pasos de baile durante horas, pero la perspectiva de ejecutarlos frente a todo Londres era terrorífica.
—Si te sientes abrumada en algún momento, búscanos a mí, a Edward o a William. No estaremos lejos de ti, no sería apropiado.
Bajaron juntas hacia el vestíbulo principal, donde encontraron a los hombres de la familia esperando. William lucía impecable en su traje de gala negro con condecoraciones, pero fue Edward quien hizo que a Catriona se le cortara la respiración.
El marqués estaba de pie junto a la ventana, ajustándose los puños de su camisa blanca inmaculada.
Su frac negro, cortado a la perfección, realzaba sus hombros anchos y su figura alta.
Cuando se volvió para saludarlas, Catriona notó que sus ojos parecían más intensos de lo habitual contra el contraste de su ropa formal.
—Lady Catriona. —Edward se acercó e hizo una reverencia elegante—. Está usted... deslumbrante.
El cumplido, entregado con una sinceridad que parecía sorprenderlo a él mismo, hizo que Catriona sintiera calor en las mejillas.
—Gracias, lord Edward. Usted también está muy elegante.
Isabella apareció corriendo por las escaleras, frustrada por no poder acompañarlos.
—¡No es justo que sea demasiado joven para los bailes! Lady Catriona, prométame que me contará todo mañana.
—Isabella, querida, no agobies a lady Catriona —intervino Catherine.
—Se lo prometo, Isabella —dijo Catriona, sonriendo ante el entusiasmo de la niña—. Te contaré cada detalle mañana durante el desayuno.
El trayecto hasta Blackwood House fue relativamente corto, pero a Catriona le pareció eterno.
Estaba sentada al lado de lady Catherine en el carruaje principal, mientras que Edward y William las seguían en el segundo carruaje.
Catherine mantuvo una conversación tranquilizadora sobre lo que podía esperar, pero Catriona no era capaz de concentrarse en las palabras.
Cuando llegaron a Blackwood House, Catriona quedó impresionada por la majestuosidad del lugar.
La mansión era aún más grande que la casa Ashworth, con una fachada de piedra blanca que brillaba bajo las antorchas que iluminaban la entrada.
Una alfombra roja se extendía desde la calle hasta la puerta principal, flanqueada por lacayos uniformados.
—Es magnífico —murmuró mientras Edward la ayudaba a bajar del carruaje.
—Los Blackwood siempre hacen las cosas a lo grande —respondió él, ofreciéndole su brazo—. Pero no se deje intimidar. Bajo toda esta ostentación, siguen siendo personas.
Al entrar en el vestíbulo, Catriona se sintió como si hubiera entrado en un palacio de cuento de hadas.
El suelo de mármol blanco y negro se extendía bajo candelabros de cristal que proyectaban arcoíris de luz por todas las paredes.
Una escalinata curva de mármol ascendía hacia los pisos superiores, flanqueada por estatuas clásicas y jarrones llenos de flores exóticas.
—Lord y lady Blackwood —anunció un mayordomo con voz resonante—, el duque y la duquesa de Westmere, el marqués de Ashford y lady Catriona Stewart.
Los anfitriones se acercaron inmediatamente. Lord Henry Blackwood era un hombre distinguido de unos cincuenta años con cabello plateado y ojos bondadosos, mientras que lady Victoria Blackwood era una mujer elegante que irradiaba gracia natural.
—Qué placer verlos —saludó lady Blackwood, besando a Catherine en ambas mejillas—. Y usted debe ser la encantadora lady Catriona de la que tanto hemos oído hablar.
—Lady Blackwood, es un honor estar aquí.
—Espero que disfrute de su primera experiencia en un baile londinense. Tengo la sensación de que va a ser una noche muy especial para usted.
Los condujeron hacia el gran salón de baile y Catriona tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no quedarse boquiabierta.
La habitación era inmensa, con techos abovedados decorados con frescos elaborados y columnas de mármol que se alzaban hacia arcos elegantes.
Lámparas de gas colgaban cada pocos metros, creando un resplandor dorado que hacía que todo brillara.
En un extremo del salón, una orquesta completa estaba preparada en una plataforma elevada y, en el otro extremo, unas puertas abiertas daban acceso a una terraza iluminada que daba a los jardines.
Pero lo que realmente impresionó a Catriona fue la cantidad de personas reunidas allí.
El salón estaba repleto de damas con vestidos espectaculares en todos los colores imaginables y caballeros ataviados con trajes de gala impecables.
El murmullo de conversaciones elegantes se mezclaba con el sonido suave de la música, creando una sinfonía de civilización refinada.
—Es abrumador la primera vez —murmuró Edward cerca de su oído—. Pero mire más allá. En el fondo, es solo gente hablando, riendo y bailando.
Catriona asintió, agradeciendo las palabras para tranquilizarla. William y Catherine se dirigieron inmediatamente hacia un grupo de amigos, pero Edward permaneció a su lado.
—¿Le gustaría que le presente a algunas personas o prefiere observar un poco primero?
—Creo que me gustaría observar, si no le importa.
—Por supuesto.
Se dirigieron hacia un lado del salón donde podían ver toda la actividad sin ser el centro de la atención. Catriona observó fascinada mientras las parejas se formaban para el primer baile, una contradanza elaborada que requería pasos complicados y cambios de pareja frecuentes.
—¿Todos saben exactamente qué hacer? —preguntó.
—La mayoría ha estado haciendo esto desde la infancia. Pero no se preocupe, los pasos que ha estado practicando son los mismos.
Mientras observaban, Catriona notó cómo los participantes parecían moverse con una gracia natural que ella esperaba poder imitar. Las damas flotaban por el salón como mariposas coloridas, mientras que los caballeros se movían con precisión militar.
—Lady Catriona.
Se volvió al escuchar su nombre y encontró a lord Nicholas Fairmont acercándose con una sonrisa radiante. Lucía espléndido en su traje de gala y había algo en su manera de moverse que sugería que se sentía cómodo en este ambiente.
—Lord Fairmont. Qué placer verle esta noche.
—El placer es solo mío. —Hizo una reverencia elaborada—. Está usted absolutamente radiante.
—Es muy amable.
—¿Me haría el honor de concederme el próximo baile? —preguntó extendiendo su mano.
Catriona miró hacia Edward, que asintió casi imperceptiblemente.
—Sería un placer, lord Fairmont.
Lord Fairmont la condujo hacia la pista de baile justo cuando la orquesta comenzaba una nueva pieza. Era un vals, más lento y menos complicado que la contradanza anterior. Catriona se encontró agradeciendo las horas de práctica mientras seguía los pasos con cuidado.
—Baila usted muy bien —dijo Nicholas mientras giraban—. ¿Tuvo profesores de baile en Escocia?
—Uno. Aunque debo admitir que este ambiente es muy diferente de lo que estoy acostumbrada.
—Estoy seguro de que se adaptará. Las damas inteligentes siempre lo hacen.
Había algo en su tono que la hizo sentirse incómoda, aunque no podía identificar exactamente qué. Sus cumplidos eran apropiados, su comportamiento impecable, pero algo en la manera en que la miraba la hacía sentir evaluada en lugar de admirada.
—¿Qué opina de Londres hasta ahora? —preguntó él.
—Es fascinante.
—Imagino que las oportunidades sociales aquí son mucho más abundantes que en Escocia.
—Sí, es cierto; allí también disfrutamos de buenos bailes y fiestas, aunque son más sencillos.
—Oh, pero seguramente no querrá volver a esa simplicidad una vez que experimente todo lo que Londres puede ofrecer. Sobre todo para una joven de su posición y atractivo.
De nuevo, había algo en su manera de decir la última palabra que la hizo sentir incómoda. Cuando terminó el vals, hizo una reverencia y se disculpó para regresar junto lady Catherine, sin embargo, Edward la interceptó mientras se dirigía hacia ella.
—¿Cómo ha ido? —preguntó él.
—Bien. Lord Fairmont es muy... atento.
Algo en su tono debe haberle comunicado sus reservas, porque Edward la estudió con atención.
—¿Pero?
—No estoy segura. Es perfectamente apropiado, pero hay algo... —se detuvo, no sabiendo cómo expresar sus dudas sin sonar desagradecida o crítica.